Chapter 8 #2
Carol en un primer momento se me ha quedado mirando en silencio, con una especie de sonrisa que no logro identificar con ninguna emoción concreta. Se muerde el labio inferior, pero al darse cuenta, hace un movimiento nervioso con la cabeza, mirando hacia su móvil un instante y luego de nuevo a mí.
—¿Te refieres a algo como lo que te acabo de enseñar? —pregunta a media voz.
—Perdona, ha sido una tontería —me disculpo, intentando que mi risa suene sincera.
Pero antes incluso de terminar mi frase, ella me muestra de nuevo la pantalla de su móvil.
Una foto de ambas en un evento de hace tiempo, en donde estuvimos jugando frente a los fotógrafos, con las palabras Siempre fuiste tú en el pie de la misma.
No parece ser igual que el de nuestros maridos, pero en cuanto empiezo a leer…
—También hay bastantes así —me confirma, sacándome de golpe de la lectura. Al darse cuenta de que parece que incluso me he asustado, sonríe con más naturalidad que antes—. Perdona si…
—No, no —le aseguro, devolviéndole el móvil para no continuar leyendo todo aquello—. Es sólo que me ha sorprendido que la portada y el título fueran tan diferentes a lo que luego…
—Hay otros que tienen portadas editadas, pero esa foto nuestra me gusta.
Se encoge de hombros y deja el móvil encima de la mesa de enfrente.
Y ahora la que sonríe soy yo.
—¿También te las pasa Cris?
—¿Qué? ¡No! —exclama con risa nerviosa—. Qué va, ella no…
—Entonces, ¿las buscas tú?
Se queda muda de golpe, comprendiendo el bucle en el que ha entrado sin darse cuenta.
—A ver, no pienses nada extraño —comienza a decirme, gesticulando con rapidez—. Como había cosas así de ellos, me entró curiosidad por…
—¿Curiosidad? —pregunto, cada vez más intrigada.
Carol se tapa la cara entonces, aunque puedo ver una sonrisa nerviosa al separar sus manos segundos después.
—Está sonando todo fatal —reconoce—. Lo siento, es sólo que…
Bueno, da igual, déjalo. Yo sólo… —Comienza a mirar hacia los lados, como buscando algo—.
Hace demasiado calor, ¿no? Yo creo que tendrían que dejar de echar leña a la chimenea.
Con esto de aprender a encender un fuego, nos vamos a asfixiar.
No sé exactamente por lo que está intentando cambiar de tema, pero creo que es lo mejor. Una extraña sensación de curioso bienestar me ha embargado mientras hablábamos de todo aquello y puede que sea mejor cortar de raíz la conversación, sin más explicaciones.
Y como si nuestros chicos hubieran escuchado a Carol, se levantan del suelo y vienen hacia aquí de nuevo, charlando entre ellos.
Jorge se sienta en la butaca en la que estaba antes, cogiendo el vaso de whisky que dejó a medias hace un rato, y Alex se tira en el sillón de enfrente del de mi marido, resoplando.
—Que me haya tenido que enseñar a hacer fuego el chico pijo… —se queja de forma graciosa, haciendo sonreír a Jorge mientras da un trago a su bebida.
—No creo que se me pueda considerar un chico —le dice—, aunque a ti tampoco, amigo mío.
Carol ríe al ver cómo Alex se ofende, llevándose una mano al pecho.
—Estamos hechos unos chavales —le recrimina este.
Jorge menea la cabeza, queriendo darle la razón.
—Para algunos, la edad no perdona.
—George, ¿qué te pasa? —le pregunta Alex, algo molesto—. Estás mejor que cualquier idiota de treinta años y me vienes ahora deprimido por la edad.
Por fin mi marido se ríe, dejando su copa medio acabada en la pequeña mesita junto a la butaca.
—Creo que lo que sucede es que estás en modo negación —le dice.
Alex vuelve a molestarse, esta vez, cruzándose de brazos y haciendo morritos, con lo cual mi marido de nuevo se ríe.
—Si me estás llamando viejo, se lo estás llamando también a Lau, porque ella es un par de años mayor que yo.
—¡Oye! —me quejo ahora yo, riéndome—. A mí no me metáis en vuestras discusiones.
—Lau parece que tiene mi edad —me defiende Carol ahora, enfrentándose a su marido, el cual se echa a reír a carcajadas junto a Jorge.
—Tendrías que defenderme a mí, babe —le dice.
—No cuando no tienes razón.
Acaricio el pelo de mi amiga para agradecer sus palabras. Ella se gira hacia mí con ese contacto y sonríe.
—Sólo estaba recordándole a nuestro amigo que su mujer es mayor que yo —insiste él—. Esto no es cuestión de tener razón o no.
—No insistas, Alex —le dice Jorge—, que ya no eres un niño.
—Pero tampoco…
—¿Tampoco un hombre?
—Un señor —puntualiza—. Eso suena a que tengo que ir pensando en la jubilación.
—Yo tendría que ir haciéndolo —le dice Jorge, que me mira—. Tu padre se jubiló más o menos a mi edad, ¿no?
—¿No era más mayor? —pregunto, no apeteciéndome calcular ahora edades.
Jorge hace un gesto con su mano para indicar más o menos .
—Jubilarte tú —dice con desdén nuestro amigo—. Estamos aquí para pasar unos días tranquilos y tú ahora te has empeñado en deprimirnos a todos.
Y creo que Jorge, por cómo se ríe, se lo está pasando fenomenal picando a Alex, como siempre hace.
—¿Qué tiene de malo retirarse y vivir sin trabajar? —le pregunta ahora—. Nosotros cuatro tenemos la suerte de poder hacerlo cuando queramos. Sin problemas económicos es una cuestión de elección más que de edad.
—Bueno, pero…
Alex creo que sigue sin estar muy de acuerdo con todo este tema.
—¿Qué pasa, mejor amigo? ¿Estás en la crisis de los cuarenta? —le pregunta Jorge con media sonrisa en los labios.
Él le contesta levantando su dedo corazón y mostrándoselo varios segundos durante los cuales el resto nos reímos hasta que nuestro amigo también lo hace.
—Si empiezo a hacer tonterías, será tu culpa por esta conversación —le dice Alex finalmente.
—¿Qué locuras vas a hacer tú? —pregunta Carol con voz condescendiente.
Y su marido, por supuesto, no sabe qué decir.
—A lo mejor… Puede que me apunte a eso de los juegos de las Highlands —propone como idea estrella. Y mira a Jorge—. Podría…
—No aguantarías el peso de la responsabilidad de representar al clan Graham —le corta él.
—Joder, George, pero échame una mano, que todo esto es tu culpa —se queja Alex, volviendo a hacernos reír su tono lastimero.
Mi marido, por supuesto, está disfrutando con el lío que ha provocado. Su pasatiempo favorito es hacer rabiar a su mejor amigo y no creo que quiera parar a estas alturas de la conversación.
—A ver, ¿qué categoría prefieres? ¿Lanzamiento de tronco, de martillo…?
—Yo creo que con el martillo puedo, para empezar.
—Estarías más pendiente de que no se te levantara el kilt que de lanzarlo bien.
—Esta vez subiré las fotos a redes —interviene Carol, recordándole la última vez que Alex vistió de esa forma.
Fue en una fiesta del clan Graham y se empeñó en que nos vistiéramos todos tan escoceses como pudiéramos. Y he de reconocer que nuestros hombres fueron la sensación absoluta del lugar.
—Como si no hubieran sido suficientes las que subiste —se queja él.
—Seleccioné las fotos en las que no se te veía nada.
—Eso es porque no se me veía… —Pero cuando ve la sonrisa traviesa de Carol, su gesto se torna asustado y se gira hacia mi marido de nuevo—. Esto también es tu culpa, por hacerme ir de forma tradicional.
—¿Mi culpa? —le dice Jorge, riéndose con nosotras—. Fuiste tú quien, de hecho, me picaste a mí para que vistiéramos así.
Alex se tira sobre su respaldo.
—Y fueron unos terribles diez minutos —dice, acordándose de aquello.
Después de esa experiencia de pocos minutos, Alex le pidió a Jorge ir a ponerse algo debajo o le amenazó con que acabaría escondiéndose en algún armario para el resto de la jornada.
—Nadie se habría escandalizado si llegan a verte —le dice mi marido, volviendo a beber.
—Claro, estando al lado del portento de la naturaleza…
—¿Cómo que…? —comienza a preguntar Carol sin entender por qué su marido se ha tapado la boca al acabar de decir aquello.
—No me digas que me has estado espiando —le pregunta Jorge con tranquilidad.
—Somos amigos, George —le dice, tratando de guardar la calma y no empezar a hiperventilar por los nervios—. Hemos tenido mil ocasiones de vernos de esa forma.
—Tanto como mil… —comenta mi marido.
—Aquí lo importante es si las habéis aprovechado —interviene Carol ahora, saliendo de su boca lo que yo misma no me atrevía a decir.
Y siento un nuevo rubor en mis mejillas cuando ambos se miran sin decir absolutamente nada. Segundos después, mi marido fija la vista en mí y veo que sonríe de forma culpable y traviesa antes de hablar.
—¿Esa es alguna escena de las que estabais leyendo?
Y ahora somos nosotras las que quedamos mudas por completo.