Chapter 6 #2
Otro suspiro, porque sabe perfectamente a lo que me estoy refiriendo.
—No creo que en esta ocasión…
—Creo que es necesario, cariño. Necesitas a alguien que te ayude con todo eso.
—Pero son demasiadas cosas y muchos temas que tengo que decidir casi al momento. Y si alguien…
Empieza a sonar estresada de nuevo.
—Todo, absolutamente todo, puede esperar. La gente se ha acostumbrado a que respondas en segundos, pero también se acostumbrará a que alguien les diga que te pasará el recado. No va a suceder nada si te tomas más tiempo para ti.
—Pero entonces las cosas se retrasarían y…
—¿Qué es lo peor que podría pasar? —le pregunto, cortando de nuevo su creciente ansiedad—. ¿Que todos esos proyectos no salieran adelante?
—Te parecerá poco —responde, medio riéndose.
—No pasaría nada si así fuera —le aseguro—. Creo que tenemos algo de dinero ahorrado para mantenernos durante una temporada.
Me he ganado un suave puñetazo en el brazo, pero al menos, hice reír a mi mujer.
—Decepcionaría a mucha gente si todos esos proyectos no se hicieran bien, o no se hicieran, que sería peor.
—No, tú no decepcionarías a nadie, porque saben lo mucho que trabajas y lo que respetas y aprecias a todos. En tal caso, culparían a la industria de mierda que hay alrededor, no a ti.
Se queda pensativa unos segundos nada más.
—Pero… —intenta volver a protestar.
—No va a llegar a pasar nada de eso —corto de nuevo sus palabras—.
Todo saldría bien, porque así es como se hacen las cosas.
Se delega y se marcan los tiempos que necesitas.
—No está muy convencida por el suspiro que escucho en su lado—.
Hace años me pediste que hiciera lo mismo y, desde entonces, somos mucho más felices todos, ¿no crees?
—Pero es que lo tuyo era…
Justo en ese momento suena de nuevo su móvil y lo mira con ansiedad, dando incluso un pequeño brinco en su asiento.
—Y lo tuyo, cariño, empieza a ser preocupante. Tienes que decidir entre la salud o el trabajo. Estás dejando de disfrutar de lo que haces. Contrata a alguien en cuanto volvamos y ahora apaga el móvil, por favor.
—Pero si contrato a una persona, no es justo que ella cargue con todo este…
—Contrata a cinco. —Se medio ríe con mi súplica—. Quiero poder disfrutar de ti más de lo que estoy haciéndolo desde hace tiempo. Y quiero hacerlo mientras tú eres feliz. De la forma actual, ninguno de los dos gana.
Vuelve a hacerse el silencio, aunque esta vez dura bastantes más segundos. Y por fin escucho otro suspiro. Echo un vistazo a mi mujer y veo que está apagando el móvil y guardándolo en el bolso por fin.
—Con tres puede que sea suficiente —me dice ahora—. Tres turnos para que no se estresen demasiado.
Una oleada de emoción me embarga de arriba abajo, haciéndome reír y casi llorar.
—Así que reconoces que ahora estás haciendo la labor de… ¿Cuánta gente dices que…?
Vuelve a golpear mi brazo entre las risas de ambos.
—No más trabajo hasta regresar a casa —me asegura.
Sonrío más que feliz por una victoria tan dulce.
Va a ser un buen descanso el de estos días al fin y al cabo.
Alec
Después de un divertido viaje lleno de risas entre mi mujer y yo, hemos llegado a uno de nuestros lugares favoritos del mundo: nuestra acogedora casa en Lyme.
No es que sea muy pequeña que digamos, pero tampoco tiene nada que ver con los castillos que manejan nuestros mejores amigos, eso está claro.
Además, necesitábamos bastante terreno y medidas de seguridad para hacer de este lugar un refugio para podernos alejar de todo siempre que lo necesitáramos.
El piso de Londres lo relacionamos con trabajo, pero Lyme…
Lyme es risas, playa, olor a mar y tranquilidad.
—Esto es vida —reconozco suspirando, hinchándome al bajar del coche y estirándome después.
—Esto es el garaje —dice mi mejor amigo pasando por delante, sacándome de mis ensoñaciones de golpe con una colleja en la nuca.
—¡Oye! Yo me emociono donde quiero —me quejo, intentando no reírme y pasando dentro de la casa junto a todos, con el equipaje y las bolsas de comestibles en la mano.
—¿Colocamos todo y nos vamos a dar un baño a la piscina? —propone Laura, que está de repente animadísima.
Claro, tres horas a solas con George es el efecto que tiene.
—Podríamos ir primero a la piscina y luego ya… —Mi propuesta no tiene tan buena acogida por cómo sonríe mi chica mientras me hace un gesto con la cabeza para que me una al resto para colocar las cosas—. ¿Qué más da cambiar el orden de lo que íbamos a hacer? Primero la diversión y luego ya…
—Si no te importa comer carne podrida o pescado en mal estado, sin problema —dice ella, pasándome unas latas para que las suba al estante más alto, ya que ella no llega.
—¿Qué pasa si no quiero subirlas? —le digo para picarla.
Carol frunce el ceño antes de su respuesta.
—Alex… —Levanto las latas al ver que intenta cogérmelas y empieza a dar saltitos mientras ambos reímos—. Dame esas latas; las subiré con el escalón.
—Primero quiero un beso.
—Pero Alex, estamos…
—Beso —insisto, acercándole mis labios, que besa a regañadientes, aunque con una hermosa sonrisa.
—¿Ya me das las…?
Pero antes de que termine su frase, ya estoy colocándolas yo mismo.
—Eres como un niño —escucho que dice George, pasando por delante para terminar de recoger lo que llevaba en su bolsa.
—Y eso te encanta, ¿a que sí?
Trata de disimular una sonrisa, pero la he visto claramente antes de que me diera la espalda.
—No sé cómo Carol te aguanta —comenta, volviendo a girarse para dejar la bolsa en el cajón, terminando su parte—. Eres insufrible.
—Reconoce que te encanta tener un mejor amigo insufrible, porque así tú eres el más responsable de los dos.
Alza la vista hacia el techo y, ahora sí, no puede evitar echarse a reír.
—La espontaneidad es buena —le dice Laura, mirándome luego y sonriéndome con dulzura.
—Ah, ¿sí? —le dice su marido, acercándose a ella y hablándole al oído de algo tan divertido que esta ríe encantada después, provocando que George adopte un gesto de victoria absoluta.
—A saber las proposiciones indecentes que le acaba de hacer mi mejor amigo a su mujer.
Laura me mira, frunciendo el ceño sin dejar de sonreír en realidad.
—Así que ahora soy la mujer de tu mejor amigo, no tu mejor amiga.
—No, a ver —intento explicarme—. Yo me refería a…
—Muy bien, de acuerdo, no somos mejores amigos, así que creo que escribiré una escena en la que Charles Green se comporta de forma tan horrible que todo el mundo acabará odiándolo de por vida.
—No harías eso, porque sabes que Charles está basado en George y no ves así al capullo de tu maridito.
Todos se ríen, incluyendo al propio George.
—Sigue retándome y te aseguro que vas a ir por la calle viendo a las fans desviando la mirada al verte.
He ido corriendo hacia ella a mitad de frase, agarrándola por detrás y pidiéndole cien veces seguidas que me perdone y que no haga tal cosa con mi personaje.
Y ella, por supuesto, ríe encantada y cede, así que suelto su cuerpo con mi misión cumplida.
—Podéis subir a descansar a vuestra habitación si queréis —le dice Carol a George.
—¿No íbamos a irnos a la piscina al terminar aquí? —me quejo.
—Pero todavía llueve —me explica Carol.
—La piscina está cubierta —le recuerdo—. Con no descubrirla, es suficiente.
No sé por qué los tres se ríen, la verdad, porque creo que una promesa es una promesa, y yo he cumplido mi parte; ahora les toca a ellos.
—El niño quiere piscina —dice George para intentar meterse conmigo—. ¿Nos dejas ir a cambiarnos o quieres que lo hagamos delante de ti?
—Esa propuesta tendrías que habérmela hecho al oído y no así, delante de todo el mundo —le digo—. Ahora no puedo responderte lo que quiero porque se pondrían celosas.
Ambas se ríen, lejos de los celos que comentaba, y George se levanta un poco el polo que lleva, enseñándome durante breves segundos sus marcados abdominales que tiene a saber por qué, si ni siquiera va al gimnasio, el muy capullo.
—¿Suficiente por ahora? —me dice, volviéndose a cubrir.
—Eso voy a verlo completo en un rato —respondo—. Mejor sería que me enseñaras lo de más abajo, a ver si es tan impresionante como creen por ahí.
Ahora las chicas estallan en carcajadas y George no se queda atrás. Viene hacia mí y me gano un empujón, que luego replican Carol y Laura sin dejar todavía de reírse.
—Venga, vamos a cambiarnos nosotros también, niño —dice mi mujer, agarrándome la cintura y saliendo de la cocina con nuestros amigos.
—A ti seguro que Lau te ha contado algo y no me lo estás queriendo decir.
—Niño…
—¿Ves? Algo te ha contado. Al menos, dame algún detalle.
—¿Le has contado algo? —oigo que pregunta George a su mujer.
—Que eres increíble, cariño.
Veo a Carol sonreír, y sé que eso quiere decir algo.
—¿Me lo dirás cuando estemos a solas? —le pregunto.
—No.
—¡Por qué!
—¿Para qué quieres saber detalles así?
—Porque son mis mejores amigos y me preocupo por ellos.
Sigo sin entender qué tiene de gracioso para todos lo que estoy diciendo.
—Son cosas personales —intenta cortarme Carol.
—Pero a ti te las cuenta Laura.
—No me da muchos detalles, si con eso te…
—Me vale con pocos. —Mi mujer se lamenta entre risas por mi insistencia mientras los cuatro subimos ahora las escaleras. Entonces recuerdo algo—. Esperad un momento, ¿dónde estamos yendo? ¿No íbamos a…?
—Vamos a cambiarnos —me recuerda George.
—Pero para eso tenemos los vestuarios de al lado de la piscina —le recuerdo yo a él.
Ellos tienen ropa allí siempre, no necesitan ir a su dormitorio antes.
Me están haciendo un lío para no ir a nadar.
—Niño, deja que descansemos unos minutos del viaje —me dice Carol suplicante.
Y no puedo negarme a nada que me pida de esa forma.
Ni de ninguna otra.
—Me engañáis con lo de la piscina, también ocultándome intimidades… —me quejo, rindiéndome.
—Si te dice lo más mínimo, seguramente la cosa escalara hasta querer presenciarlo —comenta George entre más risas.
—Bueno, a ver, hay confianza, pero no sé si tanta.
—Todo es cuestión de probar, ¿no crees? —pregunta él, mirándome directamente.
—¿Me lo estás proponiendo o sigues riéndote de mí?
—Nunca me reiría de ti —me asegura.
—Entonces, ¿en serio me dices que quieres que os mire mientras…? Tengo dos amigos muy pervertidos.
—Dios mío, Alex, es imposible mantener una conversación seria contigo —dice Carol a mi lado, besando mi mejilla.
—¿Acaso estábamos debatiendo la paz mundial?
Laura y George se quedan en el pasillo riéndose mientras continúan caminando hacia su habitación, unos metros más allá de la nuestra.
Carol abre la puerta, dejándome entrar sin parar de reírse todavía.
Eso sí, en cuanto cerramos y nos quedamos a solas, la agarro con determinación por la cintura y su risa se detiene, mostrándome una cara sorprendida pero encantada.
—Alec, tenemos que cambiarnos y bajar a…
La silencio con un apasionado beso, indicándola lo que viene a continuación.
—Que esperen.
Y he sonado tan decidido que la convenzo.