Chapter 6
III
Laura
—Son como niños —dice Clara, la madre de Jorge, mientras observa a su hijo jugar con todos en el patio de la casa de los padres de Alex, en Brighton.
—Son peores que niños —matiza Julia, la madre de Alex, al ver que Ramón, su marido, se ha tirado al suelo solamente para que sus nietos, biológicos, postizos e incluso los dos peluditos de nuestros amigos, su gatito y su perrito, se tiren sobre él.
—Papá se va a acabar haciendo daño —digo al ver que ahora empieza a alzar a todos por los aires, amagando con levantar también a Alex y este bromear con dejar que lo haga.
—Ángel tiene más vitalidad que cualquiera de ellos —asegura Julia con un suave acento inglés.
Lleva toda la vida con su marido español y suelen hablar de forma indistinta en ambos idiomas, mezclando acentos.
Clara hace tiempo que se acostumbró a hablar un poco en inglés, aunque lo practica menos, aun viviendo a pocos kilómetros de aquí, así que preferimos hablar todas en su idioma en este rato que los chicos se están divirtiendo entre ellos, haciendo un poco el salvaje.
—Alex va a llegar a Lyme y se quedará dormido —se lamenta Carol entre risas cuando ve a su marido dando saltos por todas partes cual conejo, siendo perseguido por todos nuestros hijos.
Jorge le espera detrás de una mesa de jardín, agazapado con Seelie y Damie, y se lanzan encima de Alex nada más que pasa por delante, dándole un susto con el que todos se tiran al suelo y ríen, igual que nosotras a pocos metros de distancia.
—Querida, tendrías que dejar el trabajo al menos un momento —oigo que me dice Clara con amabilidad, posando su mano sobre mi hombro.
Suspiro y termino de enviar otro email al resto de productores con los que vamos a trabajar en los próximos proyectos.
—Todavía hay mucho que hacer y quería apagar el móvil al llegar a Lyme —le explico—, así que tengo que dejar hecho al menos lo básico.
—Yo tengo en mi teléfono los nuevos scripts y me gustaría echarles un vistazo contigo cuando… —comienza a decirme Carol.
—Claro, cuando quieras vemos lo que…
—¿Vais a descansar o a seguir trabajando? —nos interrumpe Julia, intentando regañarnos.
Clara se echa a reír y Carol y yo pedimos disculpas de forma automática, como si fuera nuestra propia madre la que estuviera riñéndonos por no ser capaces de desconectar.
Y tiene razón. Hemos decidido pasar unos días de descanso antes de que los niños empiecen el colegio y nosotros los rodajes y una docena de cosas más, todas relacionadas con diferentes trabajos.
Sí, necesitamos desconectar de vez en cuando.
¿No es eso precisamente lo que siempre le pedía a Jorge que aprendiera a hacer?
¿Cuándo nos hemos cambiado las tornas?
Alex y mi marido llegan corriendo hasta nosotras, abrazándonos entre risas y jadeos. Carol tiene razón: en cuanto lleguen a Lyme, me parece que no sólo Alex, sino ambos, van a caer rendidos de sueño.
—¿Ya habéis jugado lo suficiente? —le pregunta Carol a su marido, provocando que tanto el suyo como el mío se rían.
—Podíamos pasarnos por Pixy’s de camino a Lyme —propone Alex, mirándonos a nosotros dos después—. Cogemos algo para llevar si os parece.
—En tres horas se va a quedar helado —le recuerda Jorge—. Mejor lo comemos allí y luego ya salimos.
—¿No os parece emocionante? —dice de nuevo Alex—. Los cuatro de excursión.
Clara y Julia se ríen una vez más por la emoción que parece sentir Alex con todo esto. Y, si soy sincera, yo también lo estoy. Necesito desconectar de vez en cuando y adoro a nuestros amigos, así que sé que van a ser unos días fantásticos llenos de risas y relax.
—¿Qué te parece, princesa? —escucho que me dice Jorge a mi espalda, con sus labios sobre mi cuello—. ¿Una hamburguesa con patatas antes del viaje?
—No se me ocurre una mejor forma de empezarlo —respondo.
Besa mi piel mientras sonríe de forma nasal.
¿En algún momento se dejan de tener escalofríos con alguien de quien llevas tantos años enamorada?
Me he pasado más de media vida amando a este hombre y jamás ese sentimiento ha disminuido lo más mínimo.
Sé que hay quien confiesa haberse acostumbrado a alguien y reconoce que el enamoramiento se disipó al cabo de un tiempo.
En mi caso, el estómago me da vueltas cada vez que miro a mi marido y no puedo evitar sonreír incluso cuando sólo estoy pensando en él.
Estar casada con Jorge es una mezcla de bienestar absoluto y montaña rusa de sensaciones fascinantes.
Y siempre quiero más de él.
Muchísimo más.
Carolina
Aún recuerdo la primera vez que vine a este lugar.
Fue antes de comenzar a rodar la primera parte de Coincidence , durante una extraña escapada de ambos para no seguir pensando en mil problemas alrededor de nuestras vidas personales y profesionales.
Yo tenía novio, pero las cosas ya iban muy mal con él.
Alex tenía todavía vigente aquel contrato con Diana, su exmujer desde hace ya tiempo, y lo suyo iba incluso peor.
Sin embargo, y aunque ambos sentíamos que lo que había entre nosotros era demasiado fuerte como para contenernos, lo hicimos.
Pasamos un día increíble juntos, a solas, sin pensar en nada.
Luego volvimos y las cosas siguieron tal y como las habíamos dejado horas antes, pero la magia que vivimos en Brighton nos acompañó desde entonces.
Aún es el día de hoy que pienso en este lugar y sonrío sola.
—Y se metió sin ropa en el agua —les sigue contando a George y a Laura, que ríen con la desesperación que emana de sus palabras—. Imaginaos lo mal que lo pasé.
—Estaba en ropa interior —especifico—, y lo hice porque tú antes te quitaste también la ropa y te metiste en el agua.
George se ríe por haber descubierto la verdad en la historia de su amigo mientras Laura sonríe al ver a ambos siendo unos niños.
Normalmente los cuatro tenemos que actuar como personas de hielo por nuestros trabajos y no nos permitimos mostrarnos tan juguetones en público.
Pero sobre todo, es una rareza de la naturaleza ver a George tan relajado en presencia de alguien.
Sólo lo he visto así con su familia y con nosotros, y me siento afortunada al pensar que puede que sea porque nos ve como parte de su propia familia.
—Se os notaba demasiado desde el casting que entre vosotros pasaba algo —comenta Laura.
—Insistió tanto en haceros pasar juntos que no tuvieron más remedio que hacerle caso —nos cuenta George.
Alex coge una patata frita y se la lleva a la boca mientras sonríe y me mira. Me da un golpecito en la nariz antes de hablar.
—Y ese fue el día en que caíste rendida ante mí.
Le lanzo una patata a la cara, haciendo reír al resto. Alex me acerca a él y entre risas me da un beso que sabe a kétchup y felicidad absoluta.
—Tenemos que darnos prisa o nos acabará pillando la tormenta —nos anuncia ahora George, poniendo varios billetes de más encima de la mesa.
—Siempre tienes que jodernos la diversión —se queja Alex, aunque se levanta a la vez que su amigo.
Sí, el cielo se está nublando por momentos después de una mañana soleada y será mejor que no tengamos lluvia por el camino.
George le da un empujón a mi chico cuando pasa por su lado y este se lo devuelve, pero nuestro amigo ni siquiera se inmuta más allá de una ligera sonrisa de medio lado, tan característica de él, porque Laura en ese momento se levanta también y George deja de tener ojos para el resto del universo y sólo los tiene por y para ella.
Siempre me ha llamado la atención lo bien que se les ve a ambos.
Tienen trabajos complicados y vidas extremadamente difíciles de sobrellevar, pero parece que a ellos no les afecta nada de eso si pueden estar juntos.
Hace tiempo nos contaron lo difícil que lo tuvieron al principio y todo lo que sufrieron hasta conseguir llegar a donde están, así que puede que por eso ya no les importa nada de lo que suceda a su alrededor.
A veces pienso que los cuatro nos hemos hecho tan buenos amigos porque nos comprendemos a través de lo duro que fue para todos alcanzar este estado de felicidad.
Jorge
Desde hace tiempo me pregunto si Laura no se da cuenta de lo que está sucediendo. Las tornas han cambiado por completo y me parece que ha sido todo tan paulatino y natural que ella todavía no lo ve por ese motivo.
Hace años yo era el típico abogado que vivía por y para el trabajo.
No sabía hacer otra cosa y no concebía tomarme un descanso.
Necesitaba llegar mucho más alto cada vez y veía las vacaciones como algo que retrasaría ese ascenso.
Por suerte, Laura entró en mi vida. Ella fue el motivo por el que, poco a poco, fui dándome cuenta de que disfrutaba en familia, con Noelia, con ella y luego con los hijos que vendrían después.
Me sentía mejor de esa forma en vez de trabajando tanto, y ellos también lo sentían así.
Imagino que por eso nuestra hija mayor la adora, porque vio cómo cambié y eso le hizo muy feliz.
A ella y a mí.
Ahora, sin embargo, Laura tiene demasiadas responsabilidades y eso creo que le acabará pasando factura.
En el rato que llevamos los dos en el coche, conduciendo hacia Lyme detrás de nuestros amigos, casi no ha podido dejar el móvil.
Llamadas, mensajes, emails… No podemos mantener una larga conversación porque es interrumpida por más y más trabajo que le llega.
En Brighton conseguimos que apagara el teléfono durante un rato, pero volvió a encenderlo en cuanto montamos los dos en el coche y ya ha sido imposible charlar.
—Princesa, ¿no crees que tendrías que apagar un momento ese móvil? Tenemos el personal por si los niños necesitan algo; el trabajo puede esperar unos días.
Escucho que sigue tecleando algo rápidamente, dando un suspiro final.
—No estoy siendo la mejor copiloto, ¿verdad?
Miro de reojo a mi mujer y consigo ver su sonrisa un instante.
—¿Recuerdas cuando te pedí hace años que contrataras a alguien al abrir en Londres la sede del bufete?