Enigma En Maldon El Precio De Amar #2
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El Precio De Amar #2

—A veces hay que operar por fuera de las líneas rígidas del manual para armar el mapa completo, Joseph. Yo aprendí eso de la peor manera en mi carrera. De todos modos, si Fischer llega a enterarse de esta omisión, nos va a apartar de la investigación en el acto —advirtió Arthur.

—Y nos costará una sanción disciplinaria severa en nuestros legajos —añadió Linda.

—¿Por qué la inteligencia británica le negaría estos datos a un comisario de condado? —preguntó Grace.

James negó con la cabeza. —No es que se los nieguen a él personalmente, Grace.

Es la naturaleza de las agencias de inteligencia: nunca comparten sus bases de datos operativas con los organismos policiales comunes a menos que sea estrictamente necesario.

Nosotros somos una excepción forzosa porque tropezamos con el cuerpo de la chica.

—¿Y qué le vamos a decir a Fischer cuando nos pida el informe de la reunión? —preguntó Linda.

—Pregúntale a James, que para eso lo votamos como voz de mando. Él va a tener que poner la cara cuando el jefe lo llame a su despacho —dijo Arthur mientras el grupo comenzaba a dispersarse.

Minutos después, tal como lo habían previsto, el comisario Fischer mandó llamar a James a su oficina. Al ver que Linda caminaba junto a él por el pasillo, el jefe les hizo una seña para que entraran ambos.

—¿Y bien? ¿Les tomaron un examen escrito los muchachos de Whitehall? —preguntó Fischer con una sonrisa cargada de ironía y curiosidad profesional.

—Para nada, jefe. Ya sabe cómo son: quieren auditar cada expediente local aunque no sea de su competencia directa —le contestó James con notable frialdad.

—Sí, lo habitual en el MI5. Pero de cualquier manera, algo están husmeando en el condado —comentó el comisario.

—Principalmente querían verificar los registros de nacionalidad de Anastasia Ivanova, el estado actual de la causa y qué elementos recuperamos del agua —añadió Linda con una credibilidad impecable en su tono.

—Eso es precisamente lo que más me preocupa.

El resto del cuerpo de la víctima tiene que aparecer, ya sea en la jurisdicción de Colchester o en la de Maldon —contestó Fischer, frotándose la mandíbula con aire ausente.

— Ya ordené duplicar las cuadrillas de rastrillaje y mañana se van a sumar unidades caninas especializadas en ambos condados. Pueden retirarse.

James exhaló aliviado mientras cruzaba el umbral de la oficina junto a Linda, pero antes de que pudieran dar tres pasos, la voz de Fischer los detuvo.

—Olvidaba mencionarles algo. Kevin Taylor quedó formalmente en libertad por falta de mérito hace una hora. De todas formas, no le pierdan la pista.

—Entendido, jefe —respondió James antes de cerrar la puerta.

—Creí que iba a ser mucho más difícil lidiar con Fischer usando una coartada tan floja —admitió James cuando ganaron el playón de estacionamiento.

Linda asintió con la cabeza. —No se interesó demasiado en profundizar en los detalles de Whitehall. Su prioridad sigue siendo el rastrillaje del río.

James se encogió de hombros y, al buscar las llaves de su patrullero, notó que el auto de Linda no estaba en su lugar habitual.

—Mi coche está en el taller de la jefatura por una falla en los frenos —se adelantó a explicar ella—. Me iba a tomar un taxi de regreso a mi departamento. Nos vemos mañana.

—Te propongo algo mejor: pagamos un par de cervezas tranquilas en la cafetería de la esquina y después te alcanzo a tu casa —le ofreció James, abriéndole la puerta del asiento del acompañante.

—Me parece una excelente idea, siempre y cuando el trato no incluya terminar ebrios —le contestó Linda, regalándole una sonrisa genuina.

Minutos más tarde, sentados en un rincón apartado de una pequeña cafetería, Linda se dio cuenta de que era la primera vez que compartían un espacio a solas, lejos del ritmo frenético de las comisarías.

Con el correr de los minutos, la rigidez profesional se fue ablandando; James le habló parte de su pasado, del impacto emocional que había significado su divorcio y de cuánto extrañaba la cotidianidad con su hijo.

—Mi historia es bastante más simple, James —confesó ella, sosteniendo la taza entre sus manos—. Vivo con mi madre, que enviudó cuando yo era muy joven. Me llena de mimos y atenciones, pero su gran proyecto actual es encontrarme un esposo lo antes posible.

—Me cuesta creer que tengas problemas para conocer gente.

—Tengo un par de amigas con las que salgo a bailar algún que otro sábado por la noche. Nada más complejo que eso.

—¿Por qué? ¿Acaso le escapas a los compromisos afectivos?

Linda tardó unos segundos en responder, sopesando sus palabras con cuidado. —Creo que, simplemente, todavía no ha llegado la persona indicada ni el momento para iniciar una relación seria.

James la contempló en silencio durante un breve instante, atrapado por la calma que transmitía.

—¿En qué piensas? —preguntó Linda, sosteniéndole la mirada.

James esbozó una sonrisa nostálgica y bajó la vista. —Tal vez aún eres muy joven... pero algún día entenderás que el duelo es el precio que todos pagamos por amar.