GREG
BARRERAS
Esta mañana ha llegado la furgoneta de mudanza. Sí, furgoneta; Linda no me dejó pertenencias ni para llenar un solo camión. Patético. Al menos ahora tengo cazuelas, sartenes y mi colección de vinilos. Cruzo los dedos para que funcione el tocadiscos.
Resuelto el problema de los enseres, tocaba hacer check en algo esencial para la supervivencia: alimentarse.
Cerca de casa he encontrado abierta una pequeña tienda de ultramarinos en la que he podido comprar leche, huevos, mantequilla y algunas conservas.
Espero que Shelter Creek tenga supermercado, porque si tengo que depender de esta especie de Badulaque , estoy sentenciado.
La calefacción sigue muerta.
He pasado la última media hora frente al panel del termostato, pulsando botones, quitando y poniendo la tapa de plástico.
He probado de todo, incluso soplar dentro del panel; ni que fuera un cartucho de Nintendo.
Cuando la cobertura del móvil me ha dado una tregua, he consultado un tutorial de YouTube titulado «Cómo reparar tu caldera en cinco pasos fáciles».
Evidentemente, fue creado por alguien que nunca ha tenido que reparar una caldera que se remonta a la guerra de Corea .
El vídeo se ha congelado —otra ironía— justo cuando Trevor, el manitas sonriente del tutorial, iba a señalar una válvula.
Burbon me observa desde el sofá. Está tumbado con el hocico apoyado en sus patas delanteras. Normalmente, esa mirada me desarma. Ahora mismo la odio.
—No digas nada —le advierto.
Bosteza.
Más me vale que esto quede resuelto hoy.
Mañana empiezo en la clínica —médico general, turno de mañana y la mitad del sueldo que ganaba en Chicago— y no pienso pasarme otra noche durmiendo con dos jerséis y el abrigo puesto.
Anoche me planteé seriamente meter a Burbon en la cama como fuente de calor, pero el colchón individual apenas da para uno y mi colega peludo, aunque generoso en el amor, es un dictador implacable en cuestiones de confort.
Necesito un profesional. Alguien que sepa lo que hace. Lo cual me descarta automáticamente a mí.
Salgo a tirar la basura con dos bolsas en la mano y el frío me ataca en los primeros tres segundos.
Oigo unos ruidos a mis espaldas. Me doy media vuelta.
Mi vecina tiene una pala en la mano y está quitando la nieve de su entrada. Parece que lleva haciéndolo toda la vida. Va bien abrigada con un grueso anorak, unas buenas botas forradas y un gorro con orejeras que le enmarca la cara. Yo, en cambio, llevo vaqueros y una fina cazadora de piel.
—Si vas a vivir aquí, más te vale aprender a vestirte mejor.
No me mira al decirlo. Sigue paleando.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
Ahora sí levanta la vista. Se limpia el sudor de la frente con el dorso de la mano y resopla por el esfuerzo.
A la luz de la mañana, sin la escoba y el batín de combate, no parece la mujer que ayer me echó de su jardín.
El frío le ha encendido las mejillas y el gorro le da un aire vagamente infantil, lo cual contrasta con sus ojos, que no tienen nada de infantiles.
Me miran con una atención exhausta de quien lleva mucho tiempo calibrando a la gente antes de decidir si vale la pena.
—Carol —dice, apoyándose en la pala a modo de bastón—. Carol Tremblay.
No extiende la mano ni se acerca. Yo tampoco.
—Greg.
Ya está. Hemos cruzado la gran frontera social del vecindario: ahora sabemos cómo llamarnos mientras nos evitamos. No sé si me siento decepcionado o aliviado.
Se hace un silencio; nos hemos quedado sin gasolina enseguida.
Pero la verdadera fuente de mi ansiedad, lo que me provoca ese intenso quemazón que me sube por el cuello, es la posibilidad de que, en cualquier momento, ella caiga en la cuenta, frunza el ceño y, ladeando la cabeza, me mire —me mire de verdad— y diga: «Un momento, ¿tú no eres el tipo aquel… ?».
Eso es lo que siempre temo cuando conozco a alguien, porque lo soy.
Soy el tipo aquel .
Pero ella no ha caído en la cuenta. Y si lo ha hecho, lo demuestra de fábula.
—¿Y a qué te dedicas, Greg? —pregunta.
Lo detecto al instante. Es el tipo de cuestión que se hace por pura educación, como quien pregunta la hora sin necesitar saberla. Y aun así, hace que me relaje.
—Soy médico. Empiezo mañana en la consulta del pueblo —digo, cruzando los dedos.
No sé por qué, añado:
—Me siento como en el primer día de universidad.
Espero que sonría. Todavía no la he visto hacerlo.
Solo asiente con la cabeza.
No me gusta ir por ahí diciendo mi profesión.
Es una lata, hasta tus mejores amigos acaban pidiéndote consejo profesional.
Y no siempre con respeto, no seamos ingenuos.
La gente oye «médico» y su mente se lanza directamente a la rodilla que les cruje, al lunar que les ha crecido o al insomnio que arrastran.
Es un reflejo pavloviano: médico igual a consulta gratis.
«Ya que estás» es la frase que más odio.
Carol, para mi sorpresa, no se arranca con ninguna pregunta médica.
Ni siquiera parece impresionada. Permanece en silencio con la misma expresión que pondría si le hubiera dicho que soy fontanero o contable.
Y hay algo en su manera de mirarme de soslayo que me hace comprender que la mujer sabe lo que estoy pensando.
—La calefacción —digo, porque el silencio empieza a treparme por el cuello—. ¿Conoces a alguien que pueda arreglarla? He intentado hacerlo yo, pero mis conocimientos de fontanería casera acaban donde empieza el termostato. Y los de la inmobiliaria solo me dan largas.
Carol clava la pala en la nieve y se ajusta el gorro con una mano enguantada.
—Prueba con Donnie.
—¿Donnie?
—Donnie Hale. Trabaja para la mitad del pueblo. Dile que te mando yo.
—Gracias.
Vuelve a palear. Yo me quedo ahí, sosteniendo dos bolsas de basura, observando como un idiota cómo la pala entra en la nieve con un sonido seco. Levanta. Gira. Lanza. Repite. Es casi hipnótico.
Y sin darme cuenta, estoy mirándola a ella.
Es delgada, pero no de forma sana: las clavículas asoman bajo el cuello del abrigo como dos cuerdas tensas, y las muñecas que emergen de los guantes son finas y frágiles.
Pero mueve la herramienta con una fuerza impresionante que no corresponde a su cuerpo.
Un mechón rubio se le ha escapado parcialmente del gorro y le cae húmedo sobre la frente.
—Bueno —digo.
Debería irme. De hecho, me estoy yendo. Mis pies ya se están moviendo hacia mi casa. Y aun así…
—Quitar nieve da sed —digo.
No.
No, Greg.
¿Por qué?
—Si algún día te apetece pasarte a tomar una cerveza, o algo caliente…
Las palabras han salido de mi boca antes de que las autorice.
En un momento de efímera lucidez, me pregunto por qué acabo de invitar a mi casa a esta mujer.
Pero la propuesta está hecha, así que la pregunta ya no tiene sentido.
Es como dejar caer al suelo un bisturí durante una operación: no puedes volver a cogerlo, solo puedes pedir otro y seguir adelante.
—No, gracias —responde ella, sin dejar de palear.
Se me quita un peso de encima. Porque si hubiera dicho que sí, habría tenido que ser una persona funcional durante una hora, y no estoy seguro de poder sostener esa farsa más de veinte minutos.
Mi repertorio social actual se compone de hablar con Burbon —excelente oyente, pero sin grandes temas de conversación— y los correos con Sara a horas en las que ninguna persona equilibrada debería estar despierta.
—De acuerdo. Solo quería que supieras que no necesitas invitación por escrito.
Carol deja de trabajar para escrutarme un segundo. Algo cruza su expresión, rápido. Es difícil de interpretar.
—Llama a Donnie —dice.
Deja caer la pala sobre la nieve y se da la vuelta.
La sigo con la mirada antes de que vuelva a esconderse en su castillo. Camina con soltura, y me digo que, de lejos, aparenta treinta y pocos. Cuarenta y pico, probablemente su edad real, cuando se detiene. Y cien años en el fondo de los ojos.
Entra en su casa sin girarse. La puerta se cierra con un clic suave.
De repente, siento una primera y leve oleada de curiosidad.
En fin. Tengo una caldera que arreglar.