El Altar de la Lealtad #3
—Por supuesto, señor. Y en celebraciones de esta relevancia, resulta obligatorio —respondió Anastasia con un acento impecable, tomando un sorbo parsimonioso.
De pronto, Harry entrecerró los ojos, examinando sus facciones con detenimiento. —Disculpe... ¿No nos hemos visto antes en alguna otra recepción oficial?
Anastasia negó con absoluta naturalidad, pero Lynch se apresuró a intervenir para disipar cualquier sospecha: —La señorita reside permanentemente en Londres, Harry. No frecuenta los círculos de Colchester.
Harry la contempló un segundo más y, no muy convencido, asintió en silencio.
Minutos después, los oficiales se silenciaron ante el discurso del Director del proyecto, un Almirante canoso de la Royal Navy impecablemente uniformado con su traje de gala.
Sus palabras fueron sumamente elocuentes al ensalzar la culminación de la fase estructural de la obra, extendiendo un agradecimiento especial al ingeniero Robert Lynch.
—Posteriormente daremos inicio a la siguiente etapa estratégica —añadió el Almirante, con un tono críptico que pretendía salvaguardar el secreto de Estado—. No obstante, carezco de la autorización pertinente del Ministerio de Defensa para ahondar en esos detalles en este momento.
Para Anastasia, aquellas palabras fueron la confirmación definitiva.
Ya no requería seguir indagando en los planos físicos: no cabía la menor duda de que el complejo subterráneo de agua pesada edificado en Colchester poseía una finalidad estrictamente bélica de primer orden.
Ese sería el núcleo de su reporte final para los analistas en Moscú.
La recepción se prolongó por más de dos horas, tiempo durante el cual Anastasia no pasó por alto la ingente cantidad de alcohol que Lynch despachaba copa tras copa, mientras la presentaba con orgullo ante los asistentes como su pareja oficial.
Era evidente que el ingeniero intentaría forzar un encuentro sexual en su apartamento o en el propio vehículo al concluir la velada.
Anastasia sabía que el espionaje exigía a menudo pagar peajes biológicos muy elevados a cambio de información estratégica, y se encontraba mentalmente blindada para afrontar el escenario.
Sin embargo, prefirió no asumir riesgos innecesarios en la carretera debido al estado de embriaguez de su acompañante.
Tomó las llaves y condujo el Porsche personalmente hasta el edificio residencial del ingeniero, mientras Lynch balbuceaba frases inconexas en el asiento del copiloto.
Como pudo, lo arrastró hasta el interior de la vivienda y lo dejó caer sobre la cama como un fardo pesado.
De repente, la oleada de alcohol pareció darle una tregua a Lynch; abrió los ojos, la tomó por la cintura e intentó desvestirla con torpeza. Anastasia se dejó atraer de forma fingida, acariciándole el rostro con suavidad profesional.
—Siempre sigo el ritual de compartir una última copa de champán antes de entregarnos al placer, cariño... ¿Me acompañas en el brindis? —le propuso con voz melosa.
Lynch sonrió con lascivia, contemplándola con la mirada enturbiada. —Que sean dos copas, preciosa... —respondió con un rudo eructo, señalando un minibar empotrado en la pared.
Anastasia se dirigió al mueble y, ocultando el movimiento de sus manos, disolvió una dosis letal de somnífero químico de uso militar en la copa destinada al ingeniero. No tuvo que aguardar demasiado: Lynch apuró el líquido y, en cuestión de minutos, cayó desplomado en un sueño comatoso.
Con total frialdad, la agente rusa extrajo su pistola automática con silenciador de la cartuchera oculta y le apoyó la boca del cañón directamente en la sien. El pulso le tembló un instante mientras sopesaba la orden de ejecución en su mente.
Cerró los ojos durante una fracción de segundo y finalmente guardó el arma reglamentaria.
Procedió a desvestirlo metódicamente hasta dejarlo en ropa interior y desordenó las sábanas para simular un encuentro pasional consumado.
Acto seguido, abandonó la escena desvaneciéndose en la madrugada.
Había tenido una noche redonda: gracias a los descuidos del cóctel de la Armada, había obtenido los datos estructurales precisos sin necesidad de someterse físicamente al ingeniero.
Aquella era la directriz cifrada de Moscú, urgente e inapelable, sobre todo considerando que Lynch le había revelado que al día siguiente partiría en un vuelo de larga distancia hacia Australia por un prolongado compromiso laboral.
Robert Lynch despertó a la mañana siguiente con una cefalea atronadora y los estragos de una resaca monumental.
Abrió los ojos a duras penas bajo la intensa luz diurna que inundaba su habitación, sintiéndose completamente aturdido y semidesnudo.
No tardó más de un minuto en procesar la situación y una furia ciega lo invadió: —¡Maldita puta barata...
me drogó para desplumarme! —bramó, lanzándose sobre sus pertenencias.
Sin embargo, al revisar con desesperación la billetera que descansaba sobre la cómoda, su mandíbula cayó de golpe: todas sus tarjetas de crédito corporativas, sus documentos de identidad oficiales y el dinero en efectivo permanecían intactos en su lugar.