Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) CAROL
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CAROL

EL VECINO

Me levanto sin despertador. Me ducho con agua fría. Al salir, me miro en el espejo lo justo para confirmar que sigo aquí. No sé si eso es bueno o malo, pero es un hecho.

Hoy me toca regar la fila de macetas que cultivo en la encimera de la cocina, junto a la ventana: tres geranios, una planta de jade y un aloe vera al que le falta una hoja, la que corté hace meses para una quemadura. Las plantas necesitan poco y no piden nada.

De camino a la cocina, paso por la puerta del fondo del pasillo. Está cerrada. Siempre lo está. Aprieto el paso sin darme cuenta, como hago cada vez, pegándome a la pared contraria. Mis pies conocen la maniobra mejor que yo.

Pongo la cafetera. Es una vieja, de filtro, que hace un ruido como de cañería atascada.

La compré hace cuatro años en una tienda de segunda mano de Prince George, un año después del incidente.

Es curioso, un año. A veces cuento las cosas así: por el tiempo que pasó desde . La cafetera, un año. El colchón, tres.

Las pesadillas, cero. Esas vinieron el mismo día, puntuales como un requerimiento de Hacienda.

El café sale oscuro y su aroma es lo único que me gusta de las mañanas. Me lo bebo de pie, junto a la ventana, mirando el jardín.

El agujero sigue ahí.

Ese maldito chucho, cavando como si le fuera la vida en ello.

Arrancó el arbusto de raíz. Mi enebro. Lo planté el primer verano, cuando todavía pensaba que cuidar cosas tenía sentido.

Tantos años creciendo y un perro lo destroza en dos minutos.

Niego con la cabeza, rabiosa. Así funciona el mundo: lo que construyes tarda y lo que se rompe no.

Doy un trago. Me quema la lengua.

Lo vi llegar anoche.

No es que estuviera vigilando. Simplemente estaba en la cocina, mirando por la ventana, como ahora, y los faros pasaron por la carretera y giraron hacia la casa de al lado.

Un Tesla blanco, silencioso, precioso. El tipo de coche que la gente compra para sentirse bien, diciendo al mundo que le importa el medio ambiente y que tiene dinero.

Aquí, en una carretera de tierra donde nadie llega por casualidad, un coche así es como un esmoquin en lo profundo de una mina.

El hombre se quedó un rato sentado en el coche sin moverse, con las manos en el volante, mirando la casa, tal vez decidiendo si entrar o dar media vuelta. Conozco esa postura.

Otro que viene huyendo, está claro.

Este pueblo los atrae. No sé qué tiene Shelter Creek que funciona como un imán para la gente que no quiere ser encontrada. Quizá es la distancia. Quizá es el frío. Quizá es que aquí nadie te pregunta de dónde vienes porque a nadie le importa.

Corrí la cortina y me fui a la cama.

Y hoy aquí estoy de nuevo, junto a la ventana.

El hoyo en el jardín me mira como una boca abierta. Voy a tener que rellenarlo, replantar algo, cubrir el desastre. Otro destrozo que tapar. Estoy acostumbrada. Se me da bien.

Mi nuevo vecino es alto, de pelo oscuro y hombros anchos.

Esta mañana, después de que su perro se lanzara contra mi jardín como un misil peludo, se ha disculpado con una voz grave y tranquila, el tipo de persona que baja el volumen en vez de subirlo cuando quiere que le escuches.

Eso es lo que más me ha llamado la atención.

Eso y la forma en que se ha agachado para sujetar al perro.

Rápida, segura, con la agilidad que tienen los hombres acostumbrados a usar el cuerpo con precisión. Deportistas. Militares. Bomberos.

Lo que fuera.

Sonreía un poco, como tanteando. Conozco bien esa sonrisa. Es la de quien está acostumbrado a caer bien y no entiende por qué esta vez no funciona. Ha resultado incómodo.

Se ha quedado arrodillado en la nieve mientras yo cerraba la puerta. No ha levantado la voz. Solo la ha bajado, ese tono calmado. Hay hombres que gritan y otros que no necesitan gritar. No sé cuáles me dan más miedo.

Pero no me engaña. Estoy bastante segura de que, en su fuero interno, ha hecho algún comentario sarcástico. Tal vez se lo ha hecho al perro. Seguro que ya me odia.

Da igual. No me importa.

Los hombres juzgan. Es lo que hacen. Juzgan y después quieren cosas. Quieren hablar, quieren café, quieren que les cuentes tu historia, quieren que les escuches la suya. Quieren entrar. Y una vez que entran, no se van hasta que lo han roto todo.

Estoy bien sola. Llevo cinco años así, tiempo suficiente para aprender que la soledad no es lo peor que te puede pasar. Lo peor es la compañía equivocada, y yo ya tuve mi ración.

Lavo la taza, la seco y la coloco en el estante, con el asa hacia la derecha. Siempre hacia la derecha. Si alguien me preguntara por qué, no sabría explicarlo.

Tres golpes en la puerta. Fuertes, espaciados, con los nudillos. Solo una persona en Shelter Creek llama así, como si la puerta le debiera dinero.

Lyle.

Me quedo quieta un momento y casi puedo sentir la energía saliendo a borbotones por mis poros.

Si no abro, volverá a llamar. Si no abro a la segunda, llamará a la tercera y luego gritará mi nombre desde el porche, y medio pueblo se enterará de que Lyle Brouder está otra vez en la puerta de Carol Tremblay.

Abro lo justo. Solo un palmo. El aire frío entra y se me clava como una daga.

Lyle ocupa todo el marco. Lleva una chaqueta de franela abierta sobre una camiseta del taller, con una mancha de grasa que parece llevar ahí desde la legislatura anterior. Bajo su barba descuidada, me dedica una sonrisa de cachorro grande.

—Carol —pronuncia mi nombre como si fuera una buena noticia—. ¿Cómo estás?

—Ocupada.

No lo estoy.

—Ya. Sí. Oye, solo quería decirte que el viernes hacen algo en el Moose, un concierto o algo así. Country, creo. No sé si te gusta el country. A mí tampoco es que me vuelva loco, pero Wade pone las cervezas a mitad de precio y…

—No, gracias.

—Ni siquiera he terminado de…

—No, gracias, Lyle.

Se rasca la barba. No se ofende. Ese es su problema: nunca se ofende.

Un hombre que se ofendiera habría dejado de intentarlo hace meses.

Lyle no. Lyle vuelve, como la lluvia o las facturas, cosas molestas a las que acabas acostumbrándote.

Parece excitarle que lo trate mal. A veces pienso que, si me vistiera con licra, lo amordazara y le diera de latigazos, se volvería loco de placer .

—De acuerdo —dice—. Pero si cambias de opinión…

Ni de coña pienso cambiar de opinión.

—Serás el primero en saberlo.

Asiente y se mete las manos en los bolsillos.

—He visto que tienes vecino nuevo. —Mira de reojo hacia la casa de al lado y cabecea. Algo se me tensa en el estómago—. Un Tesla, ¿eh? Yo soy más de los clásicos. Esos chismes eléctricos no rugen, no tienen alma.

—No me he fijado.

—Difícil no fijarse. No es que se vean muchos de esos por aquí. —Se ríe de su propio comentario—. Si lo ves, dile que se pase por el taller. Ese platillo volante no va a durar un invierno en estas carreteras.

—No soy el comité de bienvenida, Lyle.

—No, ya. —Me mira un momento. La sonrisa se le afloja un poco. Sigue convencido de que, si espera lo suficiente, la puerta se abrirá del todo. El socio fundador del Club del pico y pala . Pobrecillo—. Bueno. Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.

—Lo sé. Nos vemos.

Cierro la puerta. Me quedo de pie en el pasillo hasta que oigo su camioneta arrancar y alejarse por la carretera de tierra.

La tarde pasa como todas: sin hacer ruido. Leo un rato. No me concentro. Miro por la ventana. El cielo es del color del agua sucia, bajo, aplastante; alguien parece haber puesto una tapa sobre el mundo.

A las cinco y algo, cuando la luz ya se ha ido del todo, veo movimiento en la casa de al lado.

Una silueta detrás de la ventana del salón.

Es él, claro. Se mueve despacio, de un lado a otro, buscando algo o moviendo cosas de sitio.

Como si no supiera cuál es el siguiente paso ahora que se ha instalado.

Conozco esa inquietud, esa sonrisa no me engaña. No está aquí por elección propia, es obvio.

Me quedo mirando más tiempo del que debería.

La silueta se detiene. Creo que se ha sentado.

¿Me estará viendo él a mí? Luego, otra sombra más baja y rápida: el perro, que pasa por delante de la ventana.

La silueta del hombre se inclina y le acaricia la cabeza.

O eso parece. Desde aquí solo veo formas.

Cierro las cortinas.

Las del lado derecho ya estaban cerradas. Las del fondo también. La cocina, el salón, el dormitorio, el baño. Todas. Siempre. Llevo años viviendo así, sin una sola ventana abierta, y nunca me he parado a pensar por qué. O sí me he parado, pero la respuesta es un camino que me niego a transitar.

Reviso la puerta. El cerrojo de arriba, el de abajo, la cadena. La casa queda sellada.

Me lavo las manos, me meto en la cama y desaparezco bajo una montaña de mantas.

Fuera, el silencio. Dentro, yo.

Es suficiente.