Chapter 11 #2
—Y por eso hay cosas que no se deben hablar, cariño —le espeta Laura con tono de intentar hacer entender algo a su marido sobre las relaciones personales.
—Tú tampoco creo que puedas olvidarte del tema a no ser que lo lleves a cabo en la vida real o en la ficción —le dice él, muy seguro de sí mismo.
Y el silencio de Laura me genera una inquietud muy concreta.
—A mí no me apetece besar a ninguna otra mujer —reconozco.
—¿Solamente a la mía? —pregunta George con una gran agilidad verbal.
—La despedida de Noelia te está afectando demasiado —le reprocha Laura.
—El que me llamó al borde del llanto fue Alex —contesta, haciendo rabiar a este, que se cruza de brazos de forma cómica.
—Muy bien, tú has empezado con todo esto y vas a decirnos cómo piensas arreglarlo para que las cosas vuelvan a la normalidad entre nosotros —le dice Laura, empezando a estar molesta con él.
—Pero es que esta es nuestra normalidad —responde George—. Los cuatro jugamos desde hace demasiado a ser ambiguos con respecto a este tema. Y sí, puede haber bromas similares con otra gente, pero ni tan pronunciadas ni con tanta frecuencia.
—La solución, George, que no estás intentando convencer al jurado con tu verborrea —le insta Laura, acompañando sus palabras con un gesto de su mano.
George suspira y deja su vaso ya vacío en la mesita de al lado del sillón, tomándose unos interminables segundos para responder a su mujer, no sin antes mirarnos a Alex y a mí de refilón.
—La única solución que le veo es dejar que pase lo que tenga que pasar, lo que sea, cuando sea. Darnos cuenta de que los cuatro somos adultos y tenemos la suficiente confianza como para que no rompa una amistad algo tan humano como esto.
—Ahora define esto —le pide Alex, muy interesado en las palabras de su amigo.
Demasiado interesado.
—La atracción, mejor amigo —le responde—. Los cuatro nos sentimos atraídos entre nosotros y me gustaría saber qué tiene eso de malo como para que todos os pongáis tan nerviosos tratando el tema.
—No todos somos expertos en orgías, George —le dice Laura—. Algunos hemos sido más clásicos en nuestra vida.
—Yo tampoco soy un versado en la materia —contesta él—. Jamás he tenido sexo con un hombre.
—¿Sería yo el primero? —suelta mi marido sin darse cuenta, tapándose la boca acto seguido.
George se ríe y mira a su mujer antes de volver a hablar.
—Está claro que mi mejor amigo está a favor de intentar cosas nuevas.
—Así que la única solución que das a todo este lío en el que nos has metido es que tengamos sexo entre nosotros —dice con sorna mi amiga.
—No he dicho eso —le corrige—, lo que he dicho es que dejemos que tenga que pasar lo que...
—Jorge, deja de jugar con las palabras y sal del modo letrado —le recrimina ella.
Y cuando Laura dice su nombre en español, he aprendido hace tiempo que es porque está más que molesta.
Y él, por supuesto, lo sabe.
—Me parece que la única solución que veo es que los cuatro tengamos sexo, sí.
Alex me mira con rapidez, como si esperara a reaccionar dependiendo de cómo lo haga yo. Pero yo sigo sintiendo unas extrañas cosquillas desde ese beso con Laura y no sé bien qué hacer.
—Bueno, pues nada, ¿quién está a favor de la orgía? —pregunta Laura, claramente bromeando.
Y Alex sigue mirándome de manera cada vez más insistente.
—¿Estás intentando pedirme permiso para responder? —le pregunto, medio riéndome.
—Yo no haría nada que tú no... —comienza a decirme.
—Niño, ¿en serio me estás diciendo que tú querrías...?
Lo he dicho entrecortadamente, con un hilo nervioso en la voz, y creo que todos me lo han notado.
— Babe , yo sé que a ti Laura te...
Trato de silenciarlo con urgencia para que no siga hablando, pero nuestros amigos lo han escuchado perfectamente y saben lo que el bocazas de mi marido iba a decir.
Porque siempre está bromeando con que a mí Laura me ha parecido atractiva desde el principio y sí, es cierto, me encanta estar con ella y me siento demasiado a gusto a su lado.
Tengo más que claro que a ninguna de mis amigas les habría querido dar el beso que hace escasos minutos nos dimos ella y yo.
—Ni se te ocurra —escucho que dice a nuestro lado Laura.
Me giro hacia ella y está enrojeciendo por momentos, mirando y señalando con el dedo a George, que ríe ante aquella tierna amenaza.
—¿Ves? Esto es lo que no comprendo —continúa hablando él—. Tú has dicho muchas veces lo bella que es Carol y lo mucho que la quieres, pero te avergüenza reconocerlo delante de ella.
—No me avergüenza —replica ella—, pero tú lo dices con otra connotación.
—Alex y yo hemos presenciado ese beso, princesa, y ha sido más que ardiente —le dice—.
Te conozco, y sé que estabas excitada. —Y su sonrisa se arquea por una de las comisuras—.
Y lo sigues estando, por eso no quieres que se hable más del tema, porque piensas, por lo que sea, que llegar a tener ese tipo de intimidad con ellos sería algo malo.
He tenido que hacer serios esfuerzos para continuar escuchando desde la parte en la que George le decía a Laura que se había excitado con nuestro beso.
—Reconoce que tú también lo estabas —dice en alto Alex.
—¿Quieres dejar de darle la razón en todo a tu amigo? —le digo, muerta de vergüenza de nuevo—. Porque si hablamos de excitación, tendríamos ambas que mencionar lo que os sucedió a ambos con vuestro beso, porque eso sí que fue más que evidente.
Laura se une a mí, confirmando mis palabras.
—Puede que incluso nos hayamos excitado todos por la novedad y nada más —le responde ella.
—Muy bien, hagamos una cosa —nos dice George, levantándose de su sillón y acercándose a nosotros—.
Volvamos a besarnos. Si en ese beso comprobamos que realmente nos excitamos, abriremos de una vez la mente a lo que nos está sucediendo desde hace tiempo.
Si alguno de los cuatro no siente nada, entonces esto se detendrá.
Pero si estamos de acuerdo en que es una situación excitante y no sólo por la novedad, si sentimos que querríamos continuar más allá, lo hablaremos como adultos y amigos que somos.
—Y nos mira uno a uno antes de continuar—.
¿Estamos de acuerdo? —dice extendiendo la mano hacia Alex.
Mi marido no se lo piensa ni un segundo y coge su mano, levantándose con ímpetu y colocándose frente a él.
Su sonrisa al agarrar posesivamente la cintura de George lo dice todo: está deseando repetir el ardiente beso que tuvieron hace un momento.
Nuestro amigo ríe levemente con aquel gesto—.
¿Tantas ganas tienes de repetir, mejor amigo?
Lo dice con una sonrisa en los labios, mirando de forma intermitente los ojos de Alex y su boca.
—Tomo la iniciativa, nada más —le responde.
Esas pocas palabras parecen significar otra cosa entre ellos por la expresión sorprendida de George, a la que le sigue una sonrisa cómplice.
—Ver eso es excitante, no sé por qué —escucho que dice Laura a mi lado.
Me giro hacia ella justo cuando nuestros maridos han empezado a tentarse con besar los labios el uno del otro. Ella los observa, pero siente que la miro y vuelve la vista hacia mí.
—Empiezo a pensar que se tenían ganas —digo medio riéndome.
—Tengo que reconocer que yo también te tenía ganas a ti —susurra entonces, con una vergüenza en su voz y en su mirada que jamás había visto en ella.
Y eso también me parece excitante a mí, tanto que llevo mi mano a su nuca y no me lo pienso ni un segundo más.
Poso mis labios sobre los suyos un solo segundo y mi cuerpo arde con ese breve contacto, reaccionando de forma instintiva por completo.
Mi lengua se cuela en su boca y es acariciada por la de ella con calma.
Siento que querría beber cualquier licor directamente desde aquí para que el sabor se mezclara con el de Laura, que es como un zumo de melocotón y naranja con hielos que se mueven dentro, haciendo que haya instantes en que note un suave frío y otros un intenso calor.
Escucho un leve gemido proveniente de nuestros maridos y mi mis ojos se abren, girándose hacia aquel ardiente sonido.
Y la imagen de ambos, dos de los hombres más atractivos del planeta, besándose de forma tan apasionada y, a la vez, cariñosa, activa mucho más mi propio cuerpo, como nunca antes me había pasado.
Laura también ha mirado en la misma dirección que yo y me parece que le ha sucedido lo mismo. Agarra mi cuerpo con una mano, posándola en mi cintura, y tira de él hacia el de ella, quedándonos más cerca que nunca. Pero quiero más. Necesito más de esta nueva sensación.
No sé cómo me coloco con tanta agilidad y rapidez sobre sus piernas, a horcajadas, sin dejar de besarla.
Y le ha gustado. Me doy cuenta por cómo gime ahora, acompasando el movimiento de su lengua al de todo su cuerpo, alzándome unos milímetros cada vez.
Sus manos alcanzan mi espalda y siento cómo la recorren, una para llegar a la nuca y otra en el hueco más abajo.
Actúo por instinto y mi cadera comienza a bailar levemente sobre ella.
Y empieza a estorbarme la ropa, queriendo sentir su piel directamente en la mía, la de todo el cuerpo, para que las oleadas de placer se intensifiquen con nuestros vaivenes, la una encima de la otra.
Veo de refilón a George detrás de su mujer agacharse sobre ella y besar su cuello a la vez que siento yo otro beso en el mío propio.
Laura y yo no dejamos por ello de besarnos.
Es más, el ardor interior va creciendo con cada nueva caricia de nuestros maridos.
Excitada hasta el exceso, observo a Alex y a George besarse de nuevo por encima de nosotras, alterando por completo mi química cerebral para siempre.
Quiero seguir con esto. Quiero que los cuatro sigamos.
Quiero y necesito saber qué puede pasar después de uno o cientos de besos.