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Chapter 8

V

Carolina

—Tampoco hace tanto frío como para que cargues la chimenea de ese modo.

Alex me hace un gesto con la mano para que le deje lucirse, pero creo que no le está saliendo bien la jugada.

—No va a salir siquiera llama —le dice George.

—Ya hay llama —le corrige mi marido, mirando hacia él un segundo y volviendo a girarse hacia la chimenea del salón para seguir metiendo leña—. Sólo quiero que se mantenga un poco y no tener que levantarme cada poco.

—Vas a ahogarla —sigue insistiendo George con el mismo tono que usa cuando intenta explicar a sus hijos algo que necesita que comprendan.

Porque para el resto del mundo puede que sea un abogado al que dé verdadero miedo enfrentarse, pero para los pocos que lo conocemos, es una de las personas más afables del mundo, con una paciencia y una manera de explicarte las cosas con la que no te sientes para nada estúpida.

—Eres un señorito, no sabes encender una chimenea —le contesta Alex, que sigue intentando que aquella pequeña llama prenda de una vez sin ningún resultado.

George me mira y hace un movimiento divertido con los ojos, imitando sin darse cuenta el gesto con los labios que siempre hace Laura, apretándolos hacia dentro.

Me parece precioso que ambos usen gestos del otro sin darse cuenta.

—Alex, deja que George… —intenta interceder Lau, sentada a mi lado, pero mi chico hoy no está por la labor.

Y George lo sabe.

Este se levanta con algo de desgana de su butaca, en donde se había sentado hacía rato, desde que acabamos de cenar.

Vinimos al salón para charlar un poco, después de una breve llamada a Brighton, antes de que terminara definitivamente este primer día de descanso.

Alex se empeñó en ser él quien se encargara de la maldita chimenea que nunca es capaz de poner en funcionamiento correctamente y agradezco que George vaya a intervenir, porque los intentos de mi marido podrían durar horas sin ningún resultado positivo.

Nuestro amigo se agacha al lado de Alex, que se rinde al momento, dejándose caer sentado en el suelo, resoplando por el disgusto de no haber conseguido nada todavía.

—Ven, anda —le dice George con cariño—. Deja que te enseñe un truco escocés infalible para encender los mejores fuegos.

—¿Un truco escocés? —pregunta Alex, volviendo a parecer animado e incorporándose junto a George.

Miro a Laura, poco sorprendida por aquello del truco escocés, y ella niega con la cabeza, confirmándome que en realidad es una pequeña mentira de su marido para que el mío no se sienta tan mal por su incapacidad absoluta con respecto a encender chimeneas.

—¿Tú qué tal lo llevas? —me pregunta ella con su suave voz, acariciando mi pelo mientras tanto—. ¿Vas a aceptar otra obra o la nueva película?

Resoplo, volviéndome a agobiar sin saber ni siquiera cómo hablar de ello sin sonar angustiada y perdida.

Porque adoro el teatro y llevo tiempo encadenando obras, pero es mucha dedicación.

No quiero quemarme y empezar a sentir que no lo amo tanto como pensaba, así que Cris ha aprovechado para intentar que vuelva a hacer otra adaptación de época.

Jane Eyre sería también todo un reto y una magnifica forma de descansar un poco del teatro mientras espero a que comience el rodaje de los proyectos de Laura.

—Amo el teatro y amo a Charlotte Brontë, así que me está costando demasiado decidirme en esta ocasión —reconozco.

—Creo que necesitas un descanso, Carol.

Su forma de atusarme el pelo siempre me eriza la piel hasta que mis párpados tienen deseos de cerrarse un instante al menos para disfrutar más de esa sensación.

—¿Prefieres verme como Eliza o como Jane? —le pregunto, aunque conociéndola, creo que sé de antemano lo que me va a responder.

Y ella sonríe, imaginando que sí, efectivamente, lo sé.

—Sería increíble poder disfrutarte mil veces como Jane.

—Pero si se retrasa un poco el final del rodaje…

—Carol, por favor —me dice, casi molesta—. Nos adaptaríamos a tus tiempos, no te preocupes por eso ni un segundo.

—Tengo que darle una respuesta a Cris la semana que viene, pero creo que hace tiempo que en realidad lo tengo decidido.

Mi amiga sonríe, hablándonos ambas de esa forma. Porque con Laura siempre ha sido así: no es necesario que nos digamos las cosas con palabras porque nos entendemos incluso con una breve mirada.

—¿Y de lo de…?

No sabe qué gesto hacer para que entienda a lo que se refiere, pero esto también lo he comprendido.

—Todavía no he hablado de eso con él.

Vuelve a sonreír, esta vez, de manera comprensiva.

Y siento que es algo que también su marido ha copiado de ella sin darse cuenta.

—Pero, ¿por qué?

Me encojo de hombros y desvío la mirada un instante hacia nuestros chicos, que siguen entretenidos con el tema de la chimenea.

—Puede que no sea todavía buen momento —respondo, algo agobiada de nuevo.

—Pero vas a tener que hacerlo —insiste mi amiga—. Además, Alex estoy segura de que te ayudaría con todo lo que…

—A lo mejor intentaría ayudarme demasiado —la corto—. Puede que yo necesite un poco más de tiempo para averiguar lo que quiero hacer antes de decidirme.

Asiente, entendiendo a lo que me estoy refiriendo. Si le suelto a Alex una bomba de esa magnitud, aunque todavía ni yo misma sepa qué hay de cierto en todo aquello, le dará mil vueltas y empezará a ponerse nervioso por las implicaciones que podría tener y…

Primero tengo que meditarlo bien. Y si realmente creo que lo que está pasando es real, entonces lo hablaré con él.

Laura

—Es increíble lo mucho que se pueden divertir con unos cuantos trozos de madera —me dice Carol, apoyando su cabeza en mis piernas después de ver que nuestros maridos siguen entretenidos con la chimenea.

Me mira desde ahí con su rostro angelical y agarra mi mano para llevarla a su pelo, haciéndome reír con aquella velada pero directa petición.

Comienzo entonces a atusar su melena oscura, aunque no tan negra como cuando tiene que rodar Coincidence .

Es la perfecta Adriana Soto desde que la vi por primera vez.

—George podría pasarse horas haciendo de profesor —comento.

—Y Alex podría pasarse horas dejando que George le enseñe lo que quiera.

—Si te escucha Alex decir esa frase, va a estar haciendo juegos de palabras de aquí a la cena de pasado mañana —le advierto, provocando que su sonrisa se pronuncie más.

—No sé cómo se han podido hacer tan amigos esos dos —dice ahora, volviendo a echarles un vistazo y de nuevo girándose hacia mí—. Son muy diferentes.

—Puede que eso sea lo que les ha hecho inseparables. George necesitaba a alguien tan loco como Alex, y este a alguien más pausado, como George.

—Comprendo a las galecs —dice bajando el tono—. Les ves juntos bromeando y…

Los ojos se me abren por completo al decirme eso.

Miro yo también un momento a nuestros maridos y me doy cuenta de que tiene mucha razón.

Dos hombres increíblemente atractivos, jugando y picándose de forma constante entre ellos…

Alex es el actor del momento y George es el hombre misterioso que tanto llama la atención.

—Definitivamente, tienen motivos para shippearlos —concluyo.

—Tienen hasta fanfics —comenta ahora.

—¿ Fanfics ? —pregunto medio riéndome—. ¿De qué tipo?

—Ya sabes…

—¡No! —exclamo entre risas.

Ella asiente, riendo conmigo.

—Les escriben cada escena…

—De…

—Sí. Y ni te imaginas lo que…

¿Es normal que esté sintiendo que me arden las mejillas con algo así?

—¿Cómo te has enterado de que esas cosas existen?

—Me las pasa Cris —me cuenta—. Creo que también los shippea en secreto.

Volvemos a reír, aunque me parece que no es porque nos haga gracia que alguien fantasee con nuestros maridos de esa forma, sino por algo más allá que ninguna estamos diciendo.

—Pero, ¿están en internet?

Ella saca su móvil sin moverse de mis piernas.

Busca algo y me muestra al momento la pantalla, dejándome ver una imagen editada de ambos en una postura bastante sugerente sobre el título Tentación prohibida .

Echo un nuevo vistazo a nuestros maridos antes de pinchar en el enlace.

Siguen hablando, empujándose ahora suavemente el uno al otro y volviendo a practicar con la leña, pidiéndole ahora Jorge a Alex que lo haga él.

Tienen para rato, así que puedo echarle un vistazo rápido a esto y…

Joder.

Carol empieza a reírse en bajo, creo que al ver mi cara. Porque tiene que ser un poema después de lo que estoy leyendo.

—Y este es sólo uno de los muchos que hay —me explica cuando le paso su móvil, no pudiendo seguir leyendo o acabará notándoseme por el calor que empiezo a sentir en la cara.

—La gente fantasea con unas cosas…

Trato de disimular con esa frase, pero Carol y yo nos conocemos lo suficiente como para saber que no estoy reconociendo lo que me ha provocado leer esas pocas líneas.

—¿Tú no lo has pensado nunca? —pregunta en voz baja, agarrando su móvil distraídamente entre las manos—. Ya sabes. Ellos… así.

—A ver, no como lo que me acabas de enseñar.

Vuelve a reírse y se incorpora a mi lado, subiendo sus dos piernas al sofá sin dejar de mirarme.

—Lo de ese fanfic no es nada comparado con lo que existe por las redes —me asegura, echando un vistazo a ambos—.

Son demasiado atractivos y se llevan tan bien…

—Se gira de nuevo para mirarme—. A la gente le parece extraño que George trabe amistad con alguien por cómo aparenta ser.

Y al ver que con Alex es incluso juguetón…

—Pero de ahí a pensar…

—No creo que piensen que realmente ha pasado algo entre ellos —aclara—. Seguramente escriben sus fantasías, nada más.

Suspiro, tratando de volver a controlar mi respiración como una persona normal y no como una adolescente con las hormonas alteradas.

—Así que la gente fantasea con nuestros maridos teniendo sexo.

—La gente fantasea con todo el mundo teniendo sexo.

Y mi cabeza falla a la hora de cancelar la orden de hablar cuando debería incluso bloquear lo que estoy pensando.

—¿No fantasean sobre nosotras?