El Factor Culpa
Un vehículo oscuro reducía la distancia con una rapidez poco habitual.
No dijo una palabra.
Con la serenidad de quien había vivido aquella situación decenas de veces durante su entrenamiento, deslizó la mano bajo la chaqueta, extrajo la pistola reglamentaria y continuó observando el reflejo.
Kevin tardó unos segundos en darse cuenta.
—¿Qué haces? ¿Te has vuelto loca?
Anastasia no apartó la vista del retrovisor.
—Nos están siguiendo. Acelera.
—¿Quién?
—Ahora mismo da igual. Pisa el acelerador.
Kevin obedeció casi por instinto.
El motor rugió.
En ese mismo instante, dos disparos silenciados rasgaron el aire y golpearon la parte trasera del vehículo.
—¡Dios mío...! —gritó Kevin mientras sujetaba el volante con ambas manos—. ¡Nos están disparando!
—Mantén la vista en la carretera —ordenó Anastasia con absoluta frialdad—. No quieren matarnos todavía. Quieren obligarnos a detenernos.
Kevin tragó saliva.
Le temblaban tanto las manos que apenas conseguía mantener el coche dentro del carril.
El vehículo perseguidor aprovechó una recta para acercarse peligrosamente.
Anastasia bajó la ventanilla.
Sacó medio cuerpo al exterior.
Inspiró profundamente.
Esperó el instante exacto en que ambos vehículos dejaron de rebotar sobre el asfalto.
Entonces disparó.
El primer proyectil atravesó el parabrisas del coche perseguidor.
El conductor perdió el control durante un instante.
El segundo disparo impactó contra el neumático delantero derecho.
El vehículo comenzó a zigzaguear violentamente antes de estrellarse contra el guardarraíl con un estruendo ensordecedor.
Kevin continuó conduciendo varios cientos de metros más.
Solo entonces frenó bruscamente junto al arcén. Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Kevin seguía aferrado al volante.
Respiraba con dificultad.
Intentó abrir la puerta.
No pudo.
Las manos le temblaban de forma incontrolable.
—No... —murmuró casi sin voz—. No puedo...
Anastasia lo observó en silencio.
Era la primera vez que Kevin veía la muerte tan de cerca.
Apoyó suavemente una mano sobre la suya.
—Kevin.
Él levantó la vista.
—Mírame.
Obedeció.
—Sigues vivo.
Eso es lo único que importa ahora.
Poco a poco la respiración del joven comenzó a estabilizarse.
Se pasó ambas manos por la cara intentando convencerse de que seguía entero.
Luego se revisó el pecho, los brazos y las piernas, casi esperando descubrir una herida que no recordaba haber recibido.
—¿Quiénes eran? —preguntó finalmente, todavía con la voz quebrada—. ¿Quién demonios quería ejecutarnos?
—El GRU.
No mostró emoción alguna al pronunciar aquellas tres letras.
—Para ellos ya no soy una agente. Soy un problema.
Miró una última vez por el espejo retrovisor antes de guardar el arma.
—Tenemos que abandonar el Reino Unido cuanto antes. Ya no existe un solo lugar seguro para nosotros.
Kevin respiró hondo.
—Entrégate al MI5.
Todavía puedes pedir asilo político.
Ellos pueden protegerte.
Anastasia negó lentamente.
—Ya te lo dije una vez.
Jamás traicionaré a mi país.
Aunque mi país haya decidido traicionarme a mí.
Kevin no respondió. Reanudó la marcha.
El resto del trayecto transcurrió envuelto en un silencio pesado.
Cada uno permanecía encerrado en sus propios pensamientos.
Anastasia mantenía los ojos cerrados.
Kevin creyó que dormía.
Pero no era así. Repasaba mentalmente cada segundo del ataque. Buscaba un error. Una pista.
Cualquier detalle que pudiera anticipar el siguiente movimiento del GRU.
Al cabo de varios minutos habló sin abrir los ojos.
—Desde que aparecí en tu vida solo te he traído desgracias.
Kevin no respondió.
Ella continuó.
—Te he arrastrado a un mundo al que nunca perteneciste.
Ahora también te persiguen a ti. No te mereces esto.
Kevin permaneció unos segundos en silencio.
Después respondió sin apartar la vista de la carretera.
—Si pudiera volver atrás...volvería a elegir conocerte.
Las lágrimas acudieron a los ojos de Anastasia.
Pero sonrió.
Era la primera vez en muchos años que alguien conseguía hacerla sentir más mujer que soldado.
◆◆◆
El pequeño apartamento heredado de los padres de Kevin ocupaba la cuarta planta de un edificio antiguo de Manor Road.
No era un lugar especialmente cómodo, pero sí lo bastante discreto como para pasar desapercibido durante unas horas.
Anastasia permanecía inmóvil junto al balcón. Desde allí observaba el ir y venir de los peatones, los autobuses de dos pisos y las luces de los comercios que comenzaban a apagarse con la llegada de la noche.
Todos seguían con sus vidas. Todos parecían completamente ajenos al mundo que ella conocía.
Por un instante sintió una profunda envidia. Habría dado cualquier cosa por ser una mujer anónima entre aquella multitud.
Sin misiones.
Sin órdenes.
Sin miedo.
Kevin se acercó despacio y la abrazó por la espalda.
—¿En qué piensas?
Anastasia apoyó la cabeza sobre su hombro.
Durante unos segundos estuvo tentada de contárselo todo.
Pero no podía.
—En nada importante.
Solo estaba mirando la calle.
Kevin le besó el cuello.
—Todo saldrá bien.
Ella sonrió con tristeza. Sabía que él lo decía porque necesitaba creerlo.
Permanecieron largo rato abrazados, contemplando en silencio el movimiento de la ciudad.
Por primera vez desde que había llegado al Reino Unido, Anastasia comprendió que el adiestramiento recibido durante toda una vida se había derrumbado.
Ya no era únicamente una operativa del GRU.
Kevin había conseguido devolverle una parte de la humanidad que Moscú llevaba años intentando destruir.
Sin embargo, mientras observaba distraídamente la calle, un pensamiento comenzó a abrirse paso entre todos los demás.
Jack.
La emboscada de la carretera no había sido casual.
Alguien conocía sus movimientos.
Y si el GRU llegaba a Frinton...Jack no tendría ninguna posibilidad. Conocía demasiado bien aquellos métodos.
Lo interrogarían.
Lo torturarían.
Y cuando dejara de servirles...
lo ejecutarían.
Sintió un peso insoportable sobre el pecho. Por primera vez en muchos años, la culpa era más fuerte que el deber.
A miles de kilómetros de allí, en la estación del GRU en Moscú, el fracaso de la emboscada activó inmediatamente el protocolo de máxima prioridad.
Los mandos comprendieron que, si Anastasia conseguía abandonar el Reino Unido, recuperarla sería prácticamente imposible.
La orden fue inmediata.
La agente Ivanova no debía salir de Inglaterra bajo ninguna circunstancia.
Para los servicios de inteligencia militares existía un pecado imperdonable.
No era fracasar.
Era enamorarse del enemigo.
Y Anastasia había cometido exactamente ese error.
El temor de Moscú era aún mayor.
Si el MI5 conseguía detenerla antes que ellos, podía terminar revelando información clasificada a cambio de una nueva identidad.
Aquello debía evitarse a cualquier precio.
◆◆◆
Cuando amaneció, Anastasia seguía despierta. No había dormido un solo minuto. Permaneció sentada junto a la ventana observando a Kevin mientras dormía profundamente.
Intentó memorizar cada uno de sus rasgos.
Como si presintiera que aquella podía ser la última vez que lo veía.
En silencio se vistió. Comprobó el cargador. Revisó la recámara. Preparó la mochila y cuando estaba a punto de salir, Kevin abrió los ojos.
—¿Qué haces?
Ella permaneció inmóvil.
—Tengo que volver a Frinton.
Kevin se incorporó de golpe.
—¿Qué?
—Necesito regresar.
—¿Por qué?
Anastasia cerró los ojos un instante.
—Porque Jack va a morir por nuestra culpa.
Kevin permaneció completamente inmóvil. Después se levantó de la cama.
—Entonces voy contigo.
Ella negó lentamente.
—No.
—Ni hablar.
—Kevin...
—No pienso dejarte sola.
Anastasia dio un paso hacia él.
Lo tomó de las manos.
—Escúchame. Si vienes...moriremos los dos.
El silencio cayó entre ellos.
—Necesito que hagas exactamente lo que voy a decirte. Ve a Heathrow. Espérame allí. Si dentro de dos horas no he aparecido... sube a ese avión.
Kevin sintió que el corazón se le encogía.
—No puedo hacer eso.
—Sí puedes.
Porque si algo sale mal...al menos uno de los dos tendrá una oportunidad.
Lo abrazó con todas sus fuerzas. Ninguno de los dos lloró.
Pero ambos comprendieron que podía ser una despedida definitiva.