Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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Enterrar el pasado (Misterio Noir 1)

Enterrar el pasado (Misterio Noir 1)

Por Luis A. Santamaria

© inepub.com

GREG

LA VECINA

La primera señal de que mi vida va en caída libre es el cartel de «Bienvenido a Shelter Creek». Alguien le ha pegado un tiro. Un agujero limpio, del diámetro de un dedo, justo entre la «e» y la «l». En Chicago, eso habría sido vandalismo. Aquí, probablemente, solo una gamberrada adolescente.

O un aviso.

El coche, comprado en otra vida —una con un ático en la avenida Míchigan y pacientes que aparecían en anuncios de zapatillas—, traquetea sobre la grava. Cada sacudida me sube por la columna y me estalla en la base del cráneo.

En el asiento trasero, Burbon duerme. Por supuesto que duerme.

Posee esa capacidad envidiable de los perros para no angustiarse por el futuro ni por el pasado.

No piensa en el divorcio, ni en las facturas.

No piensa en titulares, demandas, testigos ni en abogados con traje.

Burbon respira y punto. Hocico sobre la manta, orejas caídas y cuerpo estirado ocupando todo el ancho del vehículo.

Es un setter de siete años, con el pelaje del color de un bourbon doble con hielo.

De ahí el nombre. Idea de Linda. Lo cual resulta irritante, porque el nombre es bueno.

De ella me quedan el perro, los papeles del divorcio y los ataques de pánico que me despiertan a las cuatro de la madrugada.

Las casas aparecen al fondo de un camino de tierra, tras dos pinos que parecen centinelas deprimidos.

Freno y miro la de la izquierda a través del parabrisas.

Es la mía. Bueno. La palabra «casa» es técnicamente correcta.

Pero no es exactamente lo que mostraban las fotos del anuncio, de la misma forma que un cadáver no se parece a la foto del pasaporte.

Es una estructura de madera de un piso y medio.

Las luces del coche iluminan una barandilla torcida que rodea el porche.

Se nota que lleva meses sin ocupar: una de las ventanas del piso superior tiene el cristal agrietado como una tela de araña.

Un detalle que el fotógrafo del anuncio, curiosamente, decidió no inmortalizar.

Ojalá hubiera podido alquilar la casa de al lado. Está mucho más cuidada. Lástima que no estuviera disponible.

Aparco, pero no me apeo inmediatamente. El motor se apaga sin hacer ruido, como todo lo eléctrico: con una especie de superioridad moral.

En el silencio, que parece inmenso para quien viene de Chicago y está habituado al ajetreo de State Street y del Loop, un búho ulula. El sonido parece venir de otro siglo.

Sigo con las manos en el volante. De repente me siento solo y confuso. Quizá todo esto sea una locura.

En el asiento trasero, Burbon se estira con ese sonido agudo que hacen los setters cuando se desperezan, a medio camino entre el bostezo y la queja. Levanta la cabeza y me mira a través del hueco entre los reposacabezas. «¿En serio? ¿Este es el plan? », parece decirme .

—No quiero quejas. Es lo que hay.

Él responde apoyando las patas delanteras en el respaldo del copiloto y lamiéndome la oreja. En idioma canino, eso significa «te quiero incondicionalmente» o «necesito mear con urgencia». Conociéndole, lo segundo.

Bajo del coche y el frío del atardecer me golpea en la cara. Calculo seis o siete grados bajo cero. En Chicago, a la que no en vano llaman la ciudad del viento , un frío así sería noticia de primera plana. Aquí es una tarde cualquiera, me temo.

Saco la maleta —mi único equipaje hasta que mañana lleguen los de la mudanza— y le abro la puerta a Burbon, que salta a la nieve con una felicidad insultante.

La nieve le llega hasta media pata, pero eso no lo desanima.

Atravieso el jardín y subo los tres escalones del porche mientras él lo olfatea todo.

La madera cruje bajo mis botas. Eso no me gusta.

La llave gira con dificultad y la puerta se abre con un quejido largo.

Me gusta aún menos.

Dentro huele a humedad y polvo, como un lugar que lleva meses cerrado. La penumbra es más densa aquí. Enciendo la linterna del móvil hasta que encuentre el interruptor. El haz de luz atraviesa partículas de polvo en suspensión. Si uno se esfuerza mucho, puede ver belleza en esto. Quizá mañana.

Burbon entra detrás de mí con el hocico pegado al suelo.

Hace su ronda: olfatea la pata de la mesa, el borde del sofá, la jamba de la cocina.

Se detiene en una esquina del salón, cerca de la chimenea.

Baja las orejas y emite un gemido bajo que casi podría haberlo imaginado. Retrocede dos pasos y me mira.

—¿Qué pasa? ¿Ratones?

Vuelve a oler el mismo rincón. Las orejas le caen más. Al cabo de unos segundos, decide que el misterio no merece una crisis existencial y se echa en el sofá.

Mi perro acaba de archivar el caso. Yo, como humano neurótico, me quedo mirando la esquina un poco más. Probablemente haya un animal muerto bajo las tablas. O humedad en la pared. O nada. Los perros también tienen sus falsos positivos.

Sigo con la inspección. La calefacción está apagada. Pruebo el interruptor. Nada. Pruebo el panel del termostato junto a la puerta de la cocina. La pantallita digital me devuelve un parpadeo anémico y se apaga.

Fantástico.

La casa está helada, el perro ha detectado una esquina maldita y mi única fuente de calor es una botella de whisky en la maleta. No es un plan de vida, es una novela rusa con conexión a internet.

Recorro la planta baja con la linterna del móvil, que salta de pared a pared. Finalmente, encuentro el cuadro eléctrico. Subo el diferencial y la luz ilumina la casa. Un pequeño triunfo.

La cocina es grande, lo cual es lo único positivo que puedo decir de ella.

Veo fogones de gas con una costra de grasa vieja en los quemadores, una nevera que zumba como un transformador averiado y una mesa de pino con dos sillas desparejadas.

Dos. En la avenida Míchigan teníamos una isla de cocina con encimera de cuarzo.

Linda la eligió. Dijo que era higiénico, resistente y luminoso.

Yo dije que era cara. Ella dijo que todo lo que dura es caro.

Como casi todo lo que decía Linda, tenía una segunda interpretación oculta.

En fin.

El salón tiene un sofá que fue marrón en otra década, una chimenea de piedra con restos de ceniza y una estantería vacía. En las paredes cuelgan unos cuadros con motivos paisajísticos: montañas, lagos, ciervos. Uno de los ciervos tiene una expresión de profunda decepción. Me identifico.

El grifo devuelve agua corriente —algo es algo—, aunque los primeros treinta segundos sale del color del óxido. En medicina lo llamamos «purgar la línea»: dejar correr lo contaminado hasta que aparece lo limpio. Aplica a fontanería. Aplica a casi todo.

Pero no a la memoria. Ojalá.

Subo al dormitorio. La escalera cruje, por supuesto.

La cama individual tiene un colchón con olor a viejo y un armario empotrado cuyas puertas no encajan del todo.

En un rincón, una mesa pequeña que podría servirme para trabajar.

La ventana da al bosque, que comienza a unos cuarenta metros.

De día quizá parezca pintoresco. Ahora, en la penumbra, la línea irregular de pinos parece más cerca de lo que está. Una presencia quieta y densa.

En lo alto de la estantería, encima de una pila de libros viejos, encuentro un ejemplar de Orwell: Rebelión en la granja . Lo cojo. Una fábula sobre el poder, la mentira y sobre cómo los que mandan reescriben las reglas hasta que lo que pasó ya no es lo que pasó. Me río sin ganas.

—Muy sutil.

Devuelvo el libro a su sitio, diciéndome que no es momento de ponerse filosófico.

Saco mis sábanas de mi maleta. Las únicas que me pertenecen legalmente —gracias, cariño—.

Las extiendo sobre el colchón y me quedo de pie en medio del dormitorio, contemplando la estancia.

Cuatro paredes. Un techo. Un suelo. Una cama.

Lo mínimo que necesita un organismo para subsistir.

Aunque subsistir y vivir no son lo mismo; eso lo aprendí en la UCI.

Abajo, Burbon araña una puerta. Bajo y le abro la puerta trasera para que salga.

Mientras lo espero, saco de la maleta un sándwich de pavo y la botella de Maker’s Mark que he comprado en la última gasolinera.

Devoro el sándwich en tres bocados y me sirvo tres dedos en una taza que encuentro en un armario de la cocina.

Tiene el logo de Born in the USA. Bruce Springsteen me observa desde el lateral con un patriotismo que no sé si merezco.

El whisky baja caliente y brusco.

You can’t start a fire without a spark …, canto mentalmente mientras me relamo.

Burbon vuelve con nieve en las patas. Lo seco con una toalla y le sirvo algo de pienso antes de acostarnos. Él duerme en el suelo, al pie de la cama. El colchón individual no da para negociar, y mi perro, a diferencia de Linda, acepta las malas condiciones con nobleza.

Apago la luz.

El silencio aquí es diferente. En Chicago siempre había algo al otro lado de la pared. Aquí no hay pared que valga: la quietud entra y se queda mirándome.

En la oscuridad, busco la respiración de Burbon.

Tardo unos segundos en encontrarla: un jadeo suave, rítmico, que se va haciendo más lento a medida que el sueño lo vence.

Inhala. Exhala. Inhala. Exhala. Es absurdo, pero ese sonido estabiliza algo en mí.

Mientras lo escucho, este armazón de madera fría y olor a desconocido deja de ser una casa vacía y se convierte en algo que se parece vagamente a un hogar.

Mis ojos se abren a las cuatro de la madrugada. Un segundo estoy dormido y al siguiente estoy mirando al techo. Hola, trauma. Puntual como siempre.

Llevo despertándome así desde el juicio.

No importa cuánto haya bebido, cuánto haya caminado o cuánto me prometa antes de dormir que esta noche será distinta.

Mi cuerpo tiene una alarma interna programada para recordarme que la vida anterior no se ha ido.

Solo se ha sentado en una esquina a esperar.