Chapter 9
IV
Jorge
Hace ya muchos años descubrí que me encantaba dejar a Laura sin palabras.
No es algo sencillo de lograr, por eso, cuando lo consigo, siento una gran satisfacción personal.
Un abogado silenciando a una periodista es como un premio en el gremio.
Sobre todo, si es una tan audaz y rápida de mente como mi mujer.
Y en este preciso momento ella sabe que estoy pensando todo esto, porque veo que comienza a sonreír, a punto de volver a recuperar el habla por fin.
—No se escuchan conversaciones privadas —me reprende mientras Carol nos mira a ambos, muerta de vergüenza.
Sí, no pude evitarlo. Tengo buen oído y puede que por deformación profesional esté preparado para captar absolutamente todo lo que sucede a mi alrededor.
Es por eso por lo que las escuché hablar antes, cuando se contaban que había fans que escribían sobre Alex y sobre mí.
Puede que mi entrenado oído haya puesto más atención porque el cerebro más primitivo le dio la orden de que lo hiciera, ya que es algo que me interesaba de alguna forma.
—Sabes que no he podido evitarlo —le explico—; estabais demasiado cerca. ¿No escuchabais vosotras también lo que nosotros hablábamos aunque no quisierais?
—Yo no he oído nada —interrumpe Alex, bastante perdido, mientras nos mira a todos sin comprender qué está sucediendo—. ¿Alguien va a explicármelo?
Vuelvo a mirar a mi mujer, que se rinde con una deliciosa risa.
—Nuestras chicas estaban leyendo historias que la gente escribe sobre nosotros.
—¿Qué cosas? —pregunta sin entender todavía.
—Creo que algo relacionado con galec .
Y comprende, por supuesto. Le encanta esa forma que tiene la gente de llamarnos para referirse a ambos a la vez, como si fuéramos una especie de pareja.
—¿Escriben sobre nosotros? —dice con voz aguda. Y mira a su mujer—. ¿Tú sabías eso y no me lo habías contado?
Lo dice tan ofendido que Carol se echa a reír, creo que sintiéndose un poco más aliviada que hace un momento.
—Si leyeras esas cosas, ibas a alterarte demasiado, niño —le dice ella.
—Pero, ¿qué cosas son las que escriben?
Con cada palabra que dice, su tono suena cada vez más agudo, haciéndonos reír a todos por ello.
—Algo parecido a Coincidence . —Y miro a ambas—. ¿No es así?
—¡Joder! —exclama mi amigo al ver cómo las dos ríen y asienten con escasa culpabilidad por haber estado echando un vistazo a aquello—. Quiero leer lo que…
—¿Para qué quieres leer eso? —le pregunto.
—Porque tengo curiosidad por saber cómo nos ven —me contesta—. ¿Tú no?
—No tengo ningún interés en saber cómo me ve gente que ni conozco, la verdad.
Su gesto gracioso de cansancio me hace sonreír.
—A mí me gustaba leer fanfics calecs cuando todavía no estábamos juntos —le dice a Carol ahora.
—Porque querías estar con ella —le dice Laura.
Y sé por dónde quiere ir mi mujer. La reprendo con los ojos, pero creo que mi sonrisa le lanza un mensaje equivocado.
—Soy curioso por naturaleza, nada más —contesta nuestro amigo, incorporándose un poco para coger su copa de vino tinto y darle un trago a la misma, posándola de nuevo en el mismo sitio después.
—Curiosidad, ¿sobre qué exactamente? —pregunto yo ahora, haciendo tintinear el pequeño hielo que queda todavía en mi vaso.
—Ya te lo he dicho. Sobre lo que la gente…
—Seguro que hay alguna historia sobre Diana y tú. ¿También quieres…?
Interrumpe mi frase con un gesto de asco.
—George, por favor —me pide, continuando con el drama gestual.
—Entonces quieres leer cosas que te agraden, como una historia calec o una galec —sentencio.
—Claro que… —Y es en ese momento cuando se da cuenta de lo que en realidad estamos hablando todos—. A ver, vamos a ver. A ver, esto no…
—Bien, a ver —le digo yo, posando una pierna sobre la otra y apoyando los codos en los reposabrazos, entrelazando mis dedos sobre mis piernas. Pero Alex parece haberse quedado mudo de repente—. ¿No ibas a explicarnos algo?
Se recuesta en su sillón, casi parece que intentando hundirse en el mismo y desaparecer.
—Mejor no, porque todo lo malinterpretáis —se queja.
—No creo que tenga nada de malo reconocer que tu mejor amigo es muy atractivo, niño.
Alex ha escuchado perfectamente a su mujer, pero no quiere fijar la vista más que en sus piernas, las cuales parece estar limpiando de inexistentes pelusas desde hace unos segundos.
—Siempre he reconocido eso —contesta en voz baja.
—Ellas también reconocen que son atractivas —le digo ahora yo, captando su atención de nuevo.
Levanta la vista hacia mí mientras Laura vuelve a quejarse entre risas por haber escuchado también esa parte de la conversación.
—¿También tienen…? —Pero prefiere continuar preguntándole a su mujer—. ¿Hay fanfics vuestros también?
Carol suspira y se encoge de hombros, asintiendo después.
—Me parece que tu mujer ha leído ya alguno y la mía no tardará en hacerlo.
—Jorge, por favor, nos estás incomodando a todos.
Y cuando Laura me llama por mi nombre español y no el real en inglés, es que se ha molestado conmigo. Aunque creo que, en esta ocasión, lo que sucede es que está nerviosa por lo que estamos hablando.
—Creo que es el tema el que os está incomodando, no yo.
—Igualmente, es incómodo —insiste.
—¿Reconocer que los cuatro tenemos curiosidad por algo así es incómodo?
Y a mitad de mi frase, Alex se ha levantado como si le ardiera el cojín del sillón.
—¿Tú también sientes curiosidad? —pregunta él, seguido por Laura y Carol, que me han hecho prácticamente la misma pregunta.
—Vamos, por favor, seamos adultos —les pido—. Reconozcamos que los cuatro somos atractivos y pasamos mucho tiempo juntos desde hace años. Es normal que la gente fantasee con algo así.
Mi mujer toma entonces la palabra, luciendo una sonrisa que lo dice todo por sí sola.
—La gente fantasea con cualquier cosa, pero no sabía que tú…
—Siempre he sido muy abierto de mente; no es nada nuevo para ti, ¿verdad? —le recuerdo, alzando mis cejas a modo de pregunta.
Ella menea su cabeza sin perder su sonrisa.
—Pero de ahí a imaginarme que fantaseabas con tu mejor amigo…
Alex vuelve a saltar al escuchar las palabras de mi mujer, y eso que ya estaba de pie.
—¿Fantaseas conmigo? —me pregunta.
¿Emocionado?
—No es que fantasee, pero encuentro extraño que este tema no haya salido antes entre nosotros.
—¿Porque somos amigos y me clavo una estaca en mitad del brazo antes de tratar estos temas con alguien como tú? —dice él en una frase que me cuesta comprender un par de segundos.
—Eres mi mejor amigo, Alex —le recuerdo—, y eso implica que podemos hablar de cualquier cosa, ¿no es así?
—Pero tú… Tú eres…
—¿Qué soy yo?
—Eres…
Se ha quedado enganchado ahí y no va a haber forma de que arranque.
—Soy una persona con la que puedes hablar de lo que sea, Alex.
—Bueno, de lo que… Es diferente pedirte que me enseñes a encender una chimenea o preguntarte si te resulto atractivo.
—Son temas diferentes, pero no veo por qué no podrías…
—Porque me da miedo lo que vayas a responder.
Su mirada se vuelve esquiva al momento.
—No veo por qué. Eres un hombre atractivo que…
—¿En serio te resulto atractivo? —me interrumpe él, volviendo a salirle un tono agudo en su voz—. ¿Yo? ¿A George Graham? ¿Le resulto atractivo al poderoso y misterioso lord Graham?
No puedo evitar reír con todo esto, igual que hacen Lau y Carol, aunque más tímidamente que yo.
—Todo el mundo te repite cada día que lo eres —le recuerdo—. ¿Por qué entonces te parece extraño que yo pueda pensar igual?
—¡Porque eres George Graham! —exclama, llevándose las manos a la cabeza y pasando sus dedos entre el pelo de forma frenética—. Joder, me estoy poniendo nervioso incluso —reconoce, medio riéndose.
—Bebe un poco más de vino, anda —le insto.
Y da un trago tan grande que termina con lo que le quedaba en el vaso.
—Sigo estando nervioso.
Nos echamos los tres a reír, contagiándole por fin a él, que parece algo más tranquilo al sentarse de nuevo en el sillón.
—Ellas dos también lo están porque saben que tanto la una como la otra hace tiempo que fantasean con algo así —le digo sin mirarlas.
Y las quejas vuelven a estallar.
—Empiezo a morirme de vergüenza —escucho a Carol decir, frotándose después la cara.
—A George le encanta poner nerviosa a la gente —le dice mi mujer—. A lo mejor es por deformación profesional.
—Puede ser, pero todavía ninguno de vosotros ha negado nada de lo que yo estoy diciendo.
Y el silencio más absoluto se hace en este confortable salón de Lyme, escuchándose solamente el crepitar de la chimenea que ha cogido potencia y está calentando el ambiente de forma gradual.
—Estas cosas no se deben hablar precisamente por esto, George, porque luego se suele hacer un incómodo silencio —me explica Laura con tono paciente.
—Yo me siento muy cómodo en silencio.
Chasquea la lengua, sonriendo.
—¿Qué crees que podemos hacer los cuatro ahora? —me pregunta—. Muy bien, Carol me parece atractiva. ¿Qué hacemos con esa información después de soltarla?
—¿Te parezco atractiva de verdad? —pregunta con rapidez ella, bajando algo la voz.
Me está haciendo mucha gracia todo esto, no puedo evitarlo. Las interacciones humanas por lo general me son indiferentes, pero a veces, y sobre todo desde que los cuatro somos amigos, me resultan de lo más curioso.
—Pienso que nunca es malo hablar las cosas —comienzo a decir—, pero lo que se haga luego con esa información, ya depende de cada uno.
—Dios mío, George, parece que estés hablando de… —Alex detiene sus palabras para echarse a reír hasta que le miro fijamente y traga saliva de forma tan pronunciada que le puedo escuchar desde mi sitio con claridad—. No hablas de eso, ¿no?
—¿De qué?
—De… Bueno, eres George. Nunca hablarías de algo así. —Vuelve a reír y al ver que no estoy siguiéndole el juego, de nuevo se pone serio—. George, empiezas a darme miedo.
—¿Miedo?
—Sí, porque no estoy entendiendo a dónde quieres llegar.
—¿Ves? —interviene de nuevo Lau—. Esto es lo que sucede cuando te diviertes de esa forma tan tuya.