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Chapter 18

XIII

Jorge

Por primera vez en mi vida estoy seguro de que quiero dejar que un hombre me haga lo que Alex está a punto de hacer.

Jamás había pensado en ello, ni siquiera coincidiendo en situaciones similares con algunos que reconozco que eran sumamente atractivos.

He tenido en esos momentos insinuaciones y me han intentado convencer para que al menos fuera yo quien se lo hiciera a ellos, pero no es algo que sintiera que me apetecía probar.

Sin embargo, con Alex es diferente. Con él tengo un vínculo muy diferente.

Se ha convertido en alguien indispensable en mi vida, con el que tengo una afinidad que me sorprendía al principio y que he aceptado gustoso con el paso del tiempo.

No, no me atrae solamente su físico o las ganas de probar cosas nuevas.

Lo que me atrae más de Alex es la conexión que ambos tenemos, la intimidad que hemos desarrollado, la confianza que hay entre los dos y el cariño que nos profesamos.

Aunque está claro que por algo es el actor más deseado.

—No hace falta que vayas con tanto cuidado —le explico al ver que roza mi piel con una suavidad extrema, ni siquiera aproximándose todavía al lugar exacto.

—Cierto, que tú y Lau… —comenta con tono chistoso, mirando de reojo a mi mujer—. ¿Alguna recomendación?

—Ahora mismo te diría que le dieras duro, pero creo que eso es algo que sale de mi cabeza por otros motivos.

Me echo a reír y miro a mi hermosa mujer.

Está sentada cómodamente junto a Carol, sujetando en su mano el pecho de su amiga, al que ahora se acerca para depositar un beso en él.

Se miran sonrientes y sus labios se rozan un instante para luego terminar besándose en condiciones.

Mi cordura empieza a resquebrajarse cuando me fijo en que se están masturbando mutuamente.

¿Cuánto tiempo hemos estado los cuatro reprimiendo las ganas de comernos como lo estamos haciendo ahora?

—No me puedo creer que tenga de esta forma al mismísimo marqués de Montrose.

Alex llama mi atención con esas palabras mientras coloca mejor los cojines que tengo debajo de mí. Le ayudo, posicionándome como antes hice yo con él para que le sea más sencillo todo.

—Si vuelves a decir eso, tendré que jugar de otra forma muy diferente contigo —le amenazo, con mi mente hirviendo de placer al imaginar los diferentes escenarios que se me ocurren ahora mismo.

—Eso para la próxima vez —dice él.

Y mi gesto es de sorpresa.

—¿Próxima vez? —pregunto.

—¿Vamos a querer repetir esto los cuatro? —oigo que dice con bastante emoción Carol.

Alex se encoge de hombros y justo entonces siento cómo uno de sus dedos va entrando sin dificultad pero con sumo cuidado.

—Creo que sería lo más normal del mundo, pero no sé por qué —nos dice—. Pero si queremos que esto se quede aquí y nunca más volvamos a…

—Voto por repetir —dice Laura.

La miro encantado mientras Alex continúa moviendo su dedo dentro de mí, haciéndose con la situación.

Carol asiente y el beso que le da a su amiga se convierte en algo más.

Mi mujer se tumba sobre ella, mostrándome sin darse cuenta su jugoso sexo.

Agarro entonces su cadera y tiro de ella hacia mí hasta tenerla sobre mi boca.

Ella ríe divertida cuando siente que comienzo a lamer aquellos labios tan carnosos como los que estaban rozando a Carol hace un momento.

Veo de refilón cómo agarra de la misma forma a su amiga y, aunque duda un segundo antes de lanzarse a hacerle lo mismo, por fin se atreve a dar un nuevo paso en este maravilloso descubrimiento constante que los cuatro estamos haciendo los unos de los otros.

—No te despistes demasiado, porque yo también voy a querer esa boca —me dice Alex, continuando con su labor.

Tiene el pecho bañado por gotas de sudor que de repente siento ganas de lamer de la misma forma que estoy haciendo con mi mujer.

Agarro mi sexo para darme placer al ver aquella escena, pero Alex detiene mi mano y la intercambia por la suya.

Mira a nuestras chicas y luego se agacha sobre mí, hundiéndome lentamente en su boca.

—¡Joder, Alex! —exclamo con la garganta prácticamente rota, tratando de volver a coger aire y concentrarme en aguantar un poco más.

Quiero sentir cómo es tenerlo dentro de mí; no pienso perderme algo así por muy excitado que esté ya.

Trato de desviar toda la atención hacia el resto de mis sentidos.

El olor a mar y lavanda de las velas que Alex insistió en encender se confunde con el del fuego de la chimenea, que chisporrotea con una cadencia hipnotizante.

El sonido de la lluvia cayendo en el exterior y golpeando los cristales de la sala.

No, no lo consigo. No puedo centrarme en nada más que en el sonido de los gemidos de los cuatro, dándonos altas dosis de placer, o en el sabor dulzón que el sexo de mi mujer ha dejado en mi boca, o el tacto suave de la lengua de Alex recorriendo el mío propio.

Siento sus gemidos al metérsela en la boca, haciéndome vibrar con intensidad.

Sus dedos continúan entrando en mí, pero perdí la cuenta de cuántos lleva ya.

Estoy más que listo, joder, y necesito que lo haga ya.

Como si hubiera escuchado mis súplicas interiores, levanta su boca y vuelve a colocarse de rodillas ante mí.

Su gesto es de satisfacción al mirarme a la cara, como si hubiera hecho una gran hazaña.

Y para mí, eso es exactamente lo que acaba de hacer; he tenido serios problemas para no correrme con aquello.

—Decías que querías que te follara, ¿no? —pronuncia con la voz que he escuchado que usa en las películas de Coincidence .

—¿Te atreves? —le reto.

Sonríe muy a lo Charles Green, tengo que reconocerlo.

Coge una toallita húmeda y en cuanto se deshace de ella, agarra otra vez el aceite.

Y sin dejar de mirarme a los ojos, sin casi moverse siquiera, siento cómo se coloca a las puertas, me separa más las piernas y empieza a colarse dentro de mí con tanta facilidad que es como si lleváramos haciendo esto desde hace tiempo.

Es cierto que yo le saco ventaja; los juegos con mi mujer implican experiencia y me está sirviendo para este momento, algo que jamás pensé que sucediera.

Y cuantas más veces me repito a mí mismo que no imaginé que algo así fuera a pasar, más falso y ridículo me parece.

—¿Estás bien? —me pregunta él bajo un silencio sepulcral que sólo es roto por gemidos varios.

—Todo bien —le confirmo.

—¿Voy muy deprisa?

—Puede que demasiado despacio —le pico.

—Muy bien… ¿cariño? —dice, como preguntándome si él también puede llamarme así.

—Llámame como quieras.

—Cariño vale por ahora, pero ya pensaremos luego cómo nos llamamos entre los cuatro.

—Hablas demasiado y follas muy poco —le vuelvo a picar.

Él sonríe y recorre el camino final de una sola vez, impulsando su cadera con un golpe seco.

Eso se ha sentido más que ardiente. He gritado de placer, pero Alex lo ha malinterpretado y tengo que agarrarlo para que no salga de mí.

Y en cuanto se cerciora de que realmente va todo bien, comienza a moverse, primero poco a poco, y en cuanto va cogiendo confianza, se convierte en un intenso golpear su cuerpo contra el mío, entrecerrando los ojos y endureciendo su gesto.

Siento sus uñas en mi piel, agarrándome para tirar de mí hacia él con cada embestida.

Alex dentro de mí se mueve con total naturalidad.

Gime, gruñe y continúa moviendo su duro miembro en mi interior.

Alterno mi mirada entre la visión de Alex follándome, con un gesto contraído de excitación, y nuestras mujeres dándose placer mutuo.

Ellas ven que las miro y sonríen, como si estuvieran tramando algo.

Se dicen algo que no alcanzo a escuchar y entonces veo a Carol acercarse a mí y colocarse con agilidad encima de mi sexo.

Siento un intenso calor a medida que va descendiendo hasta que consigue que esté dentro de ella por completo; un nuevo lugar cálido que conozco por primera vez en tan poco espacio de tiempo.

—¿Te gusta esto, babe ? —le pregunta Alex a su mujer.

Esta, como respuesta, empieza a moverse sobre mí, frotándose contra mi vientre para sentir más placer.

Se tumba encima de mi pecho y atrapa todo mi cuerpo de esa forma.

Con el movimiento de su marido es más que suficiente para que ella pueda disfrutar de mí también.

Si pienso más de un segundo que estoy siendo penetrado mientras penetro yo a su vez, estallaría en un estrepitoso orgasmo.

Me giro hacia Laura, que es la que sé que ha propiciado esta situación.

Nos mira extasiada mientras mueve los dedos encima de su clítoris.

Le hago una indicación con los ojos para que acerque a mí aquella parte de su cuerpo.

Y lo hace. Lo hace colocándose también sobre mí, mirando a Carolina, que se ha erguido al ver que se acercaba su amiga.

Posa su sexo sobre mi boca y empiezo a lamerla con veneración mientras ambas comienzan a besarse, llenas de nuevas sensaciones que me encantaría que las condujeran a un nuevo orgasmo.

Y creo que escuchar a mi amigo gemir a la vez que lo hago yo, unido al movimiento constante en el sexo de ambas, provoca que las dos se corran con una diferencia de tiempo de escasos segundos entre ellas.

Alex redobla sus embestidas, creo que deseando correrse también.

Yo, mientras tanto, continúo disfrutando del sabor de mi mujer y de la húmeda calidez de Carol, todavía dentro de ella, ambas satisfechas con el cuerpo que tienen debajo del suyo.

Y eso es algo que considero como un asombroso premio.