La Tumba de las Piedras
James ingresó a la comisaría de Deal con el brazo izquierdo inmovilizado en un cabestrillo, flanqueado por Grace.
Al verlos entrar, Arthur dejó escapar un hondo suspiro de alivio y se apresuró a recibirlos.
Las gestiones urgentes que el fiscal Antony Davies había realizado ante sus pares del condado de Kent habían dado frutos rápidamente, justificando la intervención de los inspectores de Colchester y destrabando la burocracia local.
Debido a esto, el oficial al mando le devolvió a James su arma reglamentaria; la misma que había tenido que entregar para los peritajes balísticos de rutina antes de ser evacuado al hospital.
Mientras tanto, a unas cuantas millas de allí, un hombre se repantigó en su silla y dejó escapar un largo suspiro en la penumbra de una oficina.
Era Paul Smith, el encargado del pequeño cementerio de Stanway, quien esa misma mañana regresaba a sus funciones tras varios meses de baja por una dura enfermedad.
Smith, un hombre alto que vestía un traje negro de corte antiguo y una corbata pasada de moda, revisaba los registros del período en que había sido reemplazado por su compañero, Herman Duffy.
—Bueno —se dijo Smith con una mueca irónica—, Duffy hace lo que puede, e incluso ha tenido que hacer de sepulturero cuando escasea el personal. Pero sus problemas con el alcohol lo vuelven propenso a cometer errores graves con el papeleo.
Smith resopló al examinar la documentación del mes anterior.
Se detuvo en un legajo del 20 de abril donde faltaba el certificado oficial de defunción médico y la identificación con fotografía del fallecido.
Solo constaba el nombre de una mujer registrada en los archivos de la oficina como Samantha Williams, de 64 años, sepultada en la parcela número cuatro.
Duffy se puso más colorado de lo habitual ante el severo reproche de su jefe. Por unos largos segundos no supo qué responder, y cuando finalmente lo hizo, su voz sonó a pura disculpa:
—Fue un día terriblemente difícil, jefe Smith.
Tuvimos cinco entierros por la mañana y muy poco personal para cubrir las parcelas.
Recuerdo perfectamente que al mediodía se presentó un reverendo en una camioneta, acompañado por una mujer vestida rigurosamente de negro y con un tul que le cubría por completo la cabeza y parte del rostro.
—¿Y cómo supiste que era un reverendo? —indagó Smith, cruzándose de brazos con suspicacia.
—Por su alzacuello clerical, señor. Dijo llamarse reverendo Brown y pertenecer a la iglesia de St. Peter’s, en Colchester.
Explicó que querían cumplir el último deseo de su tía de ser enterrada en Stanway, donde había nacido, y prometió que nos haría llegar la documentación faltante de inmediato.
Me habló de Dios, de los difuntos, y consolaba con abrazos a la mujer de negro, que no paraba de llorar recordando a su ser querido.
Smith negó con la cabeza, fulminándolo con la mirada. —Más allá del espectáculo cinematográfico que armaron esos supuestos parientes... habías bebido de más ese día, ¿verdad, Duffy?
Duffy guardó silencio.
—Lo lamento, Duffy, pero tengo que denunciar esto de inmediato. Aquí hay algo que huele muy mal —sentenció Smith, tomando el teléfono para comunicarse con la policía de Colchester.
—Pero jefe... yo actué de buena fe —se excusó Duffy, sin obtener respuesta de Smith, quien ya le daba la espalda.
De camino al hospital de Deal para comprobar el estado de Kevin Taylor, James recibió una llamada directa del comisario Fischer desde Colchester. El jefe le transmitió los detalles de la denuncia en el cementerio de Stanway de forma concisa.
—Mañana a primera hora vamos a exhumar ese cadáver —ordenó Fischer—.
Dadas las fechas y la procedencia del supuesto reverendo, temo que tenga una relación directa con los restos de Anastasia Ivanova.
Quiero al equipo de vuelta en Colchester hoy mismo.
El comisario de Kent, John Butler, se encargará de la custodia de Taylor y de su posterior traslado en cuanto los médicos le den el alta. Regresen ya.
James cortó la comunicación con una mezcla de sorpresa y satisfacción. Sus compañeros, ansiosos, aguardaban a que revelara el contenido de la orden.
—Fischer quiere que regresemos de inmediato a Colchester —anunció James—. Mañana por la mañana se va a exhumar un cadáver sospechoso en el cementerio de Stanway. Creen que podría estar ligado al caso de Anastasia Ivanova.
—¿Qué clase de vínculo? —preguntó Grace.
—Creen que el cuerpo que está en esa fosa es el de ella —respondió James con gravedad.
—No nos hagamos falsas ilusiones, pero si es así, el asesino nos hizo tragar por completo el anzuelo de que Anastasia estaba oculta en el monte o arrojada al río Blackwater —razonó Arthur, frotándose la mandíbula—.
—Si el cuerpo es el de Anastasia, habremos avanzado más de lo previsto —comentó James—.
Los muertos siempre dejan una señal. Aun así, quedan demasiadas incógnitas.
No creo que Taylor haya sido el asesino material, pero su testimonio va a ser la pieza fundamental para arrastrar a los verdaderos culpables ante la justicia.
—¿Por qué estás tan seguro de que Taylor no la mató? Te recuerdo que hace unas horas intentó acribillarnos en un callejón —le espetó Grace.
—Pura intuición policial, Grace. Nada más que eso —concluyó James.
A la mañana siguiente, el cementerio de Stanway amaneció completamente acordonado por la policía.
El fiscal Antony Davies llegó al lugar y dio la orden inmediata a dos sepultureros para comenzar la exhumación en la tumba señalada apenas por una rústica cruz de madera.
Linda cruzó una mirada silenciosa con James; le dedicó una sutil sonrisa de apoyo y él asintió levemente con la cabeza, agradeciendo el gesto.
El trabajo de los operarios tomó unos pocos minutos hasta que lograron extraer un féretro económico de madera de pino, depositándolo a un costado de la fosa. Uno de los sepultureros se secó el sudor de la frente y miró al fiscal, aguardando instrucciones.
—Proceda a abrir la tapa, por favor —ordenó el magistrado.
Mientras tanto, en Deal, el comisario John Butler de la Policía de Kent atendía una llamada urgente procedente del hospital local. Al escuchar la noticia, se llevó la mano a la cabeza, soltando un bufido de pura indignación.
—¿Cómo que ha fallecido? ¡Me informaron hace una hora que Taylor estaba estable en la sala de reanimación tras extraerle el proyectil!
El médico al otro lado de la línea tardó unos segundos en responder, con la voz cargada de consternación: —Alguien logró burlar los controles, entró a su habitación aislada y lo asfixió con una almohada, comisario.
—¿Y cómo demonios pueden estar tan seguros de que fue asfixiado? —bramó Butler, alzando la voz.
—Tenemos una cámara de seguridad interna en ese box. Las imágenes muestran a un hombre que no pertenece al personal médico, vestido con una bata de hospital.
—Mantengan esa grabación intacta, voy para allá a confiscar el video de inmediato —ordenó el comisario, furioso—. ¿Y qué pasó con los agentes de seguridad que dejé apostados en la puerta del pasillo?
—Los guardias asumieron que era uno de los cirujanos de guardia debido al uniforme, señor. Lo dejaron pasar sin verificar la identificación.
De vuelta en el cementerio de Stanway, el féretro de pino apareció cubierto por un paño mortuorio negro. Cuando uno de los sepultureros intentó retirarlo, un perito de la policía científica lo frenó en el acto con la mano.
—No toques nada —advirtió el técnico, vestido con su traje blanco de protección, mientras se inclinaba sobre el cajón. Al descorrer la sábana interior, los rostros de los inspectores se congelaron en una mueca de absoluto estupor.
—Aquí solo hay piedras —dictaminó el perito, mirando al grupo con incredulidad.
—¿Cómo que piedras? —preguntó el fiscal, aproximándose al féretro.
Arthur se adelantó y comenzó a remover las pesadas rocas del interior del cajón con frustración, hasta que sus manos tropezaron con un bulto envuelto.
Era el cadáver decapitado de Anastasia Ivanova.
Por unos instantes, un silencio sepulcral cayó sobre el cementerio, roto finalmente por la voz firme del fiscal:
—Trasladen el cuerpo de inmediato a la morgue de Colchester para una autopsia urgente. Convoquen a los medios de comunicación al mediodía; daremos una conferencia de prensa sobre el hallazgo de los restos.
Mientras los técnicos aseguraban la escena, los miembros del equipo compartieron un breve gesto de desahogo y palmadas en la espalda tras tantos días de callejones sin salida. Linda se acercó a James y le apoyó una mano sobre el hombro.
—¿Cómo te encuentras?
—Estoy bien, de verdad —respondió James con una sonrisa cansada—, pero me sentiré mucho mejor cuando me quiten este maldito cabestrillo.
Sin embargo, la efímera satisfacción del hallazgo se desmoronó por completo cuando el comisario John Butler se comunicó desde Kent para informarles sobre el asesinato de Kevin Taylor. La noticia los dejó helados, sin capacidad de reacción.
—El director del hospital me acaba de facilitar el archivo de video —les transmitió Fischer, quien ya coordinaba la emergencia con Butler—.
Se observa con total claridad al asesino ejecutando a Taylor en su propia cama.
Pero hay algo peor, James... el sistema de reconocimiento facial de la policía de Kent acaba de identificar al sospechoso. Es Steven Nolan.
James golpeó con frustración el capó del patrullero con la mano sana.
—Maldita sea... Encontramos el cuerpo, pero la única pista viva que teníamos ha sido silenciada en nuestras narices. Steven Nolan trabaja para alguien mucho más grande.
En el filo de la madrugada, el equipo rodeó la vivienda de Steven Nolan en absoluto silencio.
James desenfundó su Glock 17 con la mano derecha disponible y les hizo una seña táctica a sus compañeros.
De una patada certera, Arthur reventó la desgastada cerradura de la puerta, e ingresaron al grito unísono de "¡Policía!
" , barriendo las estancias con los haces de luz de sus linternas tácticas.
Registraron las habitaciones a toda velocidad, pero la propiedad estaba desierta.
—¡Aquí no hay nadie! ¡El maldito se ha largado! —gritó James.
En ese preciso instante, el eco limpio de un disparo de arma de fuego resonó en el patio trasero.
—¡Es el arma de Grace! —alertó Linda—. ¡Lo tiene!
Salieron al exterior y encontraron a Steven Nolan acorralado contra el marco de un ventanal bajo, temblando con los brazos en alto, mientras Grace lo encañonaba firmemente a la cabeza.
Arthur lo neutralizó con un movimiento rápido, derribándolo contra el suelo para colocarle las esposas de seguridad.
James se plantó frente a él, conteniendo el dolor de su herida, y le leyó los derechos reglamentarios: —Steven Nolan, queda usted detenido como presunto autor del asesinato de Kevin Taylor.
Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra en un tribunal de justicia...
—¿De qué demonios están hablando? —gritó Steven desde el suelo—. ¡Yo no maté a Kevin!
—A menos que tengas un hermano gemelo idéntico, vas a tener que explicárselo al juez —le espetó Grace—. La cámara de seguridad de la habitación de Taylor te grabó de principio a fin. Te vas a pudrir en prisión, Nolan.
—¡Yo no tengo nada que ver! —sollozó Steven, cambiando el tono a uno de pura desesperación—. ¡Fue Kevin quien me arrastró a todo este fango para que lo cubriera!
—¿Y por ese motivo decidiste asfixiarlo? ¿Quién te dio la orden desde Londres o Moscú? —presionó Linda con firmeza.
Steven guardó silencio unos segundos, respirando agitadamente, hasta que sus facciones se endurecieron. —Quiero un abogado. Me niego a declarar una sola palabra más, conozco mis derechos y...
Fuera de sí por la frustración y el dolor punzante de su brazo ensangrentado, James lo tomó con fuerza de la solapa de la chaqueta, acortando distancias de forma amenazante. —Vas a explicarnos qué está pasando, Nolan.
Grace le puso una mano firme en el hombro sano, frenándolo con calma. —Suéltalo, James. Ya es suficiente. Lo tenemos.
James inhaló aire profundamente, recuperó la compostura y soltó al detenido, dejándolo caer sobre el suelo mientras asimilaba con rabia contenida que la trama de espionaje del MI5 acababa de cobrarse su primera víctima oficial en el condado.