Enter (Crossing 1) Chapter 4 #2
6%

Chapter 4 #2

Cada vez me resulta menos acogedora nuestra casa de Mayfair.

¿Por qué hace años me parecía tan hermosa?

Adoraba vivir aquí, en una de las mejores zonas de Londres, incluso teniendo que desplazarme cada día a la City, que no estaba precisamente cerca.

Me gustaba tanto que, cuando nos mudamos a Inglaterra desde España, hace ya diez largos años, le pedí a Laura expresamente poder conservar este sitio para que viviéramos en él.

Con el tiempo, me di cuenta de que no era tan cómoda como me había parecido antes de irme a España.

Puede que influyera el hecho de que, cuando tuve que huir de este país con mi madre por el cerdo de mi padre, tenía veintipocos años.

Ahora, con casi el doble y una vida que adoro infinitamente más que la que antes tenía, querría vivir en Solus Blithe eternamente.

Escocia siempre lo consideraré mi hogar, pero además, allí es donde hemos podido por fin tener estabilidad como familia.

Ya no me imagino teniendo otra vida más que la actual, una que jamás imaginé que pudiera alcanzar.

—Pues a mí me gustaría estudiar en Escocia —comenta Seelie, ya metida en la cama junto a la de sus hermanos, en el mismo dormitorio que hace años ocupó Noelia cuando nos mudamos al llegar a Londres.

—Tú no necesitas estudiar nada —le recrimina Gordon—. Vas a ser actriz.

—Las actrices también necesitamos estudiar —le explica ella con paciencia—. Además, me gustaría ser más cosas, por si acaso.

Mira a su madre al decir aquello, como si fuera algo que han hablado entre ellas, y esta asiente con una sonrisa mientras acaricia a Gordon y Keite, tratando de que se queden quietos en sus camas para dormir.

—Yo quiero recorrer el mundo en canoa —nos dice Keite ahora, muy convencida, saltando sobre el colchón.

Laura me mira, intentando que no la vean reírse, volviendo a pedirle a nuestra hija que se meta en la cama, porque ya es hora de dormir.

Ha sido un día muy intenso para ellos y no quisimos volver a Escocia después de dejar a Noelia, así que vinimos a pasar la noche a Londres para que descansaran un poco los cuatro, que buena falta les hace.

Miro a Gilbert, que se metió en su cama hace unos minutos, después de darse una ducha rápida, y está tranquilamente escuchando a sus hermanos hablar de los planes de futuro que tienen desde una confortable y feliz infancia.

Él es poco mayor que ellos, pero se acerca a la adolescencia peligrosamente.

Aunque si va a ser tan buen niño como lo ha sido siempre, o como en su momento lo fue Noelia, será una tranquila etapa.

—Y tú, wee bairn , ¿qué te apetece ser de mayor? —le pregunto, acariciando su sedoso pelo ondulado, más pelirrojo por momentos.

Él se encoje de hombros con una tímida sonrisa.

—Yo quiero estar con vosotros —se atreve a decir con una voz tan tierna que me golpea varias veces dentro del pecho.

Levanto la vista un instante hacia su madre y compruebo que ella también lo ha escuchado. Sonríe de la misma forma que yo por ello.

—Gilby de mayor quiere ser novio de Âme-Sylvie —canturrea Keite, seguida por su hermano gemelo Gordon, que se une a los cánticos que empiezan a avergonzar a Gilbert.

Lo que no hace es negar que en realidad le gusta la talentosa hija de Marta y Ernest, amigos nuestros de un tiempo a esta parte.

Hace años que mi mujer conoció a Marta, pero no fue hasta hace poco, cuando la hija de esta colaboró en la banda sonora de la última película de Coincidence , cuando empezamos a ser más cercanos.

Gilbert y su hija han pasado mucho tiempo juntos y puede que por eso nuestros pequeños martirizan cada poco a su hermano con este tema.

Ahora los gemelos se han cansado de picar a su hermano mayor y pasan a hacerlo con Seelie, emparejándola con Robert, el hijo mayor de Carol y Alex, los protagonistas de Coincidence y amigos íntimos nuestros.

Es extraño poder decir algo así de alguien.

Amigos íntimos. Sí, puede que a la gente esto no le resulte extraño, pero yo no soy de los que trato con otros por gusto.

Al menos, no era así hace unos años. Jamás consideré tener una amistad, pero desde que Laura y yo comenzamos nuestra complicada pero feliz relación, todo cambió.

Mi forma de relacionarme con el mundo fue mejorando y, cuando quise darme cuenta, estaba teniendo cenas divertidas con otros seres humanos y vacaciones familiares con otras parejas.

Le debo tanto a mi mujer que sé que ni en cien vidas podría agradecérselo.

Ambos dejamos por fin a nuestros hijos en la habitación a solas. Nos prometen que se portarán bien y que se dormirán pronto si nos vamos, pero en cuanto salimos y les cerramos la puerta, escuchamos risas dentro que nos indican que la diversión para ellos no ha hecho más que empezar.

—Les quedan pocos días de vacaciones —me dice Lau, agarrando mi mano por si iba a darme la vuelta y poner orden en esa habitación—. Deja que se diviertan un rato más.

—No tenía intención de volver a entrar ahí —le aseguro, haciéndola reír mientras comenzamos a caminar hacia el piso de arriba, en donde se encuentra nuestro dormitorio.

—Tendría que estar agotada por lo de hoy, pero no tengo nada de sueño —la escucho decir al entrar, tirándose en la amplia cama y mirándome después desde allí mientras se quita las deportivas con los pies, lanzándolas al suelo sin ningún cuidado.

—¿Me lo dices por algo en concreto? —le pregunto, acercándome a ella—. ¿Quieres que aprovechemos para trabajar un poco en el último caso del bufete?

Casi no me ha dado tiempo a quitarme los zapatos cuando agarra mi mano y me tira con ella en la cama entre risas, besándome apasionadamente a continuación.

Mi mujer tiene una asombrosa capacidad para activarme con un sencillo beso.

A veces, también sin que haya un beso de por medio.

—Llevamos tres días sin sexo y ya no aguanto más —me susurra mientras empieza a quitarme la ropa apresuradamente, volviéndome a hacer reír con aquello.

—¿Cómo que tres días? Recuerdo que hace dos, antes de ir al despacho, te…

—Eso fue una minucia.

Me río dentro de su boca, colando mi mano por dentro de su ropa.

—No creo que el sexo oral sea una minucia cuando gritaste tanto con el orgasmo que te provoqué —le recuerdo.

Eso le encanta. Mi mujer adora que hable de estas cosas y se lo noto por cómo se enrojecen sus mejillas de pura excitación.

Descubro su cuerpo al fin, habiéndole quitado toda la ropa mientras ella también me desvestía a mí. Pasa su mano lentamente por mi pecho, sonriendo. Levanta después la mirada y sus ojos me anticipan lo que va a venir a continuación.

Y me encanta, joder.

Adoro mi vida junto a ella cada puto segundo que paso a su lado.

—¿Alguna vez dejaremos de sentirnos como adolescentes en celo?

Vuelvo a reírme, esta vez, por aquella pregunta de mi mujer. La beso varias veces seguidas, agradecido con el destino por haber hecho que nos encontráramos en esta vida.

—Creo que tenemos cuerda para rato —respondo.

—¿Es una expresión o me quieres decir otra cosa con lo de la cuerda?

Dios mío, lo afortunado que soy.

—¿Qué querrías tú que fuera?

—Lo segundo. Siempre.

Por dios.

—Te amo, cariño —le digo en un suave susurro, acariciando su mejilla—. Te amo con todo mi puto corazón y mi jodida alma de mierda.

Sonríe en cuanto escucha una de las frases que precisamente ella escribió en los libros de Coincidence , esos que durante un tiempo negó que tuvieran que ver con nada relacionado con nosotros. Por suerte, hace tiempo que superamos esa etapa y empezamos a permitirnos incluso jugar con el tema.

—Cariño, necesito pedirte un favor —me dice ahora, poniéndose seria—. Creo que tengo que documentarme sobre…

Me echo a reír, sabiendo perfectamente lo que me está pidiendo: sexo desenfrenado, eso para empezar, pero también que innovemos. Con la excusa de ser escritora, solemos bromear con su forma de documentarse para la parte erótica.

Y yo estoy más que encantado ayudando con esa fase de su trabajo.

—¿Tienes algo en mente o prefieres improvisar? —pregunto, comenzando a besar su cuello.

—Si eso… Vamos viendo.

Sonrío al escuchar su frase favorita para todo.

Desciendo más allá de su vientre y me detengo para contestar, mirándola a los ojos y viendo lo expectante que está por ver lo que hago a continuación.

—No te imaginas lo que me gusta que uses tu frase con respecto al sexo.

—¿Pero eso es que vamos a…?

Sus palabras quedan silenciadas en cuanto siente mi lengua acariciarla. Vuelvo a levantar la cabeza y observo cómo mi mujer agarra con fuerza las sábanas a su alrededor de puro placer. Me mira ahora, frunciendo su precioso ceño sin entender por qué me he detenido.

—Creo que tengo unas cuantas cosas en mente —le anuncio—. ¿Confías en mí?

Y esa sonrisa me responde incluso antes de que lo haga con palabras.

—Siempre, Charles.

Y en cuanto me llama como al protagonista de su libro, ese personaje que parece volver loco a todo aquel que lee la historia, siento que mi cuerpo va a estar activo durante horas.

Qué puta suerte he tenido en esta vida, joder.