Chapter 10 #2
Las cosas fueron dándose con calma, primero en el ámbito profesional y después haciéndonos amigos los cuatro poco a poco, confiando los unos en los otros como no pensé que pudiera hacer con alguien de ese mundillo.
Con Carol y Alex era distinto. Era tremendamente sencillo hablar con ellos, pasado el período de limitante timidez.
Incluso Jorge, tan poco dado a necesitar contacto social, parecía sentirse a gusto junto a ellos.
Los cuatro comenzamos a compartir cada vez más momentos, hasta que el contacto laboral dio paso a una íntima amistad en la que pasábamos juntos nuestros días libres, vacaciones, inquietudes y celebraciones.
Claro que quiero a Carol. La quiero como a una amiga, una muy buena amiga, una que puede contar conmigo para cualquier cosa, sin excepción.
Hemos pasado juntas por infinidad de situaciones complicadas y no me imagino ya mi vida si no puedo compartirla también con ella.
La quiero, sí, y sé que es una de mis mejores amigas, igual que yo de ella.
Pero es muy diferente que aquella otra vez, hace años, cuando también otra de mis mejores amigas…
Sí, esto es diferente, porque a Carol la veo atractiva de otra forma.
Me atrae. A mí. No es que considere que es atractiva y nada más.
Ella, con su esbelto cuerpo y sus suaves movimientos, con esa sonrisa dulce y esa mirada tierna que siempre consiguen hacerme sonreír, me atrae poderosamente.
Esta no es, en realidad, la primera vez que jugamos, por así decirlo.
En otras ocasiones hemos bromeado con cosas similares, incluso delante de la prensa, dejando que los fotógrafos sacasen instantáneas del momento para delicia del público en general.
Pero estando aquí los cuatro, pasando unos días de relax, sin nadie a nuestro alrededor que nos ría la gracia del momento…
Todo esto se siente diferente y mucho más serio y real.
Si la beso… Si después de tantos años de amistad beso a Carol, no sé si estaré poniendo en peligro algo que ambas sé que veneramos. Una amistad fuerte, de esas que pocas veces se dan en la vida, podría terminar terriblemente mal por un juego.
—No vamos a dejar de ser amigas por esto —me dice como si estuviera leyéndome el pensamiento.
Sigue acariciando mi mano con su pulgar y aquella sonrisa contagiosa hace que todo lo que acabo de estar pensando desaparezca.
—Un beso entonces, ¿no?
Carol asiente sin dejar de sonreír.
—Si te apetece que probemos.
—Me apetece —admito a media voz.
—Entonces, enseñemos a los chicos lo que es un buen beso —me reta con gracia.
Y no me da tiempo a pensármelo más. La otra mano de Carol acaricia mi mejilla, acercándome a ella de esa forma.
Noto unas placenteras cosquillas en el vientre cuando tengo sus labios casi sobre los míos.
Dentro de mí hay una voz que grita muy fuerte para que me lance yo a ella y la bese, y mordisquee sus apetecibles labios y beba de ellos lo que nunca he querido imaginar hacer.
No sé si es porque estoy en un momento de mi vida en el que sé bien lo que quiero y he dejado atrás hace tiempo los miedos y prejuicios limitantes, pero en mi cabeza escucho una voz que me anima a hacerlo.
Siento por primera vez los labios de Carolina sobre los míos, y noto con asombro cómo pasan de estar fríos a ardientes. Es como si una jugosa fresa se posara sobre ellos, tentándome a que la devore de un bocado. Pero no, no quiero hacer eso.
No quiero que esto sea rápido y fugaz.
Aprieto yo ahora su mano y mi corazón se va calmando hasta que me cercioro de que no voy a desmayarme si continúo con esto.
Puede que mi cerebro esté jugando conmigo, porque al comenzar a saborear a Carol, es como si mordisqueara una fresa real, refrescante y excitante.
¿He escuchado un gemido salir de su garganta cuando he atrapado uno de sus labios entre mis dientes una décima de segundo?
Puede que también eso haya salido de mi mente y no haya sido real, pero no he podido evitar gemir yo también al notar la mano de Carol ahora acariciando mi cintura, posándose finalmente en mi espalda y tirando de mí hacia ella con delicadeza.
Nuestras bocas se abren y reciben las mutuas lenguas como si de una inevitabilidad del destino se tratase.
Y siento que mi amiga sabe lo que me gusta y yo sé lo que ella quiere, aunque jamás hayamos compartido siquiera una conversación sobre el tema.
Comienzo a repetirme que es sólo un beso y que nuestros maridos están en la misma estancia para no dejarme llevar.
Y lo haría. Me dejaría llevar por este excitante beso que nos estamos dando y quién sabe en dónde terminaría todo esto.
Sí, puede que en nada. Seguramente, por supuesto.
El juego era darnos sólo un beso, ¿no es así?
Y eso es lo que estamos haciendo, ni más ni menos.
Pero, por desgracia, comienzo a notar más abajo de mi vientre que algo hierve dentro de mí, deseando saber qué es esta sensación de curiosidad que nunca antes había sentido con ninguna otra mujer.
Me separo de ella porque necesito comprobar en sus ojos si tengo que disculparme por mis propios pensamientos o avergonzarme por ellos. Y nada más que sus párpados muestran su mirada, sé que no debo hacer ni lo uno ni lo otro.
Mierda, ¿qué es lo que acaba de suceder?
—Creo que esto no ha sido precisamente un juego —susurro con miedo, no sabiendo ni por qué estoy diciéndolo.
Puede que porque necesito que mi amiga me prometa que no va a pasar nada por habernos besado y que, aunque para ella sí haya sido un juego y nada más, las cosas entre las dos no vayan a cambiar.
A lo mejor lo que he buscado ha sido cerrar rápidamente este episodio porque he sentido un terrible miedo a las imágenes que se iban formando en mi cabeza a medida que aquel beso avanzaba.
Al decirle aquello, he forzado que Carol tenga que responder algo.
Y lo que me tiene que contestar es que no pasa nada, que poco a poco las cosas volverán a su cauce y no tendremos que pensar en este momento con vergüenza porque no habrá significado nada.
Pero mi mente suele equivocarse con según qué cosas con una frecuencia asombrosa.
—No, no ha sido ni de lejos un juego —me confirma, alejando su mano de mi espalda con una eterna caricia que saboreo todo lo que mi creciente ansiedad me permite hacer.
No deja de mirarme con curiosidad ni cuando nuestros maridos empiezan a hablar, comentando con normalidad lo que acaba de pasar. Sin embargo, yo no soy capaz de volver a separar mis labios para unirme a la conversación y ella no parece muy proclive tampoco a ello, al menos, de momento.
¿Qué es lo que se supone que podemos hacer después de esto?