GREG #3
Mensaje claro. Pero no me da opción. La mujer baja los escalones del porche con la escoba en alto.
Burbon la ve acercarse y, en un ejercicio magnífico de lectura social, decide que esa mujer furiosa armada con un utensilio doméstico es exactamente la persona a la que necesita saludar.
Sale del agujero y corre hacia ella, salpicando barro y nieve.
—¡Fuera! ¡Fuera de aquí, chucho!
Agita la escoba. Burbon ladra. No de miedo. Al contrario, en su cerebro, esto es un juego nuevo. «Señora con palo». Excelente dinámica.
Cruzo la zanja a toda prisa. Resbalo, recupero el equilibrio con dignidad y agarro a Burbon del collar.
—Lo siento —digo—. No ha sido mi intención. Acabamos de llegar y…
—¿No hay una correa para ese bicho?
—Sí, pero estábamos…
—Pues úsala.
Sus ojos grises me miran con la calidez de una placa de rayos X.
—No volverá a pasar —digo.
—Mira, no hay valla entre las dos parcelas. Deberíamos construir una. Pero hasta entonces, tu perro no puede pisar mi terreno. ¿Estamos?
—Estamos.
—Bien.
Se da la vuelta.
—De verdad, disculpa —insisto, reprimiendo una sonrisa. Ni que Burbon le hubiera dejado una liebre muerta en el felpudo. ¿Qué le pasa a esta mujer?—. Puedo arreglarte la…
La puerta se cierra con un golpe seco. Un pájaro sale disparado del alero.
Me quedo de rodillas en la nieve, sujetando a Burbon, que jadea con la lengua fuera y la satisfacción moral de quien ha vivido una mañana productiva.
La casa de la vecina es más pequeña que la mía, pero está mejor cuidada. El porche limpio, las macetas alineadas, la leña apilada… y las cortinas echadas en todas las ventanas .
No sé por qué me fijo en eso. Mentira, sí lo sé. Las casas también hablan. La mía dice abandono. La suya dice defensa.
El rayo de esperanza que me había alcanzado hace veinte minutos en el claro del bosque se evapora al instante.
—Bueno —le digo a Burbon—. Primera impresión excelente.
Él mueve la cola.
—No, colega. No le has caído bien.
Los perros no tienen la capacidad de ofenderse. Es su mejor cualidad y la razón por la que los prefiero a la mayoría de los humanos.
Me quito las botas en el porche y entramos en casa. De inmediato, comienzan a castañearme los dientes. El frío se me ha instalado en los huesos. Sospecho que la bienvenida de la vecina tiene tanto que ver con el destemple como los trece grados bajo cero.
Dedico la siguiente hora a terminar de instalarme.
Cuelgo la ropa en el armario del dormitorio.
Coloco el neceser en el baño. De la mochila saco libros de medicina, un reproductor bluetooth, una caja de analgésicos y una foto de mi graduación.
La miro un segundo: un tipo joven con el pelo oscuro y una sonrisa limpia.
Cree que el futuro es una línea ascendente.
Que el esfuerzo conduce al mérito, el mérito al reconocimiento y el reconocimiento a una vida ordenada y tranquila con encimeras de cuarzo.
Pobre imbécil.
Guardo la foto en el cajón de la mesilla, boca abajo, y voy con el siguiente punto de la lista: llamar a la inmobiliaria para reportar la avería del termostato.
Música enlatada. Transferencias a extensiones que no contestan.
Más música. Al fin consigo abrir una solicitud formal.
Un hombre que me llama «señor Abbot» me asegura que lamenta mucho las molestias.
—Mandaremos un técnico —dice—. Tardará algunos días .
Le pregunto cuántos. Me dice que «algunos».
—La calefacción no funciona —insisto—. Estamos bajo cero.
—Lo comprendo y lo lamento.
Ni lo comprende ni lo lamenta. Está en una oficina caliente con un radiador junto a los pies. Apostaría dinero. No mucho, porque estoy sin blanca, pero algo.
Le deseo un feliz día, aunque por dentro me estoy cagando en sus muertos, y cuelgo antes de añadir algo que complique mi solicitud.
Mientras hablo, miro por la ventana de la cocina.
Los pinos forman una muralla irregular, oscura incluso con la luz del mediodía.
Entre ellos se adivina el inicio del sendero por el que hemos subido.
No sé por qué me quedo mirando. No hay nada que ver.
Pero tampoco puedo decir que no haya nada.
Es como esas radiografías en las que no encuentras la fractura y aun así sabes que algo no está bien.
Burbon aparece a mi lado y apoya el hocico en mi muslo.
—Tú también lo notas, ¿verdad?
Bosteza.
Cuando termino de colocar mis pocas cosas, el sol ya está alto. Me sirvo otro trago de Maker’s Mark en la taza de Bruce y me dejo caer en el sofá. Burbon se tumba a mis pies.
—Bueno —le digo—. Primer día. La casa es una ruina, la calefacción no funciona y la vecina quiere matarnos. ¿Alguna pregunta?
Cierra los ojos.
—Lo tomaré como aprobación por omisión.
Le rasco detrás de la oreja. Él empuja la cabeza contra mi mano sin abrir los ojos. Hace esto desde cachorro: buscar el contacto humano. Linda decía que lo tenía malcriado. Linda decía muchas cosas.
Aparto la mano y cojo el periódico que he comprado en la gasolinera. No consigo concentrarme en ninguna página. Mis pensamientos vuelven una y otra vez a esa mujer. A su reacción desproporcionada. A las cortinas cerradas.
Está claro que no le he causado una buena impresión. Lo bueno de que alguien te odie es que no te hace preguntas.
Apuro el whisky.
En fin. Todos venimos aquí a enterrar algo.