Chapter 19 #2
—Tenemos que irnos, babe —le dice Alex viniendo hacia nosotras. Me da un beso rápido en los labios y sonríe con una naturalidad que me encanta—. Nos vemos en un rato.
Va hacia el asiento del conductor de su coche, en donde Jorge está asomado, haciendo algo que no logro ver. En cuanto se yergue de nuevo, ambos se dan un beso también, no dando ninguna importancia a aquello.
—Me gusta todo esto —oigo que dice Carol sin moverse de entre mis brazos. La miro y ella vuelve a hablar—. Ya sabes, nosotros cuatro.
—Tendremos que agradecerle de alguna forma a George que a veces sea tan bocazas.
—¿Quién dices que es un bocazas? —pregunta mi marido, habiendo dejado a Alex en el coche y viniendo hacia mí. Se detiene junto a nosotras y me da un beso rápido primero a mí y luego a Carol—. Ya tienes a tu marido eligiendo la mejor ruta para llegar.
Mi amiga echa hacia atrás la cabeza a modo de graciosa angustia, haciéndonos reír a los dos.
—Intentaré que no acabemos en Canterbury —nos promete, alejándose de ambos y yendo hacia su coche, abriendo la puerta del copiloto al llegar—. Niño, vamos a intentar no… —va diciendo mientras entra, perdiéndose las palabras y dejando una extraña quietud en el ambiente.
—¿Nos vamos? —pregunta Jorge, agarrando mi cintura.
Suspiro con pena y camino junto a él hacia nuestro coche.
—Ha sido un fin de semana demasiado corto —digo al entrar.
Él sonríe, ajustando todo antes de arrancar.
—Puede que si en un primer momento me hubierais hecho caso en vez de pensároslo tanto… —reprocha con gracia, poniéndose en marcha antes que Alex.
Está claro que no se fía de nuestro amigo y prefiere presidir el camino él mismo.
—Gracias.
Me mira un instante y sonríe con sorpresa.
—¿Por qué, princesa?
—Por quererme de esta forma y permitir que yo también te quiera de la misma manera.
Frunce el ceño sin dejar de sonreír.
—Siempre, ¿no?
—Siempre —repito a modo de oración, la única en la que puedo creer y confío.
Se detiene frente a la verja de salida y me besa con calma y en profundidad hasta que escuchamos un pitido desde atrás y una voz masculina que grita ¡Get a room!
Nos separamos y al mirar hacia atrás vemos que Alex había sacado la cabeza por la ventanilla. Carol intenta que su marido vuelva a sentarse, pero ambos acaban riendo por aquella travesura, besándose a continuación.
—Bajaría ahora mismo y le daría un azote para que dejara sus bromas, pero me parece que es todavía pronto para eso —comenta, arrancando de nuevo—. ¿Tú qué crees? —me pregunta—. ¿Nuestros amigos se asustarían si les propusiéramos algún otro juego?
—Han interpretado a Charles Green y Adriana Soto —le recuerdo—. Creo que van a recibir de buena gana cualquier sugerencia de ese tipo.
Ríe con entusiasmo, acelerando un poco para incorporarse a la carretera principal.
—Y a ti, ¿qué te apetece que hagamos los cuatro la próxima vez, princesa?
—Ir de compras a Pigalle —contesto con firmeza.
Y sé que eso le ha encantado por cómo se ha revuelto levemente en su asiento. Acerco mi mano a su entrepierna y compruebo al tacto que estoy en lo cierto.
—Si quieres, podemos ir calentando tú y yo para la próxima —propone.
—¿Con el columpio?
—Con el columpio —confirma.
—¿Y con lo que nos llegó en el último pedido de…?
—Con todo lo que quieras —resume, mirándome de refilón y acercando su mano él también a mi entrepierna—. Y con mucho más.
Sus dedos se cuelan por debajo de mi falda con agilidad, sabiendo de memoria el camino. Separa mi tanga y comienza a darme placer con precisión, resultándole más que sencillo llevarme al orgasmo en cuestión de segundos.
Él sabe más que de sobra que usando simplemente su voz también podría lograrlo.
Y es que ambos hemos recorrido un largo camino desde aquel primer encuentro en el que no hubo ni siquiera un beso en la mejilla hasta llegar a lo de este fin de semana. Hemos aprendido a conocernos mutuamente, a saber hablar sobre cualquier cosa, por muy complicado que nos pareciera.
No ha sido fácil para nosotros llegar hasta aquí, pero lo hemos conseguido.
Alec
—No, te lo prometo.
—¿Seguro? —insiste—. Porque si yo tengo agujetas, tú…
Se queda en silencio, animándome a que lo reconozca por fin.
—Bueno, lo tengo un poco sensible —digo al fin, provocando que mi mujer aplauda encantada por algo así—. Pero tampoco es que me duela ni mucho menos.
—Claro, porque tu amigo sabe bien lo que hace —canturrea encantada con mi rendición.
—Creo que tú también has podido comprobarlo por ti misma —le recuerdo.
Pero Carol no tiene intención de quedarse callada ni mucho menos.
—Yo sigo prefiriendo a Laura.
—Ah, ¿sí? —pregunto intrigado.
Me da un codazo, imagino que por el tono que no he podido evitar poner al preguntarlo.
—Ha sido un fin de semana demasiado increíble —reconoce, suspirando después.
Y ver tan satisfecha a mi mujer, me hace muy feliz.
—¿Con ganas de repetirlo?
Y sé que está tardando en contestar para hacerme rabiar; la conozco demasiado bien.
—Con ganas de mejorarlo incluso.
—¡Vaya! —exclamo—. ¿Cómo mejorarías tú algo como lo que acabamos de vivir?
—¿Seguro que quieres que te lo explique mientras conduces?
Río encantado por la soltura de mi mujer para lanzarme promesas ardientes sin ningún tipo de reparo.
—Muy bien, esperaré a llegar a casa para tener mi adelanto.
Suena mi móvil y echo un vistazo a la pantalla.
No, me niego a estropear este fin de semana.
—¿No vas a…? —pregunta Carol al ver que cuelgo la llamada.
—Hoy no.
Y creo que intuye quién era por cómo se queda en silencio después.
—Pero mañana llamas.
—Mañana, sí.
Se hace un breve silencio antes de que ella continúe.
—Y luego hablamos.
—¿De qué?
Vuelve a hacerse el silencio.
—Hoy no —me parafrasea.
Pero yo ahora ya estoy preocupado.
—¿Va todo bien, babe ?
—Es… —Y creo que no tiene ni idea de cómo plantear lo que sea que está pasando—. No tiene nada que ver con nosotros —me tranquiliza—, pero nos podría acabar salpicando.
—Ahora no puedes dejarme de esta forma —le digo, sintiendo que el corazón se me va a salir por la garganta de pura ansiedad.
Y ella lo sabe.
—Alguien contactó conmigo hace poco —comienza a explicarme—. Dice que... —Suspira y luego coge aire de golpe, como si lo necesitara para contarme todo de una vez con rapidez—. Dice que es mi hermano.
Y comprendo con sus escuetas palabras de lo que puede tratar todo esto sin que tenga que explicarme por ahora nada más.
Porque Carol no tiene ningún hermano.
Resoplo y ella posa su mano en mi pierna un instante, pasando a acariciar mi alborotado pelo, intentando peinarlo.
—Mañana, entonces —concluyo.
—Mañana, niño —confirma.
Vuelvo a suspirar, rindiéndome por ahora.
Todo puede esperar unas horas más.