CAROL
TRAS EL CRISTAL
Son las seis y cuarenta y dos. Como cada maldita mañana.
No es que lleve la cuenta; es que mi reloj biológico ha decidido sincronizarse con la vejiga de un perro y las botas de su dueño.
La puerta de la casa de al lado se abre siempre con el mismo quejido asmático de las bisagras, seguido del tintineo metálico —la correa, las llaves— y luego los pasos sobre la nieve endurecida.
Dos pies y cuatro patas. El hombre y el perro, puntuales como la muerte. Seis y cuarenta y dos. Nunca fallan.
Su rutina me ha obligado a cambiar la mía.
Antes me sentaba en mi sitio de siempre, pegada al cristal, mirando hacia la linde del bosque.
Me gustaba la luz del amanecer, ese tono gris que tiene el cielo de enero antes de decidir si va a nevar o simplemente a amenazar con ello.
Pero ahora el vecino nuevo pasa por ahí.
Toma el sendero que arranca a escasos cuarenta metros de mi cocina, y su perro es una mancha rojiza que cruza mi campo de visión como una llamarada.
A veces, antes de perderse entre los árboles, él gira la cabeza hacia mi casa y tengo la sensación de que me ve observándolo, pero es pura paranoia; mis cortinas son tupidas y tengo mucho cuidado de mantenerme en la penumbra cuando lo vigilo.
Aun así, admito que hay mañanas en las que una parte estúpida y suicida de mi cerebro me pide apartar la tela y saludarlo con la mano.
Una pésima idea. Acercarse a la gente trae problemas, y yo ya he cubierto mi cupo para esta vida y las tres siguientes.
Así que me quedo oculta tras la cortina.
El tintineo suena otra vez. Los pasos. El perro suelta un ladrido corto y agudo. Un animal feliz.
Me giro hacia la ventana sin pensar. Mi cuerpo lo hace solo, igual que apartas la mano de una estufa caliente o cierras los ojos ante un flash.
Cuando quiero darme cuenta, ya estoy espiando por la rendija otra vez.
Ahí está. Greg. Ese es su nombre. No tiene aspecto de llamarse Greg.
En mi cabeza, era Matthew. O Bradley, porque se da un aire a Bradley Cooper en Ha nacido una estrella .
Me he fijado en que no lleva anillo de casado.
Ahora camina decidido con el vaho de su respiración dibujando nubes en el aire gélido y se le ve relajado, en paz.
Odio esa paz.
El perro tira de la correa y los dos se adentran en la oscuridad con esa energía idiota del que no tiene ni puñetera idea de lo que hay al final del camino.
Algo se me tensa por dentro, justo bajo el esternón.
Va al bosque. Otra vez.
Me aparto del cristal y dejo mi taza de café en la encimera. No debería importarme que un desconocido pasee a su perro entre los pinos. Los bosques son para eso. La gente camina, los perros corren, los pajaritos cantan y nadie encuentra nada que no esté buscando.
Nadie. Nunca.
Friego la taza, la seco hasta casi borrarle el esmalte y la devuelvo a su estante.
El día se despliega ante mí: demasiadas horas vacías para ocupar.
Mi vida se ha convertido en un ejercicio de aislamiento radical.
Una coreografía ensayada al milímetro para evitar el roce con el mundo.
Salgo lo justo de esta casa y compro lo mínimo en el supermercado, casi siempre a horas intempestivas, manteniendo la vista fija en las baldosas blancas o en los botes de conservas.
Esquivo las miradas ajenas y no hablo con nadie.
Si de casualidad me cruzo con el tal Greg, mi reacción es instintiva: cruzo de acera o saco el móvil del bolsillo y finjo leer un mensaje de vida o muerte. Simplemente, finjo que no existe.
Una hora más tarde estoy atrincherada en mi butaca, inmersa en la nueva aventura de Dan Brown, cuando la puerta de la casa de al lado vuelve a sonar, sobresaltándome.
No estoy acostumbrada a tales interrupciones.
Ha sido un portazo. Solo significa que el vecino y su perro han vuelto, pero mi cerebro primitivo no entiende de lógicas vecinales.
Mi mano ya ha volado hacia mi ceja izquierda. El dedo índice encuentra la cicatriz; y la recorre, repasando la línea curva de un centímetro que va del arco hacia la sien. Es un tic. Mi pequeño recordatorio de que la estupidez se paga con sangre.
El olor llega antes que la imagen. Colonia cara. Cuero gastado de maletín. Y, por debajo, algo ácido: el sudor de alguien con muy poca paciencia.
Unas manos cerrándose en puños.
Y un portazo.
Cierro los ojos con tanta fuerza que veo luces. Exhalo por la boca y aparto la imagen de un manotazo mental antes de que tome forma. Antes de que el eco del golpe vuelva a estallar contra mi cráneo.
Cuento hasta diez. Quince. Veinte.
Vale. Ya pasó. El monstruo vuelve a la caja.
Voy a la cocina y abro el grifo. El agua helada me congela las muñecas y el presente regresa. La porcelana fría, el olor a jabón barato. Esto es ahora . El antes es una puerta sellada con clavos, y no pienso quitar ninguno .
El último hombre que fue amable conmigo se llamaba Jean-Marc.
Vendía material eléctrico a domicilio y vino a cambiar un fusible del horno.
Me pidió un vaso de agua. Se quedó veinte minutos hablando del clima, y antes de cruzar la puerta, me preguntó si vivía sola. Le dije que sí. Error de principiante.
Esa misma semana, volvió hasta tres veces. Sin llamar, sin avisar. Se plantó en mi porche con su caja de herramientas, su sonrisa ancha y la convicción de que una mujer aislada en el campo necesitaba compañía.
Le dije que no hacía falta.
Volvió.
Le dije que me dejara en paz.
Volvió.
La tercera vez no abrí. Me senté en el suelo de la cocina, abrazando mis rodillas, muda, hasta que escuché el motor de su furgoneta alejarse. Al día siguiente instalé un pestillo de seguridad y aprendí a cambiar los fusibles yo sola.
Los hombres son así. Te ofrecen algo minúsculo —un fusible, un vaso de agua, un saludo— y te pasan la factura. He aprendido que la amabilidad masculina siempre tiene un precio. A veces tarda en llegar, pero otras veces te lo cobran la primera noche.
Es tarde cuando salgo a recoger el correo. Lo hago rápido: abrir el buzón, sacar los sobres, cerrar y volver adentro. Treinta segundos. Hoy rompo mi marca y me tomo cinco segundos extra para mirar la casa de al lado.
No he visto a Greg ni al perro desde esta mañana, y siento una ligera decepción.
Es una tontería, ya lo sé. Escudriño sus ventanas, pero es inútil; el sol rebota contra los cristales de la planta baja y la ventana de guillotina del piso de arriba es un bloque oscuro.
Él debe de estar fuera por trabajo. Es doctor, me lo dijo él mismo.
Será el nuevo médico de familia del pueblo .
Mis pies se mueven antes de darles la orden. Doy dos pasos hacia la valla inexistente que separa nuestros jardines. Tres. La nieve cruje bajo mis botas. Estoy a mitad de camino, expuesta como una idiota, cuando me doy cuenta del error que estoy cometiendo.
El jadeo rítmico del perro me congela en el sitio.
Giro sobre mis talones y ahí están, volviendo de su paseo vespertino. El animal viene derrengado, con la lengua fuera. Greg también parece haber corrido una maratón. Lleva la sudadera desabrochada y el pelo pegado a la frente por el sudor.
Al verme, levanta una mano.
—Buenas tardes, vecina.
Lo suelta al aire, sin detener el paso ni alterar el ritmo. Tampoco busca mis ojos. Una mano arriba, tres palabras, y ya está. Sigue su camino hacia su puerta, dejándome clavada con un puñado de facturas en la mano y el frío entrándome por las mangas del abrigo.
No respondo. Sé que no es de muy buena vecina, pero es mejor así. Mi cuerpo se aferra al silencio, mi escudo durante los últimos cinco años. Porque el silencio no compromete, ni abre puertas, ni da pie a que alguien crea que hay una invitación.
Entro en casa y giro la llave.
Me quedo de pie, apretando los sobres contra mi pecho como si fueran un chaleco antibalas. Apoyo una palma y siento el latido desbocado de mi corazón.
¿Qué me pasa?
Un hombre que saluda y no espera nada. Que no se detiene. Que no insiste.
Y que pasea a su perro por el bosque más de lo que me gustaría.
Eso pasa.
No sé qué voy a hacer con eso. Tal vez tenga que tomar medidas.