Enigma En Maldon Fachadas e Infiltración
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Fachadas e Infiltración

Despertaron cuando los primeros rayos de sol comenzaban a filtrarse a través del ventanal de la habitación, acompañados por el frescor de la lluvia que aún persistía en el ambiente.

El amanecer traía consigo esa energía renovada y limpia, tan característica de los días posteriores a una gran tormenta.

Aprovechando el clima templado, Kevin invitó a Anastasia a pasar la jornada en Frinton-on-Sea, un apacible pueblo costero del condado.

Pese a la ausencia de sol y al cielo plomizo, Anastasia contempló el mar picado y, con una sonrisa desafiante, le propuso a Kevin nadar hasta una baliza que flotaba a lo lejos. Ella llegó al objetivo varios segundos antes.

—Me venciste en una carrera primero, ahora me superas en el agua—comentó Kevin, aferrado a la baliza entre risas y jadeos—. ¿Acaso eres la Mujer Maravilla?

Ella no respondió; se limitó a flotar sobre las olas mientras en su mente evocaba los cincuenta metros que recorría a diario en una piscina olímpica de Moscú, compitiendo bajo el cronómetro militar junto a sus camaradas del servicio.

La lluvia regresó con fuerza justo cuando entraban al apartamento de Anastasia. Kevin hizo el amago de quitarse la chaqueta con la clara intención de quedarse, pero ella lo detuvo, negando firmemente con la cabeza.

—Hoy no, Kevin. Conservemos el recuerdo de lo hermoso que ha sido el día —sentenció ella.

Kevin se mostró desconcertado, incapaz de dar crédito a las palabras que acababa de escuchar. —¿Por qué? ¿Acaso no lo has disfrutado tanto como yo?

—Sí, y mucho —admitió Anastasia, aproximándose al gran ventanal—. Pero esta relación debe terminar aquí. No quiero convertirme en tu amante ni que esto se transforme en una rutina. Tómalo simplemente como una aventura de verano.

—Para mí no ha sido una aventura más —replicó Kevin, dolido.

Ella le dio la espalda, clavando la vista en el paisaje lluvioso de la calle antes de responder, midiendo cada una de sus mentiras de cobertura. —Vine desde Polonia con el único propósito de trabajar y ayudar a mi familia; ellos no lo están pasando nada bien allí.

—Te entiendo perfectamente, pero eso no nos impide seguir juntos —insistió Kevin con total sinceridad—. Puedes continuar con tu vida normal. Me gustas demasiado, Anastasia, no quiero perderte.

—Tú también me gustas, Kevin, pero esto no es lo que vine a buscar a Inglaterra —respondió ella, forzando una frialdad que no sentía—. Tarde o temprano tendré que regresar a mi país, y no quiero que sufras cuando llegue el momento de mi partida.

—¿Pero cuándo ocurrirá eso? Podemos seguir viéndonos hasta entonces...

El rostro de Anastasia se volvió severo y negó con la cabeza.

—¿Podemos ser amigos al menos? —sugirió él, en un último intento desesperado.

Ella bajó la mirada, ocultando la culpa. —Vete, por favor.

Resignado y con el corazón roto, Kevin abandonó el edificio.

Para Anastasia la ruptura tampoco fue sencilla, pero la disciplina militar imperaba: sabía perfectamente que no podía revelarle la verdad.

Su vida misma dependía de salvaguardar el secreto de su identidad como agente de inteligencia.

La delicada misión que tenía asignada en el Reino Unido no toleraba distracciones y, mucho menos, involucrarse emocionalmente con un ciudadano civil.

Meses después de su arribo a Colchester, el encargado del Golden Lace la examinó de arriba abajo con mirada lasciva. Anastasia se había presentado en el local nocturno tras leer un anuncio clasificado donde solicitaban camareras y bailarinas para el espectáculo de la noche.

—El salario base no es gran cosa —advirtió el hombre, un tipo rudo llamado Ian—, pero si eres lista y atiendes bien a los clientes, las propinas pueden ser muy generosas.

Ella asintió, fingiendo sumisión. —Necesito el trabajo, señor.

—Deja tu nombre, dirección y número de teléfono en este formulario. Veré qué puedo hacer, aunque hoy se han presentado bastantes postulantes.

—Gracias, señor —respondió Anastasia.

Mientras rellenaba los datos falsos, Anastasia sonrió para sus adentros.

Aquel turbio club nocturno era el enclave perfecto para sus fines operativos: los hombres de negocios y los funcionarios locales, obnubilados por el alcohol y los estupefacientes, solían soltar la lengua con una ligereza pasmosa, revelando secretos que en condiciones normales custodiarían bajo llave.

Además, una simple camarera en un club nocturno de escasa notoriedad difícilmente levantaría las sospechas del MI5; un camuflaje ideal, especialmente para alguien que ya había tenido que resolver problemas delicados dentro de la propia red rusa en Colchester.

El tiempo transcurrió inexorable. Fueron más de tres meses de ausencia en los que Kevin se ahogó en una profunda marea de tristeza, una depresión que intentó anestesiar mediante el consumo desmedido de sustancias y alcohol.

Kevin comenzó a dormir durante el día y a vivir de noche, deambulando sin rumbo de pub en pub, hasta el punto de que en más de una ocasión los encargados de los locales le pidieron de forma "amable" que se retirara debido a su estado.

Un martes cualquiera, su ruta autodestructiva concluyó en la barra del Golden Lace .

Entre la penumbra y los efectos del alcohol, creyó divisar la silueta de Anastasia, pero de inmediato sacudió la cabeza, atribuyéndolo a una alucinación provocada por la bebida y su propio deseo obsesivo de encontrarla.

Sin embargo, durante el resto de la semana, una pregunta insistente no dejó de atormentarlo: «¿Y si realmente era ella? ».

Acosado por la duda, el viernes siguiente regresó al local.

Y esta vez no hubo margen para el error: la encontró. Anastasia vestía el uniforme de camarera del club mientras servía una bandeja en una de las mesas VIP.

Kevin la tomó bruscamente del brazo, obligándola a girarse hacia él.

—¿Qué demonios haces aquí? —le exigió, con la voz rota.

Ella, visiblemente sorprendida por el encuentro, tardó unos instantes en recomponer su máscara profesional. —Es mi trabajo —respondió con frialdad y sequedad.

—¿No me dijiste que trabajabas para una consultora internacional?

—Así era, pero el contrato llegó a su fin y la empresa decidió no renovarlo —improvisó ella con soltura—. Me vi obligada a buscar ingresos y surgió esta oportunidad.

—¡Este no es un lugar para ti! ¡Es un maldito club nocturno de mala muerte! —le recriminó Kevin, alzando la voz.

—Un trabajo es un trabajo, Kevin —replicó ella con un tono autoritario que lo dejó helado, antes de apartarse para atender otra mesa.

Kevin dejó su pinta de cerveza a la mitad y abandonó el establecimiento con el estómago revuelto y masticando una tremenda frustración.

Sin embargo, cuando estaba a punto de abrir la puerta de su coche en el aparcamiento, escuchó unos pasos apresurados tras de sí; era Anastasia, que corría hacia él con los ojos empañados en lágrimas.

—No lo entiendo, Anastasia... ¿Por qué tienes que trabajar precisamente en un sitio como este? —preguntó él, ablandado por su llanto.

—Quiero que me entiendas, Kevin... Vine a este país con la obligación de ahorrar cada libra posible para enviarla a mi familia —explicó ella, abrazándose a su mentira—.

Aquí la gerencia me trata bien, el sueldo nocturno es elevado y, cuando concluye el espectáculo, la empresa cuenta con seguridad privada para escoltarnos a todas a casa.

—Pero no deja de ser un burdel encubierto...

—A mí nadie me pone la mano encima, te lo aseguro —le cortó ella de inmediato—. Los clientes me invitan a salir constantemente al terminar el turno, pero jamás acepto. Mientras tanto, sigo buscando un empleo diurno en las oficinas de la ciudad.

Kevin la contempló en silencio durante unos segundos angustiosos. —¿Te puedo esperar a la salida para llevarte a tu apartamento?

—No, Kevin. Por favor, no vengas más a buscarme.

Anastasia lo estrechó en un abrazo repentino y de una intensidad abrumadora; luego, desprendiéndose de él con brusquedad, le dio la espalda y regresó al club en absoluto silencio.

Días más tarde, ya más calmado y de regreso en su apartamento, Kevin continuaba dando vueltas a la confesión de Anastasia.

Una sospecha intuitiva le decía que la joven no le estaba revelando toda la verdad sobre su vida.

Recordó entonces el gimnasio de artes marciales que ella frecuentaba en el barrio de Fulham, en Londres, y la excelente relación que mantenía con sus compañeros de entrenamiento.

Decidido a obtener respuestas, tomó un tren a la capital y se presentó en el centro de combate.

—Anastasia dejó de asistir a las clases hace ya varios meses —le explicó Mikhail, el instructor jefe, tras escuchar su consulta—.

Fue una verdadera lástima que se marchara; era una excelente atleta y una gran persona —añadió tras una breve pausa—.

Si mal no recuerdo, se mudó a Colchester porque ya tenía un puesto ejecutivo completamente asegurado allí. ¿Usted es familiar de ella?

—Soy un primo lejano —mintió Kevin, tratando de sonar natural—.

Sus parientes en Polonia me informaron de su viaje a Inglaterra y he estado intentando localizarla.

Por casualidad... ¿recuerda algo inusual?

¿Alguna actitud extraña o fuera de lo común de Anastasia durante el tiempo que entrenó en este gimnasio?

Mikhail lo escudriñó con la mirada durante unos instantes, visiblemente desconfiado. —No alcanzo a comprender a qué se refiere exactamente, señor.

—Olvídelo, disculpe. Gajes de la preocupación familiar —se retractó Kevin de inmediato.

—Mire... Anastasia siempre comentaba que vivía completamente sola en Londres y que carecía de amigos o familiares en el país —añadió Mikhail, suavizando el tono—.

Por eso valoraba tanto el ambiente del gimnasio.

Sin embargo, hacia el final de su estancia, un hombre mayor venía a esperarla de forma regular a la salida.

Parecía tener edad para ser su abuelo, pero ella jamás hizo mención alguna sobre él.

—¿Cómo era ese hombre? ¿Podría describírmelo? —preguntó Kevin, sintiendo un vuelco en el corazón.

—Lo único que recuerdo con nitidez es que tenía el cabello completamente blanco y vestía siempre trajes oscuros de corte clásico —concluyó el instructor.

Kevin estuvo a punto de añadir algo más, pero prefirió guardar silencio. Se despidió cordialmente de Mikhail y abandonó el gimnasio a paso rápido, mientras la inquietante imagen del misterioso anciano de traje gris que vigilaba a Anastasia comenzaba a encajar de forma peligrosa en su cabeza.