GREG #2
—¿Puedes cortar, por favor?
Me lo pasa. Hay un silencio de tres segundos, que para Darlene es el equivalente a una semana de retiro espiritual.
—Solo digo que…
La interrumpo con un carraspeo. Ella aprieta los labios y corta el hilo.
—Ya lo tiene .
Tyler continúa hablando de fútbol, lesiones, ligamentos cruzados y millonarios en Lamborghinis.
Yo escucho sin escuchar.
Oigo el pitido del monitor.
No está aquí.
Pero lo oigo.
Noveno punto. Décimo. Termino.
La herida queda limpia. Tyler se mira el brazo con una mezcla de orgullo y decepción.
—¿Dejará cicatriz?
—Me temo que sí.
—Bien —dice, sonriendo—. A las tías les gustan las cicatrices.
—A las tías les gustan los hombres maduros que no se cortan con herramientas motorizadas —le increpa Darlene.
Tyler parece considerar la posibilidad de que eso sea cierto. Le dura poco.
Cuando se marcha, Darlene recoge la bandeja y yo me lavo las manos. Miro por la ventana: el aparcamiento, la calle, las montañas al fondo. Un mundo que funciona a una velocidad distinta a la que estoy acostumbrado.
En Chicago operaba articulaciones de hombres que cobraban millones por correr, lanzar, saltar o estrellarse contra otros hombres con casco.
Aquí suturo a chicos que no pueden permitirse faltar al aserradero porque, si no trabajan, no comen.
El gesto médico es el mismo: aguja, hilo, precisión, control.
Pero el contexto lo envenena todo.
Allí, si algo salía mal, me caía encima un ejército de abogados.
Aquí, si algo sale mal, alguien pierde el sueldo, la casa o la pierna.
No sé cuál de las dos cosas me da más miedo .
Los días se acumulan como platos sucios en el fregadero. Cada mañana uno más, y todos con el mismo residuo de cansancio adherido.
Son las seis de la mañana. El café en la taza de Springsteen ya tiene un cerco marrón en el fondo que no consigo quitar. Salgo a pasear con Burbon por el sendero del bosque. Tira de la correa como si el mundo entero estuviera lleno de noticias urgentes, todas ellas escritas en orina.
Veinte minutos de ida. Veinte de vuelta.
Una ducha rápida. Lata de cordero y arroz para Burbon. Huele mejor que algunas comidas de hospital que he visto servir a seres humanos, lo cual dice mucho sobre las prioridades de nuestra especie. Pero no seré yo quien lo cuestione. Le rasco detrás de la oreja.
—Pórtate bien. No destroces nada.
Burbon me mira con una solemnidad impecable. Traduzco: claro, Greg, soy un perro maduro y consciente de las consecuencias materiales de mis actos.
La traducción tiene una vida útil de aproximadamente nueve segundos, justo lo que tardo en desaparecer tras la puerta.
Paso consulta de nueve a cinco. Gripes. Lumbalgias.
Otitis. Un niño con fiebre y una madre que lleva dos noches sin dormir, lo cual convierte cualquier conversación médica en una negociación.
Un anciano asegura que no toma nada para la tensión mientras su mujer enumera seis pastillas, dos suplementos y una infusión que, al parecer, «limpia la sangre».
Darlene lo controla todo. No administra el centro, lo gobierna.
A las once del segundo día ya sé que Gladys tiene un novio en Prince George al que nadie ha visto, que el cura baptista le debe dinero al dueño de la ferretería, que el pescado del supermercado no es fresco aunque lo coloquen sobre hielo, y que la señora Kavanagh finge no oír bien para no contestar preguntas incómodas, pero oye perfectamente cuando alguien canta bingo.
—Te estoy dando contexto —dice Darlene cuando le sugiero que quizá no necesito saber la vida sentimental de Gladys para recetar ibuprofeno.
—Agradezco el contexto, Darlene. Es solo que…
—No me lo agradezcas ahora. Me lo agradecerás cuando lleves seis meses y un paciente te mienta sobre cómo se ha hecho un moratón.
La miro. Ella no parpadea.
—Tomo nota —digo.
Vuelvo a casa a las cinco. Burbon me recibe como si hubiera regresado de una guerra larga y gloriosa. Saco dos cervezas de la nevera. Una para mí y otra para el perro que, evidentemente, acabo bebiéndome yo.
A las cinco y media, la luz se esconde detrás de los árboles, momento en que el bosque se convierte en una masa negra e impenetrable. Parece acercarse un metro cada noche. Sé que es imposible. Los bosques no se mueven, salvo en leyendas y películas malas.
Aun así, cuando miro por la ventana, juraría que están un poco más cerca.
Abro el portátil. Hay otro correo de Sara. Lo leo entero. Respondo con un «Todo bien» y cierro el portátil. El problema de las mentiras breves es que pesan poco al escribirlas y mucho después.
Un martes, al volver de la consulta, veo a Carol en su jardín.
Está de espaldas, agachada junto al arbusto que Burbon destrozó el primer día.
Ha plantado algo nuevo. No sé qué. Me quedo un momento junto al coche, con la llave en la mano, mirando cómo trabaja.
Se mueve con concentración metódica. La misma que tenía cuando la vi palear nieve.
Todo su cuerpo enfocado en la tarea, fingiendo que el mundo exterior no existe.
No me ve. O finge no verme.
Podría saludar.
Disculparme otra vez por el perro.
Preguntarle qué ha plantado.
Comportarme como un adulto normal.
La lista de cosas que podría hacer y no hago empieza a ser alarmantemente larga.
Entro en casa sin decir nada.
Whisky.
Soledad.
Cama.
Y vuelta a empezar.
La luz cenital es demasiado blanca. No como la de un quirófano real, que tiene un tono azulado y proyecta sombras nítidas. Esta es completamente plana. Procede de todas partes y de ninguna, como si Dios hubiera decidido iluminar una tragedia.
El bip del monitor se acelera: ciento veinte, ciento treinta, ciento cuarenta.
Taquicardia.
No necesito mirar la pantalla; conozco el sonido.
Hay sonidos que se graban en una parte del cerebro donde el olvido no existe: el pitido de un monitor cuando un cuerpo se precipita hacia el desastre, la aspiración tragando sangre, el tono de una enfermera que pronuncia tu nombre sin decir aún que estás jodido.
Alguien está perdiendo la partida.
Mis manos buscan instrumental. No está donde debería.
¿Por qué no está donde debería?
Los guantes se pegan a mi piel. El desinfectante huele a yodo y a metal caliente. No, eso no es metal caliente; es sangre .
Abre los ojos.
No sé si se lo digo a él o a mí.
¡Despierta, joder!
Me despierto con las manos abiertas sobre las sábanas, como si acabara de soltar algo.
La almohada está empapada, la camiseta también. El corazón me golpea el pecho.
Burbon me mira desde el suelo, con esos ojos de caramelo que no juzgan, ni preguntan, ni exigen.
Le paso la mano por el lomo.
—No pasa nada —susurro.
No vuelvo a dormirme.
A la mañana siguiente, el aire es cortante. Burbon y yo llevamos diez minutos caminando cuando el perro se detiene.
No es ninguna de sus paradas habituales. Conozco sus categorías: parada uno, ha olido pis y debe responder; parada dos, potencial ardilla; parada tres, esto parece comestible, vamos a probar.