Enigma En Maldon El Refugio de la Tormenta
88%

El Refugio de la Tormenta

Anastasia abandonó el apartamento del ingeniero Lynch con el pensamiento puesto enteramente en Kevin.

A pesar de haber sido rigurosamente adiestrada en las academias de Moscú para afrontar cualquier escenario de infiltración, la experiencia de esa noche había dejado una huella amarga en su interior.

En el fondo de su coraza militar, todavía quedaba un reducto de humanidad que se resistía a desaparecer.

—Te he echado de menos —le confesó Kevin al recibirla, mientras le acariciaba el rostro con ternura.

Al intentar responderle, una lágrima solitaria surcó la mejilla de Anastasia. Le tomó unos segundos recuperar la compostura antes de sentenciar: —Tenemos que salir del país cuanto antes.

—Ya me he encargado de eso —la tranquilizó él, esbozando una sonrisa—. Reservé los billetes.

Anastasia forzó una sonrisa triste y sacudió la cabeza. —No va a ser tan sencillo, Kevin. Me vigilan de cerca y de forma constante.

—¿Quién te vigila? —indagó él, sintiendo un frío repentino en el estómago.

—El servicio de inteligencia de mi país.

Quieren forzar mi retorno inmediato a Moscú —explicó ella con gravedad—.

Mi misión en Colchester ya está cumplida, pero cometimos demasiados errores y corro el riesgo inminente de que el MI5 me detenga.

Según las últimas informaciones cifradas que intercepté, alguien dentro de la red me ha vendido.

Los servicios británicos están a un paso de atraparme, y si me encuentran contigo, te verás seriamente implicado.

En este momento es un suicidio intentar salir de Inglaterra por los canales habituales.

Tendremos que ocultarnos fuera de Colchester y movernos hacia Londres de la forma más discreta posible.

—¿Y qué sucedería si te pones en contacto con el MI5? —sugirió Kevin en un arranque de desesperación—. Podrías ofrecerles información... convertirte en una agente doble.

Anastasia lo miró con una seriedad que lo heló, negando con rotundidad con la cabeza. —Eso sería alta traición a mi patria, Kevin. Jamás haría algo así.

—Pero si te atrapan, te pudrirás en la cárcel durante décadas —le advirtió él, con la voz quebrada por el dolor.

Ella asintió en silencio, perdiéndose en sus propios pensamientos mientras sopesaba las opciones.

—Recuerdo que cuando fuimos a la playa en Frinton-on-Sea, vimos una pequeña cabaña en alquiler frente al mar —propuso Kevin, intentando buscar una salida—.

Era un lugar hermoso, pero sumamente solitario.

Si decidimos ir allí, dudo mucho que a los servicios de inteligencia se les ocurra inspeccionar un pueblo costero tan apartado.

Intentémoslo, no deja de ser una alternativa sólida mientras esperamos el día del vuelo a Canadá.

Anastasia se estrechó contra su pecho en un abrazo tenso.

—Eres un hombre inteligente, Kevin. Pero nunca subestimes a las agencias de inteligencia; cuando se proponen cazar a un operativo, lo buscan hasta en el rincón más remoto de la Tierra.

De cualquier manera, es un buen plan. Para no levantar sospechas en el Golden Lace , ya le había comunicado al encargado días atrás mi intención de dejar el empleo.

Jack, el propietario de la cabaña, era un anciano solitario de unos ochenta años, de estatura alta y con una abundante cabellera cana peinada meticulosamente hacia atrás. Caminaba encorvado, apoyándose en un andador de aluminio.

—Han tenido una suerte tremenda —les dijo el viejo, estrechándoles la mano con amabilidad—.

La familia que la tenía reservada tuvo que marcharse de urgencia esta misma mañana por un contratiempo familiar.

Pueden disponer con total libertad de los víveres que dejaron en la nevera y en el congelador, y en la alacena encontrarán algunos productos básicos.

Kevin le entregó el importe de la renta por una semana y el anciano le apuntó un número de contacto en un papel.

—Yo vivo a apenas doscientos metros de aquí.

Si surge cualquier inconveniente, no duden en llamarme —Jack detuvo la mirada en ellos y, con una chispa de curiosidad, preguntó—: ¿Se puede saber si están de luna de miel?

—No, señor. Solo nos estamos tomando una semana de descanso para escapar de la locura de Londres —improvisó Anastasia con absoluta naturalidad.

Jack se limitó a asentir con la cabeza, sin indagar más.

La cabaña era compacta pero rebosaba calidez. Estaba decorada con un gusto exquisito mediante mobiliario antiguo, y un gran leño ardía en la chimenea, manteniendo la estancia a una temperatura sumamente agradable.

En un momento dado, Kevin sacó su iPhone del bolsillo, pero Anastasia se lo arrebató de las manos con un movimiento rápido. —Apágalo de inmediato. Yo ya he hecho lo propio con el mío. Las agencias gubernamentales pueden triangular las señales de telefonía y geolocalizarnos en cuestión de minutos.

Sentado en la mecedora de madera de su porche, Jack observaba cada mañana cómo la joven pareja trotaba a orillas del mar, jugueteaba en la arena como dos adolescentes y competía nadando en las gélidas aguas del Mar del Norte.

Le agradaba contemplar aquella vitalidad genuina, un reflejo que le transportaba directamente a los mejores años de su propia juventud.

Durante unos segundos sintió una envidia sana de aquella juventud que ya nunca volvería.

Una de esas noches, el anciano los invitó a cenar un estofado casero en su casa y les obsequió con una fuente de mazorcas de maíz preparadas con mayonesa, cosechadas de su propia huerta.

Jack era un hombre sencillo y profundamente hospitalario que había elegido la paz de Frinton-on-Sea por encima del caos londinense cuando, cinco años atrás, perdió a su esposa y decidió jubilarse de su profesión de contable.

La viudez y la soledad habían sido un peaje durísimo de pagar tras un matrimonio tan largo y dichoso.

Jack les confesó que, tras una pérdida semejante, llega un instante crucial en el que debes elegir el sendero a seguir: o te sepultas en vida con los recuerdos esperando la muerte —porque transitar el dolor y la tristeza es un proceso inevitable—, o te levantas con la certeza de que el amor compartido con el ser querido perdurará para siempre en tu interior, otorgándote las fuerzas necesarias para sobrevivir.

Habían transcurrido ya cinco días desde su llegada a la costa.

Cinco días de una felicidad idílica en los que lograron olvidarse del mundo exterior.

Sin embargo, solo restaban cuarenta y ocho horas para la fecha del vuelo a Canadá, y el peligro latente de abandonar Frinton-on-Sea para confrontar la realidad los acechaba a la vuelta de la esquina.

Una tarde, Kevin notó que Anastasia se había alejado de la cabaña hacia un sector baldío y solitario de los acantilados sin avisarle.

Preocupado, fue en su búsqueda. La encontró estática, en una perfecta posición de tiro de combate, apuntando con su pistola automática hacia una lata oxidada colocada sobre una roca.

Al primer disparo, la lata saltó por los aires partida en dos.

Ella exhaló el aire de los pulmones, buscando un nuevo blanco con la mirada.

—¿Te animas a intentarlo? —le preguntó Anastasia, extendiéndole el arma por la empuñadura.

Kevin la tomó y se mostró visiblemente sorprendido por el peso muerto del metal. —Es imposible mantener el pulso... Es demasiado pesada para mí.

—Pensé exactamente lo mismo la primera vez que me pusieron una en las manos —comentó ella, colocando un nuevo objeto sobre la piedra—. Todo tuyo.

Él la miró con una mezcla de expectación y nerviosismo. Adoptó una postura rígida y apretó el gatillo; el estruendo rompió la calma de la playa, pero el proyectil impactó muy lejos del objetivo.

Anastasia esbozó una sonrisa divertida. —No le pegaste ni a la roca.

—He de decir en mi defensa que mi padre me llevaba a cazar cuando era niño y me enseñó los fundamentos básicos, pero esta pistola es un auténtico tanque —bromeó Kevin, devolviéndole el arma con alivio.

Al amanecer del día siguiente, envuelta en una cálida manta de lana, Anastasia se sentó en el suelo de madera del porche.

Observó cómo los primeros rayos de sol se filtraban a través de las nubes dispersas, tiñendo el firmamento de tonalidades doradas y anaranjadas.

Era un instante de paz absoluta, pero su instinto militar le advertía que la tormenta definitiva estaba a punto de romper.

Durante la mañana, ambos caminaron por la orilla en un silencio sepulcral. Al llegar al final del trayecto, el semblante de Anastasia se tornó severo.

—Tengo que confesarte algo de suma importancia, Kevin. Necesito que sepas con total claridad quién fui y quién soy en realidad.

—Sé perfectamente quién eres hoy, Anastasia, y con eso me basta para seguir amándote por encima de todo —la interrumpió él.

—No, no lo entiendes... Sabes que soy una espía, pero la realidad es que fui adiestrada ideológicamente para ejecutar directrices implacables y cometer actos aberrantes en nombre de la lealtad a mi país —confesó ella, con la mirada perdida en el horizonte.

—Tu pasado te pertenece solo a ti, Anastasia. Mi único interés es tu presente, porque ahí es donde estoy yo —sentenció Kevin, estrechándola en un abrazo protector.

Anastasia no replicó; tragó saliva y reprimió una lágrima de agradecimiento. En el camino de regreso, corrieron sobre la arena mojada antes de aminorar el paso al aproximarse a la cabaña. Allí los aguardaba Jack, con una evidente expresión de preocupación en su viejo rostro.

—Unos desconocidos vinieron en un automóvil preguntando por ustedes —les comunicó el anciano en voz baja—. Como no me gustó en absoluto su actitud ni sus modales, les aseguré que ustedes ya habían dejado la propiedad a primera hora de la mañana.

—¿Qué aspecto tenían, Jack? —inquirió Anastasia de inmediato, poniéndose en alerta.

—Eran dos hombres de complexión fuerte. Vestían trajes oscuros de corte impecable y gafas de sol.

—¿Le hicieron alguna otra pregunta? —indagó Kevin.

—No. Se limitaron a cruzar unas palabras en un idioma extranjero entre ellos y se marcharon sin siquiera despedirse —concluyó Jack.

Anastasia asintió de forma imperceptible, intercambiando una mirada cargada de tensión con Kevin. Jack los observó con detenimiento durante unos instantes. —Si se encuentran metidos en algún problema serio, muchachos, pueden decírmelo. Haré todo lo que esté a mi alcance para echarles una mano.

—Se lo agradezco de corazón, Jack, pero no se preocupe. Son solo desavenencias familiares complejas que resolveremos en breve —le mintió Anastasia con una sonrisa forzada.

El anciano sonrió, dejando en claro que no daba el menor crédito a la coartada, pero prefirió respetar su intimidad. Una vez a cubierto dentro de la cabaña, Kevin se giró hacia ella.

—¿Eran tus camaradas de Moscú?

—No puedo asegurarlo, pero me inclino más a pensar que se trataba de operativos del MI5 británico —analizó Anastasia, con la mandíbula tensa—.

La situación es crítica, Kevin; debemos evacuar este lugar antes de que cerquen la zona.

El GRU tiene órdenes de eliminarme por deserción, y si el MI5 nos intercepta primero, pasaré el resto de mis días en una prisión de máxima seguridad —sentenció, consciente de los asesinatos políticos que había ejecutado en Colchester y de los cuales Kevin aún no sospechaba absolutamente nada.

—¿Crees que habrán creído la historia de Jack? —preguntó él.

—Por el momento sí. Asumieron que un anciano de su edad les hablaba con total honestidad, pero no tardarán en verificar los alrededores.

Kevin sugirió entonces adelantar los planes: —Vámonos a Londres de inmediato, un día y medio antes de lo previsto. Nos refugiaremos en el apartamento que heredé de mis padres; es un lugar seguro y discreto para ocultarnos hasta la fecha del embarque en el aeropuerto de Heathrow.

Anastasia se quedó estática, procesando la información. —¿A qué hora exacta está programado el vuelo?

Kevin consultó los detalles de la reserva en la pantalla de su teléfono. —El 5 de abril a las 5:30 a.m. por British Airways.

—Ese horario representa un peligro extremo para nosotros —sentenció Anastasia con evidente preocupación—. A esa hora de la madrugada las terminales registran muy poco flujo de pasajeros. Sería sumamente fácil para cualquier operativo de contraespionaje identificarnos en los controles.

—¿Qué sugieres entonces?

—Anular esa reserva de inmediato.

—No lo entiendo, Anastasia... Es nuestra única oportunidad real de escapar —reclamó Kevin, frustrado.

—Si intentamos abordar ese avión en la madrugada, no saldremos vivos de Inglaterra —le advirtió ella con frialdad militar—. Las fuerzas de seguridad del aeropuerto no podrán evitar un atentado. El GRU me matará, no suelen fallar cuando recibe una orden de eliminación.

—¿Como puedes estar tan segura?

—Utilizarán el factor sorpresa. Hace unos meses, en el aeropuerto de Luxemburgo, ejecutaron a un oficial soviético que había desertado con información clasificada antes de que lograra cruzar la zona de preembarque.

Si conseguimos superar el control de pasaportes con flujo masivo de gente, estaremos a salvo.

Debemos esperar veinticuatro horas y reprogramar la reserva para un vuelo que despegue al mediodía.

—¿Y qué se supone que hagamos mientras tanto? —preguntó Kevin, desarmado ante su lógica.

Anastasia lo miró fijamente a los ojos. —Esperar, Kevin... Mantener la cabeza fría y simplemente esperar.