Fuego Cruzado en Kent
Las veinticuatro horas otorgadas por el fiscal del distrito para que Kevin Taylor se presentara a declarar de forma voluntaria habían concluido sin que el joven diera señales de vida.
La orden del equipo conjunto ahora era clara: localizarlo y proceder a su detención inmediata para asegurar su comparecencia por la fuerza.
Al llegar a la dirección declarada, los recibió una mujer de unos cincuenta años, de rostro amable y contextura robusta, que trabajaba como enfermera contratada para cuidar al abuelo de Kevin, quien se encontraba postrado en cama.
—¿Se encuentra Kevin Taylor? —preguntó James, mostrando su placa de inspector.
La mujer negó con la cabeza, fija la vista en la credencial policial. —Hace un par de días el muchacho vino de prisa, retiró varias mudas de ropa de su armario, las metió en una mochila y saludó al abuelo antes de marcharse. Tenía tanta prisa que daba la impresión de estar huyendo de alguien.
—¿Mencionó a dónde iba o si pensaba regresar? —indagó Grace, buscando algún hilo del que tirar.
—Kevin es un chico de pocas palabras y siempre parece andar apurado, oficial. No me dijo absolutamente nada.
—Tenemos una orden judicial para registrar el inmueble, señora —le comunicó James, extendiendo el documento oficial.
—Adelante, pasen —respondió ella, haciéndose a un lado y abriendo la puerta por completo.
Grace se encargó de inspeccionar minuciosamente incluso la habitación del anciano mientras el octogenario dormía profundamente, pero no hallaron pistas sustanciales.
—Lo que nos temíamos: Taylor se ha dado a la fuga —concluyó James con evidente frustración al salir de la vivienda.
Antes de retirarse, Arthur le tendió una tarjeta de la comisaría a la enfermera. —Si llega a comunicarse o regresa, por favor, llámenos de inmediato.
—Por supuesto, aunque dudo que asome la cabeza por aquí en el corto plazo —respondió la mujer con una sonrisa de cortesía un tanto forzada.
El viaje los llevó directamente a Deal, en el condado de Kent, siguiendo la pista del gimnasio que frecuentaba el sospechoso.
Cuando Steven Nolan reconoció a James, Grace y Arthur parados en la entrada del establecimiento, su rostro palideció e intentó cerrar la puerta de golpe.
Arthur reaccionó rápido, interponiendo el cuerpo y empujando la hoja de madera para franquear el paso.
—No pueden entrar aquí sin una orden de registro —exclamó Steven, alzando la voz con nerviosismo.
—Y tú no puedes mentirle a la policía en la cara, Steven —le espetó Grace, cerrándole el paso.
—¡Yo no les he mentido!
James lo tomó firmemente por la solapa de la chaqueta, acortando distancias. —La última vez nos aseguraste que Kevin no estaba en este gimnasio, y minutos después lo vimos salir de aquí. Si nos vuelves a obstruir el trabajo, te vas a ir arrestado por encubrimiento.
Steven tragó saliva.
—Me amenazó, oficial. Yo no tengo nada que ver con los problemas en los que está metido.
—¿Qué clase de problemas? —presionó James, sin soltarlo.
—Me confesó que, desde que descubrió la cabeza de esa chica en el río, vive bajo una amenaza constante —admitió Steven, con la voz entrecortada—. Pero les juro que ahora no está aquí.
—Eso lo comprobaremos nosotros mismos —dijo Arthur—. ¿Qué más te dijo?
—Solo eso, nada más.
—¿Y tú simplemente le creíste? —le cuestionó James, soltándolo lentamente.
—Es mi amigo y nunca me había fallado.
El equipo procedió a revisar las instalaciones del gimnasio. Al inspeccionar los vestuarios, notaron un ventanal abierto que conectaba directamente con un callejón trasero, estrecho y solitario. No había rastro de Kevin.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él? —preguntó Grace.
—Hace dos días —confesó Steven—. Me dijo que por su propia seguridad iba a desaparecer un tiempo de los sitios que solía frecuentar y me pidió que no le dijera nada a nadie. Estaba pálido, temblando, y no dejaba de mirar su teléfono cada dos minutos.
—Por su propio bien, si tienes una mínima idea de dónde planeaba esconderse, dilo ahora antes de que le ocurra algo peor —le advirtió James.
Steven negó de manera tajante. —No lo sé, inspector. De verdad que no me lo dijo.
—Si llega a llamarte, avísanos en el acto para que podamos rastrear la señal —le ordenó James, mientras Grace le apuntaba un número de contacto directo.
Steven se limitó a asentir con la cabeza.
Una vez en el callejón exterior, James observó detenidamente el entorno y se giró hacia sus compañeros. —Créanme, Taylor no está lejos.
Grace lo miró con cautela. —¿Qué viste, James?
—Había ropa deportiva limpia sobre uno de los bancos del vestuario. Según la enfermera, Kevin se llevó sus prendas dentro de una mochila, pero esa mochila seguía allí dentro. Nos vio llegar, se asustó y huyó por el ventanal hace escasos minutos, dejando sus pertenencias atrás.
—Buena observación—reconoció Grace—.Steven nos volvió a entretener…
—Y Taylor sigue empeñado en empeorar su situación —añadió Arthur.
—No creo que corra demasiado lejos sin dinero ni ropa —evaluó James, subiendo al coche—. Vamos a patrullar la zona y volveremos a vigilar el gimnasio al caer la noche.
—Creo que deberíamos recorrer Deal —sugirió Grace—. Quizás nos crucemos con su vehículo.
—No lo sé, no vinimos a hacer turismo ni a depender del azar, Grace —respondió James, engranando la marcha—, pero apruebo la idea de buscar un lugar para comer algo y planificar el siguiente paso.
De pronto, la atención de James se clavó en un vehículo de color rojo que avanzaba unos metros más adelante en actitud errática y que giró bruscamente en una esquina.
—¡Creo que es él! —exclamó James, pisando el acelerador a fondo para iniciar la persecución.
—Sí, es el mismo coche rojo en el que interceptamos a Taylor la primera vez —confirmó Grace, sujetándose del tablero—. ¡No lo pierdas de vista!
—Se dio cuenta de que somos nosotros, está acelerando —advirtió James, maniobrando entre las calles estrechas mientras Arthur, en el asiento trasero, desenfundaba su arma reglamentaria por precaución.
El coche rojo enfiló a gran velocidad hacia un callejón sin salida.
Taylor vio el patrullero acercarse y comprendió que ya no tenía salida.
Abrió la puerta antes de que el vehículo se detuviera por completo, bajó empuñando un arma y comenzó a disparar directamente contra el parabrisas de los inspectores.
—¡Al suelo! No quiere entregarse —ordenó James mientras las balas impactaban en la carrocería—. ¡Avancen en abanico, cúbranse e intenten atraparlo vivo!
En ese mismo instante, un proyectil atravesó el parabrisas e impactó limpiamente en el brazo de James.
El inspector soltó un quejido de dolor, pero logró estabilizar su postura y abrir fuego de respuesta.
Su disparo dio de lleno en el pecho del agresor, quien cayó de espaldas contra el guardabarros del coche rojo antes de desplomarse inerte sobre el asfalto, soltando el arma.
Arthur se aproximó con rapidez al tirador con el arma en alto, mientras Grace corría hacia el patrullero.
—¡James! ¿Cómo estás?
—Estoy bien, la bala solo me rozó... Ayuda a Arthur —alcanzó a decir James, presionándose el brazo ensangrentado.
Grace se arrodilló junto al cuerpo en el suelo y le tomó el pulso, frustrada. —Es Taylor. Creo que no lo va a lograr...
—Maldita sea —gruñó Arthur, guardando su pistola—. Era nuestra única conexión directa para descifrar qué le pasó realmente a Anastasia Ivanova.
En Colchester, cuando el sargento Miller le comunicó a Linda las novedades del tiroteo en Deal, la inspectora no pudo ocultar el impacto emocional.
—¿Cómo está James? —preguntó Linda.
—Está herido, y parece que Taylor recibió un impacto crítico en el enfrentamiento —explicó Miller, asimilando la gravedad de la situación—.
—¿Herido en qué parte? ¿Es de gravedad?
—No lo sé con certeza, Grace cortó la comunicación rápido —admitió Miller—. Tenemos que esperar a que vuelvan a llamar desde Kent.
Linda, incapaz de quedarse de brazos cruzados, tomó su propio teléfono y marcó el número de Grace, pero saltaba directamente al buzón de voz. —No da señal. Probablemente ya estén en camino al hospital —comentó con un deje de angustia.
En el lugar de los hechos, mientras esperaban la llegada de los servicios de emergencia de Kent y las unidades locales de apoyo, Grace logró mantener una breve comunicación con la jefatura de Essex y el fiscal Davies para asegurar el perímetro legal.
La ambulancia llegó al cabo de unos minutos.
El médico de emergencias estabilizó a Kevin Taylor sobre la camilla y miró a los oficiales: —Sigue con vida, pero hay que trasladarlo de urgencia al quirófano.
Usted también necesita atención inmediata para limpiar y vendar esa herida, inspector —le indicó a James, quien trataba de disimular el dolor agudo en el brazo.
Dos patrulleros de la Policía de Kent se sumaron al cordón policial.
El oficial a cargo interrogó brevemente a Grace y Arthur, informándoles que debían acompañarlos a la comisaría local para prestar declaración formal y cumplir con los protocolos de balística.
Antes de que la ambulancia cerrara las puertas, Grace solicitó autorización para escoltar a James.
—De acuerdo, inspectora, pero uno de nuestros agentes irá con ustedes en el vehículo médico para coordinar el traslado posterior a la jefatura —accedió el oficial de Kent.
Grace asintió en señal de agradecimiento y subió a la unidad de emergencias, que partió de inmediato hacia el hospital más cercano con las sirenas abiertas y las luces azules parpadeando en la tarde de Kent.
James fue ingresado directamente por la guardia médica, mientras que Taylor fue llevado de urgencia absoluta al bloque quirúrgico para detener la hemorragia interna.
Tras limpiarle la herida y aplicarle los puntos necesarios, el médico de guardia regresó con el informe de James.
—Ha tenido una suerte tremenda, inspector.
El proyectil tuvo una trayectoria de entrada y salida limpia; no tocó el hueso ni afectó arterias principales.
El proceso de cicatrización normal tomará unas dos semanas, y en un mes estará recuperado por completo.
Solo debe guardar reposo estricto un par de días y mantener el brazo inmovilizado con un cabestrillo.
—Gracias, doctor. La verdad es que pudo ser mucho peor —reconoció James, exhalando con alivio.
Grace se acercó a la camilla con una sonrisa.
—Dos semanas de baja médica no te van a venir mal, hermano.
James la observó en silencio, esbozando una mueca de cansancio.
Antes de abandonar el centro médico bajo la custodia de la Policía de Kent para formalizar el papeleo, el equipo recibió el último parte médico de Taylor: la cirugía seguía en curso y el pronóstico era reservado.
—Si logra sobrevivir a esa operación, Taylor va a quedar bajo arresto bajo cargos de intento de homicidio contra oficiales de la ley y obstrucción a la justicia en una causa de asesinato —sentenció James, con la mente puesta en las implicaciones que este tiroteo tendría sobre el tablero internacional que el MI5 les había revelado.