Chapter 19
XIV
Carolina
No sé cuándo el sueño nos ganó la batalla, pero ha debido ser el día que más he dormido en mi vida. No estuvimos pendientes de la hora precisamente y afuera todo estaba oscuro con esta lluvia que no ha cesado todavía, así que puede que hayamos estado durmiendo doce horas o más.
En cuanto empiezo a desperezarme, comienzo a recordar todo lo que ha pasado estos dos últimos días y parece una extraña mezcla entre irreal y la pura normalidad.
En algún momento de la noche nos tapamos con las mantas, pero puedo ver con claridad que los cuatro seguimos estando desnudos.
Por lo que sea, eso ya no me hace sentir extraña ni incómoda.
Estoy a gusto, acurrucada entre Alex y Laura, con la mano de George rozando mi hombro.
Y lo primero que siento en cuanto bostezo una vez más es hambre, un hambre voraz. Ayer no cenamos más que aquellas chocolatinas antes de darnos una ducha rápida y después dormirnos, y yo necesito una buena ingesta de comida, más aún, después del desgaste de hace unas horas.
— Morning, babe —oigo que susurra Alex a mi lado, estirándose él también y atrapándome entre sus brazos, haciéndome reír aquella fuerza con la que me abraza de repente.
—Pensé que dormías —le digo en el mismo tono, dándole un beso rápido.
Pero él alarga aquel beso, pegando mi cuerpo más al de él.
—¿Tienes hambre? —pregunta después, acariciando mi melena.
—¿Eso tiene doble sentido?
Aguanta la risa para no despertar a nuestros amigos, pero vuelve a besarme.
—No cenaste, así que tienes que estar hambrienta —explica—. Pero si antes tienes alguna petición…
Mordisquea mi cuello, haciéndome cosquillas. Laura se mueve a nuestro lado por todo el jaleo que estamos armando, acurrucándose de forma inconsciente en los brazos de su marido.
—Al final vas a despertarlos —le advierto, golpeando el hombro de Alex, que hace un gesto de queja como si aquel roce le hubiera dolido.
—No se han enterado de nada.
Cuela su mano entre mis piernas y me doy cuenta de que ahora mismo sería capaz de empezar una nueva sesión como la de ayer.
—Por poco despiertas a Laura y seguro que George está a punto de hacerlo también.
Alex echa un vistazo a nuestros amigos y sonríe por algún motivo cuando vuelve a mirarme a mí.
—George está mayor. No creo que…
—Sabes perfectamente que estoy escuchándote —le interrumpe el propio George—. Pero ayer no parecía que tuvieras problema con mi edad.
Mi marido abre los ojos en un gesto gracioso, como si lo hubiera dicho adrede porque supiera de antemano que estaba escuchándonos.
—Vaya, así que el marqués estaba despierto, pero quería hacer un rato de voyeur .
Laura comienza a reírse por lo bajo, despertándose poco a poco con las palabras de Alex.
—¿Por qué me limitaría a observar, pudiendo participar? —nos dice nuestro amigo, dirigiéndose después tranquilamente a su mujer—. Buenos días, princesa.
—Lo primero que escucho en la mañana es que tienes ganas de sexo —le dice Laura con voz todavía de dormida—. Déjame desayunar antes al menos.
—¡Lo mismito que la mía! —exclama Alex—. Siempre con hambre. Normal que sean tan amigas.
Laura sonríe ante aquella graciosa queja y se acerca un poco más a mí, dándome un sencillo beso en los labios con naturalidad.
Y de nuevo las cosquillas vuelven a recorrer todo mi cuerpo.
—Buenos días, peque —susurra ella, acariciándome la mejilla un instante—. La verdad es que sí que tengo hambre —comenta ahora—. Podíamos…
—Me gusta lo de peque —le dice Alex, habiendo escuchado cómo me ha llamado Laura. Y ahora se gira hacia su amigo—. Yo creo que voy a llamarte…
—No empecemos mal la mañana, Alex —le advierte George, incorporándose en su sitio.
La manta desciende por su cuerpo y deja al descubierto aquel imponente pecho que ayer vi cómo se movía mientras…
Cientos de imágenes vuelven a mi mente, dejándome algo descolocada un instante. George parece darse cuenta por cómo veo que me sonríe, preguntándome con un leve movimiento de ojos si estoy bien. Yo sonrío porque qué le voy a decir, ¿que estoy deseando volver a repetir?
Aunque creo que si expresara mi deseo en alto, ninguno de los tres tendría problema en cumplir mis deseos.
Y eso me hace volver a sonreír.
—¿Desayunamos entonces? —pregunta Laura, mirándome directamente a mí, sabiendo que secundaré su propuesta sin dudarlo.
—Dejadme ir a refrescarme un poco antes —nos pide su marido, levantándose al momento.
—Por dios bendito, George —le dice Alex al ver aquel escultural cuerpo desnudo frente a los tres—. Yo así no voy a dejar que te refresques, te lo digo desde ya.
Nuestro amigo agacha la mirada hacia él y comprende al momento, echándose a reír.
—Lo raro es que no hayas dicho que luego quieres que nos demos un baño en la piscinita —le responde él sin dar importancia a nuestra reacción.
Alex entonces se levanta también, tendiéndome la mano como hace George con Laura para que ambas nos levantemos.
—Por descontado que luego nos vamos a dar un baño en la piscina —le dice después de volver a besarme.
—Habrá que recoger también todo esto, ¿no? —comenta Laura, dejando atrás nuestro acogedor y enorme nido que ayer nos dio tanto.
George mira hacia atrás, ya en la puerta. Besa a su mujer en la sien antes de contestar.
—Primero vamos a darnos una ducha, luego a desayunar… —Y al ver que mi marido va a hablar, se adelanta—. Y después de nadar un rato, ya recogeremos todo. —Vuelve a besarla y se queda sobre sus labios para seguir hablándole en un susurro—. O no…
—Parece que hoy para mí no hay besos —le reprocha Alex con voz mimosa, pasando por su lado conmigo, saliendo por la puerta.
Veo a George sonreír y agarrarlo del brazo, tirando de él.
Lo arrastra hacia su cuerpo y sin mediar palabra besa su boca de una forma que deja sin palabras a mi marido.
He podido comprobar que los besos de George son tan ardientes que tu cabeza da vueltas unos instantes antes de que puedas volver a reaccionar.
No sé cómo Laura consigue articular palabra después de algo así.
—Y ahora, a la ducha —concluye George, dándole un azote en la nalga a Alex, que da un respingo con el que todos reímos.
—¿Eso quiere decir algo oculto? —le pregunta, yendo detrás de él.
—Quiere decir que te des prisa o nuestras chicas nos acabarán mordiendo el brazo por el hambre.
—¿Eso también significa otra cosa? —insiste Alex.
—¿Qué quieres que signifique? —le pregunta, continuando con una nueva broma de las suyas.
—Cuando pone esa voz… —comento con Laura aparte, hablando de George.
—Lo sé —responde sin necesidad de escuchar el resto de mi frase. Y señala a Alex—. Y creo que tu marido opina lo mismo que nosotras.
Me fijo en que está señalando con la mirada un punto muy concreto de la anatomía de Alex y me echo a reír.
—Verlos ayer fue… —me atrevo a decir.
Ella sonríe, sabiendo también en esta ocasión lo que quiero decir.
—Fue algo que ni en sueños había imaginado que podría presenciar.
Ambos entran en los vestuarios, picándose mutuamente, Alex de manera más juguetona y George con esa característica seriedad que tanto le entusiasma a todo el mundo de formas que ni él mismo podría sospechar.
—Aunque reconozco que tú y yo… —le digo ahora, intentando ordenar mis emociones y convertirlas en palabras mínimamente comprensibles—. Creo que podría pasarme horas entre tus piernas.
Aquello parece que le ha gustado por cómo me mira ahora.
—Eso tiene fácil solución.
Su tono suave pero directo me provoca un leve mareo.
—Estoy deseándolo —contesto, deteniéndome a las puertas del vestuario, en donde vemos dentro a nuestros maridos en la zona de las duchas, enjabonarse mientras continúan hablando.
—Pero antes…
—Desayunamos —convenimos al unísono, echándonos a reír por lo mucho que nos parecemos en tantas cosas.
No sé cómo hemos tardado tanto en darnos cuenta de cómo iban a desembocar las cosas y de qué tipo de amistad teníamos los cuatro en realidad, pero bendito el momento en el que George decidió hablar las cosas con claridad.
Laura
—Prefiero encargarlas a cualquiera antes que pedirle a mi padre que las haga, sinceramente —dice con vergüenza Alex, metiendo en el maletero del coche las cosas de él y Carol.
—Entonces pediré que nos hagan unas cuantas —sentencia Jorge, cerrando el nuestro.
—¿Unas cuantas? —pregunta él—. Nosotros necesitamos un par como mucho. ¿Es que vais a cambiar todas las camas de cada una de vuestras casitas? Porque os vais a liquidar media fortuna.
Jorge le da una cariñosa colleja y comienzan a bromear entre ellos como niños.
Vamos a salir ahora hacia Brighton para recoger a nuestros hijos e irnos a casa; mañana empieza la semana y hay mucho que hacer.
Y aunque sienta que dejamos atrás un fin de semana intenso, sé que todo esto no ha hecho más que empezar.
Lo que hemos experimentado los cuatro, ha cambiado nuestras vidas para siempre.
A partir de ahora tendremos que ver cómo lo llevamos y si es algo que vayamos a querer repetir con frecuencia o sólo muy de vez en cuando.
Pero a juzgar por el entusiasmo de todos con respecto a pedir nuevas camas y colchones de un tamaño mayor, creo que lo segundo podemos ir descartándolo.
Carol se acerca a mí, tirando de sus mangas hacia afuera, agarrándoselas con timidez. Ha dejado de llover hace un rato, aunque no hay ni rastro de luz. Aun así, el rostro de mi amiga resplandece sin necesidad de nada más.
—Bueno… —pronuncia como antesala de una despedida.
—Vamos a vernos al llegar a Brighton —le recuerdo, agarrando su cintura.
—Sí, pero allí…
Beso sus labios, entendiendo lo que estaba queriendo decirme.
Y tiene razón. En cuanto nos vayamos de aquí, no vamos a poder actuar como hemos estado haciendo todo el fin de semana.
Con nuestros padres, con nuestros hijos, con el resto del mundo.
Ante todos ellos, los cuatro somos buenos amigos, pero nada más.