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Veinticuatro horas después, el informe de la policía científica llegó al escritorio de James Gorman. Tras leer las primeras líneas, el inspector dejó el informe sobre el escritorio.

—Las huellas de neumáticos del monte no coinciden con las del coche de Kevin Taylor —anunció, rompiendo el silencio del equipo—.

Queda completamente descartado que su vehículo haya estado en Promenade Park el día del crimen.

De todos modos, el informe forense detalla varias marcas comerciales que comparten el mismo patrón de rodado.

Pero hay algo peor: los peritos no encontraron una sola huella dactilar en el departamento de Anastasia Ivanova.

Solo los rastros de sangre. Quienes la mataron o se la llevaron se tomaron el meticuloso trabajo de borrar cada superficie.

—Eso demuestra que no estamos lidiando con un delincuente común de poca monta —comentó Grace Bennett, cruzando los brazos con un tono de profunda desconfianza ante los resultados.

—Voy a tener que hablar con el comisario Fischer para que firme la liberación por falta de mérito de Kevin Taylor antes de que el fiscal nos ponga en un aprieto legal —advirtió Arthur Wallace ante el silencio pesado de sus compañeros.

Luego, tras unos segundos prosiguió— A propósito de Fischer...

me sugeririó que, como esta investigación va para largo, el equipo conjunto debería elegir formalmente un líder para unificar todos los procedimientos.

—Yo paso —se sinceró James de inmediato—. Mi jefa oficial es Grace.

—En los papeles puede ser, James, pero no en la realidad de la calle. Te guste o no, eres y serás el líder natural de este grupo—contestó Grace con naturalidad.

James negó con la cabeza, incómodo con los elogios, hasta que Linda Simpson interrumpió con una propuesta práctica:

—Hagamos una votación formal.

Intercambiaron miradas y asintieron con un gesto de aprobación. De los cinco votos del equipo, tres fueron para James, uno para Grace y el restante para Arthur. Aunque Linda había votado por Arthur para mantener el equilibrio con Colchester, la designación de James la dejó más que satisfecha.

Esa tarde, al finalizar el turno, a James no le quedó más remedio que pagar dos rondas de cerveza en el pub cercano y soportar el clásico e irónico brindis de felicitación de sus colegas.

A la mañana siguiente, el ambiente de camaradería se disipó por completo.

El comisario Fischer mandó llamar al equipo de tareas urgentes a la sala de juntas para comunicarles una noticia inesperada: oficiales de alto rango del MI5 habían solicitado una reunión de carácter confidencial con ellos esa misma tarde.

James se cruzó de brazos, asimilando la noticia con evidente suspicacia. —¿El servicio de seguridad nacional? Raro, ¿no? Ellos siempre se guardan los secretos en Whitehall y a la policía de condado solo nos tiran las migajas.

—No te extrañes que intenten absorber el caso y sacarnos la investigación del homicidio de Anastasia Ivanova —le contestó Grace, presintiendo un conflicto de jurisdicciones.

—O algo todavía más complejo —agregó Arthur, compartiendo una mirada de advertencia.

El jefe de la sección del MI5 era un hombre alto y corpulento, de unos cincuenta años, escaso cabello rojizo y un impecable traje gris hecho a medida; se presentó bajo el apellido de Bergen.

Lo acompañaba un agente más joven, también de contextura robusta, piel oliva, ojos oscuros y cabeza completamente rapada, que vestía un traje negro riguroso, camisa blanca y corbata a rayas.

Ambos se pararon frente al equipo con los brazos cruzados, proyectando una autoridad fría y distante, justo delante de una pizarra acrílica a sus espaldas.

—Nuestro servicio de contraespionaje británico, tras una extensa investigación de seguridad nacional, ha descubierto una red de agentes secretos rusos infiltrados aquí mismo, en Colchester —comenzó Bergen, yendo directo al grano.

— No es habitual que el MI5 comparta inteligencia clasificada con fuerzas de policía locales, pero en este caso, su equipo está detrás de un hilo conductor que nos puede llevar al desenlace que buscamos.

James y sus compañeros se miraron procesando el impacto de las palabras del agente.

El agente Bergen prosiguió, señalando la pizarra: —Según los últimos informes del MI6 desde el exterior, el matrimonio de supuestos ciudadanos belgas de apellido Janssens, que ejercían la odontología en Colchester, eran en realidad ciudadanos rusos.

Entraron al Reino Unido con pasaportes falsificados.

Eran oficiales de carrera del SVR, el Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia.

Cuando nuestros analistas descubrieron que operaban como dobles agentes para el espionaje británico, el Kremlin ordenó su eliminación física.

Fueron envenenados. —Bergen hizo una pausa táctica.

— Por otro lado, William Vance, quien portaba un pasaporte australiano y trabajaba formalmente como traductor técnico, también ingresó al país con identidad falsa.

Su verdadero nombre era Alexandre Kosovets, un cuadro operativo de los servicios secretos de Moscú.

Terminó con un tiro en la cabeza en la cuenca del río hace unos meses.

La hipótesis principal es que la contrainteligencia rusa descubrió que Kosovets pretendía vender información clasificada a Occidente.

—¿Se conocían los espías entre sí, señor? —quiso saber James, intentando armar el mapa mental del caso.

—Por la información que manejamos, no de forma directa —aclaró Bergen.

— Alexandre Kosovets operaba como una célula durmiente a la espera de ser activada.

Cuando en Moscú detectaron la traición de los supuestos odontólogos, enviaron un comando para envenenarlos con Novichok, un agente nervioso de uso estrictamente militar desarrollado por la antigua Unión Soviética.

No hace falta ingerirlo; basta con manipular un objeto contaminado para que el tóxico traspase la piel con efectos letales inmediatos.

Los rusos suelen utilizar estos métodos expeditivos.

Lo real y concreto es que los asesinos de los Janssens y de Kosovets siguen operando bajo identidades falsas dentro de Colchester o en algún punto estratégico de Inglaterra. Y está en nosotros descubrirlos.

—Señor, ¿por qué los servicios rusos elegirían una ciudad histórica y de perfil bajo como Colchester para introducir una red de espionaje de esta magnitud? —preguntó Grace, intrigada por la geografía de la infiltración.

—Excelente pregunta, oficial —intervino por primera vez el acompañante calvo de Bergen.

— A través de interceptaciones cibernéticas, confirmamos que los servicios rusos obtuvieron datos sobre los nuevos sistemas de guía táctica y microchips militares que se están testeando de forma confidencial en la Base Militar de Colchester, la guarnición de la brigada de asalto aéreo.

Intentaban infiltrar los sistemas de defensa locales mediante ataques a gran escala, pero nuestros analistas de ciberseguridad lograron neutralizar las intrusiones sistemáticas.

Bergen retomó la palabra, mirando fijamente a los detectives: —Les entregamos esta información de carácter ultra secreto porque ustedes están investigando el asesinato de Anastasia Ivanova.

Aunque por el momento no tenemos una conexión física directa entre ella y la red del SVR, recibimos una llamada anónima en nuestras oficinas exigiendo que el MI5 investigara su muerte.

En su momento se archivó por falta de sustento, pero dadas las circunstancias, el escenario cambió.

Sigan adelante con su línea de investigación, pero cualquier anomalía o dato que surja debe ser reportado de urgencia y en canal directo al MI5.

Esta información no puede salir de esta sala bajo ninguna circunstancia.

—¿El comisario Fischer está al tanto de los detalles de esta reunión, señor? —preguntó James.

Bergen negó de forma tajante. —No por ahora. Exigimos absoluta reserva institucional.

James se limitó a asentir con la cabeza. Los agentes de inteligencia se despidieron con un saludo estrictamente formal y abandonaron la sala de juntas con paso firme.

En cuanto la puerta se cerró, James cerró los ojos y exhaló el aire retenido. A sus compañeros les costaba reaccionar ante la magnitud de la filtración geopolítica. Fue Arthur quien rompió el tenso silencio:

—Yo me atendí un par de veces con el doctor Janssens en su clínica... Excelente profesional. Jamás me hubiera imaginado que detrás de ese hombre se ocultaba un oficial de inteligencia del Kremlin, y menos que su esposa también formaba parte de la red.

—¿Creen realmente que haya un vínculo ruso detrás de la muerte de Anastasia Ivanova? —preguntó Linda, con la mirada perdida en la pizarra vacía.

James soltó una risa seca, carente de humor.

—Según la lectura oficial de Fischer, esto tiene el tinte de un crimen pasional, pero el MI5 no descarta que la muerte de Anastasia sea una ramificación lateral de estos operativos de contrainteligencia.

Básicamente, nos acaban de tirar un muerto que arrastra una doble investigación internacional bajo el brazo.

—De todas formas, convengamos que en Colchester no se ve ningún movimiento tecnológico que justifique semejante despliegue —comentó Arthur.

—A simple vista no, Arthur, pero la guarnición militar de la zona maneja pabellones de desarrollo tecnológico subterráneos e infraestructuras críticas que no salen en los mapas. Si los servicios de inteligencia aliados están metidos, todo es posible.

—Va a ser sumamente complicado ocultarle el verdadero trasfondo de esto al comisario Fischer —señaló Grace, mostrando su preocupación profesional.

—El MI5 tiene la prioridad absoluta cuando la seguridad del Estado está en juego, Grace —le contestó James—. Los protocolos de espionaje anulan las cadenas de mando ordinarias.

—¿Pero de qué estamos hablando? Le estamos ocultando información crítica a nuestro propio jefe —intervino Miller, incómodo con la situación ética.