Chapter 14
IX
Laura
Me parece una verdadera maravilla llegar junto a nuestros maridos y ver cómo están sentados, el uno al lado del otro, de forma tan natural.
Siempre me pareció que su extraña amistad crecía en cuanto a sentimientos, disminuyendo a su vez la necesidad de espacio vital propio.
Ahora mismo lo comparten, con una pierna de Alex sobre la de mi marido y la mano de este encima del muslo del otro.
Es algo que parece surgir sin forzarlo ni un ápice porque sé que se encuentran a gusto estando juntos y eso me encanta.
Si me llegan a decir hace años que el serio e inescrutable letrado sería capaz de tener una amistad así, no me lo habría podido creer.
Jorge levanta la vista en cuanto ambas llegamos a su lado.
Lo primero que hace es sonreírme con calma.
Sus ojos brillan como siempre que es feliz.
Estar con nuestros amigos siempre le hace sentirse así, pero creo que lo de este fin de semana va mucho más allá de una cómoda felicidad; es una más bien ardiente y novedosa, llena de deseo contenido y ganas de probar algo diferente.
Y eso a ambos siempre nos ha gustado.
Me hace un gesto estirando su cuello y yo me acerco a él para darle un beso rápido. Y en cuanto siente mis labios sobre los suyos, parece que está listo para hablar.
—Creo que tenemos que tratar temas…
—Logísticos —termina la frase Alex por él.
Mi marido sonríe de medio lado, mirando de reojo a nuestro amigo.
—Me parece que todos estamos de acuerdo en que esto queremos que suceda, ¿no? —habla de nuevo.
Yo primero miro a ambos, y luego me giro hacia Carol, que siente mis ojos clavados en ella y se vuelve hacia mí. Todavía puedo ver en sus retinas la escena que hemos vivido hace escasos segundos dentro de la piscina.
Por supuesto que quiero que eso suceda.
—Creo que estamos los cuatro de acuerdo en eso, George —le dice Alex como si tuviera verdadera prisa por terminar de hablar—. Pero ahora tenemos que pensar cómo y cuándo.
Jorge suspira, haciendo un gesto gracioso con los ojos por la ansiedad de nuestro amigo.
—Muy bien, pues vamos al grano, ¿de acuerdo, mejor amigo?
—le dice a Alex con tono de burla, volviéndose hacia el resto en cuanto él asiente encantado—.
Si los cuatro vamos a querer interactuar entre todos, tenemos que elegir un lugar en el que podamos estar cómodos y no nos resulte intimidante tampoco.
—Nuestro dormitorio es bastante amplio —comenta Alex.
—Pero no como para… —responde Carol, que no se atreve a seguir con la frase—. Podríamos adaptar la salita de al lado del comedor —propone ella—. Es un sitio bastante amplio y moviendo dos muebles, podemos colocar los colchones de las habitaciones de invitados de la misma planta.
Carol nos mira a todos, esperando nuestro veredicto.
—Me parece bien —confirmo—. Es un lugar acogedor y es cierto que poniendo dos o tres colchones estaríamos cómodos los cuatro.
—¡Sería como una acampada! —exclama Alex.
—Mejor amigo, que te desvías del tema —le advierte Jorge sin mirarlo, sonriendo con el entusiasmo que destila—. Muy bien, entonces, en la salita. Pero hay otra cosa que tenemos que concretar. ¿Estaríamos más cómodos primero probando todo entre los cuatro o preferís empezar por parejas?
—¿Cómo que…? —comienzo a decir.
—Alex y yo hemos estado hablando de ciertos asuntos…
—Logísticos —apuntilla con su nueva palabra favorita, provocándonos la risa al resto.
—Voy a necesitar aceite y seguramente bastante paciencia —nos comenta de nuevo Jorge—. Depende de cómo se comporte Alex.
—Por el amor de dios, George —dice en un hilo de voz nuestro amigo, enrojeciendo, pero no creo que de vergüenza precisamente.
Mi marido sonríe y frota la rodilla de Alex unos segundos con cariño.
—Ya sabes cómo es ese tema —me dice ahora a mí Jorge—. O se relaja o no va a ser posible…
—Hmm… —le oigo decir de nuevo a Alex—. Así que vosotros…
Y la que ahora enrojece soy yo.
—Laura y yo hemos corrido para que vosotros dos pudierais caminar como Adriana y Charles —le responde mi marido, haciendo reír a ambos.
—Entonces Laura va a tener que darme clases —dice Alex desviando la mirada de Jorge hacia mí.
—Esas clases te las voy a dar yo en breve —toma la palabra él, dejándole de nuevo sin saber qué contestar—. ¿Preferís entonces que todo lo que vayamos a hacer sea estando los cuatro juntos? ¿No nos importa que los otros dos estén observando?
¿Observar cómo Jorge y Alex tienen sexo por primera vez? ¿Quién pondría peros a algo así?
—Sin problema —dice Carol, adelantándose con demasiada prisa.
—Puede ser tedioso si nuestro chico no se porta bien y…
—No hay problema —repite de nuevo sobre las palabras de Jorge.
Este intenta no reírse ante su entusiasmo, sabiendo que es porque aquello a ambas nos va a excitar presenciarlo.
—¿Nuestro chico? —pregunta ahora Alex con una sonrisa en los labios y un tono de burla emocionada.
—Es una forma de hablar —responde Jorge, tratando de seguir con el tema en cuestión.
—Una forma de hablar muy cariñosa —continúa diciendo nuestro amigo.
Jorge resopla, aunque intenta no sonreír.
—Voy a necesitar que Alex dilate antes de que yo…
—empieza a decir con rapidez, creo que sólo para molestar a este, que alza la mirada hacia el techo acristalado de la estancia y comienza a emitir sonidos de queja por encima de las palabras de Jorge que, ahora sí, sonríe por haber conseguido poner nervioso a nuestro amigo.
—Entonces, ¿vosotros…? —digo interrumpiendo la escena y señalando a mi marido—. ¿Tú vas a…? —Y mi dedo se dirige a Alex.
—Efectivamente —responde.
—Pero a lo mejor también quieres… —insisto—. Es decir, tú…
Él sonríe, dándose cuenta de que intento preguntar algo muy concreto sin saber si quiere que hable de una cosa así delante de ellos.
—Me gusta cuando juegas a eso conmigo —responde él—. Y me gustaría probar, pero eso depende de si Alex se anima después. Él ha preferido empezar de esa otra forma.
—No me jodas que ella a ti… —exclama Alex con sorpresa—. Pero entonces no sería yo el primero.
Parece tan defraudado que no puedo evitar reírme, posando mi mano en su hombro.
—Te aseguro que no ha sido gran cosa —le explico—. George nunca ha estado con un hombre; sí que vas a ser el primero.
Remolonea unos segundos hasta que vuelve a sonreír y el entusiasmo aparece otra vez en sus ojos.
—Bien, entonces, ya tenemos lugar y ya sabemos que estaremos los cuatro juntos —resumen Jorge—. Necesitamos esos colchones y el aceite antes de nada.
—Yo me encargo de llevar los colchones —se ofrece Alex—. Tú busca el aceite de oliva en la cocina, que no eres nuevo en la casa —le insta, dándole un codazo.
—¿Y nosotras? —pregunta Carol, interrumpiendo una vez más el juego de nuestros maridos.
Ellos nos miran, dejando a un lado los codazos y empujones.
—Puede que tengáis algo que hablar antes o… —nos dice su marido.
Carol y yo nos miramos sin poder evitar sonreír, no sabiendo cómo explicar que tenemos más que claro cómo vamos a proceder.
—Me parece que nuestras chicas ya han tenido más que palabras en la piscina hace un momento, ¿no es así?
Jorge nos mira a ambas con sonrisa de suficiencia. ¿Siempre tiene que saberlo todo antes incluso de que se le cuenten las cosas?
—¿Por qué lo sabes? —le pregunta Alex.
—Conozco cada uno de los movimientos que hace mi mujer.
—Eso ha sonado fatal —le dice él—, como si fueras el típico gilipollas controlador.
—Me refiero a que sé cómo se mueve estando en una piscina y también cómo lo hace cuando tiene otras cosas entre manos. —Y se me queda mirando fijamente—. O entre las piernas.
Arrugo la nariz y le hago un gesto de burla, prefiriendo no responder a la obviedad que acaba de decir, contestándome él de la misma forma juguetona.
—Pero yo también conozco los movimientos de mi mujer y no me he enterado de lo que… —protesta Alex, no satisfecho con la explicación.
—Puedo estar a muchas cosas.
—Y yo —vuelve a protestar.
Jorge se acerca a él y veo perfectamente cómo su mano aprieta la pierna de su amigo.
—Parece ser que no —le susurra un segundo, dejando a su amigo mudo de repente, sonriendo por un motivo que puede que nosotras nos hayamos perdido. Al momento, mi marido se dirige a Carol y a mí—. No quiero que Alex coma, así que si os parece, podemos preparar ya todo lo que…
—¿Perdona? —se queja este—. ¿Cómo que no quieres que yo coma? En breve tendré hambre y…
—Ni tú ni yo vamos a comer —le corta Jorge—.
No vamos a arriesgarnos a que la diversión termine por causas escatológicas ajenas a nuestra voluntad.
—Carol y yo comprendemos, echándonos a reír, y seguramente Alex también entiende, pero está tan avergonzado que repite aquella palabra sin darse cuenta—.
Se dice de la misma forma en inglés y en español —indica su amigo, volviendo a apretarle la pierna con cariño y mirándonos a ambas después—.
¿Os parece entonces que preparemos las cosas ya?
Siento que Carol roza mi brazo con el suyo y, por algún motivo, me parece que lo ha hecho a propósito, algo que me provoca una sonrisa sin poder evitarlo.
—Nosotras ayudamos a Alex a preparar la sala —dice ella, agarrando el brazo de su marido.
—¿Ahora? —pregunta este.
Jorge le mira con el ceño medio fruncido, notando un tono de nerviosismo en él.
—Alex, si no estás seguro de... —comienza a decirle con comprensión.
—¡No, no, no, no, no! —se apresura a decir—. Es sólo que... Bueno, a ver, me parece algo... Cómo decirlo... ¿Precipitado? —se pregunta como a sí mismo, rectificando al momento—. ¿Demasiado calculado?
—Te refieres a que no ha surgido de forma natural —le digo, ayudándole a encontrar las palabras.
Hace un gesto con la mano, señalándome con alivio.
—Está claro que tus libros tienen éxito porque te expresas mejor que yo —dice con ese deje cómico que siempre me hace sonreír.
—Es sexo, Alex —le increpa mi marido medio riéndose, no entendiendo—. ¿Necesitas que te invite antes a una copa y te lleve a cenar?
—Conmigo no utilice ese tono, lord Graham —se queja él, casi haciendo pucheros—. Pero no sé, siento que es tan...
—A mí me llevaste a París —le recuerdo a mi marido.
Alex se me queda mirando con los ojos como platos y luego se gira hacia Jorge, que se echa a reír, intuyendo lo que viene a continuación.
—No veo justo que...
—Nosotros ya os llevamos a París hace años —le corta mi marido.
—Venga ya, George —dice Alex, gesticulando en exceso con todo su cuerpo—. ¡Eso fue por trabajo!
Mi marido se levanta y agarra la mano de nuestro amigo, tirando de ella.
En cuanto están los dos de pie, el primero empuja al segundo desde el hueco de la espalda de este hasta que ambos cuerpos colapsan.
Un beso que comienza con ímpetu por parte de Jorge y termina con sed de más por el lado de Alex, deja toda la estancia en silencio y a los presentes cada vez más acalorados.
—Te prometo que no va a ser algo frío o mecánico —le asegura Jorge, todavía sobre sus labios—, pero si quieres que hoy no hagamos nada y prefieres esperar a que...
Alex levanta un dedo para silenciarlo y luego, sin dejar de mirarlo, dirige el mismo dedo en mi dirección.
—Entendería perfectamente que el señor marqués se saliera con la suya siempre si es así como intenta convencerte —dice, provocándonos la risa a todos.
Jorge le suelta y viene hacia mí, dándome también un beso que tiene más matices de sabores que normalmente.
Y eso me encanta.
—Venga, vamos a hacer los preparativos y luego nos damos otro baño si quieres —le dice mi marido a Alex, el cual parece de repente más animado que antes—. Yo no sé qué obsesión tienes tú con esta piscina, pudiendo ir a la playa a unos metros de aquí.
—No me digas que no nos ha quedado increíble —le responde él, caminando junto al resto hacia la salida.
—Es una piscina —dice Jorge, encogiéndose de hombros.
A mi marido le encanta también, pero a veces evita darle la razón para picar a su mejor amigo. Y funciona, porque Alex comienza a quejarse mientras Jorge sigue picándolo hasta que se echan a reír, aunque no por eso detienen sus bromas.
—Al principio no entendía cómo dos personas tan diferentes podían haberse hecho amigas —me dice Carol, que observa el juego de nuestros maridos, cruzando la zona de los vestuarios para entrar en el hall principal de la casa—. Luego me di cuenta de lo mucho que en realidad se parecían.
Me giro hacia mi amiga un instante y después vuelvo a mirar cómo los dos siguen charlando y riendo.
Y no puedo más que darle la razón.
Agarro su cintura, suspirando, y mi pulgar acaricia su cuerpo por encima del bañador.
—George es inmensamente feliz cuando estamos los cuatro juntos y eso es algo que no pensé que podría ver jamás —reconozco.
—¿Y tú? —oigo que pregunta ella. La miro, esperando que continúe hablando—. ¿Eres feliz cuando estamos con vosotros?
Un hermoso déjà vu sobre una pregunta parecida viene a mi mente antes de contestar.
En aquella ocasión era Jorge quien me preguntaba si era feliz con él.
Fue en nuestra boda, justo antes de que se lanzara al estanque, como si fuera un moderno señor Darcy recreando la famosa escena de la adaptación de la BBC.
Muchas cosas han cambiado desde entonces e intuyo que muchas más están por venir.
—No te imaginas cuánto —contesto sin dudarlo.
La mano de Carol agarra mi cintura de la misma forma que yo lo hago con la suya y sonríe con mis palabras al hacerlo.
¿No es extraño que me sienta tan a gusto en una situación como la que estamos viviendo los cuatro?