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Chapter 15

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Alec

Me parece demencial todo lo que está sucediendo desde ayer.

Y no de forma negativa, sino extrañamente excitante.

Me siento más cómodo cada minuto que pasa desde que comenzamos los cuatro con este juego tan particular.

Ni yo mismo comprendo cómo he normalizado tan rápido la situación; puede que porque inconscientemente ya había asumido hace tiempo que era algo que sería maravilloso si terminara ocurriendo.

Hace años que los cuatro somos amigos íntimos, compartiendo fiestas y momentos familiares con naturalidad, como si las dos familias al completo fuéramos una sola.

No es nada descabellado pensar que es a eso precisamente a lo que nos dirigimos, a una especie de pareja de parejas .

—He trabajado mucho; me merecía esto.

—Arrastrar dos colchones unos metros no ha sido una gran hazaña —comenta mi mujer, provocando las risas de nuestros amigos.

—¿Te das cuenta de lo pesados que eran?

—Tampoco exageres.

—No lo hago —le contesto saliendo de la piscina después de un nuevo baño reparador—. Te recuerdo que los elegimos por ser los más consistentes.

Ella menea la cabeza, rindiéndose ante mi dialéctica, está claro.

—Tengo hambre —oigo que comenta Laura.

—Yo también —responde George, dándole un juguetón mordisco en el cuello, haciéndola reír.

Puede que no mucha gente pueda presenciar este tipo de escenas entre ellos, pero nosotros estamos más que acostumbrados a que se comporten así en familia: siempre riendo y jugando, siendo tan cariñosos como una pareja de recién casados.

—Entonces, ¿vamos a comer o…? —pregunto, sintiendo yo también bastante hambre.

Otros días ya haría rato que habríamos comido, pero hoy…

George se gira para mirarme, todavía con la boca sobre el cuello desnudo de su mujer.

—Alex, ninguno vamos a molestarnos si realmente quieres comer y nada más.

Las palabras de mi amigo suenan cálidas, sin un ápice de resentimiento. Y sí, estoy totalmente seguro de que nadie me echaría nunca en cara que prefiriera no seguir con esto, puede que por eso estoy más que convencido de que quiero hacerlo.

—Primero nos metes a todos en este lío y ahora pretendes hacerles creer a nuestras chicas que yo no quiero seguir con ello.

Él sonríe de forma socarrona, un gesto muy suyo que siempre me resultó tremendamente sensual.

Entramos en los vestuarios que hicimos instalar como antesala del hall principal y vamos directos a las duchas comunes; suficiente cloro por hoy. Los cuatro abrimos nuestros grifos y el silencio se diluye un poco con el sonido del agua cayendo al suelo de piedra que tenemos bajo nuestros pies.

—¿Seguro que no quieres comer?

La voz de mi mujer hace que la mire. Está bajo el agua, pasándose las manos por su melena color miel oscura. Es hermosa hasta la extenuación, y mirarla cuando, a su vez, ella te mira, es como si estuvieras rozando la felicidad con la punta de los dedos por primera vez en la vida.

—A veces creo que confundes mi apetito con el tuyo.

Ella hace un mohín gracioso para burlarse de mí y beso sus labios como si no pudiera terminar aquel gesto de otra forma diferente.

—Me gusta cuando os besáis —escuchamos a nuestro lado a Laura, a la que ambos miramos ahora. Nos observa con naturalidad, sonriente, mientras se recoge el pelo en un gran bucle que posa sobre uno de sus hombros—. Sois los únicos Adriana y Charles posibles.

Ha parafraseado lo que escribí en redes cuando supe que Carol había conseguido el papel de Adriana Soto para su película, hace ya años. Y ese recuerdo siempre me hace sonreír.

—Tendré que empezar a cobrarte por usar mis ideas —respondo—. Y tengo unas cuantas, por si quieres que hagamos nuevos negocios.

Ella me empuja con sus dedos en mi brazo, sonriendo por la broma.

—¿Qué ideas son esas? —pregunta a continuación.

Y un inexplicable olor a petricor parece envolvernos de repente, como si estuviéramos a las puertas de una emocionante tormenta.

George le dice algo a su mujer al oído mientras ambos me miran. Ella asiente y muerde sus labios hacia dentro, en un gesto muy suyo que me he acostumbrado a presenciar. Y es extraño, pero un instinto que pocas veces me acompaña está gritándome lo que siento que tendría que suceder.

—¿Quieres besarla? —Me giro hacia Carol cuando la escucho decir eso. Sonríe, como si estuviera deseando que yo le contestara que sí—. Es algo increíble —continúa diciendo—. A mí me gusta.

Hace un inequívoco gesto con la cabeza, señalándome a nuestra amiga, y vuelvo a mirar a Laura.

Mis ojos se encuentran con los de George, y sé que ha escuchado a Carol decir aquello.

Hemos hablado de esto hace rato y los cuatro estamos de acuerdo, pero se me hace extraño.

¿Y si no nos gusta? ¿Y si la magia se rompe por darnos cuenta de que en realidad lo único que nos llamaba era hacer algo que hasta entonces ninguno había probado?

Y sólo hay una forma de saberlo.

Pregunto con la mirada a Laura si quiere que hagamos esto.

Asiente casi imperceptiblemente con la cabeza, pero de una forma contundente con los ojos.

Doy entonces un paso hacia ella, dejándola tiempo a que pueda tirarme al suelo o darme un bofetón para que me aleje, pero eso no sucede.

Su mirada se desvía unos centímetros, creo que en dirección a mi mujer.

Y lo que ha encontrado ha tenido que ser satisfactorio, porque su mano ahora se atreve a agarrar mi brazo para acercarme más.

El agua sigue empapando nuestros cuerpos cuando los labios de ambos quedan a escasos milímetros.

Hacemos una tentativa, sin atrevernos todavía a dar el paso.

Sus ojos se cruzan con los míos una vez más y lo que su mirada me devuelve es una mezcla de cariño y deseo que activa algo nuevo en mi interior; temo que mi cuerpo este fin de semana acabe entrando en ebullición.

Nos besamos al fin con el sonido del agua cayendo por todas partes, a borbotones.

Mi cuerpo y el suyo se pegan como imanes el uno al otro al instante.

Nuevos sabores excitantes me embargan a continuación.

Jamás había vuelto a hacer esto con nadie desde que besé por primera vez a Carol y podría haber pensado que esto lo sentiría extraño, pero besar a George y a Laura no lo ha sido, ni mucho menos.

Nuestras lenguas no tardan en entrar en la boca del otro para seguir explorando un lugar que parecían conocer ya de antemano, como si hubiéramos estado años haciendo esto mismo.

Siento el cuerpo de mi mujer a mi espalda, pegado al mío, y una cascada de besos recorriendo mis omóplatos, haciéndome estremecer.

Laura y yo parece que necesitáramos coger aire a la vez y separamos nuestras bocas un instante.

Es entonces cuando veo a George besar también a su mujer de la misma forma que Carol sigue haciendo conmigo.

Mi amigo levanta la vista y clava sus ojos en los míos.

Parece que sonríe encantado. Aquel bosque que tiene en su mirada es como si estuviera en llamas ahora mismo.

Y yo, en vez de querer que toda esta agua que tenemos a nuestro alrededor le aplaque aquel incendio, deseo que vaya a más y me traspase una llamarada el puto pecho.

Laura vuelve a besarme y yo a ella, pero ahora alternamos nuestros besos con los de nuestras parejas.

Los gemidos comienzan a subir de volumen y a dejarlos escapar con más normalidad que hasta ahora.

Y como si fuera algo planeado de antemano, los cuatro nos detenemos, cruzando nuestras miradas de nuevo.

Miro de refilón y con rapidez a mi mujer y luego me quedo mirando a George, tomando esta vez yo la iniciativa con mis palabras.

—¿Queréis besaros?

Jorge

Resultaba menos difícil tomar la decisión de besar a Alex, por extraño que suene en mi cabeza.

Pero a Carol… Puede que tenga que ver con arcaicas convenciones sociales, como si no se sintiera engaño el besar a alguien que no fuera del mismo sexo que el de mi mujer.

Y, aun así, siento que ni uno ni otro beso entraña peligro alguno y que tanto ella como yo estamos disfrutando de esta nueva intimidad compartida.

Laura besando a Alex ha sido excitante y mi mujer lo ha sentido cuando me he pegado a su espalda, estoy seguro, y me parece que ella ahora quiere comprobar si al contrario sería igual.

Me ha mirado nada más que Alex nos ha preguntado a su mujer y a mí si queremos besarnos.

Y estoy excitado, tratando de controlar los instintos de mi propio cuerpo desde ayer.

Por ahora no lo llevo mal, pero esto está subiendo de intensidad a zancadas con cada pequeño paso que damos en una dirección que los cuatro sabemos que queremos alcanzar.

Miro a Laura y veo que asiente con una sonrisa, la misma que suele ponerme cuando me pide que la penetre después de una larga sesión de preliminares.

Eso hace que la sangre de todo mi cuerpo arda de arriba abajo, como si estuviera bailando al son de aquel movimiento de cabeza de mi mujer.

Y mis ojos entonces se clavan en los de Carol, y sé que tiene curiosidad por lo que queremos los cuatro que pase a continuación.

Le ofrezco mi mano y ella la observa un instante antes de posar la suya encima.

La acerco entonces a mí, dando yo también un paso en su dirección.

Agarro la cintura de mi mujer a medida que mi cuerpo se acerca al de nuestra amiga.

Sus labios parecen aumentar de tamaño a cada milímetro que los míos avanzan.

A Laura la excitó en exceso besarla y quiero saber por qué; siento genuina curiosidad por compartir algo así también con ella.

Pero entonces, una sombra de duda pasa por mi cabeza, haciéndome frenar en seco.

—Si sientes que no quieres que esto pase, podemos organizarnos para que tú y yo no…

Carol frena mis palabras con su gesto contrariado.

—¿Por qué dices eso? —pregunta.

—Porque tú… Tú y yo somos… Tú eres la más joven de los cuatro y yo el más mayor. Puede que…