Enigma En Maldon El Precio De La Omisión
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El Precio De La Omisión

Linda se encontraba frente a la máquina de café cuando James apareció; se saludaron con naturalidad, como un día más, aunque el eco de la charla de la noche anterior todavía flotaba en el aire. Unos minutos más tarde, frente a su equipo, James marcó el objetivo del día.

—Hoy tenemos que volver a Maldon, específicamente a la zona donde fue encontrada la cabeza de Anastasia Ivanova frente al monte.

—La policía científica ha solicitado a la división canina perros adiestrados para rastrear cuerpos en tierra, y también haremos un barrido por el río con lanchas —explicó Grace, bebiendo un sorbo de café—.

Los perros pueden detectar los gases que emana un cadáver sumergido o restos en descomposición bajo el agua.

—No creo que el cuerpo esté enterrado en el monte, a metros de donde apareció la cabeza, y mucho menos sumergido en esta parte del río; aquí en Maldon es poco profundo. Si ahora sospechan de esta zona, ¿por qué no lo hicieron antes? — preguntó Arthur con escepticismo.

—Los forenses suelen centrarse en lo evidente en primera instancia —respondió James—. Cuando las pruebas no aparecen, recurrimos a las viejas tácticas de rastreo exhaustivo.

—De cualquier manera, no está mal que lo hagan; también están trabajando en Colchester —añadió Linda.

—Si el cuerpo sigue entero, lo encontraremos tarde o temprano —comentó Miller con frialdad técnica.

—Si fueron capaces de decapitarla, no sería extraño que hayan esparcido los restos en distintos lugares —dijo James con un tono que rozaba el lamento—. Pobre criatura.

Se acordonó el pequeño monte para alejar a los curiosos y se instaló un radar de penetración terrestre junto con excavadoras.

Dos perros fornidos hacían trotar a los policías que los llevaban con correas largas, sorteando la maleza, mientras una lancha recorría el Blackwater lentamente con dos canes husmeando sobre la borda.

James y sus compañeros seguían a los perros a una distancia prudente.

De repente, los animales comenzaron a hurgar el pasto con nerviosismo.

Los guías asintieron: habían hallado algo.

Arthur intercambió una mirada de satisfacción con James mientras una excavadora se dirigía al punto indicado.

Tras remover la tierra, aparecieron huesos que la científica procedió a identificar de inmediato.

—Falsa alarma —sentenció uno de los forenses, negando con la cabeza—. Son huesos de cerdo.

—¿De cerdo? Es extraño que los perros se hayan confundido así —observó James.

—No lo es, inspector. A menudo se usan restos de cerdo para el entrenamiento inicial de los canes, de ahí la distracción —explicó el forense.

—¿Algún resultado en el río? —preguntó James mientras una embarcación amarraba en el muelle.

—Nada de nada, señor. Recorrimos el cauce hasta el estuario, donde tiene más profundidad, y los perros no se alteraron en ningún momento.

James agradeció la información, aunque Arthur no tardó en recalcar su punto: —Lo dije antes de empezar: el cuerpo de la muchacha no está en Maldon.

—Sí, parece que tienes razón —admitió James, con la mirada perdida en el agua—. Ahora la investigación vuelve a Colchester.

De repente, James se giró hacia Miller: —Necesito que investigues a fondo al dueño de Mrs Salisbury’s , la cafetería de la escollera, y al encargado, Thomás Downey, que nos atendió aquel día.

—De acuerdo. En veinticuatro horas tendrás el informe —respondió Miller, activando su móvil al instante.

—¿Qué dudas tienes con ellos? —preguntó Grace, cruzándose de brazos—. Miller notó algo en Thomás aquel día, pero es normal ponerse nervioso cuando la policía aparece con preguntas sobre un crimen.

—Creo que sabe más de lo que nos dijo —insistió James—. Sus respuestas eran demasiado calculadas. No está de más volver a visitarlos y ver si su relato se mantiene firme.

A las cuarenta y ocho horas, el equipo recibió el informe de antecedentes.

Thomás Downey, británico de 40 años, tenía antecedentes por violencia de género y varias detenciones por conducir bajo los efectos del alcohol y resistencia a la autoridad.

Sin embargo, la sorpresa mayor fue el propietario de la cafetería: Brian Murray, conocido como "El Irlandés".

A sus 55 años, acumulaba antecedentes por venta de estupefacientes y organización de fiestas clandestinas.

Además, resultó ser accionista del club nocturno Golden Lace en Colchester, el mismo lugar donde hace dos años murió un joven por sobredosis y donde, casualmente, trabajaba Anastasia Ivanova.

—Golden Lace... —suspiró Grace—. Ya no es casualidad. Es una pista sólida. Hay que contactar al fiscal para formalizar la investigación sobre Murray.

Brian Murray se presentó en la estación policial de Colchester con una sonrisa desdeñosa. Era un hombre corpulento, de cara cuadrada y cabello rojizo impecable, vestido con una chaqueta negra de marca. Saludó a James con desgana y se sentó frente a ellos con aire de superioridad.

—¿A qué se debe esta citación, inspector? He tenido que dejar asuntos importantes en Londres para venir hasta aquí —dijo con tono autoritario.

James, sin responder, ojeó una carpeta en silencio antes de hablar: —Señor Murray, usted es dueño de Mrs Salisbury’s en Maldon y accionista mayoritario del Golden Lace en Colchester, ¿es correcto?

—Así es —admitió tras una breve duda—. Aunque en el club solo tengo una parte de las acciones.

—¿Conocía a Anastasia Ivanova? —indagó James, inclinándose hacia él.

—La conocí cuando me la presentó el encargado del club. Trabajó pocos meses y renunció mucho antes de... la tragedia. Dicen que era buena empleada.

—¿Tuvo algún trato con ella fuera del ámbito laboral? —preguntó Arthur.

Murray negó tajantemente. —No me relaciono con los empleados. Además, mis negocios en Londres me mantienen alejado de Colchester y Maldon. Mis contadores manejan casi todo.

—Hay rumores persistentes de venta de éxtasis en su club. ¿Qué tiene que decir? —presionó Arthur.

—Rumores, nada más —contestó Murray a secas.

Cuando Grace le preguntó por su situación personal, Murray torció la boca en un gesto de incomodidad antes de admitir que era separado.

—No entiendo qué tiene que ver mi vida o mis negocios con este crimen —espetó con ironía—. Solo porque la chica trabajó un tiempo en el club, si yo fuera responsable de algo así, inspector, créame que no estaría sentado aquí.

—Estamos citando a todos los que tuvieron contacto con ella. Usted no es la excepción —replicó James fijando su mirada en él—. Especialmente cuando su historial no es tan "limpio" como pretende.

Linda abrió una carpeta y leyó en voz alta: —Acoso, lesiones graves e infracción a la ley de drogas en este mismo condado.

Murray intentó fingir un tono de lamento. —Errores de juventud, oficial. Hay gente que ensucia al prójimo cuando no consigue lo que quiere. No puedo obligarlos a creer en mi inocencia sobre hechos del pasado que fueron injustos.

James cerró la carpeta y dio por terminada la sesión. —Se puede retirar, señor Murray. Pero no descarte que el fiscal lo llame a declarar nuevamente.

Murray se retiró sin saludar. En cuanto se alejó, Grace rompió el silencio: —No le creo ni una palabra. Ese papel de víctima no le sienta bien. Es un pez gordo.

—Algo oculta —coincidió Linda—. Esa conexión entre la cafetería y el club donde ella trabajaba es el nexo que necesitábamos.

James decidió poner a Murray bajo vigilancia en Londres y pedir una investigación financiera al HMRC . También ordenó vigilar discretamente a Thomás en la cafetería, esperando que algún movimiento nervioso los llevara a una nueva pista.

Poco después, llegó una notificación del fiscal: Kevin Taylor debía ser citado nuevamente debido a las contradicciones en su declaración sobre el hallazgo de la cabeza.

—Va a ser difícil ubicarlo ahora que está libre —se lamentó James—. No debimos permitir que Fischer lo soltara tan pronto.

—Fischer actuó según la ley, pero quizás no con sentido común —añadió Arthur a disgusto—. Al no tener abogado en ese momento, su liberación se aceleró antes de que tuviéramos nuevas pruebas.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Grace.

—Si está ocultando algo, no estará con su abuelo —sugirió Linda—. Apuesto por la casa de su amigo en Deal, en el condado de Kent.

—Es una posibilidad razonable —asintió James—. Pediré una orden para registrar la casa del abuelo, pero mañana saldremos hacia Deal. Arthur, Grace y yo iremos a Kent. Linda, tú y el sargento Miller se quedan aquí a cargo de la vigilancia del Golden Lace y de Thomás.

Linda no pareció demasiado satisfecha.

—¿Por qué yo me quedo?

—Porque solo disponemos de un vehículo policial asignado para viajes largos y no podemos dejar Colchester desatendida mientras cruzamos el Támesis —explicó James con firmeza.

Linda asintió sin discutir.

Mientras el resto del equipo organizaba el viaje a Kent, no pudo evitar sentir que estaba quedándose atrás.