Círculo de Silencio
Herman Duffy ingresó a la sala de interrogatorios de la comisaría de Deal pidiendo permiso con voz temblorosa.
Lo aguardaban el inspector James Gorman y sus compañeros del MIT.
James, con un gesto medido, le indicó que se sentara frente a él, y el veterano empleado asintió en silencio, estrujándose las manos.
—Señor Duffy, ¿cuántos años hace que trabaja en el cementerio de Stanway? —comenzó James, fijando la vista en él.
—Diez años, oficial... quizás alguno más —respondió, dubitativo.
—¿Y cuál es su función específica allí?
—Bueno, aunque es un camposanto pequeño, la verdad es que carecemos de personal suficiente. Un día me toca hacer de sepulturero cavando en las parcelas y al siguiente estoy al frente de la oficina.
James ojeó una carpeta oficial con parsimonia. —O sea que el pasado 20 de abril, según consta en las actas de registro, usted estaba a cargo de la administración cuando dos desconocidos se presentaron con un féretro y un presunto cadáver para su inhumación. ¿Es correcto?
Duffy asintió repetidas veces, tragando saliva. —Sí, lo recuerdo perfectamente. Fue un día muy extraño.
—¿Por qué extraño? —intervino Grace, inclinándose hacia adelante.
—Por el volumen de trabajo, inspectora. Tuvimos cinco entierros esa misma mañana. Rara vez sepultamos a más de dos fallecidos en el mismo día; recuerde que Stanway es un pueblo pequeño.
—Señor Duffy, necesito que describa minuciosamente a las personas que trataron con usted ese mediodía —le ordenó James, con mirada severa—. Y, sobre todo, explique por qué no exigió los certificados médicos oficiales antes de autorizar la sepultura.
El hombre guardó silencio, buscando las palabras adecuadas bajo la presión de la mesa de interrogatorios.
—De niño pasé muchos años asistiendo a las iglesias parroquiales donde daban de comer a los necesitados...
En mi casa, muchas noches, mis hermanos y yo nos íbamos a la cama sin un triste plato de sopa.
Siempre he guardado un profundo respeto y un agradecimiento eterno por los pastores de la iglesia.
Jamás se me ocurrió cuestionar las acciones de un clérigo, oficial.
Fue ese respeto ciego lo que me llevó a confiar.
—Descríbalos, por favor —insistió James.
—La mujer era alta, delgada, vestida con un riguroso luto y un largo tul sobre la cabeza que le cubría la mayor parte del rostro; entró llorando amargamente y se marchó de la misma manera.
El párroco, que dijo llamarse Thomas Brown, era un hombre alto, rubio, de ojos claros y muy transparentes... pero su voz sonaba extraña.
—¿A qué se refiere con una voz extraña? —indagó Linda, tomando notas.
—Tenía un acento extranjero muy marcado, por más que hacía lo indecible para disimularlo y sonar británico.
—¿Qué tipo de acento? ¿Podría asociarlo a alguna nacionalidad?
Duffy dudó, ladeando la cabeza. —No sabría decirle con certeza, inspectora... pero sonaba de Europa del Este. Quizás polaco, o ruso.
—Le informo, señor Duffy, que el supuesto reverendo Thomas Brown no pertenece a la diócesis de St. Peter’s ni consta en los registros civiles de Colchester —sentenció Grace con frialdad—. ¿Fue usted engañado deliberadamente, o actuó como cómplice para ocultar un crimen?
El rostro de Duffy se descompuso por completo. —¡Fui engañado, se lo juro por Dios! No conozco a esa gente, jamás los había visto en mi vida.
—El Crown Prosecution Service lo citará a declarar formalmente en las próximas horas para determinar los cargos penales que le competen por negligencia —le notificó James—. Tiene prohibido ausentarse de Stanway y salir del país, señor Duffy.
—¿Cargos penales? ¡Yo no he hecho nada malo! —exclamó Duffy, alzando la voz con desesperación—. Les repito que actué de buena fe.
—Eso tendrá que dictaminarlo la fiscalía —concluyó James, poniéndose en pie e invitándolo a abandonar la sala.
Una vez que el hombre se retiró escoltado por un agente, Linda rompió el silencio del despacho. —No hay razones para no creerle. Se nota que es un pobre infeliz atemorizado que, con toda seguridad, va a perder el único empleo que tiene.
—Todos pensamos lo mismo, Linda —coincidió Arthur, cruzándose de brazos—, pero más allá de cualquier duda razonable, es la justicia la que debe sopesar su negligencia. Nuestro deber es reunir las pruebas indispensables para que los verdaderos culpables sean juzgados.
En la morgue de Colchester, los patólogos forenses concluyeron los estudios pertinentes sobre los restos exhumados.
La autopsia certificó de forma categórica que, antes de ser decapitada, Anastasia Ivanova había sido sometida a una paliza brutal con saña extrema; el informe detallaba múltiples fracturas costales e intensos traumatismos internos en todo el cuerpo.
Retirándose el barbijo de protección, uno de los patólogos miró al forense principal con un suspiro de cansancio. —Un desenlace terriblemente trágico para la muchacha, doctor. En un plazo máximo de cuarenta y ocho horas le haré llegar el informe pericial definitivo al inspector Gorman.
Con el traslado definitivo de Steven Nolan a los módulos de máxima seguridad de la prisión HMP Elmley, el equipo de investigación criminal del MIT regresó a su base de operaciones en Colchester.
Dedicaron las últimas horas de la jornada a analizar el complejo mapa del caso, buscando desentrañar la autoría material y el verdadero móvil detrás del asesinato de la joven rusa.
Mientras tanto, James, dejando escapar un hondo suspiro, se desabrochó el cabestrillo y comenzó a ejercitar lentamente los dedos de su brazo izquierdo para comprobar la movilidad.
—La muerte de Kevin Taylor nos devuelve prácticamente al punto cero de la línea de investigación —evaluó Grace, negando con la cabeza mientras le daba un sorbo a su taza de café—. Nuestra única baza ahora es que Nolan termine confesando el secreto que oculta bajo llave.
—El comisario Fischer me ha ordenado que nos tomemos cuarenta y ocho horas obligatorias de descanso antes de retomar el caso de forma activa —anunció James—.
No nos vendrá mal despejar la mente y atender nuestros asuntos personales.
Yo pienso pasar estos dos días libres en mi apartamento de Londres.
Linda aprovechó la oportunidad para mirar al grupo con una sonrisa expectante. —A mitad de semana es mi cumpleaños, recuerden. Tenía planeado invitarlos a todos a una cena y a un brindis de celebración en mi casa.
Arthur, Grace y Miller aceptaron la propuesta de inmediato con entusiasmo, pero James permaneció en silencio unos instantes, esquivando la mirada.
—Lo lamento mucho, Linda, pero precisamente estos días viene Nick de visita desde Liverpool —se disculpó James, refiriéndose a su hijo—. Hace meses que no lo veo y quiero aprovechar cada minuto con él.
—Es una pena. Mi madre llevaba semanas preguntando si vendrías.
—Ya habrá otra oportunidad para conocer a tu madre y probar sus platos —respondió James, intentando sonar conciliador.
—Tú te lo pierdes, James —zanjó Linda, visiblemente molesta. Hacía semanas que coordinaba la logística de su cumpleaños con sus compañeros, albergando la secreta ilusión de que el inspector estuviera presente.
La noche de la celebración, en la residencia de los familiares de Linda, su madre, Lauren, escuchó el timbre de la entrada principal. Pensó que se trataría de Peter, un vecino solterón bastante inoportuno que solía presentarse a deshora para pedir algún condimento de cocina.
Sin embargo, al abrir la puerta, Lauren se llevó una grata sorpresa al encontrarse con un hombre impecablemente vestido que sostenía una botella de vino de excelente reserva en la mano y la saludaba con extrema cortesía.
—Buenas noches, señora. Soy el inspector James Gorman, compañero de Linda —se presentó con una sonrisa—. Vengo a felicitarla por su cumpleaños.
—¡Pero qué magnífica sorpresa! Bienvenido, James. Pasa, por favor, me alegra muchísimo que hayas venido —respondió Lauren, abriéndole paso hacia el salón.
El resto del equipo estalló en aplausos y vítores eufóricos al ver aparecer al inspector en el umbral. James saludó a Linda con un afectuoso beso en la mejilla y se apresuró a explicar el cambio de planes ante la mirada radiante de la inspectora.
—A última hora, los amigos de Nick pasaron a buscarlo por el apartamento para ir al cine y salir por Londres —explicó James con una sonrisa—.
Lo medité unos minutos, tomé las llaves del coche y decidí conducir hasta aquí para no perderme la cena.
Eso sí, tendré que moderarme con el alcohol porque me espera el viaje de vuelta a la capital esta misma noche.
La velada transcurrió entre risas, anécdotas del servicio y un ambiente de sincera camaradería.
Al finalizar la noche, James se despidió de sus compañeros con un cordial saludo de puños, recordándoles la importancia de reunirse a primera hora de la semana en la jefatura de Colchester.
Tras agradecer efusivamente la hospitalidad de Lauren, emprendió el regreso por la carretera hacia Londres.
A los pocos días, el fiscal del condado, Antony Davies, dictó una resolución judicial de carácter urgente: el cadáver de Anastasia Ivanova, junto a su cabeza, no sería incinerado bajo ninguna circunstancia; los restos debían ser preservados de forma rigurosa e inhumados en el cementerio local de Colchester dentro de un féretro sellado herméticamente con abrazaderas de seguridad, quedando a disposición del tribunal hasta el cierre definitivo de la causa criminal.
Las pericias científicas no habían hallado perfiles de ADN correspondientes a terceras personas en el cuerpo de la víctima, y en especial, ningún rastro vinculado a Kevin Taylor.
Esto respaldaba la hipótesis inicial de que Taylor no había tenido una participación material directa en la ejecución, tal como Steven Nolan había sugerido, o bien había sido lo bastante meticuloso como para borrar cualquier indicio biológico.
Durante una pausa para el café en una de las cafeterías cercanas a la escollera, James compartió sus dudas con el resto del equipo, mostrando su disconformidad con el rumbo de los acontecimientos.
—Si no logramos encontrar el verdadero hilo conductor de esta madeja, jamás descifraremos el misterio que rodea la muerte de Anastasia, a pesar de los arrestos logrados —insinuó James, removiendo su taza—.
Este caso parece sacado de las páginas de una novela de espías, pero es una realidad oscura que concentra los elementos más complejos de la crónica negra.
—El asesinato de Kevin Taylor a manos de Nolan nos privó de la única fuente viva que custodiaba el secreto del caso, ¿no es así? —planteó Grace, analizando el escenario.
James bebió un sorbo corto y guardó silencio unos instantes antes de responder.
—Sin duda alguna, Grace. Lo que Taylor le confesó a Steven antes de morir —que él jamás la habría lastimado porque la amaba con locura— deja en claro la metodología de la organización criminal que opera en las sombras.
Le "marcaron la cancha", por usar una expresión burda.
Al obligarlo a tropezar de frente con la cabeza decapitada de la joven, le enviaron una advertencia mafiosa implícita: si abría la boca o los traicionaba, el próximo cuerpo en aparecer desmembrado sería el suyo.
—¿Y por qué deberíamos descartar que el propio Steven Nolan forme parte activa de esa misma red criminal? —aportó Linda, apoyando los codos en la mesa—. Por más que jure y jure que no tiene relación con el crimen organizado, sus actos dicen lo contrario.
Arthur asintió con la cabeza, sopesando la teoría jurídica.
—Al verse acorralado por los peritajes de las cámaras del hospital cuando asfixió a Kevin, Nolan estructuró rápidamente una coartada de defensa propia alegando coacción extrema y amenazas de muerte.
Si sus abogados logran articular bien ese relato ante el tribunal, el jurado podría considerar que el asesinato de Taylor fue el acto desesperado de un hombre que intentaba salvaguardar su propia vida ante un peligro inminente.
—Eso no dejan de ser conjeturas legales, no realidades fácticas —intervino Miller con su habitual pragmatismo técnico.
—Exacto, Miller —sentenció James, entornando los ojos—.
Steven Nolan asesinó a Taylor con un propósito muy distinto y lo está encubriendo con maestría.
No me trago el cuento de que el miedo a su amigo adicto lo empujara a asfixiarlo en una cama médica.
Alguien de una esfera muy alta le dio la orden directa de silenciarlo.
Miller, quiero que rastrees hasta el último antecedente penal, financiero y residencial de Steven Nolan antes de que abriera el gimnasio en Kent.
—Eso ya lo hemos comprobado, inspector —respondió Miller de inmediato—.
En Deal llevaba una existencia apacible y sin sobresaltos.
Sin embargo, no hay registros claros de sus domicilios anteriores, más allá de su propia declaración donde admite haber residido en la capital y tener lazos familiares allí.
—Excelente —concluyó James, apurando el café—. Consigue la dirección exacta de ese antiguo domicilio en Londres, Miller. Muy pronto le haremos una visita sorpresa al pasado de Steven Nolan.