La Sombra del Golden Lace
Cuando Kevin Taylor cruzó el umbral de la comisaría de Colchester, todos parecían pendientes de la llegada de Taylor. El equipo conjunto, que lo esperaba con la adrenalina todavía alta, no ocultó su satisfacción al verlo esposado y con la mirada perdida.
—Sentíamos un poco de culpa por no haberlos acompañado, aunque insistieron en ir solos a Kent —admitió Arthur Wallace, rompiendo el silencio mientras se acercaba a James y Grace para chocarles la mano en señal de reconocimiento—. Gran trabajo, de verdad.
James, con el rostro serio y marcado por el viento de la costa, asintió.
—Llévenlo directo a la sala de interrogatorios uno.
Voy a informarle al comisario y a Woods sobre la detención.
Miller, encargate de que le tomen las huellas digitales y las carguen en el sistema de inmediato.
Y llamá al laboratorio; quiero que busquen cualquier rastro de ADN de este muchacho en los restos de la víctima, por mínimo que sea.
Grace exhaló un suspiro cargado de cansancio, observando cómo se llevaban al detenido. —Prepárense, porque con este tipo se nos viene una noche muy larga y pesada —sentenció, presintiendo la resistencia que estaba por venir.
La sala de interrogatorios era un cubo de hormigón sin ventanas donde el tiempo parecía detenerse.
El único sonido era el zumbido eléctrico de un tubo fluorescente que parpadeaba débilmente sobre la mesa de metal.
James Gorman entró y, sin decir palabra, arrojó el pesado expediente sobre la superficie metálica con un estruendo que resonó en las cuatro paredes.
Kevin dio un respingo en su silla y lo observó en silencio.
—Tenés derecho a un abogado y a negarte a declarar, Kevin —comenzó James, sentándose frente a él y clavándole una mirada que no ofrecía escapatoria—.
El joven no respondió. Se hundió en su asiento, ocultando el rostro tras sus manos temblorosas y negando con la cabeza en un gesto de muda desesperación.
—¿Por qué nos mentiste? —preguntó James en voz baja—.
Si no sos el asesino, ¿por qué darnos una dirección falsa de una tía que no existe?
¿Por qué huir de Colchester hacia Deal apenas apareció el bote en la escollera de Maldon?
Además, tenemos grabaciones: había alguien más con vos junto al río esa mañana. ¿Por qué callar eso?
Kevin guardó silencio un largo minuto, mientras el tic nervioso de su pierna golpeaba rítmicamente la pata de la mesa. Finalmente, bajó las manos y su voz salió rota, casi inaudible:
—Porque me amenazaron de muerte, oficial. No tienen idea de con quiénes se están metiendo.
—¿Quiénes te amenazaron? Danos nombres —intervino Arthur desde el otro extremo de la mesa.
Kevin tragó saliva, con la mirada fija en el metal de la mesa.
—El azar hizo que conociera a Anastasia en Londres y que volviéramos a coincidir acá, en Colchester.
Tuvimos meses buenos, proyectos juntos...
hasta que ella decidió entrar a trabajar en el Golden Lace .
Ese club nocturno es un nido de ratas, oficial.
Se mueve de todo ahí adentro: drogas, extorsión, gente muy pesada.
Nuestra relación se fue al diablo. Nos separamos hace cuatro meses.
Linda Simpson se adelantó, apoyando una mano en el borde de la mesa con una calma estudiada. —Es un lugar peligroso, es cierto. Pero vos seguías yendo por ahí, Kevin. Varias veces por semana —lo acorraló con suavidad—.
Kevin asintió, derrotado. —Iba, sí... pero les juro que nunca toqué la droga que vendían ni volví a hablar con ella. Soy inocente de su muerte, tienen que creerme. — Kevin se enderezó en la silla y apretó los labios.
— No voy a decir ni una palabra más.
James abrió el expediente y pasó las hojas lentamente, dejando que el sonido del papel aumentara la tensión.
—Tus antecedentes no te ayudan, Taylor. Denuncias por ebriedad, destrozos dentro del Golden Lace , peleas callejeras con otros clientes...
—James levantó la vista, escrutándolo—. ¿Algo que decir?
—Son errores de una mala noche, cuando uno toma de más y se descontrola. Nada más que eso —respondió Kevin, evitando el contacto visual.
Grace se inclinó hacia él, observando su ropa descuidada en contraste con el objeto sobre la mesa. —Tu teléfono móvil es de última generación y está sospechosamente limpio de cualquier registro. ¿Dónde está el teléfono que usabas hace tres días?
—Lo perdí —murmuró Kevin, mirando al suelo como si buscara una salida que no existía—.
—¿Lo perdiste justo cuando empezaba la cacería?... Qué conveniente —James cerró el expediente.
—Quedás detenido por la presunta sospecha del asesinato de Anastasia Ivanova. El fiscal no va a tener piedad con estas pruebas. Tenés derecho a un abogado.
Kevin abandonó su postura sumisa por primera vez, en un último intento de rebeldía. —No pueden tenerme acá más de veinticuatro horas sin cargos firmes. No tienen nada sólido contra mí, solo sospechas y un teléfono perdido.
—Eso lo va a decidir el fiscal Woods. Mientras tanto, te vas a quedar a disfrutar de la hospitalidad de nuestras celdas —respondió Grace haciendo una seña al guardia—. Lléveselo.
Kevin amagó con responder, pero se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi se saca sangre. Guardó un silencio amargo mientras el oficial de custodia lo sacaba de la sala.
Cuando la puerta se cerró, James miró a sus compañeros. —Llora como un hombre arrepentido, pero miente como un profesional —comentó en voz baja—. Hay algo en ese club, el Golden Lace , que se nos está escapando de las manos.