El Altar de la Lealtad #2
Kevin negó rotundamente con la cabeza, estrechándola contra su pecho. —No. Me niego a dejarte sola en esto.
—Si me amas, tienes que hacerlo por la seguridad de ambos —le suplicó ella—. En Moscú nadie dará crédito a que una agente calificada como despiadada y fiel a la patria claudicó ante los sentimientos por un ciudadano del enemigo.
—Podemos escapar juntos... Cruzar la frontera hacia un tercer país, tal vez instalarnos en Sudamérica bajo identidades nuevas —propuso Kevin, buscando una salida desesperada.
Anastasia negó con presteza. —Es imposible ahora. Debo concluir la fase actual de mi misión y convencer a mis oficiales superiores de que todo marcha según los protocolos establecidos.
—¿Qué es esa misión tan importante aquí en Colchester de la que no puedo enterarme? —insistió él.
—No estoy autorizada a revelártelo. Por favor, márchate a Londres o a cualquier otra ciudad del norte.
En cuanto la situación se estabilice, buscaré la forma de restablecer el contacto.
Bajo ninguna circunstancia intentes marcar a mi teléfono móvil, ya que las agencias gubernamentales podrían rastrear la señal y geolocalizarte.
Cuando llegue el momento propicio, yo te buscaré.
Ahora no puedo tomar una decisión definitiva.
Esa misma tarde, Anastasia remitió un informe cifrado de máxima prioridad a los servidores centrales de Moscú.
En el documento, comunicaba formalmente haber capturado el objetivo prioritario: el ingeniero civil a cargo del proyecto de infraestructura subterránea en Colchester, Robert Lynch, de quien planeaba extraer la información técnica definitiva sobre la planta de agua pesada.
Para el Alto Mando en Rusia, aquella instalación secreta distaba mucho de tener fines pacíficos o civiles; los analistas del Kremlin sospechaban de un desarrollo armamentístico militar de envergadura, especialmente bajo la sospecha de que asesores del gobierno de los Estados Unidos supervisaban los avances de la obra de ingeniería.
Con el reciente despliegue del letal Agente Cero en suelo británico —quien había asumido el control operativo en reemplazo del veterano Dimitri— y la impecable labor de Anastasia, calificada como una de las mejores piezas de infiltración en el Reino Unido, Moscú daba por sentada la victoria de la operación.
Todo parecía encajado en el altar del deber patriótico; sin embargo, el corazón de Anastasia la había traicionado al entrelazarse con el destino de Kevin Taylor.
Ahora, consumida por el dolor, se disponía a sacrificar su propia felicidad en pos del éxito del operativo estatal.
—Para que compruebe mis absolutas atenciones hacia usted, me complacería enormemente que aceptara acompañarme a una cena de gala —anunció Robert Lynch con tono ceremonioso, extendiéndole una elegante tarjeta de invitación sobre la mesa del Golden Lace —.
Se trata de un evento gubernamental de etiqueta en conmemoración por los logros técnicos alcanzados en los plazos previstos para la obra aquí en Colchester.
Al examinar la tarjeta, Anastasia supo que estaba tocando el cielo con las manos.
El propio Lynch le abría las puertas del sanctasanctórum de su investigación; aquella gala sería el escenario idóneo para recopilar las piezas restantes a través de las conversaciones indiscretas de los ingenieros y oficiales de la Armada que asistirían al cierre de la fase subterránea.
Inclinó la cabeza en señal de sutil sumisión y, dibujando una sonrisa perfecta en sus labios, se retiró hacia la zona de barras.
Horas más tarde, el Porsche negro de Lynch detuvo su marcha haciendo chirriar los neumáticos sobre la gravilla de una imponente residencia señorial en las afueras de Colchester.
El ingeniero civil hizo un esfuerzo por erguirse cuan alto le permitían sus escasos un metro sesenta de estatura.
Vestía un traje de etiqueta gris, una corbata azul a rayas diplomáticas y una vistosa flor roja prendida en la solapa.
A su lado, del brazo, avanzaba Anastasia, notablemente más alta que él; con astucia femenina, ella había optado por lucir un elegante vestido largo de seda escarlata que caía hasta sus tobillos, prescindiendo por completo de zapatos de tacón para no acentuar la disparidad física.
A juzgar por la sonrisa de oreja a oreja que exhibía Lynch, daba la impresión de ser un novio orgulloso cruzando el umbral de una catedral.
En el acceso principal, un ujier uniformado validó las tarjetas de invitación. Una vez en el gran salón, Lynch recorrió la estancia sin soltar a su acompañante ni un solo instante, saludando efusivamente a colegas y dignatarios.
—¡Ingeniero Lynch! —exclamó un hombre alto y enjuto llamado Harry, aproximándose con una copa de champán en la mano—. Qué enorme placer coincidir con usted... Veo que se ha presentado con una compañía verdaderamente deslumbrante —añadió, desvestiendo a Anastasia con la mirada.
Ella le devolvió una sonrisa protocolaria en el momento en que un camarero les ofrecía copas desde una bandeja de plata.
—¿Es el champán de su agrado, madame ? —indagó Harry, buscando conversación.