Chapter 17
XII
Alec
Considero que este es un momento en el que tendría que sentir ansiedad o incluso algo de miedo. Es algo demasiado nuevo para mí y no tengo ni idea de cómo puede salir. Sin embargo, saber que mi mejor amigo tiene el control, provoca en mí una sensación de sosiego difícil de explicar.
—Relájate —me pide al posar su mano sobre mi vientre.
Y como si George estuviera hechizando mi cuerpo, todas las preocupaciones por lo que pudiera suceder a continuación se evaporan.
Él sonríe al notar mi respiración de nuevo calmada y estira su brazo para alcanzar el aceite que dejó a un lado cuando preparamos todo.
Lo posa justo a su derecha, coloca un cojín debajo de mis nalgas y vuelve a mirarme.
—¿Todo bien? —pregunto sin saber qué está pasando ahora por su cabeza.
—Chicas, ¿podéis colocarle algo también ahí arriba? —les pide a ellas—. Quiero que pueda mirarme en todo momento —añade con sus ojos clavados en los míos, sonriendo de medio lado.
Ellas ponen otro cojín debajo de mi cabeza, quedando no muy alto, pero sí lo justo como para poder ver a George más cómodamente.
—¿Estás bien, niño? —pregunta mi chica, acariciando mi mejilla.
—Eso depende ahora mismo de él —respondo mientras observo cómo George unta un par de dedos en aceite.
Este sonríe, alzando de nuevo la vista para mirarme.
—Sé bien lo que hago, no te preocupes.
—No tienes ni idea —contesto.
—No es muy distinto de cosas similares y te aseguro que se me da de maravilla —insiste, descendiendo la vista hacia mis nalgas, separándome las piernas algo más de lo que las tenía—. Princesa, ¿puedes confirmarle que no miento? —le dice a su mujer sin apartar los ojos de mí.
—No, no miente —corrobora ella con tono divertido.
—Pero si crees en algún momento que algo va mal, puedes decírmelo y me detendré en el acto —promete, ahora sí, volviendo a mirarme.
Siento su dedo posarse sobre mí, esperando mi respuesta al parecer.
—Si tú te portas bien, yo también lo haré, así que mira a ver lo que…
No me da tiempo a terminar mi frase cuando siento que aquel dedo comienza a entrar en mí con suavidad.
—Vuelve a respirar, mejor amigo —me pide George—. No pasa nada, ¿de acuerdo?
Al parecer, había cogido aire y no lo había soltado. Y ahora entiendo por qué tiene su otra mano sobre mi vientre: sabe cuándo necesito que me recuerde que tengo que seguir respirando.
Le hago caso. Empiezo a respirar de nuevo y él continúa avanzando. Retrocede un poco y vuelve a avanzar otra vez. Yo sigo concentrado en mi respiración mientras George se hace paso, cada vez con mayor facilidad, hasta que noto ahora algo más dentro de mí.
—No te pases tampoco —le pido, sabiendo que ahora debe estar usando dos dedos y no uno.
No tendría que gustarme tanto que sonriera de esa forma en este momento, pero me fascina que lo haga, sabiendo que es por mí.
—Tengo que cerciorarme antes de que voy a poder hacer esto —dice con calma sin dejar su tarea—. Tú ahora sigue respirando.
—George… —le advierto, sintiendo cada vez más grosor dentro de mí.
Levanta la vista, quedándose quieto al momento.
—Alex, puedo parar si…
Pero no es eso lo que en realidad quiero que haga. Entonces, ¿por qué no dejo de interrumpirle? ¿Por qué siento la necesidad de que se detenga cada poco?
—Me miras demasiado poco.
Eso le sorprende. Ladea su cabeza y vuelve a sonreír, continuando entonces sus movimientos dentro de mí. Nuestras chicas ríen por lo bajo, como si lo que he dicho les hubiera gustado.
—Carol, tienes un marido demasiado romántico —le dice George, no desviando su mirada de mí.
—Nunca es demasiado —replico.
Mi mejor amigo menea la cabeza, aunque evita reírse.
—¿Quieres que entonces te preste atención absoluta? —pregunta.
—Qué menos.
—Muy bien, tus deseos son órdenes —dice creo que bromeando, pero aquellas palabras me hacen cosquillas en la nuca.
Sonríe mientras saca sus dedos, limpiándose con una toallita húmeda después. Vuelve a coger el aceite, pero esta vez no se moja los dedos.
Joder.
Por dios.
—Si eso sigue creciendo…
Ha contenido una carcajada a tiempo, no así nuestras chicas, que ríen bien a gusto con mi asombro.
George coloca otro cojín a mayores debajo de mis nalgas, elevándome algo más y acercándose a mí.
Intento concentrarme en lo que siento, por si es algo similar al terror o al rechazo.
Observo el escultural cuerpo que tiene mi amigo.
¿Cómo coño lo hará, si no ha entrenado ni un puto día de su vida?
Dentro de diez años quiero estar en la misma forma que él.
Se masajea un instante más su miembro, posándolo después sobre el mismo punto del que sacó hace un instante sus dedos. No se mueve, pero sé que dentro de poco comenzará todo.
—Si en cualquier momento piensas que es demasiado, pararé, ¿entendido? —pronuncia con una voz tan grave que haría que cualquiera perdiera la razón.
Escucho un gemido, casi como un suspiro, de Carol, sentada a mi lado. La veo observando todo con una emoción inaudita, creo que volviendo a excitarse con la visión de nuestro amigo a punto de meterse dentro de su marido.
Comienzo a sentir cómo el aceite hace su función y aquello consigue empezar a colarse poco a poco dentro de mí.
—George, ten cuidado —le pido, temiendo que de repente la sensación intensa que tengo se convierta en un dolor punzante insoportable.
—Tú trata de seguir respirando, mejor amigo —contesta él.
Su rostro concentrado no pierde ni un ápice de encanto y sensualidad.
No puedo dejar de pensar en lo atractivo que es, algo de lo que me di cuenta la primera vez que lo vi.
Fue en el mismo casting , aunque todavía no había entrado a hacer mi primera prueba.
Yo estaba leyendo el script que me habían facilitado a la entrada y él caminaba por el pasillo.
Escuché voces femeninas y masculinas comentando verdaderas obscenidades en voz baja y levanté la vista para ver de quién hablaban.
Y ahí estaba George, con un porte elegante y seductor sin él saber siquiera que ese era el efecto que tenía en todos los presentes.
Hablaba con un asistente sobre algo del catering que tenían que servir.
Yo no sabía en aquel entonces quién era, pero juro que pensé que todo estaba perdido si él se presentaba al papel de Charles Green, porque era su puta encarnación.
Alguien a mi lado comentó su nombre y su apellido, y otra persona añadió que era el marido de Laura, la escritora de Coincidence .
Comprendí en un instante que ella había inmortalizado a ese dios, convirtiéndolo en el protagonista de su historia, y recuerdo haber pensado que yo habría hecho lo mismo.
Creo que me sonrojé un poco al recordar las escenas del libro y mi mente me jugó una horrible pasada al imaginar a ese hombre protagonizándolas.
A su lado, yo no era nadie para convertirme en algo así como en su reencarnación cinematográfica.
Segundos después apareció Laura y con un gesto cariñoso en la mejilla de este, se lo llevó con ella y desapareció de nuestra vista, dando lugar a que los comentarios obscenos a mi alrededor elevaran el tono a unos niveles que incluso a mí me acabaron avergonzando.
Y heme aquí, años después, teniendo a aquel Charles Green frente a mí, tratándome con un cuidado exquisito mientras perdemos juntos esta otra virginidad. No parece nervioso ni alterado, como si manejara la situación sin problema, algo que me ha ido calmando cada vez más.
Si él está tranquilo, no tengo de qué preocuparme.
—Joder, George… —gimo cuando siento que por fin está completamente dentro.
Coloca mis piernas alrededor de su cadera y desciende sobre mí, llegando hasta mis labios, que besa en un gesto de infinita ternura por su parte.
No se mueve. Se queda inmóvil ahí dentro, como si intentara que ambos nos acostumbrásemos a esta nueva situación.
Ya ni siquiera sé lo que siento. Es algo diferente a todo lo que en mi vida había experimentado; puede que existan palabras diferentes para esto y yo no las conozca.
Acaricia mi pelo, echándolo hacia atrás, y roza mi pómulo con su dedo pulgar, dándome a continuación un breve beso en los labios.
—¿Todo bien por ahora, cariño?
Y escucharle llamarme así, todavía tan cerca de mis labios mientras está acomodado en mi interior, acaba de hacer que me vuele la cabeza.
Ha sido tan evidente mi excitación que George agacha la mirada un segundo, creo que sintiendo mi sexo endurecerse mucho más bajo su vientre, palpitando en exceso.
Vuelve a levantar la vista y sonríe con picardía, haciéndome ver que sí, efectivamente, se ha dado cuenta de lo que me ha sucedido con una sola palabra.
—No vuelvas a llamarme de esa forma a no ser que quieras que me corra ya mismo —le advierto.
A las chicas les da la risa y George sonríe, volviéndome a besar.
—Pensé que preferirías que hiciéramos esto así y no algo demasiado salvaje.
Empieza a moverse lentamente dentro de mí y su rostro parece denotar que su excitación va en aumento.
—¿Te está gustando? —pregunto sin poder creérmelo.
—¿Eres de los que necesitan puntuarlo? —contesta él.
Me hace reír aquello y sus facciones cambian, pareciendo que está conteniéndose con dificultad.
Se queda un segundo inmóvil antes de volver a hablar—.
Si te ríes, contraes los músculos y el que acabará corriéndose con rapidez seré yo —susurra sobre mis labios.
—Si provoco un orgasmo al marqués más codiciado del mundo, yo también me correré de puro orgullo.
Se le escapa la risa, y eso se ha sentido increíble ahí abajo con un movimiento así.
—Si no te sigues portando bien, yo tampoco lo haré —amenaza de forma ardiente.
Por el amor de dios.
—Pórtese todo lo mal que quiera, detective Green.
Mis palabras provocan un delicioso efecto en mi amigo. Echa la cabeza hacia atrás y cuando me mira de nuevo, veo en sus ojos un ardiente deseo de follarme con dureza, algo que estoy deseando que haga a estas alturas.
Su mujer le besa con un hambre desquiciado.
Luego lo hace la mía de la misma forma. George vuelve a ponerse de rodillas, todavía dentro de mí, y comienza a moverse con embestidas cada vez mayores.
Agarro mi sexo, sintiéndolo a punto de explotar.
No puedo evitar cerrar los ojos y mis sentidos se centran entonces en cada una de las sensaciones que estoy experimentando.
Estoy teniendo un ardiente sexo con mi mejor amigo, que no deja de entrar y salir de mí entre los gemidos de ambos.
Alguien ha separado la mano de mi miembro y a continuación lo noto en un entorno cálido y húmedo.
Ni siquiera sé de quién es esa boca, o si puede que sean dos diferentes, ya que en un momento dado noto dos lenguas lamiéndome de arriba abajo.
Creo que voy a volverme loco, pero seré un loco jodidamente feliz.
Alguien agarra mi barbilla con su mano y sé que es George incluso antes de que hable.
—Abre los ojos para mí, cariño.
Y si me lo pide con esa voz de sexo, lo hago sin rechistar.
Los abro y veo a nuestras chicas sobre mí, comiéndome con un deleite absoluto, mientras mi amigo continúa embistiéndome.
Suelta mi barbilla y agarra mis nalgas, levantándome incluso más de lo que ya estaba con aquellos cojines.
George golpea mi interior sin piedad, y yo me dejo llevar hacia donde él quiera que vaya.
—No voy a aguantar mucho más —advierto al resto, que no dejan de darme un placer inmenso entre los tres.
—Lo vas a hacer por mí —dice él con voz entrecortada por el movimiento—, porque quiero que antes de eso seas tú quien me folle a mí, ¿de acuerdo?
Tengo que concentrarme como nunca para no estallar ya mismo. ¿Qué coño le pasa en la voz para sonar tan caliente? Es como si sus cuerdas vocales mutaran y sonaran más duras y vibrantes.
Tanto como lo que tengo dentro de mí, moviéndose sin piedad en una cavidad que jamás pensé que pudiera darme tanto placer.
Separo como puedo a las chicas y agarro a George, rodando con él hasta tenerlo bajo mi cuerpo. Se detiene por fin y me observa jadeante, con una sonrisa que quiebra la poca estabilidad mental que todavía me quedaba.
—¿Estás seguro de que quieres que ahora sea yo el detective Green?
Y esa mirada lasciva de puro deseo es su respuesta.