Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

INSOMNIO

Donnie Hale resulta ser un hombre enjuto, de unos sesenta años, con una gorra de los Canucks que ha visto tiempos mejores y unas manos diligentes. Probablemente lleva cuarenta años abriendo calderas. Ha llegado en menos de una hora después de mi llamada, lo cual, en Chicago, habría sido un milagro.

Trabaja en silencio. Me gusta la gente que trabaja en silencio. Y ha elogiado mi Tesla al bajar de su camioneta. Punto para Donnie.

Yo estoy en la cocina, leyendo el manual de bienvenida de la clínica que me han mandado por email, cuando Burbon se levanta del sofá y trota hasta la esquina del salón, junto a la chimenea.

El mismo rincón de ayer. Se queda ahí, con el hocico a dos centímetros de la pared y las orejas bajas, emitiendo ese gemido suave que me eriza la piel de la nuca.

—Eh, chico. Ven aquí.

Me ignora y sigue olfateando.

—¡Burbon!

—No encontrará nada —dice Donnie desde el cuarto de la caldera, sin asomarse—. Estas casas viejas crujen y huelen. Los perros se vuelven locos con los olores del subsuelo .

Subsuelo. Una palabra que no mejora ninguna conversación dentro de una casa medio abandonada.

—¿Lleva mucho tiempo vacía? —pregunto.

—¿Esta? Seis o siete años. —Oigo un ruido metálico, una llave inglesa contra algo, supongo—. Ya era hora de que alguien la ocupara.

—¿Costaba alquilarla?

—No sabría decirle. —Pausa. Otro golpe seco—. Pero no me extraña.

Levanto la vista del portátil. No me gusta cómo suena eso.

—¿Lo dice por la caldera?

—No… no solo por la caldera.

Ah. Estupendo. El técnico ha activado el modo críptico y misterioso.

—¿Por estar tan apartada del pueblo?

No contesta. Durante unos segundos solo se oye el tintineo de las herramientas y la respiración de Burbon en la esquina. Me obligo a no mirar hacia allí, lo que por supuesto hace que mire cada tres segundos.

Finalmente, Donnie aparece en el umbral de la cocina, limpiándose las manos con un trapo. Sus ojos van primero hacia Burbon, y luego hacia mí.

—La caldera ya funciona —dice—. Le he cambiado la válvula de presión y he purgado el circuito. Tardará un par de horas en calentar la casa, pero aguantará el invierno.

Una parte de mí se alegra. La otra sigue atrapada en «no solo por la caldera».

—Gracias —digo, poniéndome en pie—. ¿Cuánto le debo?

—Ya se lo diré. Le haré llegar la factura.

Se guarda el trapo en el bolsillo trasero, recoge la caja de herramientas y camina hacia la puerta. Antes de salir se detiene, con la mano en el pomo, y vuelve a mirar a Burbon.

—Son los olores —dice .

—¿Perdón?

—Estas casas viejas guardan de todo.

No me mira al decirlo, y eso me hace fruncir el ceño.

La puerta se cierra y oigo el golpe de la caja de herramientas contra la camioneta y el motor arrancando con un gruñido ronco. El sonido se aleja por el camino de tierra hasta desaparecer.

Burbon ha vuelto al sofá.

Intento racionalizar lo que acaba de pasar.

La casa lleva vacía seis o siete años. Los olores se acumulan.

Humedad, madera podrida… esas cosas. La caldera estaba destrozada.

Probablemente el dueño anterior murió o se marchó y nadie se molestó en mantenerla.

En un pueblo de este tamaño, una propiedad aislada con la fontanería podrida y el tejado a medio reparar no es exactamente un imán para inquilinos. Explicación lógica. Caso cerrado.

Excepto que Donnie no ha dicho «hay humedad». Ha musitado «no me extraña» y se ha callado. Y cuando le he preguntado por qué lo ha dicho, ha mirado a mi perro en vez de a mí.

La frase se me queda dentro, como esa espina pequeña que no te impide caminar pero que notas a cada paso.

Para cuando cae la noche, la calefacción ya funciona a pleno rendimiento. La casa cruje con cada cambio de temperatura y la madera se dilata como un animal viejo que se despierta y estira los huesos. Me acuesto con una sola manta. Una. El lujo desmedido corrompe al hombre.

Me duermo sin darme cuenta.

A las tres y doce de la madrugada, estoy sentado en la cama. No sé qué me ha sacado del sueño: no ha sido un ruido ni una pesadilla, creo. A veces el cuerpo simplemente decide que ya ha dormido suficiente y te devuelve al mundo sin pedir permiso.

Me acerco a la ventana. Al principio solo veo mi reflejo: cara pálida, pelo revuelto y barba de dos días. Luego la vista se ajusta a la oscuridad exterior.

La casa de al lado tiene una estancia encendida. La cocina, creo. Una claridad tenue y amarillenta se filtra por el borde de las cortinas echadas. En esta oscuridad absoluta parece un corte abierto.

Son las tres de la madrugada. La hora de las malas decisiones.

Me quedo ahí, de pie, en la oscuridad de mi dormitorio, mirando esa línea amarilla. Carol está despierta. No debería importarme. Hay muchas razones por las que una persona puede estar despierta a las tres de la madrugada. Insomnio. Sed. Ganas de orinar. Un mal sueño. Una preocupación. Un recuerdo.

No es asunto mío.

Me obligo a repetirlo.

No es asunto mío.

Fuera, la nieve brilla bajo la luna con una luz que parece de quirófano. La quietud es hipnótica, no se mueve nada. Ni un coche, ni un animal, ni una rama.

Solo estamos esa luz y yo.

Sin razón alguna, me viene a la cabeza la frase de Donnie. «Estas casas viejas guardan de todo». No sé por qué pienso en eso ahora. A estas horas, el cerebro hace conexiones que de día parecerían absurdas. Pero la ventana sigue brillando al otro lado de la nieve.

Detrás de mí, las tuberías gorgotean. Vuelvo a la cama, pero no puedo dormir.

Por lo visto, no soy el único.