Enigma En Maldon Hilos Cruzados
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Hilos Cruzados

—Da la impresión de que al amigo Murray le fascina viajar en lo peor del invierno; aunque, a juzgar por las notas, no parece haber hecho mucho turismo —comentó James con una sonrisa irónica, arrojando la carpeta sobre el escritorio ante la mirada de sus compañeros.

—¿No les parece demasiada casualidad ese viaje a Moscú? —intervino Grace, analizando los datos—. Un viaje de placer no es, de eso estoy segura. A menos que Murray posea intereses comerciales ocultos en Rusia, es una línea que deberíamos investigar a fondo.

—Muchas veces se dice que no hay que juzgar a la gente por las apariencias, y yo suelo aplicarlo —aportó Linda, cruzándose de brazos—, pero Murray reunía todas las expresiones y condimentos necesarios para convertirse en sospechoso desde el primer minuto.

—Es verdad —coincidió Arthur, repasando las hojas—. No nos equivocamos aquel día en la jefatura cuando coincidimos en que estábamos ante un pez gordo al que debíamos presionar durante su declaración.

Poco después, aprovechando una pausa en la jornada, el equipo se reunió en torno a una mesa de café.

—¿Entonces, James... existe la posibilidad de que vuelvas con Katherine? —preguntó Grace de manera directa, rompiendo el hielo.

James dejó la taza sobre la mesa y soltó un hondo suspiro.

—La soledad puede llegar a ser devastadora a veces, no lo niego...

Extraño muchísimo a mi hijo, pero intentar empezar de nuevo nunca es una tarea sencilla, y menos cuando cargas con la sensación de haber fracasado previamente con la misma persona.

—¿Por qué falló el matrimonio exactamente? —indagó Arthur con cautela.

—Porque en cierto momento hice todo mal —admitió James, con la mirada perdida—. Y para cuando fui consciente de mis propios errores, ya era demasiado tarde. Me abandonó y se llevó a Nick a Liverpool.

—Se lo llevó porque legalmente le correspondía la custodia, James, no te lo robó —sentenció Linda con un tono firme, casi cortante.

El inspector guardó silencio un instante y asintió con la cabeza. —Sí, tienes razón, Linda. Pero a veces los sentimientos no entienden de razones legales ni de procesos judiciales. De cualquier manera, me tomaré el tiempo necesario para meditarlo bien.

Al terminar la pausa, el grupo comenzó a dispersarse para regresar a sus puestos, pero Linda prefirió quedarse rezagada en la mesa, terminando su café en silencio. Grace lo notó, detuvo sus pasos y regresó sobre el umbral para mirarla con fijeza.

—Te ha dolido lo que ha contado James sobre su familia, ¿no es verdad? —preguntó Grace con suavidad.

—¿A qué te refieres con eso? —replicó Linda, a la defensiva y midiendo sus palabras.

—Tú sabes perfectamente a qué me refiero, Linda —respondió Grace, con una mueca de madurez—. Conozco a James lo suficiente como para anticipar que este intento de reconciliación no va a terminar bien.

—Él es un hombre adulto y sabe muy bien lo que hace. Con toda sinceridad, me alegro por él si encuentra la felicidad —concluyó Linda, sosteniéndole la mirada.

Grace la observó en silencio durante unos segundos, sopesando la tensión en el ambiente, pero prefirió no prolongar la conversación. Después de todo, ¿quién era ella para juzgarla?

Londres — 15 meses antes del asesinato

Robert Lynch era un ingeniero civil irlandés de unos cincuenta años, contratado temporalmente por el gobierno británico para la supervisión de un importante proyecto de infraestructura en la ciudad de Colchester.

Anastasia Ivanova lo sabía al detalle; poseía los informes pormenorizados de inteligencia que el Servicio de Inteligencia Exterior ruso (SVR) le había suministrado meticulosamente antes de su despliegue.

Lynch se había convertido en un cliente habitual del Golden Lace , donde solía acudir siempre rodeado de un séquito de amigos y colegas de obra. Hombres que, al calor del alcohol y la música estridente, terminaban relajando la guardia y hablando más de la cuenta.

Los ojos del irlandés siempre buscaban a Anastasia entre la penumbra, insistiendo una y otra vez en invitarla a salir. Ella declinaba las propuestas con una estudiada timidez, pero cuidándose siempre de dejar la puerta abierta para el siguiente encuentro.

«Hay que cerrar los ojos y pensar en otra cosa», se repetía Anastasia para sus adentros, blindando su mente.

Sabía que muchas de sus compañeras en las academias de Moscú se habían visto obligadas a someterse a relaciones sexuales con hombres repugnantes, o incluso con otras mujeres, con tal de extraer información crucial.

En el manual de la inteligencia rusa, todo recurso era válido si servía al éxito de la misión.

Kevin Taylor, en cambio, quedaría relegado en su memoria como un reducto de amor puro y genuino, un lazo que se había visto forzada a romper de cuajo con la única intención de salvarle la vida.

Él probablemente jamás llegaría a comprenderlo, pero aquel distanciamiento cruel era lo mejor para los dos.

En las oficinas del departamento de Migraciones de Londres, el funcionario a cargo, un hombre de piel oscura y cabello ralo y canoso, frunció el ceño con evidente desconfianza cuando Kevin Taylor le solicitó los registros de entrada al país de la ciudadana polaca Anastasia Ivanova.

—No estamos autorizados a facilitar ese tipo de información confidencial a particulares, a menos que medie una orden expresa de un organismo oficial —sentenció el empleado, ordenando unos papeles sobre su mesa como señal inequívoca de que la entrevista había terminado—. Lo lamento, señor.

—Por favor, se trata de una situación excepcional —insistió Kevin, inclinándose sobre el mostrador—. Soy un familiar directo. Necesito averiguar con urgencia el paradero de mi prima en Londres para poder prestarle ayuda económica y...

—Le he dicho que lo lamento, pero no hay nada que yo pueda hacer —le cortó el funcionario con frialdad, antes de levantarse de su asiento y retirarse hacia los despachos internos.

Kevin golpeó la palma de su mano con el puño en un gesto de profunda rabia y frustración.

Sin embargo, cuando cruzaba el vestíbulo dispuesto a abandonar el edificio oficiales, creyó escuchar su nombre a sus espaldas.

Giró la cabeza de inmediato y se encontró con una mujer joven que avanzaba hacia él con una sonrisa radiante a flor de labios.

Kevin la observó desconcertado durante unos instantes, intentando ubicar sus facciones. —¿Nos conocemos? —preguntó.

—¡Por supuesto! Soy Kate... Kate Leney. Fuimos compañeros en la universidad, Kevin.

—¡Dios mío, Kate! —exclamó él, llevándose las manos a la cabeza antes de fundirse con ella en un cálido abrazo—. Cuántos años... ¿Cómo estás?

—Yo muy bien. Pero a ti te veo desmejorado, Kevin. Pareces muy preocupado.

—He tenido algunos contratiempos últimamente, asuntos personales... Nada que no pueda manejar —esquivó él, intentando forzar una sonrisa.

—No te imaginas cuánto te eché de menos cuando abandonaste la facultad de medicina tras lo que les ocurrió a tus padres —admitió Kate con sinceridad—. Intenté localizarte a través de las redes sociales en varias ocasiones, pero me resultó imposible seguirte el rastro.

—Sí, es verdad... Decidí aislarme del mundo por un tiempo para vivir el duelo en absoluta soledad —confesó Kevin, con un hilo de tristeza en la voz. Luego, tratando de desviar la atención, añadió—: ¿Y tú qué haces aquí en el edificio de Migraciones?

—Trabajo aquí, de hecho. Pero dime, ¿qué gestión estabas intentando hacer en los mostradores? —indagó ella con curiosidad.

—Estoy intentando localizar a una prima de escasos recursos que llegó recientemente desde Polonia para trabajar en Londres —explicó Kevin, recurriendo a la coartada que había ensayado—.

Quiero averiguar su dirección de residencia para poder brindarle ayuda, pero desgraciadamente el personal de atención se niega a darme cualquier detalle.

—Bueno, yo puedo echarle un vistazo al sistema por ti —se ofreció Kate de inmediato—. ¿Qué datos tienes de ella?

Kevin sintió un ligero ramalazo de nerviosismo. —¿No te traerá problemas con tus superiores? ¿Tienes contactos en esa sección?

—Tengo acceso directo a las bases de datos, Kevin. Dame su nombre completo, el mes y el año estimado en que arribó a Inglaterra.

—Llegó en marzo de 2021. Su nombre es Anastasia Ivanova —respondió él.

—Necesitaría también el día exacto de ingreso y, si lo supieras, la compañía aérea en la que viajó —añadió Kate, tomando nota en una pequeña libreta.

Kevin negó con la cabeza, frustrado. —La verdad es que no dispongo de más información.

Ella exhaló un suspiro, sopesando la situación.

—Son datos muy escasos para un rastreo rápido, pero veré qué puedo averiguar en el sistema informático central.

Pásate por mi oficina mañana a primera hora; estoy segura de que para entonces habré conseguido algo tangible sobre tu prima —concluyó Kate, despidiéndose con un beso en la mejilla.

A la mañana siguiente, mientras compartían un café en su despacho, Kate le confió que ella también había terminado abandonando la carrera de medicina tras la universidad, pero que había logrado encauzar su carrera administrativa hasta conseguir una jefatura con oficina propia en el departamento de Migraciones.

En el plano personal, le contó que convivía con un hombre bastante mayor que ella, pero que se sentía plenamente feliz y realizada.

De pronto, su expresión jovial se tornó seria y profesional.

—Estuve recabando la información que me pediste sobre tu prima, Kevin. Y hay ciertos registros oficiales en el archivo que te van a sorprender bastante.

—¿A qué te referieres? —preguntó él, enderezándose en la silla.

—Ven, acompáñame a la terminal de mi escritorio —le indicó ella, encendiendo el monitor.

Kate abrió un expediente digital encriptado y comenzó a leer las líneas informáticas en voz alta: —Anastasia Ivanova.

Ingresó al territorio del Reino Unido portando un pasaporte de la República de Polonia el 5 de marzo de 2021.

Procedía directamente del Aeropuerto Internacional de Sheremétievo, en Moscú, a bordo del vuelo 518 de la compañía British Airways.

—¿Desde Moscú? —interrumpió Kevin, estupefacto.

Kate lo miró fijamente por encima de la pantalla y prosiguió con la lectura: —Viajó en primera clase, ocupando el asiento número seis de la cabina preferente.

Al arribar al control migratorio del aeropuerto de Heathrow, manifestó formalmente ingresar en calidad de turista y declaró haber alquilado un apartamento residencial en el barrio de Fulham —Kate hizo una pausa significativa—, uno de los distritos más exclusivos y costosos de toda la capital.

Esa es toda la información que consta en nuestros registros oficiales, Kevin.

Si quieres, puedo volcar los archivos en un pendrive para que te los lleves —concluyó, cerrando la sesión informática y recostándose en su sillón de cuero.

Kevin permaneció mudo durante unos segundos angustiosos, incapaz de articular palabra, limitándose a negar con la cabeza con la mirada fija en el vacío.

—Nada de la historia que me habías contado sobre tu prima es verdad, ¿cierto? —le soltó Kate, clavándole una mirada inquisitiva.

—¿Por qué lo dices? —balbuceó él.

—Porque no encaja por ningún lado, Kevin.

No provino de Polonia, voló en clase ejecutiva desde Rusia y fijó su residencia en Fulham.

Digamos que para ser una humilde inmigrante que viene a matarse a trabajar para enviar remesas a sus familiares, su nivel de vida no coincide en absoluto con tu relato familiar —Kate cruzó los brazos—.

O te han mentido descaradamente a ti, o tú has intentado mentirme a mí.

—Las dos cosas —admitió Kevin, dejando escapar todo el aire de sus pulmones.

—¿Por qué me ocultaste la verdad? —indagó ella, suavizando el tono al notar su desesperación.

—Porque no estaba seguro de si accederías a ayudarme si te contaba la realidad. Solo buscaba desesperadamente información verídica sobre ella... Anastasia no es mi prima, Kate.

—¿Y quién es entonces?

—Es la mujer de la que me he enamorado—confesó Kevin, con la voz quebrada—. Fuimos inmensamente felices durante un breve período de tiempo, pero, de la noche a la mañana, todo cambió de forma drástica.

Desbordado por la presión, Kevin terminó confesándole a su antigua compañera de universidad cada detalle de lo ocurrido: el repentino romance en Colchester, el tajante rechazo posterior y el perturbador descubrimiento de su doble vida como camarera en el Golden Lace .

—¿Y qué crees que se esconde detrás de todo este entramado? —preguntó Kate, visiblemente preocupada tras escuchar el relato.

Kevin negó con la cabeza, abrumado por las revelaciones.

—No tengo la menor idea. De pronto, todo se ha vuelto sumamente oscuro, confuso y peligroso.

Por más que intentaba comprender sus motivos, la barrera que ella levantaba a su alrededor se volvía cada vez más impenetrable.

Por eso me propuse investigar su pasado desde el día en que pisó Londres.

Lo demás ya lo has visto en la pantalla.

Kate lo meditó unos instantes antes de sugerir una alternativa operativa.

—Las terminales de Migraciones están interconectadas con las bases de datos de Interpol.

Si lo deseas, puedo solicitar un rastreo internacional formalizado sobre la identidad real de esa ciudadana extranjera en el Reino Unido.

—No... No creo que sea necesario llegar tan lejos —declinó Kevin, asustado por las implicaciones—. Probablemente no sea más que una red de mentiras personales entre nosotros.

—De acuerdo, es tu decisión —aceptó Kate, dándole una palmada de apoyo en el brazo—. Pero si en algún momento cambias de opinión o necesitas que profundice en el sistema, no dudes en avisarme.

—Lo haré, Kate. Te lo agradezco de corazón —concluyó Kevin, guardando el pendrive en su bolsillo con la terrible certeza de que acababa de abrir una caja de Pandora de la que ya no podría escapar.