GREG #3
Esta es diferente. Burbon se ha quedado rígido, con las orejas erguidas y el rabo inmóvil.
Su cuerpo entero está orientado hacia un punto entre los árboles, donde el sendero se bifurca.
A la derecha, el camino ancho de siempre.
A la izquierda, una vereda estrecha que asciende entre rocas y pinos, medio oculta por la maleza.
El tipo de camino que, en una película, solo toma el personaje que morirá antes del segundo acto.
Burbon tira hacia la izquierda.
—No, chico. Por ahí no.
Tira con más fuerza. No ladra ni gime. Solo tira, terco, con los ojos fijos en algo que la curva del camino me oculta.
—Burbon. He dicho que no.
Tengo que tirar de verdad. El collar se le clava un segundo en el cuello y siento una punzada de culpa inmediata, absurda y muy humana. Él cede, pero no aparta la mirada de la vereda. Sigo andando por el camino ancho hasta perder de vista la bifurcación.
Me digo que no significa nada. Los perros se obsesionan con rastros. Un conejo. Un mapache. Un cadáver. Bueno, esa última posibilidad no ayuda. Reformulo: un olor.
Solo un olor.
Durante el resto del paseo, Burbon camina pegado a mi pierna.
No tira ni una vez. Es la primera mañana en que no tengo que frenarlo.
Y eso, por alguna razón, me inquieta mucho más.
Esa tarde, estoy totalmente absorto en mi trabajo, rellenando informes mientras el subconsciente me murmura que no me vendría mal una taza de café, cuando oigo una voz grave y potente gritar a Darlene en el vestíbulo:
—¡Darli! ¡Vengo cargado! ¡Ábreme el almacén!
—¿Eso te funciona con las solteras, Marlon? —oigo que le contesta Darlene, y yo no puedo reprimir una sonrisa.
—¿El qué? ¿La mirada cautivadora?
—Tus modales de simio.
—Te sorprendería, Darli.
Al salir de la consulta, veo a Darlene sacudiendo la cabeza.
—Y dicen que no hay que preocuparse por el futuro… —dice con un suspiro, revisando el albarán.
El hombre que acaba de entrar trae tres cajas apiladas hasta la barbilla. Se llama Marlon Fisher y es el representante de la farmacéutica que abastece el centro cada dos semanas. Treinta y tantos años, ancho como una puerta, bigote espeso y una voz que llena las habitaciones .
—Así que tú eres el nuevo —me dice, dejando las cajas sobre el mostrador—. El de Chicago.
—Ese soy yo.
—¿Cómo te está tratando el pueblo?
—Mejor que el clima.
Se ríe. Tiene una risa fácil, de las que salen sin permiso. Me cae bien Marlon, a pesar de su misteriosa decisión de llevar bigote.
Empieza a pasar el inventario con Darlene: gasas, guantes, suturas, desinfectante, medicamentos básicos. Mientras apunta cantidades en una tablet llena de arañazos, me pregunta dónde vivo.
—He alquilado una casa a las afueras. Pasada la comarcal, hacia el norte.
Levanta la vista de la pantalla.
—¿La casa de la curva? ¿La que está junto al bosque?
—Esa.
—Ya.
—¿La conoces?
—Todo el mundo conoce a todo el mundo por aquí. —Vuelve a mirar la tablet. Apunta algo. Luego, el pensamiento se le escapa antes de poder frenarlo—: ¿Has conocido ya a esa ?
—¿A quién? —pregunto, aunque ya lo sé.
Se rasca la nuca.
—A Carol Tremblay. —Vuelve al dispositivo—. Da igual. No es asunto mío.
Darlene pasa una página del albarán. No hacía falta pasarla. La he visto. Era la última.
—¿A qué te refieres? —pregunto.
Marlon mira a Darlene.
—A nada. Déjalo. Solo me preguntaba si te habían ido a revisar la calefacción, eso es todo. Esas casas viejas son un desastre .
No es eso lo que se preguntaba y los tres lo sabemos.
—Bueno. —Marlon guarda la tablet en su bolsa—. La próxima entrega es en quince días. Si necesitáis algo urgente, me llamáis. —Se despide de Darlene con un gesto y me estrecha la mano—. Un placer, doctor. Y bienvenido al pueblo.
Se marcha. La puerta automática se abre, suspira y se cierra detrás de él.
Darlene sigue mirando el inventario.
—Darlene.
—¿Sí?
—¿Qué ha sido eso?
—¿El qué?
—Lo de Marlon. Lo de Carol.
Darlene levanta la vista por fin. Tiene una expresión que no le había visto: parece estar eligiendo cuidadosamente las palabras que no va a decir. En medicina, cuando alguien tarda demasiado en contestar una pregunta sencilla, es que la pregunta ha dejado de ser sencilla.
—Mira, doctor. Llevo treinta y dos años en este pueblo. Y si hay algo que he aprendido es que las historias de la gente son suyas, no mías. —Recoge los papeles y se pone de pie—. ¿Necesitas algo más?
Suelto el aire.
—Darlene…
—¿Necesitas algo más o no?
—No.
—Bien. —Camina hacia la puerta—. El café está recién hecho. Ya sabes, dos de azúcar.
Una vez que se ha marchado, me encierro en mi consulta y me siento con las manos cruzadas en la nuca, sumido en una profunda reflexión. Fuera, el sol de la tarde entra por la ventana y dibuja un rectángulo naranja en el suelo. Parece una trampilla luminosa .
La luz de Carol a las tres de la madrugada. La esquina que tiene a Burbon obsesionado. La frase de Donnie sobre las casas viejas. El perro empeñado en subir por el camino viejo. Marlon preguntando si vivo cerca de esa . Darlene, que habla de todo, eligiendo exactamente este tema para callarse.
Por separado no significan nada.
Eso es lo irritante de los patrones. Antes de ser patrones son basura. Puntos sueltos. Ruido. Coincidencias.
Pero algo se está formando en el borde de mi visión, como una imagen bajo el agua.
Y tengo la incómoda sensación de que, cuando consiga verla con claridad, voy a desear no haber mirado.