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Chapter 11

VI

Carolina

Dios mío, George, cómo te comprendo.

Un beso. Ha sido un beso nada más, pero por dios. Por dios, qué beso… ¿Laura besa así? ¿Se siente de esta forma? Con razón su marido está a todas horas pidiendo que le bese de nuevo.

Y en mi estómago se fragua la necesidad de hacer yo misma también eso.

Es que por dios, ¡qué beso!

Era como si supiera en todo momento cómo tenía que moverse dentro de mi boca y sobre mis labios. Su respiración mezclándose con la mía, mi corazón saltando a su pecho, su mano apretando mis dedos mientras sentía cómo su cuerpo serpenteaba cuando acariciaba la espalda de mi amiga.

Acabo de besar a Laura. ¡A Laura! Joder, ¡a la mismísima Laura!

Cientos de miles de chicos y chicas fantasean con ella, lo sé de sobra.

Su personalidad, su interesante vida, su carácter abierto…

Y ese cuerpo esbelto, y esa preciosa melena ondulada color avellana, y esos oscuros ojos que te traspasan con dulzura y sin piedad.

Me atrae, tengo que reconocerlo. Me atrae desde hace años, puede que desde la primera vez que la vi, antes de conocerla en persona.

Me sentía cohibida en su presencia, a lo mejor porque intentaba controlar mis ganas de tirarme en sus brazos, como si haciendo algo así, todo estuviera bien después.

Y realmente es lo que sucede cuando Laura te abraza: la vida se vuelve un poco mejor y una paz sosegada te inunda por completo.

Segundos después de que ese beso terminara, el salón todavía permanece en silencio para mí.

Sólo soy capaz de escuchar el crepitar de la chimenea y unas insistentes gotas de lluvia cayendo sobre la casa y chocando rítmicamente sobre los cristales.

Alex y George han comenzado a hablar, pero casi no estoy pudiendo prestar atención a lo que dicen.

Intento sonreír, mirar a todos y hacer como si estoy siguiendo la conversación, pero en realidad estoy perdida en un mar de dudas que golpean mi cuerpo por varios frentes y no sé ni cómo sobrevivir a las embestidas.

¿Mi amiga me atrae tanto como para haberme dejado completamente descolocada y con ganas de más, de mucho más?

Puedo ver atractivas a otras mujeres y admirar su belleza, pero nunca antes me había sentido como con Laura.

Y trato de contener las imágenes que se empiezan a formar en mi imaginación al estar los cuatro aquí charlando con algo de alcohol en vena.

No, no puedo engañarme: un vaso de vino no provoca todo lo que estoy viendo pasar por mi mente ni la inquietud interior que siento en cada parte de mi cuerpo que parece añorar ese beso.

— Babe —escucho a Alex decir, sacándome de golpe de mi propia mente.

Miro hacia mi marido, que ha vuelto a sentarse a mi lado.

Parece esperar una respuesta por mi padre, pero no sé lo que estaba diciéndome segundos antes y él sonríe al darse cuenta—.

Estás algo distraída desde ese beso. —Y mira a Laura—.

Vas a tener que explicarme cómo lo hiciste para hacerlo yo también.

—Mi mujer es irrepetible —le responde George desde su sillón, con esa calma que lo caracteriza incluso después de lo sucedido.

—Pero yo aprendo rápido —le dice mi marido—. ¿O no te gusta cómo beso? Porque creo que...

—¿Otra vez vais a empezar con ese tema? —les corta Laura, mirándome después y haciéndome un gesto como para asegurarse de que sigo bien.

—Mi mejor amigo no me supera, no tengo ninguna culpa —bromea George, haciendo que Alex se queje entre risas.

—Te recuerdo que fuiste tú quien sacó este original tema —le dice mi amiga, frotando mi brazo unos segundos.

—Y, por lo que veo, no lo queréis dejar atrás todavía —responde su marido, parece que disfrutando con esta extraña tortura.

A veces George es muy Charles Green y mi mente me juega malas pasadas ya que, para mí, Alex es el que tiene que serlo, pero está claro que Laura se basó en su marido para escribir ese personaje.

—Tratamos de pasar página, pero no es fácil si nos lo estás recordando —le dice ella.

—Ha sido Alex —matiza—. Yo estoy aquí muy tranquilo sin mencionarlo de nuevo.

—Estás disfrutando, no lo niegues —sigue insistiendo Laura.

George sonríe de medio lado y se incorpora un poco en su sillón.

—¿Qué es lo que piensas que estoy disfrutando exactamente, princesa? —Nos quejamos los tres al unísono, pero a él parece no afectarle nuestra turbación—. Creo que entre los cuatro hay demasiadas cosas no resueltas y por eso estáis tan nerviosos con este tema.

—Lo que pudiera haber no resuelto, hace un rato ya quedó más que... —intenta explicar Alex.

—Está claro que había mucho más —le interrumpe nuestro amigo.

—George, ¿qué tipo de whisky estás bebiendo? —le pregunta su mujer con tono irónico, tratando de reconducir todo esto a algo que quede en el terreno de una broma.

—¿Ninguno de los tres va a reconocer qué está sucediendo aquí? —nos dice con calma.

—No vamos a caer de nuevo en tu juego y preguntarte a qué te estás refiriendo —le advierte Laura.

Aunque creo que en el fondo sí que lo sabemos.

El silencio se hace dueño de la estancia durante varios segundos hasta que Alex vuelve a abrir la boca.

—Pues yo sí que quiero que nos explique qué es lo que...

Laura y yo empujamos a mi marido, que se queja entre risas un instante, volviendo a mirar a George para reclamar sus explicaciones.

—Ni se te ocurra continuar —le dice mi amiga a este, levantándole el dedo a modo de amenaza.

Él se encoge de hombros sin perder la sonrisa, no abriendo la boca.

—Pero dejad que hable —pide Alex—, porque yo al menos llevo desde hace rato intranquilo y a lo mejor, si él nos dice algo que...

—Créeme —le interrumpe Laura—, no vas a relajarte con lo que pueda decirte tu mejor amigo.

—O sí —apostilla precisamente George, alborotando más a su mujer con esas dos sencillas palabras, riéndose después.

—Di algo ya, George —vuelve a insistir Alex—, porque empiezo a pensar que a lo que te estás refiriendo... —Nuestro amigo le mira, esperando a que mi marido continúe hablando—. No te puedes estar refiriendo a...

—¿A qué, Alex? —insiste él.

—A que los cuatro...

Laura se tapa la cara con la mano, rindiéndose, y yo tendría que haber hecho lo mismo para ocultar cómo enrojecen mis mejillas al instante con las siguientes palabras.

—Sé que a todos se nos ha pasado por la cabeza ir más allá de ese beso —suelta sin que ninguno podamos evitar que lo diga ni nosotros escucharlo.

Y aquella losa que planeaba sobre los cuatro acaba de caernos encima, silenciándonos durante los escasos segundos que mi marido tarda en reaccionar.

Porque está claro que él era el primero que iba a hablar, cómo no.

—¿Estás hablando de intercambio de pareja?

Su voz es más aguda que normalmente y parece algo angustiado.

—Para nada —le responde nuestro amigo—. Lo que hiciéramos, sería juntos, por supuesto.

Alex parece ¿aliviado?

—George, no me puedo creer que estés planteándonos que hagamos una orgía.

Laura y yo nos echamos a reír, ya no sé ni por qué. George se limita a sonreír con una absoluta calma que a saber de dónde la saca.

—Yo no lo estoy planteando —le responde—, los cuatro es lo que estamos teniendo en la cabeza, al menos, desde hace un rato.

Alex se mueve nervioso en el sofá a mi lado, cambiando de postura antes de contestar.

—Pasar de un beso a eso es bastante...

—¿Por qué no admitís que esto es algo que hacía tiempo que estábamos pensando de alguna forma? —le interrumpe él.

—Porque no creo que ninguno estuviéramos pensando hacer una orgía con nuestros mejores amigos —le dice Laura, tratando de ser la voz de la razón.

—Puede que no de manera consciente —le responde él—, pero lleva estando implícito desde hace tiempo en nuestra forma de comportarnos entre nosotros.

Hay una tremenda tensión no resuelta y no entiendo por qué no se podría hablar de explorar algo así.

Somos adultos, abiertos de mente y buenos amigos que se atraen.

No veo nada de malo en que estas cosas se planteen abiertamente.

—Y viendo que los tres vamos a saltar de nuevo con quejas, levanta su dedo para que nos callemos, volviendo a hablar—.

Yo solamente estoy hablando de lo que creo que los cuatro pensamos, no estoy proponiendo nada. Es una charla, nada más.

—Una charla con besos incluidos —le recuerda Alex.

—Tú querías besarme —le responde—. Yo no te propuse nada.

Va a volver a protestar, pero cierra la boca, aceptando la derrota ante un abogado tan bueno como George.

—Cariño, deja de beber ese whisky, que me estás preocupando —le dice Laura, bastante inquieta a mi lado.

Él la mira con una sonrisa que haría temblar a cualquiera, y no precisamente por miedo.

—No comprendo por qué no podemos reconocer que es algo que a los cuatro nos ha gustado, tanto el beso propio como el que hemos visto que los otros se han dado.

—Yo lo reconozco —dice Alex, que no puede quedarse callado ante nada que su mejor amigo diga.

Este lo mira y también le sonríe de la misma forma que a Laura. Mi marido serpentea en su sitio, con un escalofrío que noto que le recorre todo el cuerpo.

—Si lo reconocemos, ¿dejamos el tema? —pregunta su mujer. George asiente—. Ha estado bien —y añade— como experimento.

—A mí también me gustó —consigo decir, no sabiendo cómo no se me ha cortado la voz a mitad de frase.

Vuelve a hacerse el silencio, aunque el único que parece cómodo con todo esto es George. Si hace años me llegan a decir que sería el más atrevido y abierto de los cuatro, sobre todo, con respecto a estos temas, no me lo habría creído jamás.

—Ya se está haciendo tarde —nos dice entonces con esa tranquilidad de abogado que siempre tiene todo controlado—. ¿Os parece que vayamos a la cama?

—¿No habíamos dicho que si reconocíamos...? —exclama Alex más que nervioso.

Nuestro amigo se echa a reír con nosotras.

—Alex creo que no va a dejar de pensar en tener sexo los cuatro juntos en lo que le resta de vida —dice George.