GREG
FANTASMAS
Hoy no es un buen día. No sabría explicar por qué.
Eso ya es una mala señal. Si puedes articular la razón de un mal día, al menos tienes un punto de partida: un dolor de cabeza, el mal tiempo, una rueda pinchada, una carta del banco, un correo de tu exmujer que empieza por «solo para aclarar». Causas. Efectos. El mundo, por una vez, organizado.
Pero esto no tiene forma. Me he despertado en mitad de la noche con un nudo debajo del esternón, justo donde los pacientes suelen señalar antes de decir: «no sé, doctor, es como una presión». Es mi caso, sospecho que mi cuerpo sabe algo que mi cabeza intenta ignorar.
El cuerpo es así: tocapelotas pero eficiente. Como un barómetro, capta la tormenta antes de que el cielo se oscurezca.
En fin.
A las nueve y cuarto estoy examinando la rodilla derecha de Ida Fenton.
Setenta y tres años, viuda, artrosis degenerativa avanzada y una verborrea que haría palidecer a un presentador de telediario.
La mujer lleva hablando desde que se ha sentado en la camilla.
A este paso, voy a necesitar un ibuprofeno.
—…porque el hielo de este año es distinto, doctor, más traicionero, más fino por arriba, pero con esa capa dura de bajo que parece cristal.
Aunque mi Harold siempre decía que el hielo es hielo y que si te caes es porque no miras dónde pisas.
Y mire usted, él se cayó del tejado un noviembre y se rompió tres costillas, así que de mirar dónde pisas poco le valió al pobre, que en paz descanse.
Aunque, si le soy sincera, nunca tuvo mucho sentido común para las alturas, ni para los tejados, ni para las pelirrojas tetonas, pero eso ya es otra historia…
—Ida.
—¿Sí?
—¿Le duele aquí?
—¡Ay! Sí. Justo ahí.
La rodilla está inflamada, caliente, con un derrame leve.
Nada que no haya visto mil veces. Le receto antiinflamatorios y le recomiendo hielo y reposo.
Sospecho que no hará ninguna de las dos cosas, porque Ida Fenton no parece el tipo de mujer que se queda quieta mientras hay leña que cortar, nieve que barrer o versiones incorrectas de un chisme circulando por el pueblo.
—¿Algo más, Ida?
Error. Nunca preguntes «algo más» a una mujer como Ida Fenton. Es como abrir una compuerta.
—Bueno, ahora que lo menciona, la cadera también se me queja por las mañanas, pero eso lleva así desde el gobierno de Trudeau. El padre, no el hijo. Del hijo mejor no hablamos porque bastante tengo con la rodilla.
Sonrío a pesar de mí mismo. Ida tiene esa cualidad rara de las personas mayores que han sobrevivido a suficientes inviernos como para no tomarse nada demasiado en serio.
Mientras termino de vendarle la rodilla, decido que esta es mi oportunidad. Esta mujer conoce a todo el mundo en Shelter Creek. Si alguien puede contarme algo sobre mi vecina, es ella.
—Ida, ¿conoce usted a Carol Tremblay?
Intento adoptar un tono casual. No lo consigo del todo. ¿ Preocupado por Carol? No exactamente. Estoy… recopilando datos.
Ella me mira por encima de sus gruesas gafas. El silencio, viniendo de ella, produce un cambio atmosférico.
—Carol —dice. Pronuncia el nombre despacio, como quien prueba una fruta y no está seguro de si está madura o podrida—. Claro que la conozco. Todo el mundo conoce a Carol.
—Es mi vecina.
—Ya lo sé, doctor. Aquí lo sabemos todo.
Por supuesto. Shelter Creek no tiene muchas cosas: ni buenos restaurantes, ni carreteras decentes, ni señal de datos estable, ni calefacciones fiables. Pero dispone de un sistema de vigilancia social que dejaría en ridículo a cualquier agencia federal.
—¿Le ha contado ella algo de sí misma? —me pregunta.
—No hablamos mucho.
Suelta una risa breve.
—Eso tampoco me sorprende. Aunque no siempre ha sido así. —Ida se sube la media por la pierna vendada con lentitud ceremonial—. Antes, la Tremblay era otra persona.
Ahí está, la palabra mágica. Antes. En los pueblos pequeños, todo misterio tiene un antes. Antes de que él se marchara. Antes de que ardiera la casa. Antes del accidente. Antes de que la niña dejara de hablar.
Antes de que Carol Tremblay echara las cortinas.
—¿Ah, no?
—Cuando llegó al pueblo, hace siete u ocho años, era distinta. No digo alegre, porque alegre tampoco, pero sonreía. Venía de Vancouver. Estuvo casada con un tipo importante. Abogado, creo. Tenían un niño precioso.
—¿Tenían?
Ida se baja de la camilla con un quejido.
—El marido se lo llevó. Custodia, divorcio, esas cosas. No sé los detalles. Nadie los sabe, la verdad. Y tampoco es que me incumba la vida privada de nadie.
Arqueo las cejas. Por algún motivo, me cuesta creer eso.
Ida me ve hacerlo y sonríe.
—No ponga esa cara, doctor. Una cosa es saber y otra cosa es meterse.
Se ajusta el abrigo sobre los hombros.
—Lo que sí sé es que, después de eso, Carol se apagó.
Chasquea los dedos, un sonido seco en el aire de la consulta.
—Como una bombilla. Un día estaba encendida, al siguiente no.
—¿Y nadie sabe qué pasó exactamente?
—Mire, este pueblo entierra las cosas —dice—, pero no siempre las mata primero. Carol es buena mujer, eso se lo digo yo. Buena de verdad. Pero hay algo en ese sitio que no está bien. Y lleva sin estar bien mucho tiempo.
Ese sitio.
—¿Se refiere a su casa?
—He dicho lo que he dicho.
Magnífico. Deberían sustituir el cartel de bienvenida por: BIENVENIDO A SHELTER CREEK. NADIE TE CONTARÁ NADA ÚTIL.
Acompaño a Ida hasta la puerta. En recepción, Gladys levanta la vista de su archivador y le dice adiós. Ida no le hace caso.
—Gracias, Ida —le digo.
—Cuídese, doctor. Los médicos jóvenes cuidan de todos menos de sí mismos.
Sonrío, a pesar de la sombra que me persigue hoy. Hablar con esta mujer es como estar de vuelta en Chicago, veinte años atrás, en el sofá de mi abuela .
—No soy tan joven.
—A mi lado, es usted un bebé de teta.
Estoy recogiendo la sala de reconocimiento cuando Darlene entra sin llamar. Sostiene una bandeja de material en las manos.
—¿Qué te ha contado Ida? —pregunta sin mirarme.
—¿Sobre qué?
—Sobre Carol, doctor. No insultes mi inteligencia. Las paredes de este centro son más finas que el papel y tú no eres precisamente discreto.
No tiene sentido fingir.
—Me ha dicho que estuvo casada y que tuvo un hijo. Que el marido se lo llevó.
Darlene coloca las gasas en un estante.
—Antes sonreía —dice, de espaldas a mí—. Ahora vive como si todo el mundo quisiera hacerle daño.
Espero que diga más, pero no lo hace. Cierra el armario, se da la vuelta y me mira con una expresión que conozco de sobra: la de la enfermera que ha visto algo en un paciente y no está segura de si debe decirlo.
—¿Eso es todo? —pregunto.
Se cruza de brazos y ladea la cabeza.
—Mira, doctor. Yo llevo muchos años atendiendo a la gente de este pueblo.
He visto de todo: caídas, cortes, quemaduras, mordeduras de perro.
—Se acerca al lavamanos, deja la bandeja y baja un poco la voz—.
Y he aprendido a distinguir a los pacientes que se hacen daño por torpeza de los que llegan al centro con una historia preparada.
—Pausa—. Carol vino una vez, hace años. Mucho antes de que tú llegaras.
—¿Qué tenía?
—Un golpe .
—¿Dónde?
Darlene me mira.
—En la cara.
No aparto la vista. Guardo silencio.
—Dijo que se había golpeado con una puerta.
—¿Y?
—Pues que esto no es un recreo. ¡A trabajar!
Lo dice sin inflexión, sin drama, como quien lee un resultado de laboratorio. Y se va.
Me quedo solo en la sala, con un rollo de venda en la mano y la frase de Darlene dando vueltas en una zona de mi cerebro que no quiero activar.
Porque sé exactamente lo que esa frase significa.
Una historia preparada . Todos los médicos la conocemos.
La puerta. La escalera. El arma. El «soy muy torpe, doctor».
La sonrisa que llega tarde. El acompañante que contesta demasiado deprisa. La mirada que no se levanta.
Todo en Carol Tremblay empieza a parecer una historia preparada.
Pero no es mi paciente, ni mi problema. No quiero pensar en esto. Al menos, no hoy.
Hoy es un día de mierda.
A las tres salgo de la consulta con un dolor de cabeza que no tiene nada que ver con los pacientes. Tampoco es deshidratación, aunque el café de la máquina de la clínica probablemente tenga propiedades experimentales que la FDA desaprobaría con entusiasmo.
Es ruido. Necesito correr. Necesito moverme, quemar algo, cansar mis piernas hasta que la cabeza se calle.
En casa, Burbon me recibe con su entusiasmo habitual. Salta, gira, golpea la puerta con la cola y mete el hocico en mi abrigo .
—Sí, sí. Ya voy.
Me cambio de ropa, le pongo la correa y salimos.
Tomamos, como siempre, el sendero del bosque: treinta minutos de ida, treinta de vuelta. Hoy, el frío corta los pulmones como papel de lija. Burbon tira con más fuerza que de costumbre, o quizá yo tengo menos ganas de resistirme. A los diez minutos, harto de negociar, le suelto la correa.
—No hagas que me arrepienta.
Sale disparado.
Se pone a llover. Para. Vuelve a llover. Para y sale el sol. Veo un trozo de arcoíris y nos cruzamos con un caballo pardo que nos observa con solemnidad. Parece que nos saluda con la mirada. Coño, si yo fuera supersticioso, diría que es algún tipo de encarnación divina con un mensaje trascendental.
Al volver, me cruzo con Carol.
Está en medio de su jardín, con un puñado de sobres en la mano.
El simple hecho de verla allí, quieta entre la nieve, me hace cambiar el ritmo de la respiración.
Al oír nuestros pasos gira la cabeza un centímetro, y de inmediato vuelve a mirar los sobres con una atención desmesurada para lo que probablemente sea propaganda y facturas.
Las palabras de Ida cruzan mi mente como un rayo. Y las de Marlon Fisher.
Tenían un niño precioso.
El marido se lo llevó.
Después de eso Carol se apagó.
Luego, Darlene:
Una historia preparada.
Un golpe con una puerta.
Y Marlon, el otro día:
¿Has conocido ya a esa?