El Eco De La Traición
El comisario John Butler, jefe de la Policía de Kent en la dependencia de Deal, coordinó los esfuerzos para que Steven Nolan permaneciera bajo custodia del equipo del MIT en sus instalaciones.
El traslado definitivo a Colchester estaba supeditado a que el Crown Prosecution Service unificara las jurisdicciones de ambos condados.
En una sala contigua, el sepulturero Herman Duffy también aguardaba su turno para declarar, cercado por la flagrante ilegalidad de haber autorizado un entierro sin la documentación médica pertinente.
Antes de que el abogado defensor pisara el edificio, James y Grace intentaron una aproximación en la celda de retención temporal, buscando aprovechar el estado de shock del detenido.
—No voy a responder a ninguna pregunta sin mi representante legal presente —advirtió Steven, clavando la mirada en el suelo de hormigón.
James se apoyó contra la pared metálica, midiendo sus palabras con frialdad.
—Asesinaste a Kevin Taylor en la cama de un hospital, Nolan.
Las cámaras de seguridad del box de aislamiento no dejan margen de duda.
Tu única salida para evitar una cadena perpetua efectiva es cooperar y decirnos qué relación tiene esto con la muerte de Anastasia Ivanova.
—Ya se los he dicho —insistió Steven con un hilo de voz—. Jamás conocí a esa mujer. Nunca me crucé en su camino.
—Aunque decidiéramos creerte, no tiene sentido que hayas ejecutado a tu mejor amigo sin un motivo de peso —presionó Grace, dando un paso al frente.
Steven apretó los labios y se sumió en un mutismo absoluto. En ese instante, un agente tocó a la puerta y asomó la cabeza.
—El abogado defensor del detenido acaba de llegar, inspector.
James asintió con un gesto severo. —Llévese al sospechoso a la sala de consultas, sargento —ordenó, cruzando una mirada de frustración con su compañera.
En la sala de visitas privadas, el abogado Thomas Herbert dejó caer su portafolios sobre la mesa de madera y miró a Steven con severidad.
—El secreto profesional me obliga a protegerlo, señor Nolan, pero necesito que me diga la verdad desnuda si pretende que construya una defensa medianamente sólida —advirtió Herbert—. De lo contrario, dejaré el caso hoy mismo. Las pruebas de la fiscalía son abrumadoras. Necesito su versión ya.
Steven exhaló lentamente.
—La verdad es simple, letrado. Yo maté a Kevin.
—Nadie entra a un hospital a asfixiar a un amigo por capricho. Quiero saber el porqué exacto.
Steven guardó silencio, asimilando la gravedad de lo que estaba a punto de confesar. —Taylor se había convertido en un tipo extremadamente violento y adicto. Últimamente mezclaba fentanilo con otras sustancias.
—¿Y cómo es que usted conoce con tanta precisión esas sustancias químicas? —indagó Herbert, enarcando una ceja.
—Estudié bioquímica en la universidad antes de dejar los estudios por el gimnasio.
Sé perfectamente lo que tomaba. Kevin solo venía a Deal a buscar refugio y a arrastrarme a sus problemas.
Estaba implicado de forma indirecta en el asesinato de Anastasia Ivanova, aunque me juró mil veces que él no había participado en la ejecución.
El imbécil no podía con la culpa; sentía que la había entregado, que la había dejado completamente desamparada cuando ella viajó de Londres a Colchester en busca de unos documentos confidenciales.
—¿A quién se la entregó? —interrumpió el abogado, tomando notas rápidas.
—A una organización criminal de gran escala que le pisaba los talones. No quise indagar más, me aterrorizaba la idea de que esa gente me asociara con él. Le prohibí que volviera a pisar mi casa, pero ignoró mis advertencias y llegó a amenazarme de muerte si no lo ayudaba a esconderse.
—¿Llegó a ver a algún miembro de esa organización? —preguntó Herbert con suspicacia.
—No de forma directa —confesó Steven, mientras el sudor frío le perlaba la frente—. Pero una madrugada, hace una semana, golpearon mi puerta con tanta fuerza que pensé que la iban a tirar abajo.
Se quedó unos segundos mirando la mesa.
—Cuando abrí apenas unos centímetros, vi un sedán negro estacionado junto a la acera. El motor seguía encendido. Había dos hombres dentro.
—¿Los reconociste? —preguntó Herbert.
—No. El conductor ni siquiera me miró. Pero el que estaba fuera... era enorme. Llevaba gafas oscuras aunque aún era de noche.
Steven tragó saliva.
—Me preguntó dónde estaba Kevin Taylor. Le respondí que hacía días que no lo veía.
—¿Y entonces?
—Se acercó tanto que pensé que iba a golpearme. Después miró hacia el coche, como esperando instrucciones de alguien que iba en el asiento del acompañante.
Steven bajó la vista.
—Todavía recuerdo exactamente lo que me dijo.
Herbert dejó de escribir.
—¿Qué te dijo?
—"Más te vale que sea verdad, Nolan. Porque la próxima visita no será tan cortés."
La habitación quedó en silencio.
—Luego subió al coche y desaparecieron.
Steven respiró hondo.
—Fue en ese momento cuando comprendí que Kevin estaba metido en algo mucho más grande de lo que yo había imaginado. Era mi amigo, sí, pero todo cambió cuando conoció a esa mujer.
Herbert detuvo el bolígrafo. —¿Cómo se conocieron?
—En un festival de música hace un par de años —explicó Steven—. Fuimos inseparables, hasta que las drogas lo consumieron por completo. Su adicción empezó mucho antes de que esa chica apareciera en escena.
—¿Está completamente seguro de que no hay ningún otro detalle sobre los vínculos de Kevin con esa red mafiosa?
—No hay nada más, abogado —concluyó Steven, mirándolo a los ojos con desesperación—. Yo he sido una víctima colateral de toda esta estructura criminal. Un maldito impulso de supervivencia me ha condenado a prisión.
—El jurado no lo tendrá fácil dada la premeditación en el hospital, pero si logramos demostrar la coacción extrema y el trastorno por estrés derivado de las amenazas, podríamos reducir sustancialmente los años de condena —evaluó Herbert, guardando sus notas—.
Solicitaré una vista urgente ante el magistrado para evaluar una fianza bajo custodia domiciliaria provisional, argumentando el peligro real que corre su vida.
—¿De verdad cree que es posible?
—El juez está obligado por ley a sopesar las circunstancias del riesgo antes del juicio formal —sentenció Herbert, poniéndose en pie.
El letrado Thomas Herbert se ajustó la corbata oscura sobre el cuello de su camisa blanca, se colocó sus gafas de sol y estiró la postura con suficiencia.
Estaba convencido de que, al cruzar las puertas principales de la jefatura de Deal, un enjambre de reporteros, micrófonos de la BBC y flashes de televisión lo cercarían buscando la exclusiva del defensor del "asesino del hospital".
Herbert nunca había gozado de gran reputación ni había estado frente a una cámara de televisión, y ya saboreaba el protagonismo mediático que impulsaría su carrera de cara al futuro.
Incluso había ensayado su declaración ante la prensa.
— "No baso mis estrategias jurídicas en la opinión popular ni en los titulares de prensa" —murmuró para sí mismo, alzando la barbilla frente al espejo del vestíbulo.
Sin embargo, bastó con que empujara las puertas de cristal del edificio para que la ilusión se desvaneciera por completo.
La calle estaba desierta. El Crown Prosecution Service y la Policía de Kent habían impuesto un estricto embargo informativo sobre el caso para no entorpecer las ramificaciones internacionales que el MI5 vigilaba.
Herbert soltó una maldición al aire, apretó los dientes con frustración y se alejó a zancadas hacia el aparcamiento.
Al confirmar la salida del abogado defensor, Arthur vio una ventana de oportunidad estratégica.
Se aproximó a James y le sugirió realizar una última inspección visual al detenido antes de su traslado formal a los calabozos de Colchester.
James accedió de inmediato y le ordenó al sargento Miller que condujera a Nolan a la sala de tránsito para la firma del papeleo.
Steven los miró con profunda desconfianza al entrar, sentándose en la silla con los hombros hundidos.
—Hay cabos sueltos que no terminan de encajar en tu historia, Nolan —le dijo James, abriendo la carpeta de cargos criminales sobre la mesa—. Esta es tu última oportunidad de aportar algo que juegue a tu favor antes de que el caso quede sellado.
Steven negó con la cabeza, plantándoles cara.
—Ya he aportado mi declaración formal ante mi abogado, inspector.
No voy a pronunciar una sola palabra más en ausencia de mi letrado.
Si intentan forzar un interrogatorio ahora mismo, sus carreras terminarán con una denuncia formal por abuso de autoridad ante la IOPC.
James sostuvo su mirada durante un segundo agónico. —Las pruebas de balística y los registros de video ya te han juzgado, Steven; nosotros no necesitamos obligarte a hablar del homicidio de Taylor. Pero hay algo que se te escapa.
—¿El qué? Ya les dije todo lo que sé.
—¿Qué ocultas sobre lo que Taylor descubrió en la vida de la chica rusa? —intervino Arthur con voz pausada, sembrando la duda en su mente.
Steven vaciló, tragó saliva y se tomó unos instantes que delataron su agitación interna.
—Kevin me aseguró que él no la mató... pero admitió que la entregó a sabiendas de que la dejaba ir sola hacia una trampa en Londres.
Ivanova no era la joven dulce e inocente que aparentaba en el club nocturno.
Ocultaba demasiadas sombras en su pasado en la capital.
Kevin lo descubrió por accidente, pero se negó a darme los detalles de esa red.
—¿Por qué ocultaste este detalle en tus primeras declaraciones en Colchester? —inquirió James.
—Porque era el maldito problema de Kevin, no el mío —espetó Steven con amargura—.
A mí no me importaba si la había matado o vendido; yo jamás la había visto.
Solo quería que Taylor se largara de mi vida.
Tenía planeado traspasar el gimnasio, dejar Deal y mudarme a Londres con unos familiares.
Vivía con el corazón en un puño, pensando que cualquier noche entraría drogado y me pegaría un tiro.
Una vez que los agentes de escolta reubicaron a Nolan en el furgón de traslado, James se volvió hacia Arthur en el pasillo de la comisaría.
—La versión de Steven sigue teniendo demasiadas lagunas —observó James, acomodándose el cabestrillo con una mueca de dolor—. Sabe muchísimo más sobre los enlaces de esa organización criminal, o bien oculta la identidad de los tipos del coche negro por puro terror.
Arthur asintió, encendiéndose un cigarrillo en la zona de salida. —Habrá que esperar a que la presión del aislamiento en la celda lo haga ablandarse para un segundo intento.
—No tendremos una segunda oportunidad en un entorno controlado, Arthur —sentenció James con la mirada fija en el horizonte—. Mañana por la mañana ingresará preventivamente en la prisión de alta seguridad HMP Elmley. Cuanto más avanzamos, menos sabemos realmente sobre Anastasia Ivanova.