Las Raíces del Invierno
La joven entró apresurada a la estación del subterráneo, con el tiempo justo, sin advertir que el extremo de su chalina roja había quedado atrapado entre las puertas automáticas de la formación en movimiento.
Al sentir el tirón violento, forcejeó presa del pánico, incapaz de liberarse, hasta que unas manos rápidas y decididas reaccionaron desde el andén para desactivar el mecanismo de emergencia.
La joven, a punto de perder el equilibrio y caer al suelo, fue sostenida firmemente por una pasajera, mientras la multitud, al presenciar la escena, comenzó a aplaudir a un joven que, exhalando un suspiro de alivio, agradecía el reconocimiento de la gente.
—Muchas gracias, señor... Mi torpeza me ha llevado a cometer una imprudencia imperdonable —dijo la muchacha, acomodándose la prenda.
—No te culpes. A mucha gente le sucede lo mismo; aunque el servicio de la Central Line es muy eficiente, las puertas cierran demasiado rápido —contestó él, un joven alto y atlético que vestía ropa deportiva.
Ella se limitó a sonreír de forma cortés y, de inmediato, le dio la espalda para abordar el siguiente tren y descender poco después en la estación de Lancaster Gate.
Él también bajó en la misma parada y, apurando el paso, le tocó suavemente el hombro.
Ella se dio la vuelta de golpe; sus ojos, grandes y de un verde magnético, se abrieron de par en par ante él con una frialdad analítica.
—Perdón —se disculpó él al notar el rostro severo y la mirada fija de la joven, que no le quitaba los ojos de encima—. Solo quería invitarte a tomar un café.
Ella exhaló un suspiro helado. —Le agradezco mucho su ayuda en el andén, señor, pero aquí termina nuestra conversación —respondió, alejándose a paso firme hacia la salida.
«Es pedante, pero Dios mío, es hermosa», pensó el hombre para sus adentros mientras la veía perderse entre la multitud de Londres.
En el interior de un gimnasio discreto, la joven giró la cabeza hasta ponerla en paralelo con el hombro y, aprovechando el impulso de su cadera, arrojó una patada lateral certera que impactó de lleno en el rostro de su oponente.
El hombre cayó al suelo de la lona, quejándose de dolor y llevándose las manos a la cara.
—Buen golpe —aprobó Mikhail, el instructor jefe de Systema , el arte marcial de combate de las fuerzas especiales—. Pronto estarás lista para el examen del cinturón negro.
La joven se secó el sudor de la frente con el antebrazo y asintió en silencio, mientras le tendía una mano a su rival para ayudarlo a levantarse del suelo.
—Me han comentado tus compañeros que dejas Londres, ¿es verdad? —preguntó Mikhail, observándola con curiosidad.
Ella lo miró fijamente durante unos segundos, como si la pregunta le incomodara o vulnerara su espacio privado.
—Sí, he aceptado una propuesta de trabajo en Colchester —respondió finalmente—. Vivir aquí en Londres es demasiado costoso, los alquileres son prohibitivos y se hace difícil subsistir, aunque no descarto regresar en el futuro.
—¿Qué clase de empleo te han ofrecido allí? —indagó el instructor.
—En una consultora internacional. De cualquier manera, el contrato inicial tiene una duración de solo seis meses; después ya veremos qué rumbo tomar —concluyó ella.
—Espero verte de vuelta pronto. Con tu nivel y tu estilo de lucha, le das jerarquía a este gimnasio —le aseguró Mikhail con sincero respeto.
Días más tarde, cuando la joven descendió del tren en la estación de Colchester, una mezcla de anticipación y ansiedad controlada le recorrió el cuerpo.
Apenas cruzó el vestíbulo, un hombre de aspecto gris se le aproximó en exceso, rompiendo deliberadamente la distancia de seguridad, y le deslizó un sobre de manera furtiva.
Era un sujeto alto, extremadamente delgado, de tez pálida y escaso cabello fino. Vestía un traje oscuro y ocultaba sus facciones tras unas gafas de sol grandes y opacas.
—En cuanto leas las órdenes operativas y memorices el nombre de tu enlace, destruye por completo el material —susurró el hombre, sin detener el paso ni mirarla a los ojos—.
Hemos suspendido las comunicaciones tecnológicas por temor a que las agencias de inteligencia británicas intercepten las señales.
No tomes iniciativas por tu cuenta. Cualquier anomalía o sospecha que detectes, comunícala de urgencia al Comando.
Estás sola en Colchester hasta que tu contacto, que aún opera en Londres, reciba la orden de activarse.
De tu disciplina depende que esta operación no se aborte —sentenció, antes de disolverse entre los pasajeros.
Anastasia Ivanova era su verdadero nombre.
Había nacido hacía veintisiete años en Borisoglebsk, una ciudad rusa situada a orillas del río Vorona, a unos seiscientos veinte kilómetros al sur de Moscú, y no en Polonia, como declaraba falsamente la identidad de su pasaporte adulterado.
Su madre había fallecido cuando ella tenía apenas tres años; la crianza corrió a cargo de su abuela, Milka, y de su padre, Vladimir, un oficial militar de alto rango y carácter despiadado.
Vladimir la había adoctrinado desde la infancia en las corrientes más estrictas del nacionalismo y la ideología estatal, allanando su ingreso a los servicios secretos de la Federación.
A su corta edad, Anastasia se había convertido en una de las mejores agentes operativas de la inteligencia rusa.
Se hacía notar entre sus camaradas proyectando una confianza casi arrogante, una cabellera dorada, unos ojos verdes de rasgos angelicales y una innata capacidad de mando.
Formada rigurosamente en las estructuras del FSB (organización sucesora de la KGB) y en el SVR (Servicio de Inteligencia Exterior), había sido infiltrada en el Reino Unido camuflada bajo el tejido de la sociedad británica para una operación de enorme envergadura.
Poseía una mente ágil, analítica y brillante que jamás se alteraba bajo presión.
Anastasia podía ser verdaderamente despiadada con sus objetivos, ejecutando órdenes sin el menor rastro de arrepentimiento, justificando cada acto en nombre del bien supremo de la causa que representaba.
La profunda oscuridad de su mundo interno contrastaba de manera casi poética con su deslumbrante belleza física.
A veces, en la intimidad del aislamiento, intentaba recordar a su madre. Pensaba que, de haber crecido a su lado, quizás no arrastraría la severidad que su padre le había grabado a fuego, y habría desarrollado una personalidad más humana.
Vladimir, su padre, había sido un hombre robusto, rubio, de barba incipiente y un prominente bigote espeso de estilo soviético. Rara vez se le veía vestido de civil; lucía con orgullo un impecable uniforme militar de la era soviética y botas negras de un brillo militar perfecto.
—En la barba y en el bigote reside el respeto y el poder —solía repetir con voz de trueno.
Casi nunca sonreía y chocaba constantemente con Milka, su suegra, por los métodos de crianza de la niña.
Anastasia nunca recibió de él un beso ni una caricia; en su lugar, el castigo por la menor desobediencia consistía en bofetadas correctivas o en confinamientos prolongados en habitaciones oscuras y sin probar bocado.
—Anastasia es solo una criatura, Vladimir —le recriminaba Milka, intentando protegerla—. Necesita cuidado, afecto y la comprensión propia de su edad. Ya habrá tiempo de sobra para guiarla por el camino del servicio al país.
—No tolero que me desafíe. Está malcriada —espetaba Vladimir, encendido en ira—. Los hijos necesitan el rigor absoluto de sus padres para comprender con claridad dónde están sus límites.
—¡Es una niña! Y tú estás...
—¡Si continúas interfiriendo en su educación, te la quitaré de los brazos y contrataré a una institutriz del partido! —le gritaba Vladimir, dando un portazo violento al marcharse de la casa.
Esa disciplina militar extrema marcó la infancia de Anastasia, transformándola en una agente fría, capacitada para cometer las acciones más atroces en nombre de un supuesto bien mayor.
Su percepción de que sus crímenes eran un sacrificio necesario por la patria reflejaba la precisión con la que la propaganda y la ideología del Estado podían moldear las conciencias, justificando lo injustificable.
Sin embargo, el tiempo de los reproches había pasado. Vladimir había muerto en 2014 durante un oscuro y silenciado episodio militar en el extranjero; su abuela Milka también había fallecido a causa de un paro cardíaco justo cuando Anastasia cumplía los quince años.
Apoyada en la barra de un pub en Colchester, mientras saboreaba un Espresso Martini, Anastasia reflexionaba sobre el hecho de que el contacto asignado por el Comando central aún no se había manifestado, a pesar de las semanas transcurridas desde su llegada.
De pronto, sintió a sus espaldas el roce físico de un cliente local visiblemente ebrio que intentaba balbucear un piropo de mal gusto. Ella mostró su incomodidad de inmediato y se apartó con frialdad, pero el desconocido insistió en cerrarle el paso.
Al percatarse de la situación, un joven alto, de complexión atlética, se interpuso con firmeza entre el borracho y Anastasia, increpándolo con mirada desafiante.
—¿Tienes algún problema, amigo? —le espetó, midiendo su distancia.
—Ningún problema... Solo vi a esta hermosura sola y quería hacerle compañía —balbuceó el cliente, cohibido ante la estatura del recién llegado.
—No está sola, está conmigo —sentenció el joven, plantándose cuan alto era.
—Está bien, está bien... No busco peleas. Todo tuyo —dijo el hombre, bajando la mirada antes de retirarse hacia las mesas del fondo.
Anastasia observó la escena con displicencia y tomó un sorbo parsimonioso de su cóctel. —Gracias, aunque me las habría arreglado perfectamente sola —le dijo con una sonrisa irónica—. Sé de sobra cómo lidiar con estos alcohólicos.
El joven la observó fijamente unos instantes, exhalando un suspiro de asombro. —Esos ojos verdes... No podría olvidarme de ellos jamás.