Enigma En Maldon Las Raíces del Invierno #2
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Las Raíces del Invierno #2

—¿De qué está hablando? —preguntó ella, recobrando la distancia y la sequedad profesional.

—De tu chalina roja atrapada en las puertas del subterráneo de Londres. ¿Lo recuerdas?

Anastasia lo escudriñó con la mirada durante unos segundos de máxima tensión, hasta que la seriedad de su rostro se derritió en una sonrisa auténtica.

—¿Eres tú?

—El mismo a quien te negaste a concederle un café hace meses —respondió él con una sonrisa franca.

—Bueno... aquel día arrastraba ciertos asuntos complejos que requerían una solución urgente —se justificó ella—. Pero, ¿qué haces tú aquí en Colchester?

—Vivo aquí. Mi nombre es Kevin —se presentó, extendiéndole la mano.

—Me llamo Anastasia —respondió ella, estrechándola—. Razones laborales me han obligado a radicarme por un tiempo en esta zona. No me desagrada la ciudad, pero desde luego, Londres es Londres.

—Me alegra muchísimo haber coincidido contigo de nuevo —admitió Kevin, acomodándose en la barra con clara intención de prolongar el encuentro.

Anastasia apuró el fondo de su copa y se dispuso a recoger sus pertenencias. —Ha sido un verdadero placer volver a verte, Kevin.

—¿Vas a huir de mí otra vez? —indagó él con tono de broma.

Ella sonrió de medio lado. —No, nada de eso. Lo que ocurre es que aguardo una llamada de negocios de suma importancia en mi apartamento y debo estar allí para recibirla.

Kevin ladeó la cabeza, buscando una oportunidad. —¿Vives muy lejos? Podría llevarte en mi coche.

—No es necesario, de verdad. Vivo a escasas dos calles de aquí —declinó ella amablemente.

Él asintió y extrajo su teléfono móvil con rapidez. —Al menos déjame darte mi número. Si alguna vez decides que es un buen momento para ese café, solo tienes que llamarme.

Anastasia aceptó la tarjeta digital con un gesto ambiguo, no muy convencida por las estrictas directrices de seguridad de su entrenamiento.

—De acuerdo. Te prometo que te escribiré —le aseguró antes de salir al aire de la noche.

Kevin la vio alejarse bajo las luces de las farolas, embargado por la firme y grata certeza de que el destino los volvería a cruzar muy pronto.

A Anastasia le costó varios días tomar la decisión de contactarlo, pero finalmente cedió.

Quizás su juventud latente y el deseo genuino de compartir un espacio humano pudieron más que los severos manuales de contraespionaje que regían su vida.

Había conocido a muchas camaradas en los servicios que se acostaban con hombres detestables en Occidente con el único fin de extraer información confidencial; pero este escenario era radicalmente distinto.

Kevin poseía virtudes de sobra para no ser rechazado: era alto, de físico atlético, rasgos perfectos y una mirada transparente que denotaba honestidad.

Además, Anastasia sentía la necesidad imperiosa de conectar con alguien ajeno al opresivo entorno de su red operativa, sobre todo si la persona le resultaba genuinamente atractiva.

En su historial nunca había habido espacio para las citas; solo se había enamorado una vez, de Artem, un apuesto teniente de la inteligencia naval rusa que terminó abandonándola para regresar con su primer amor de la adolescencia.

Esa noche, Anastasia se sentía extrañamente cómoda al lado de Kevin, disfrutando de su tercera copa de vino y repitiendo las elaboradas mentiras oficiales sobre su supuesta infancia en la lejana Varsovia.

Le sedujo de inmediato la propuesta de Kevin de realizar una excursión al día siguiente por la pintoresca costa de Maldon.

Cuando Kevin la despidió horas más tarde en el umbral de su apartamento, ella, arrastrada por un impulso imprevisto, le plantó un beso fugaz en los labios y le soltó la mano con suavidad.

—Un solo beso sabe a muy poco para una noche como esta —susurró Kevin, reteniéndola con la mirada.

Ella negó con la cabeza, sonriendo con misterio. —Mañana nos veremos. Gracias por una velada maravillosa —respondió, cerrando la puerta con delicadeza.

Recostado en su cama esa madrugada, Kevin pensó que la vida lo había bendecido al poner a Anastasia en su camino. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el futuro podía traer algo bueno «Trataré de no cometer ninguna estupidez para no arruinarlo», se prometió a sí mismo.

Pero los destinos humanos no se eligen; sean trágicos o afortunados, solo queda aceptarlos tal como vienen.

Al día siguiente, Kevin contempló con asombro la resistencia física de Anastasia, quien trotaba a un ritmo veloz sin mostrar el menor signo de agitación, llegando a superarlo en varios tramos a lo largo del paseo marítimo de Maldon.

Dejando escapar un hondo suspiro de cansancio, le comentó al alcanzarla: —Creía que estaba en buena forma, pero siempre hay alguien capaz de dejarte atrás.

—A mí también me apasiona correr y lo practico con regularidad, pero vamos muy parejos —le animó ella, acelerando el paso.

De pronto, las nubes del mar se cerraron y comenzó a llover con fuerza sobre la costa. Kevin divisó un refugio cercano y descendieron apresuradamente del paseo hacia un pequeño local de comida rápida.

—Llegamos justo a tiempo —alcanzó a decir él, mientras una intensa cortina de agua golpeaba los cristales del establecimiento.

Anastasia exhaló una risa cristalina; sus ojos verdes parecían dibujados con la precisión de un compás, y por los mechones de su cabellera dorada resbalaban gruesas gotas de lluvia.

Se sentía plenamente feliz al lado de Kevin, arropada por el tentador aroma de las hamburguesas y las patatas fritas del lugar.

Su rostro, iluminado por una sonrisa sincera, traslucía una mezcla de alegría pura y una sutil, casi imperceptible, nostalgia.

El humilde local de comidas se transformó en un refugio cálido donde el tiempo parecía congelarse, permitiendo que ambos se descubrieran desarmados, disfrutando de la magia de una conexión humana genuina en medio de la tormenta.

Ella experimentaba una dicha por partida doble: sabía que no estaba fingiendo lo que empezaba a sentir por él y, durante esas horas perfectas, logró olvidarse por completo de quién era en realidad, tejiendo una coraza de acero en su mente para que el peso de Moscú no regresara a reclamarla.

Al calor de la mesa, Kevin le confió los pormenores de su vida.

Una lágrima asomó a sus ojos al recordar el trágico accidente automovilístico en el que había perdido a sus padres años atrás, un golpe tan devastador que lo había llevado a abandonar la carrera de medicina.

En la actualidad, subsistía gracias a las rentas de un negocio familiar y de dos apartamentos heredados en el condado.

—A veces —susurró Anastasia, mirándolo con una ternura desconocida en ella—, la vida nos arrebata de golpe lo que más amamos.