Chapter 13
VIII
Laura
Algo ha pasado, estoy segura. Y todo es por culpa de Jorge.
Si él no nos hubiera metido en este lío, seguiríamos tranquilamente con nuestro fin de semana de relax los cuatro.
Pero no, el señorito quería ir más allá, porque él es así y desde hace tiempo cada vez tiene más vitalidad, así que quiere que el resto le sigamos el ritmo.
Y hay cosas que no. Y no sé por qué le permito seguir con. ..
—¿Seguro que no vas a querer ni una tortita? Son las favoritas de tu amiga.
Salgo de mis pensamientos catastrofistas nada más que la voz de mi marido llega a mis oídos.
—No van a bajar —sentencio.
Él se gira hacia mí, frunciendo el ceño.
—¿Cómo que no van a bajar? —pregunta, dejando el plato con tortitas recién hechas encima de la mesa, junto con el resto de manjares que a Jorge siempre le da por preparar cuando tenemos tiempo de desayunar con calma.
—Les asustaste ayer y ahora no quieren volver a vernos.
Sonríe más tranquilo después de escuchar mi preocupación, como si se sintiera aliviado por ello. Me da la espalda y comienza a partir las naranjas para hacer zumo recién exprimido.
—No les vi yo nada asustados —comenta entre naranja y naranja.
—Pues ya estás viendo que no bajan.
—Es pronto todavía.
—Alex suele levantarse a la vez que tú —le recuerdo.
—Tranquila; bajarán —me asegura con demasiada calma, girándose hacia mí antes de proseguir con las naranjas—. Estamos en su casa...
Me acerco a él solamente para golpear su brazo por haberme hecho reír en mitad de mi preocupación. Él ríe también, tranquilo y relajado, como si esta situación fuera normal en su vida. A lo mejor antes de conocerme...
—George.
—Dime, princesa —me responde sin girarse, continuando con su labor autoimpuesta.
—Antes de estar juntos, ¿tú...?
Intuyo una leve risa por su parte.
—Alguna vez hemos hablado de esto —me recuerda.
—Sé que no estuviste con ningún hombre, pero...
Suspira y se gira por fin hacia mí, secándose las manos con un paño de cocina y apoyándose en la encimera. Trato de centrar mi vista en sus ojos en vez de perderme en aquellos fuertes brazos.
—La logística es parecida, pero no igual. —Le hago un gesto con la mano para que continúe hablando—. Sí, he participado en orgías, si quieres que te conteste sin rodeos.
—Pero, ¿de cuánta gente?
Mi pregunta parece que le hace gracia.
—Más que en esta ocasión —dice vagamente.
—¿Había también hombres?
—Había hombres, sí —dice, asintiendo.
—Y, ¿en serio que tú no...? Es decir, con todo ese lío...
Veo que ha vuelto a sonreír en cuanto se ha girado para servir el zumo en una jarra de cristal que encuentra con rapidez, como si de su propia cocina se tratase.
—Sé moverme con agilidad —va diciéndome mientras posa la jarra en la mesa, junto al resto de la fruta. Se sienta entonces en la silla que tengo junto a la mía y agarra mis manos —. Lo que no suelo hacer es equivocarme, y en esos momentos tampoco lo hago.
Me hace reír un instante aquella manera de explicármelo.
—Claro, tú nunca te equivocas.
—Muy pocas veces —dice con suficiencia de letrado.
—Pero creíste que tú y yo jamás acabaríamos juntos.
Y su sonrisa de medio lado aparece en aquellos perfectos y jugosos labios.
—Y no te imaginas lo que me alegra haberme equivocado en esa ocasión. —Me da un beso demasiado breve para mi gusto y sigue hablando—. ¿Tienes alguna otra pregunta sobre mi pasado?
—No sobre tu pasado, pero...
—Van a bajar, te lo prometo —dice, como leyéndome la mente. Y comienza a darme besos cortos, intercalándolos con sus palabras—. Bajarán de un momento a otro, desayunaremos, nos daremos un chapuzón en la puñetera piscina y...
—¿Y? —pregunto sin tan siquiera darme cuenta.
Pero quiero que siga besándome y hablando.
—Luego hablaremos las cosas y podrás volver a besar a tu Carol.
—Y tú a tu Alex.
Asiente, sonriendo.
—Y yo a mi Alex, efectivamente.
—Y yo también.
—Tú también, si eso es lo que quieres.
—Y tú entonces a Carol.
Sonríe de nuevo.
—Como desees —dice con voz agravada, parafraseando las palabras de aquella hermosa película, terminando con un beso.
— Babe , ¿tenemos que volver a subir al dormitorio para tener sexo como ayer cuando los escuchamos o podemos coger fuerzas y desayunar primero?
Jorge y yo nos separamos y levantamos la vista para ver cómo Carol empuja a su marido entre risas mientras ambos se acercan a la mesa, inspeccionando todo lo que hemos preparado.
Mi marido entonces me mira y abre los ojos como diciéndome te dije que yo siempre tenía razón .
Y se gana un nuevo beso por ello.
—No fue por lo que nosotros... —sigue protestando Carol ante Alex.
—Tuvo mucho que ver —responde él de forma distraída, cogiendo una square sausage y llevándosela a la boca, dándole un mordisco—. ¿No hay de las otras? —le pregunta a Jorge por las salchichas de toda la vida en vez de las escocesas.
—Alex, ¿me estás queriendo decir algo? —responde mi marido, recostándose en la silla con naturalidad.
A nuestro amigo le cuesta unos segundos comprender por qué Carol y yo nos hemos echado a reír. Él entonces también ríe, aunque intente parecer enfadado.
—Estáis enfermos —nos dice, sentándose enfrente, comenzando a servirse comida—. Ni una inocente pregunta sobre el desayuno puede hacer uno sin que vuestra mente sucia comprenda lo que no es.
Carol se ha sentado a su lado y levanta la vista hacia mí.
Intento leer en sus ojos si todo va bien o simplemente está disimulando algún tipo de malestar, pero no soy capaz de ver nada más allá de esa hermosa forma de sonreír y aquellos ojos azules que tanto se parecen a los que imaginé al escribir su personaje.
—¿Todo bien? —pregunto al fin.
Ella parece sorprendida, pero al menos no deja de sonreír.
—Claro, todo bien —responde.
—Creo que Lau se refiere a que si vamos a querer huir después del baño en la piscina o hemos decidido que seguimos adelante —comenta Alex demasiado acertadamente mientras unta en un scone la clotted cream . Levanta la vista entonces y me mira—. ¿No es eso?
Jorge le ríe el acierto, el muy capullo. Por suerte, Carol no lo hace. Alarga su mano hacia la mía y la aprieta con cariño.
—Todo bien, Lau —me asegura, todavía sonriendo.
—¿No íbamos a esperar a hablar de esto hasta después de...?
—Como vuelvas a mencionar la puta piscina, te hundo en ella hasta que me supliques que te suelte —le amenaza Jorge, haciendo reír a su amigo con sus palabras.
—Estás muy susceptible, George —le dice ahora—. Yo creo que necesitas relajar tensiones.
—¿Qué tienes pensado exactamente? —le pregunta, comenzando él también a desayunar.
—Bueno, yo te lo comentaría, pero a lo mejor quieres que te lo muestre.
—¿Sin esperar a la piscina? —le dice para meterse con él una vez más.
Alex le señala con el tenedor repetidas veces.
—Te crees gracioso, pero no lo eres tanto.
—No pretendo serlo.
—Pues la risa también descarga tensiones.
—Tengo otros métodos.
Nuestro amigo se lleva la mano al pecho, como si acabara de recibir un disparo.
—George, por favor, deja de insinuarte, que ni siquiera hemos acabado el desayuno.
Y sé que en este momento puedo pensar que ellos hablan de algo referido a lo que sucedió ayer y lo que puede que siga pasando hoy, pero en realidad mi marido y el de Carol llevan en esa dinámica mucho tiempo. Puede que por eso la gente fantasee con ellos.
Por eso y por lo increíblemente atractivos que son ambos.
—No sé por qué hay que esperar tanto tiempo a hablarlo, si está claro lo que estos dos opinan del tema —dice Carol con un humor que me levanta el ánimo por completo, mientras nuestros maridos siguen bromeando.
—¿Y tú? —pregunto—. Tú, ¿qué opinas?
Sonríe de forma dulce pero tremendamente sensual.
—Opino que extraño tus besos —susurra, echando un vistazo a mi boca para luego volver a mirarme a los ojos y dar un mordisco a su tostada—. ¿Y tú?
—Yo llevo pensando toda la noche en ellos —respondo sin poder evitar observar el movimiento de su mandíbula mientras mastica aquel trozo de pan.
Al levantar la vista, compruebo que en sus ojos brilla un destello de emoción por lo que acabo de decir.
Y es como si de repente no hubiera ningún problema que no pudiéramos resolver juntos, los cuatro, como en realidad llevamos años haciendo.
Todo lo que nos ha sucedido en la vida de un tiempo a esta parte nos ha llevado hasta aquí, al momento presente, en el que estamos reconociendo que hay mucho más de lo que nos queríamos confesar, algo que también resolveremos juntos muy pronto.
Y todo gracias a un audaz letrado que siempre tiene razón.
Miro a mi marido, que sigue bromeando con Alex.
Él parece que siente mi mirada y se gira un instante.
Hace un gesto rápido con los ojos para preguntarme si todo va bien, pero en cuanto ve que mi respuesta es una enorme sonrisa, él sonríe conmigo y continúa bromeando con nuestro amigo, agarrando mi mano por encima de la mesa y dándome un cariñoso apretón.
Mi mirada vuelve a dirigirse al frente, en donde nuestros amigos están desayunando animadamente. Todo cambió un poquito ayer, y hoy lo seguirá haciendo, pero creo que no nos arrepentiremos de ello.
Al menos, eso espero.
Jorge
Mi mujer lleva sonriendo y enormemente feliz desde que se dio cuenta de que nuestros amigos estaban muy de acuerdo con lo que hablamos, y sucedió, ayer. El ánimo volvió a aparecer y de nuevo la veo disfrutar del momento.
Observo a Laura todavía dentro de la piscina con Carol, ambas haciendo una competición para ver quién llega antes al otro lado, con jugadas sucias como agarrarse un pie o intentar hacerse una aguadilla.
Ríe y sigue nadando, y retrocede para atrapar a Carol y vuelve a reír.
El sol hoy no ha salido y, sin embargo, la luz que ella desprende podría iluminar toda la estancia sin necesidad de las lámparas eléctricas que rodean todo el lugar.
—¿Sabes qué fue lo primero que me gustó de ti?