Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG #2
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GREG #2

Pasadas las ocho, después de una eternidad dando vueltas en la cama, la línea del horizonte por fin empieza a palidecer tras los pinos. Aquí el día llega tarde y con desgana; también le cuesta arrancar.

Me levanto. Es inútil seguir luchando.

Burbon espera sentado en la puerta, con la lengua colgando de lado y el rabo batiendo a toda velocidad. Traduzco: «¡Ya es de día! ¡Olores nuevos! ¡Quizá animales muertos! ¡Salgamos a pasear! ». No tiene ni idea de que hemos abandonado una vida. Para él, esto es una aventura.

En cuanto abro la puerta, sale disparado hacia la nieve. Los últimos tres meses han sido una sucesión de moteles baratos, sofás prestados y noches en el Tesla con los asientos reclinados y paseos cortos en áreas de servicio. Burbon necesita correr tanto como yo necesito dejar de pensar.

Detrás de la casa parte un sendero estrecho que sube hacia el bosque.

Burbon va delante, tirando de la correa y hundiendo las patas en la nieve fresca.

Su pelaje rojizo atrapa la primera luz del día como una moneda de cobre.

Para cuando llegamos a lo alto de la primera cuesta, tengo manchas de sudor en las axilas de la camiseta y los pulmones me arden por el aire gélido.

Es un dolor limpio. Me gusta. Hace meses que todo lo que me duele es sucio.

Al reparar en lo que se abre ante mí, me quedo sin aliento y me detengo.

No es el paisaje, aunque hace méritos. Pero he visto paisajes antes.

He volado sobre los Alpes, he operado en un hospital con vistas al lago Míchigan, he cenado en terrazas de restaurantes que cobraban trescientos dólares por hacerte creer que una puesta de sol mejora con un vino italiano en la mano.

Pero esto no va de belleza. Va de ausencia.

No hay sirenas, ni tráfico, ni el ronroneo eléctrico permanente que forma la banda sonora de cualquier ciudad. Solo el viento entre los pinos y algo que tardo unos segundos en identificar: nada. Absolutamente nada. Alguien ha apagado el mundo.

La colina no es alta, y tampoco hace falta.

Por el este, un espeso bosque tapa la vista; pero, hacia el oeste, el terreno desciende mansamente; la nieve parece pintada con los tonos dorados del amanecer.

El bosque se ha abierto en un claro desde el que se ve el valle: pinos hasta donde alcanza la vista, un río congelado en el fondo y montañas al norte con las cumbres envueltas en un algodón sucio de nubes.

Todo está quieto, brumoso, apacible. No hay edificios.

No hay grúas. No hay vallas publicitarias, ni carteles de neón, ni la menor evidencia de que alguien haya intentado vender algo en este lugar durante los últimos diez mil años.

Es como un folleto sobre la vida en la montaña hecho realidad.

Por primera vez en meses, el ruido dentro de mi cabeza baja de volumen.

No desaparece —no seamos ridículos, nunca desaparece—, pero se reduce a un murmullo de fondo.

Algo se afloja en mi pecho. No sé qué. Los músculos intercostales, probablemente.

Mis hombros bajan medio centímetro. Una respiración sale más larga de lo que esperaba.

Y entonces, de repente, comprendo lo que está pasando y me asusto, como si me hubieran sorprendido desnudo.

No. No vamos a hacer esto. No voy a detenerme en la cima de una colina para tener una epifanía, como un personaje de anuncio de seguros de vida.

No voy a mirar un valle nevado y decidir que todo ocurre por una razón.

No quiero ser uno de esos que compra muebles de segunda mano y dice frases como «la vida en el campo me sienta bien». Ni hablar.

Burbon ha dejado de tirar de la correa. Se ha parado en el centro del claro, con la lengua fuera y la cabeza ladeada.

Justo cuando estoy a punto de ponerme trascendente, se agacha, olfatea algo en la nieve y empieza a cavar, lanzando tierra y nieve por los aires.

Probablemente ha encontrado un topo muerto o un palo enterrado.

—Volvamos a casa.

Cuando la casa reaparece al final del sendero, cometo un error: libero a mi perro de la correa. En ese instante, arranca a correr. Un segundo está a mi lado y al siguiente salta la zanja que delimita la parcela de al lado.

—¡Burbon!

Me ignora. La nieve le llega al pecho, pero eso no le impide alcanzar un seto junto al porche de la casa vecina. Mete el hocico y escarba. Tierra y nieve vuelan por todas partes.

—¡Eh, chico! ¡Para!

—¿Pero qué coño?

Me vuelvo. Una mujer está de pie junto a la puerta.

Lleva un batín grueso, botas de agua y una taza de café en la mano.

En la otra sostiene una escoba. Su pelo rubio oscuro está recogido en una coleta rápida.

Tiene pómulos altos, cara angulosa y la mandíbula apretada.

Por su expresión, se diría que acaban de levantarla de la cama para comunicarle una subida de impuestos.

Pero lo que me retiene un segundo son sus manos. Es automático: llevo veinte años evaluando manos. Las manos cuentan historias que la boca oculta. Las suyas son pequeñas, secas, con las cutículas mordidas hasta donde la piel lo permite. Manos que no descansan.

—¿Es tuyo este chucho?

—Sí. Lo siento mucho, yo…

—Pues sácalo de mi jardín. Ya.