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Chapter 16

XI

Jorge

Hace ya años, tantos que casi no lo recuerdo bien, tuve una loca y absurda vida sexual.

Fueron muchos los motivos que me llevaron a ello y sé que la mayoría tenían que ver con una infancia de mierda en la que mi padre decía demostrar cariño a base de palizas.

También consideró conveniente drogarme y someterme a abusos junto a otros chicos y chicas para, como él decía, hacerme un hombre de verdad.

Crecí con la percepción del placer totalmente alterada, a pesar del amor que mi madre intentaba darme, compensando un poco el resto de mierda que teníamos a nuestro alrededor.

Crecí con deseos de venganza, de arrasar con todo y hundir el legado de horror de mi padre para limpiar el apellido de los Graham.

Mientras tanto, mi mente no encontraba alivio con nada.

Estudié y trabajé muy duro, pero aquella jodida infancia y adolescencia no se diluía con nada.

El sexo convencional me hacía pensar demasiado y siempre recurría a algo más, por lo que la creatividad, por llamarlo de alguna forma, en mi vida sexual, fue una constante.

Sí, hice orgías con una cantidad nada despreciable de gente.

También es cierto que rechacé otra cosa que no fuera relacionarme con mujeres, puede que por el mismo motivo por el que necesitaba que mi mente se despejara de formas originales en cuanto al sexo.

Iba dando tumbos en mi vida, cayendo cada vez más profundamente en un pozo infernal que me engullía de manera terrorífica.

Hasta que ella me encontró.

Mi Laura me enseñó poco a poco a amar de forma sana, sin que la culpa me embargara.

Fueron años conociéndonos, casi sin hablarnos, viéndonos de lejos y teniendo un contacto mínimo que poco a poco iba aumentando.

Sentía deseos de sonreír en su presencia; más adelante, con tan solo pensar en ella.

Mi apetito sexual fue cambiando también.

A pesar de que nunca fui como mi padre y el respeto jamás faltó en mis relaciones, cada vez necesitaba menos aquel tipo de contacto para sentirme en paz.

Sin Laura saberlo, yo estaba aprendiendo lo que era una clase de amor que no sabía siquiera que podía existir hasta ese momento.

Todavía recuerdo el primer beso, seguido de nuestra primera noche juntos.

Sentía mi cuerpo convertirse en algo etéreo durante y después.

Estuve horas sin comprender qué me había hecho sentir de una forma tan poderosa simplemente con cada roce de su cuerpo junto al mío.

Porque hicimos el amor. Aquella vez hice por primera vez el amor con alguien y adoré cada segundo que Laura me regaló a su lado, dejando que la retuviera entre mis brazos con cientos de besos que ella devolvía uno a uno con una intensidad inusual para mí.

Había amor, calma, pasión, dulzura. Era la primera relación sana que tenía en mi vida y supe que jamás podría vivir sin ella.

Es por eso por lo que preferí arriesgarme a la muerte hace tiempo, a pesar de la propuesta que aquella gente me hizo.

Si el trato sólo me incluía a mí, moriría.

Habría muerto igualmente si me la arrebataban y me dejaban a mí con vida.

Sostengo a mi mujer entre mis brazos, dejando que recupere el aliento después de su intenso orgasmo.

Todavía está agarrando la mano de nuestra amiga, a la que da pequeños besos en los labios.

Me mira. Dirige su mirada hacia mí y sonríe ampliamente, pero no es capaz de pronunciar palabra.

Tampoco hace falta. Aunque no lo crea, esto para mí también es nuevo.

He podido participar en orgías en el pasado, pero nunca pudiendo disfrutarlas como lo estoy haciendo ahora.

Antes me servían para no querer morir. Sin embargo, lo de hoy está haciéndome sentir vivo.

Parece lo mismo, pero es muy distinto. Compartir esta experiencia con mi mujer y nuestros mejores amigos después de tantos años de inocentes acercamientos y claro deseo por parte de todos de que ocurriera, está siendo un nuevo regalo que me brinda la vida.

Y creo que esto es algo que no va a acabar este fin de semana.

—¿Te encuentras bien, princesa? —le pregunto, separando su empapada melena de su rostro.

Primero me mira y sonríe. Después se yergue y se gira hacia mí del todo, besándome como si fueran nuestros últimos segundos juntos y quisiera que nos lleváramos este beso al más allá.

—Joder, George, yo... —Sigue sonriendo, al borde de la risa—. Creo que no puedo hablar.

—¿La mordaz periodista no sabiendo qué decir? —bromeo—. Vaya, eso es algo que no se ve muy a menudo.

—Ya no sabes qué hacer para conseguir dejarme sin palabras.

Río al ver lo feliz que es en este instante, entre mis brazos y con nuestros amigos al lado de la misma forma que nosotros. Cierro las duchas y de repente el vestuario se queda en calma, con el único sonido de nuestras respiraciones aceleradas.

—O rellenas este silencio o vuelves a abrir las duchas —amenaza Alex, haciéndonos reír a todos.

Beso los labios de mi mujer, luego los de Carol, para terminar mordiendo el labio inferior de mi amigo, arrancándole un pequeño gemido de su garganta por ello.

—Si quieres, sigo rellenando.

Y por cómo se ríe, ha comprendido a la perfección el doble sentido de mi frase.

—Nos vamos a quedar helados si no nos movemos —oigo decir a Laura.

Y tiene mucha razón. Estamos empapados y calientes; una mala combinación.

—Vayámonos a ponernos cómodos entonces —le digo.

Agarro a mi mujer y la levanto en el aire, alcanzando una toalla que coloco por encima de su cuerpo para evitar que coja frío.

Alex hace lo mismo que yo y se unen a nosotros de camino a aquella sala que hemos habilitado con todas las comodidades que podríamos necesitar para lo que viene a continuación.

Vamos los cuatro riendo y hablando con tranquilidad, como si esto fuera algo normal en nuestras vidas; puedo imaginarme repitiéndolo con frecuencia, cada vez más sueltos y creativos.

Al llegar a aquella acogedora sala, dejamos en los colchones, rodeadas de cojines y mantas, a nuestras chicas, colocado todo a modo de cómodo nido.

Voy hacia el interruptor para regular la intensidad de la luz y enciendo las velas aromáticas que Alex se empeñó en dejar en la entrada.

Me acerco después a la chimenea que preparé antes de irnos a la piscina y la enciendo mientras él cierra la puerta y asegura las cortinas por si acaso; no queremos tener dentro de unos días sobresaltos con titulares sensacionalistas.

Aunque reconozco que leer todo aquello me divertiría.

Repaso todo lo que hemos dejado cerca de los colchones y que puede que necesitemos en algún momento.

Aceite, toallitas húmedas, desinfectante de manos y, por si acaso, unos botellines de agua, unas cuantas chocolatinas y una botella de vino tinto con sus respectivas copas.

Vuelvo hacia el centro de la estancia, en donde están más que cómodas las dos mujeres más bellas y atractivas que existen.

Es una visión espectacular. Alex vuelve a mi lado y también las mira, seguramente pensando lo mismo que yo.

¿Qué hemos podido hacer tan bien en la vida para que se nos esté recompensando de esta forma?

Ellas se dan cuenta de que estamos inmóviles, de pie frente a ellas, y se giran hacia nosotros, observándonos de arriba abajo con gesto satisfecho. Les gusta lo que ven y se miran entre ellas, sonriendo.

—¿Todo bien, chicas? —les dice Alex—. ¿Nos dais el visto bueno o tendremos que quedarnos aquí de pie un rato más, a la espera?

Ambas sonríen, mirándose una vez más entre ellas, pero nos extienden sus manos para que nos tumbemos a su lado; yo lo hago junto a mi mujer y Alex entre Carol y yo.

Los besos comienzan, ahora mucho más a gusto entre nosotros.

Lo más chocante ya ha pasado después de lo que acaba de ocurrir en los vestuarios.

Hemos podido observarnos mutuamente, tocarnos, disfrutarnos, y ahora queremos más.

Más de todo y de todos.

Sucede un baile de cuerpos que danzan a un ritmo sorprendentemente acompasado, con besos y caricias que vuelven a elevar la temperatura.

Siento la espalda de mi amigo sobre la mía propia durante un momento, hasta que nuestras chicas deciden a la vez que ya llevan demasiado tiempo separadas y solucionan la situación colocándose juntas con nosotros a los lados.

—¿Vais a seguir practicando Carol y tú? —le pregunto a Laura ya con confianza, sin tener que bajar el tono, sabiendo que ella está también cómoda con todo esto.

Mi mujer se gira hacia su amiga sin contestarme y agarra su mano.

Tira de ella y Carol se coloca con soltura sobre ella, como si lo hubieran estado haciendo durante años.

Empiezan a moverse poco a poco, tentándose, mientras frotan el sexo de una sobre el de la otra.

Lo observo todo durante varios segundos en silencio, sin moverme, viendo cómo se besan con ambos labios de una manera que parece que está divirtiéndolas y gustándolas.

He visto antes a mujeres dándose placer de esta forma, pero nunca de una manera tan sensual.

Sus caderas se balancean y los cuerpos de ambas se estremecen con cada milímetro que mueven en una dirección u otra.