GREG
SHELTER CREEK
Shelter Creek es más grande de lo que imaginaba.
Lo cual no significa que sea grande. Significa que, en mi mente, lo había reducido a cuatro casas, un buzón comunitario y un ciervo deprimido cruzando la carretera con mirada de haber tomado malas decisiones financieras.
Pero no. Shelter Creek tiene ambiciones urbanas.
Cuenta con una calle principal, una ferretería, una oficina de correos que huele a los años setenta y una licorería donde pronto conocerán mi nombre.
También hay un supermercado —¡gracias a Dios!
— y tres iglesias, sin duda un exceso para un pueblo que apenas llena ninguna.
El Moose está en una esquina de la calle principal, reconocible por un cartel de madera en el que un alce bebe cerveza. Nada mal como resumen de las aspiraciones locales.
Mi Tesla avanza por el asfalto agrietado con la discreción de un transbordador espacial aterrizando en una feria ganadera. Probablemente es el único vehículo eléctrico en cincuenta kilómetros. Quizá más. Si lo dejo aparcado mucho tiempo, es posible que alguien le eche heno.
Manipulo la pantalla táctil y pongo la radio.
Estática. Country. Más estática. Un predicador hablando del fuego eterno con una pasión que me parece excesiva para las ocho y treinta de la mañana.
Entonces tropiezo con U2. Bono vocifera el One Tree Hill .
Subo el volumen porque soy un hombre adulto con una carrera destruida, un perro que ronca como un generador diésel y un historial reciente de decisiones cuestionables.
Merece la pena aferrarse a las pequeñas alegrías: una canción conocida en una carretera desconocida, un brazo apoyado en la ventanilla, la ilusión momentánea de que no estoy huyendo de nada.
Tengo que frenar bruscamente para no atropellar a dos muchachos que pasan haciendo jogging .
El cinturón se me clava en el hombro. Hago sonar el claxon.
Me indigna cómo corredores y ciclistas prescinden de toda precaución; eso es igual en Canadá que en Chicago o en Tombuctú.
Al fin y al cabo, me digo, están haciendo deporte. Podría ser peor.
Uno de ellos me enseña su dedo corazón sin siquiera mirarme. Magnífico primer contacto con la juventud local. Suspiro, agito la cabeza y sigo adelante.
Dejo el coche en la única plaza con cargador eléctrico. En uno de los laterales, pegado con celo, se agita un folio arrancado de un cuaderno. A rotulador azul, se lee: RESERVADO PARA EL DOCTOR ABBOT .
Me quedo mirando la hoja. En Chicago tenía una plaza subterránea con mi nombre grabado en una placa de bronce, justo al lado del ascensor privado del ala quirúrgica, dos niveles por debajo de un hospital que facturaba más en un martes lluvioso que este pueblo en un año bueno.
Aquí mi nombre está escrito a mano en una cuadrícula de cuaderno escolar.
Las letras se inclinan un poco hacia la derecha.
La B parece haber sido atacada por un insecto.
Quien las escribió tenía prisa o estaba un poco borracho.
Aparco y entro rápidamente. El edificio es de una sola planta, de hormigón pintado de verde pálido, con grandes ventanas y una puerta automática que se abre con un suspiro cansado. No he terminado de cruzar el vestíbulo cuando una mujer me intercepta.
—Buenos días, doctor. El abrigo puede dejarlo en la primera percha de la izquierda.
Las otras son de Gladys, la administrativa, y si toca una de sus perchas le arrancará la mano.
La sala dos tiene un grifo que gotea; llevo pidiendo que lo arreglen desde que Obama era senador.
El café de la máquina es veneno, pero si le echa dos terrones de azúcar, pasa de arma química a simplemente infame.
El baño de personal está al fondo del pasillo.
El pestillo no cierra, así que tosa antes de entrar.
Me quedo mirándola. Información recibida: abrigo, Gladys peligrosa, fontanería fallida, café homicida, protocolo de baño.
Diagnóstico provisional: estoy ante la autoridad real del edificio.
—Darlene Oakes —dice, como si el nombre fuera un dato menor que hubiera olvidado mencionar entre el café y el pestillo—. Enfermera jefa. Bienvenido.
Parece una mujer de armas tomar, y, por lo que pude leer antes de venir, lleva de enfermera aquí desde que yo estaba en la facultad.
Es delgada, enérgica —parece estar haciendo cientos de cosas al mismo tiempo— y cuando te mira, recuerda a un colibrí.
Tiene el pelo gris recogido, las mejillas afiladas y unas arrugas alrededor de los ojos que sugieren dos cosas: se ríe a menudo y probablemente se ríe de ti.
Hasta en el tono de voz se le nota el ceño fruncido.
—Gracias, Darlene. Yo soy…
—Greg Abbot. De Chicago. Lo sé. Lo sé todo. Llevo aquí más años que las secuoyas. Esperábamos ansiosos la llegada de la superestrella de la medicina. Ya habrá visto ahí fuera el cargador para su carruaje. —Acompaña la última palabra con una reverencia .
Bien. Segundo diagnóstico provisional: Darlene no necesita anestesia para abrirte en canal.
—Mire, doctor.
Señala una placa de latón colgada en la pared de recepción. Es pequeña, del tamaño de un libro abierto. Dice:
EN RECONOCIMIENTO AL PERSONAL DEL CENTRO CLÍNICO DE SHELTER CREEK POR SU ACTUACIÓN DURANTE EL INCIDENTE DE LA PLANTA brAEBURN TIMBER.
14 DE MARZO DE 2009
—Explotó una caldera en el aserradero —explica—. Doce heridos, cuatro graves. Fuimos los primeros en llegar. La ambulancia del St. Joseph’s tardó cuarenta minutos.
Contemplo la placa.
—Impresionante —digo. Y lo digo en serio.
Darlene me estudia. Está buscando algo. Arrogancia, quizá. Síntomas de señorito de ciudad.
—Mire, aquí no operamos corazones. Pero sabemos suturar, estabilizar y mantener vivo a alguien el tiempo suficiente para que llegue la ambulancia. Si eso le parece poco, este no es su sitio.
Podría decirle que, a veces, mantener vivo a alguien durante cuarenta minutos exige más valor que una cirugía programada con doce personas en quirófano y un comité de riesgos detrás.
Podría decirle muchas cosas.
La verdad es más simple y menos noble: necesito este trabajo.
A diferencia de casi todos los médicos que conozco, no me he pasado la vida preparándome para esto.
Mis padres no fueron médicos, y, para ser honesto, tampoco he sentido nunca eso que muchos llaman vocación.
Sencillamente, pertenezco al extremo opuesto del espectro.
Y me hace falta el dinero. Así que, respondiendo a las palabras de Darlene, por lo que a mí respecta, si me pagan un sueldo decente y no hacen demasiadas preguntas, estaré más que satisfecho trabajando aquí.
—No me parece poco —respondo.
Darlene mantiene la mirada un segundo más, radiografíándome con esos ojos que han visto a decenas de médicos llegar y marcharse. Luego asiente.
—Ya veremos —dice—. Venga, le enseño el almacén. Y no se tropiece con la caja de guantes que hay en el suelo. Lleva ahí desde Navidad. Si alguien cree que voy a recogerla yo, puede sentarse a esperar. Será que me han visto cara de basurera.
La sigo por el pasillo. El centro tiene dos salas de reconocimiento muy bien equipadas, una consulta que será la mía, una sala de análisis y extracciones con seis camas y un almacén.
Me sorprende ver que no hay quirófano. Ni sala de procedimientos complejos.
No hay nada que se parezca al lugar donde yo pasé buena parte de mi vida adulta.
Los casos graves se derivan al St. Joseph’s, en Prince George, sesenta kilómetros al sur.
Sesenta kilómetros.
Eso es una cifra. Un dato.
Pero aquí las cifras tienen apellido.
Sesenta kilómetros con nieve. Sesenta kilómetros con hielo. Sesenta kilómetros con un hombre desangrándose en una camilla mientras Darlene le sujeta la mano y yo hago cálculos mentales con la presión arterial, la saturación y el tiempo que tardaría un cuerpo en rendirse. Intento no pensar en ello .
Fracaso de forma moderada.
Mi primer paciente es un chico de veintitantos, con pelo largo, tatuajes hasta el cuello y un corte limpio en el antebrazo izquierdo que necesita varios puntos.
Se llama Tyler Birch y trabaja en el aserradero, lo cual me parece una elección profesional cuestionable para alguien cuyo aliento huele a Budweiser.
—La cadena rebotó en un nudo —explica mientras le limpio la herida.
—Rebotó en dos cervezas de más —corrige Darlene desde la esquina, preparando la bandeja de sutura.
—Fue solo una.
—Tyler, por favor.
—Y era sin.
—Te vi salir del Moose a las once.
—Es mi vida privada, Darlene.
—Y una estupidez para alguien que se gana la vida manejando una motosierra.
Tyler suspira, ofendido por la humillación de que una enfermera conozca su rutina etílica.
Le infiltraré anestesia local, limpiaré bien y suturaré con calma. Quince minutos y diez puntos, quizá once si me pongo perfeccionista.
Darlene me pasa la jeringa.
—¿Sabe lo que hacía el médico anterior? —comenta—. Cobraba extra por suturas de borrachos. Lo llamaba recargo etílico.
—No puedo hacer eso.
—Claro. Usted viene de una gran ciudad. Allí operaba a deportistas de élite.
El pulso me da un pequeño salto .
Tyler abre los ojos como si acabaran de encenderle una pantalla delante.
—¿A quién operabas, tío?
Empiezo la sutura. Primer punto. La aguja entra limpia. La piel obedece.
—A nadie que conozcas.
—¿Jugadores de la NBA? ¿De la NFL?
Se me acelera el pulso. Segundo punto. No aprietes demasiado. Buena eversión de bordes. Respira.
—Concéntrate en no moverte.
Pero Tyler sigue hablando.
—¿Conociste a alguien de los Bears?
Continúo suturando. El hilo se desliza. Pinza. Nudo. Corte. Mi mano sabe qué hacer. Eso es lo curioso del desastre. Puedes perderlo todo, pero las manos siguen recordando. Son unas traidoras muy competentes.
—Mire, doctor —insiste Darlene, que al parecer tiene esa capacidad para ignorar selectivamente las señales de que un tema está cerrado—, aquí nos gusta saber quién nos cura. Es un pueblo pequeño.
Un foco blanco. Un monitor alocado. Una voz diciendo que la presión está cayendo.
No.
Aquí no.
—Darlene.
—¿Sí?