El Altar de la Lealtad
Steven Nolan no se mostró especialmente sorprendido ante el minucioso relato de Kevin sobre el verdadero origen de Anastasia. Aunque la conocía únicamente a través de las confesiones deslumbradas de su amigo, no alcanzaba a percibir ese halo de misterio que tanto atormentaba a Kevin.
—Todos mentimos sobre nuestro pasado en algún momento, Kevin —argumentó Steven con escepticismo—.
Que haya volado en primera clase desde Moscú en lugar de hacerlo desde Varsovia no cambia las cosas de raíz.
Hay decenas de explicaciones lógicas: la reserva pudo habérsela cedido un pariente adinerado o un cliente de la consultora que no pudo viajar a última hora.
Y en cuanto a que se alojara en un barrio caro de Londres como Fulham sin conocer la ciudad, es algo perfectamente justificable si la empresa le gestionó el hospedaje...
Kevin lo interrumpió, sacudiendo la cabeza con vehemencia.
—Me mintió desde el primer segundo, Steven.
Hay una zona oscura en su vida que se resiste con uñas y dientes a desvelar.
Sé que el cariño que sentía por mí era auténtico, pero su repentino distanciamiento y esas extrañas actitudes que tuvo después solo me generan dudas alarmantes.
—¿Qué clase de dudas?
—Su verdadero pasado.
—Escúchame bien: si oculta un secreto de su pasado y ha preferido cortar los lazos contigo, lo más probable es que lo haga para protegerte y evitar que sufras.
¿Qué pretendes hacer ahora? ¿Seguir torturándote cada vez que vayas al Golden Lace y la veas rodeada de hombres ebrios que intentan propasarse con ella, o vas a tener la dignidad de borrarla definitivamente de tu mente? —le espetó Steven con dureza.
—¿Y cómo se supone que haga eso? —preguntó Kevin, con un hilo de voz ausente.
—Para empezar, no volviendo a pisar ese maldito club nocturno. O mejor aún, marchándote de Colchester durante una temporada.
—No podría hacer algo así... Sería como dejarla completamente desprotegida —confesó él, clavando la vista en el suelo.
—¿De qué estás hablando, Kevin? ¡Despierta! Ella ya no quiere tener nada que ver contigo —sentenció Steven, elevando el tono de manera tajante.
Kevin agachó la cabeza, incapaz de rebatir el argumento.
—Lo siento, amigo... No era mi intención herirte —se disculpó Steven, suavizando el gesto y colocándole una mano firme sobre el hombro—. Pero necesitas confrontar la realidad.
Kevin asintió lentamente, con la mandíbula tensa. —Algunas realidades escuecen en lo más profundo, Steven, aunque uno se niegue a aceptarlas.
◆◆◆
— Estamos teniendo muchos problemas con la planta. La instalación no va a ser nada fácil de concluir en los plazos estipulados por el contrato —comentó el ingeniero Robert Lynch a su colega de obra, mientras permanecían sentados a una de las mesas VIP del Golden Lace.
—¿A qué se debe el retraso principal? —le preguntó su acompañante, un hombre maduro, canoso y con evidente sobrepeso, justo en el momento en que Anastasia se aproximaba para servirles dos jarras de cerveza, demorándose deliberadamente en la mesa para limpiar la superficie.
—El diseño subterráneo complica la logística de seguridad —explicó Lynch, ajeno a la presencia de la camarera—. Cavar a esa profundidad y asegurar el aislamiento total requiere el triple de tiempo de lo previsto.
—¿Y conoces el propósito real de semejante estructura bélica? —indagó su amigo, bajando la voz.
Lynch le hizo una señal con la mano para que se aproximara y le susurró unas palabras directamente al oído. Al escucharlo, el hombre canoso abrió los ojos de par en par, conteniendo el aliento, incapaz de articular palabra.
De pronto, rompiendo la distancia de cortesía, Robert Lynch estiró la mano y sujetó con firmeza la muñeca de Anastasia. —Princesa... ¿existe alguna posibilidad de que me permitas esperarte a la salida esta noche?
Anastasia le clavó una mirada gélida y analítica, liberándose del agarre con un movimiento brusco y decidido.
—Disculpa —se apresuró a decir Lynch, acomodándose la chaqueta—. Reconozco que he pecado de impulsivo. Pero la invitación sigue en pie.
Anastasia forzó una sonrisa, cambiando su semblante de inmediato para no arruinar su cobertura, y replicó con voz sugerente mientras se retiraba: —Hoy no, ingeniero...
Robert Lynch levantó el puño hacia su compañero en un gesto de triunfo burdo. —¿Lo ves? Está casi ganada. Solo es cuestión de tener un poco de paciencia.
—Es una mujer deslumbrante... Una conquista de primer nivel. Si no eres un tipo celoso, bien podrías compartirla en el futuro —comentó su amigo entre risas, apurando su copa de un solo trago.
—Esta clase de lujos no se comparten con nadie, mi amigo, a menos que sea ella quien dicte lo contrario —respondió Lynch, soltando una carcajada de suficiencia.
Desde el extremo opuesto del local, Anastasia sintió un vuelco en el estómago al descubrir a Kevin Taylor apoyado en la barra, consumiendo una copa en silencio.
Por un instante efímero, experimentó el deseo irrefrenable de correr hacia sus brazos, arrojar su placa y huir con él lejos de Inglaterra.
Sin embargo, la fría lógica del espionaje se impuso: su presencia allí representaba un peligro de muerte para la misión encomendada por Moscú.
Para colmo de males, vio cómo dos mujeres jóvenes se aproximaban a Kevin, entablando una conversación distendida entre risas y copas.
Un arrebato de celos incontrolable se apoderó de ella y, obviando cualquier protocolo de seguridad, cruzó el salón para encararlo.
—¿Qué se te ha perdido aquí? —le preguntó Anastasia, plantándose frente a él con la mirada encendida.
Kevin la contempló con una mezcla de sorpresa y amargura.
—¿Quién tiene autoridad para prohibirme la entrada al Golden Lace a tomar una copa?
Además, a ti no te estoy molestando —respondió, apurando el líquido restante mientras las dos jóvenes, incómodas ante la evidente tensión, intercambiaban una mirada de asombro y se retiraban de la barra.
—Te estás destruyendo a ti mismo, Kevin... Y yo no quiero ser la causa de tu sufrimiento —le suplicó ella, reduciendo el tono de voz a un susurro desesperado.
—Mucho más daño me hace el tener que vivir lejos de ti, a pesar de la montaña de mentiras sobre la que has construido tu vida —replicó él, sosteniéndole la mirada.
—¿De qué mentiras estás hablando? —inquirió ella, fingiendo demencia en un último intento de salvaguardar su identidad de Varsovia.
—Tú lo sabes perfectamente. Me has engañado desde el primer día, y empiezo a dudar seriamente de si el afecto que decías tener por mí fue real en algún momento.
Anastasia no halló fuerzas para replicar. Dio media vuelta y se alejó hacia la trastienda en absoluto silencio, mientras dos lágrimas pesadas surcaban sus mejillas.
A altas horas de la madrugada, incapaz de conciliar el sueño por el remordimiento y el alcohol, el teléfono de Kevin vibró en la mesita de noche.
Era un mensaje de Anastasia: «Necesito hablar contigo urgentemente.
Te espero en mi apartamento hoy a las 8:00 a.m.» .
Kevin exhaló un profundo suspiro de alivio, clavando la vista en el techo como quien encuentra una redención inesperada; solo entonces logró dormir un par de horas, arropado por la certeza del reencuentro.
Cuando el joven se presentó esa mañana en el umbral del apartamento, intentó articular una disculpa pero Anastasia le selló los labios con suavidad utilizando la palma de la mano. Se apoyó contra la mesa del comedor, atrayéndolo hacia sí.
Permanecieron unos segundos frente a frente sin decir una palabra.
Se besaron con una desesperación contenida y terminaron entregándose el uno al otro en el dormitorio, ajenos por unas horas a las amenazas del mundo exterior.
Pasado el mediodía, mientras permanecían abrazados bajo las sábanas, Anastasia levantó la mirada y rompiendo la tregua, sentenció: —Tenemos que hablar, Kevin.
Él la observó fijamente, tomándole las manos. —¿Por qué me mentiste sobre tu identidad? ¿Quién eres en realidad?
Ella guardó un silencio sepulcral, escudriñando sus facciones.
—Cuando nos distanciamos, investigué tus registros de entrada al país —confesó Kevin, mirándola directamente a los ojos—.
Averigüé detalles que no encajan en absoluto con el pasado polaco que me hiciste creer.
Volaste desde Moscú en primera clase y alquilaste un piso de lujo en Fulham.
¿Por qué ocultar algo así? No habría nada malo en ello si fueras una ciudadana común.
Finalmente, la agente rusa comprendió que la fachada civil se había desmoronado por completo. Asintió lentamente, asumiendo el peso de sus palabras.
—Tienes razón... No soy la persona desvalida que crees conocer —admitió Anastasia con una pasmosa naturalidad—. Mi nombre real es Anastasia Ivanova, y soy una oficial operativa de los servicios de inteligencia de la Federación Rusa.
—¿Una... una espía? —balbuceó Kevin, desencajado por el asombro, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
—Sí, una agente encubierta enviada al Reino Unido con la misión de sustraer información clasificada de interés estratégico para el Kremlin.
Pero soy humana, Kevin... Terminé enamorándome de ti, y ese es un error que mis camaradas de Moscú jamás me van a perdonar.
Tu vida corre un peligro inminente porque la red operativa ignora tu verdadera identidad y te perciben como una amenaza.
Mi existencia ha entrado en un conflicto brutal entre la lealtad ciega a mi patria y el afecto que te profeso.
Pero el peligro no proviene solo de Rusia; si el MI5 llega a interceptarnos, serás arrestado por el servicio secreto británico y acusado de alta traición a la corona por complicidad, destruyendo tu vida para siempre.
Anastasia hizo una pausa, colocándole una mano temblorosa en el hombro, con la voz quebrada por el llanto. —Por lo que más quieras, necesito que te alejes de mí de inmediato. No me busques más. Abandona Colchester hoy mismo, por favor.