Las Cámaras Del Río
Cuando el cerrajero logró abrir la puerta del departamento de Anastasia Ivanova —un segundo piso ubicado en una estrecha y gris calle de Colchester—, la sorpresa del equipo conjunto fue mayúscula.
El desorden generalizado en las dos habitaciones del inmueble era la prueba irrefutable de que la joven polaca había luchado desesperadamente por su vida.
—Miller, llama de inmediato a la policía científica —ordenó Arthur Wallace con tono firme, esquivando los destrozos del suelo—. Que rastreen cada rincón. Acá quedaron muchísimas huellas y hay manchas de sangre evidentes en el piso.
El sargento Miller asintió y salió al pasillo con el teléfono en la mano.
Mientras tanto, Grace Bennett comenzó a registrar el mobiliario. Abrió el cajón de una mesa de luz y descubrió una fotografía oculta en el fondo.
La observó unos segundos.
—Miren esto —dijo Grace, atrayendo la atención del grupo—. Es Anastasia Ivanova en la playa... y el que está al lado de ella es Kevin Taylor.
— Vaya, vaya... Casi nada —comentó Miller al regresar a la habitación.
—¿Estás completamente segura, Grace? —preguntó James, acercándose para examinar la imagen.
Grace asintió clavando la vista en el papel fotográfico. —Más que segura, James. Es Taylor. Dalo por hecho.
—Con esto tenemos una base sólida para que el fiscal Woods autorice una orden de detención contra Taylor y avanzar con la investigación —comentó Linda Simpson.
—No cabe la menor duda —coincidió Grace, guardando la fotografía en una bolsa para evidencias.
Arthur Wallace cruzó los brazos, reflexivo. —Supongamos que Taylor juegue la carta de la inocencia. Que alegue que sí, que la conoció, pero que hacía tiempo que no se veían. Es una coartada común.
—Una coartada que va a tener que demostrar ante un tribunal —sentenció James—. Mientras tanto, pasa a ser el principal sospechoso de esta causa.
Arthur asintió. —De acuerdo. Tramitemos la orden formal con la fiscalía. Mientras los peritos trabajan acá, nosotros iremos a interrogar a los abuelos de Taylor para averiguar su paradero.
En la residencia de los Taylor, los detectives fueron recibidos por un hombre menudo, de abundante cabello blanco como la sal y un rostro cuyas profundas arrugas daban fe del implacable paso del tiempo.
Tras un breve saludo de cortesía, Arthur le mostró su placa de identificación. —Somos de la división de homicidios, señor. Buscamos a su nieto, Kevin Taylor.
El anciano bajó la mirada.
—¿Y ahora qué hizo ese muchacho? ¿De qué se lo acusa? —El hombre bajó la mirada con tristeza—. Desde que sus padres fallecieron en aquel accidente de tránsito, Kevin siempre me trae problemas. No volvió a ser el mismo.
Los oficiales guardaron un respetuoso silencio antes de continuar.
—Necesitamos interrogarlo con urgencia por una causa penal, señor. ¿Se encuentra en la casa? —preguntó James.
El anciano negó con la cabeza.
Linda Simpson dio un paso al frente y, adoptando un tono pausado y empático, casi maternal, le habló al hombre: —Abuelo, de verdad necesitamos hablar con su nieto. Créame que es por su propio bien, antes de que las cosas se compliquen más. ¿Sabe dónde podemos encontrarlo?
El anciano miró fijamente a Linda, evaluando su sinceridad, antes de confesar: —Hace dos noches que no viene a dormir a casa.
—¿Tiene alguna pista de adónde pudo haber ido? ¿Algún amigo o familiar? —insistió Linda.
El abuelo permaneció unos segundos en silencio, debatiéndose internamente, hasta que finalmente cedió: —Suele ir a Deal, en la costa de Kent. Tiene un amigo muy cercano allá.
—¿Deal? —repitió James confirmando mentalmente la ubicación de la localidad costera.
—Sí, oficial. Sé por mi nieto que este amigo tiene un gimnasio en esa zona, pero yo no lo conozco, nunca vino por aquí —explicó el anciano con tono honesto—. Se llama Steven. Kevin siempre lo nombra cuando habla con él por teléfono. No sé más que eso, lo lamento.
—Le agradecemos mucho su ayuda, señor —intervino Grace de forma oficial—.
Si su nieto llega a comunicarse o regresa, infórmele que debe presentarse inmediatamente en la comisaría de Colchester.
De lo contrario, pasadas las próximas veinticuatro horas, se emitirá una orden de captura nacional y será declarado prófugo de la justicia.
El anciano no respondió; se limitó a asentar levemente con la cabeza mientras cerraba la puerta.
—¿Le creen al viejo que Kevin de verdad no está ahí adentro? —preguntó Miller mientras caminaban de regreso al patrullero.
Grace se apresuró a contestar: —Seguro que no está, Joseph.
De lo contrario, el hombre no nos habría atendido con la puerta tan abierta.
Cuando alguien oculta a un familiar buscado por la ley, por lo general te traban la puerta con el cuerpo o salen a hablarte a la vereda. El viejo está diciendo la verdad.
—¿A cuánta distancia estamos de Deal desde acá? —quiso saber James.
Linda consultó rápidamente los mapas en su teléfono móvil. —Cruzando hacia el sur por el túnel de Dartford son unas noventa millas. Estaremos allá en poco más de dos horas en coche, dependiendo del tráfico en la autopista.
—Perfecto —concluyó Arthur—. Con la orden del fiscal en mano, le haremos una visita de cortesía a ese tal Steven.
Esa misma noche, tras una extenuante jornada de idas y vueltas entre Colchester y Maldon, James Gorman manejaba su auto de regreso a su hogar. Al tomar el desvío hacia Maldon, exhaló un profundo suspiro, rumiando la complejidad del rompecabezas que tenían entre manos.
"No va a ser fácil dar con el asesino", pensó. Todo el escenario del crimen sugería una planificación sistemática, diseñada minuciosamente para desviar la atención de la policía y ganar tiempo. ¿Estaban lidiando con un psicópata impulsivo o con un verdadero profesional del crimen?
Esa noche, mientras regresaba a Maldon, James pensó por primera vez en algo distinto al caso. Nick llegaba desde Liverpool para pasar unos días con él. Programó la transferencia mensual para Katherine y volvió a guardar el teléfono.
Sin embargo, apenas unos segundos después, su mente regresó a Anastasia Ivanova. Algo en aquel asesinato seguía sin encajar.
En otro sector del condado, la detective Linda Simpson llegó a casa y se dejó caer en el sillón.
—Todos los noticieros están hablando de lo mismo, de la joven decapitada —dijo Lauren, su madre, entrando a la sala con una taza de té.
Lauren tenía el cabello del color de la nieve y un parecido físico tan llamativo con su hija que parecía un espejo del futuro—.
Dicen que no aparece el resto del cuerpo y que la policía está de brazos cruzados.
Linda se tomó unos segundos para frotarse las sienes antes de responder: —No prestes atención a la televisión, mamá. Estamos poniendo todo lo que tenemos a nuestro alcance. Ya estamos investigando líneas en tres localidades distintas para acorralar al culpable.
—Lo sé, hija, los medios siempre buscan el sensacionalismo en estos casos —confortó Lauren, sentándose enfrente—.
Linda miró a su madre y, buscando distender la mente, le confesó: —Hoy se nos unió un equipo de inspectores de la comisaría de Maldon. Tienen muchísima experiencia en delitos complejos.
—¿Y qué tal? ¿Cómo se llevan? —indagó la madre con genuina curiosidad.
Linda se encogió de hombros con una ligera sonrisa.
—Recién nos conocemos, pero creo que vamos a consolidar un buen equipo de trabajo.
El inspector James Gorman tiene una voz de mando impresionante, además de ser un hombre realmente atractivo...
aunque operativamente el peso del grupo lo lleva la inspectora Grace Bennett, que tiene una personalidad avasallante.
El tercero es el sargento Miller, un joven moreno que es un auténtico cerebro de la informática. Hacen un trío excelente.
—¿Es casado ese inspector Gorman? —preguntó Lauren con calculada cautela.
—¿De qué estás hablando, mamá? Si te acabo de decir que lo acabo de conocer. Además, la vida privada de mis colegas no me interesa en lo más mínimo —replicó Linda, alzando el tono de voz.
—Hija, estás a punto de cumplir los treinta años —le recordó su madre con una sonrisa de medio lado, comenzando a alejarse hacia la cocina—. Tenés la edad justa para empezar a fijarte en alguien y no vivir sepultada bajo los expedientes de la profesión.
—En tus tiempos las madres querían casar a las hijas antes de los veinticinco, mamá, pero el mundo cambió. Ahora somos independientes y tenemos otras prioridades —le espetó Linda a sus espaldas.
Lauren sonrió entre dientes desde el pasillo y murmuró para sí misma: —Con ese bendito razonamiento moderno, estoy cada vez más lejos de ser abuela.
Al día siguiente, el panorama frente a las costas de Kent se presentaba brumoso. James y Grace observaban la deslucida fachada de un edificio que apenas sugería actividad comercial.
—Espero que en este maldito gimnasio se encuentre el tal Steven —suspiró Grace, ajustándose la solapa del abrigo.
—Es el último que nos queda en Deal; en el negocio anterior nos confirmaron que este es el cuarto y único establecimiento deportivo del pueblo —respondió James, evaluando la precaria estructura antes de decidirse a llamar a la puerta.
A los pocos instantes, un joven de contextura mediana abrió la puerta a medias, visiblemente apurado.
—Si vienen a buscar un turno de entrenamiento, lo lamento, pero no tenemos vacantes disponibles por el momento y...
—Somos oficiales de la división de homicidios. Buscamos a Steven Nolan —lo interrumpió James, exhibiendo su placa con firmeza.
El muchacho —un joven pelirrojo, de rostro redondo y salpicado por marcas de acné— se quedó mudo por unos segundos, sopesando la situación. Cuando finalmente reaccionó, su voz sonó tensa y defensiva: —Yo soy Steven Nolan, oficial. Tengo todos mis papeles limpios. ¿Cuál es el motivo de la visita?
—¿Conoce a Kevin Taylor? —disparó James, clavándole una mirada inquisitiva.
—Sí... por supuesto que lo conozco, es mi amigo —respondió Steven, fingiendo sorpresa—. Pero él no vive acá en Deal, él es de Colchester. ¿Por qué lo están buscando?
—Tiene que responder una serie de preguntas ante la justicia, señor Nolan.
Steven se encogió de hombros.
—Lo lamento, pero acá no está. Hace meses que no pisa Deal.
—¿Cuándo fue la última vez que tuvo comunicación directa con él? —inquirió Grace.
—No lo recuerdo —negó con la cabeza de forma tajante.
—¿Está completamente seguro de que no lo recuerda? —presionó James, dando un paso hacia el frente.
—Sí, es lo que acabo de decir. De hecho, lo llamé un par de veces a su teléfono celular estos días pero da apagado, así que supongo que habrá perdido el aparato o algo así.
James y Grace intercambiaron una rápida mirada de sospecha.
James volvió a centrar su atención en el pelirrojo: —Si se comunica con usted o se presenta en este lugar, hágale saber que tiene la obligación de entregarse en la jefatura de Colchester.
De lo contrario, la orden de captura ya está en curso.
—Se lo diré si sé algo de él, oficiales —asentó Steven con un seco saludo, cerrando la puerta del gimnasio de inmediato.
En la vereda, Grace estalló de fastidio: —Está mintiendo descaradamente, nos oculta algo.
El abuelo fue muy claro: escuchó perfectamente que Kevin lo llamó justo antes de desaparecer.
Firmaría ahora mismo que el chico está escondido ahí adentro o en las inmediaciones.
Sabe perfectamente que lo estamos cazando.
—Hagamos una cosa: movamos el patrullero de la puerta, estacionemos a la vuelta y esperemos de incógnito —propuso James—. Con un poco de suerte, la presión va a hacer que cometa un error y salga.
Pasó una tensa hora de vigilancia oculta.
Justo cuando los inspectores empezaban a evaluar otra estrategia, el portón automático de un garaje lindero al gimnasio se elevó rápidamente.
Un automóvil de color rojo salió a toda velocidad del interior, quemando llantas en dirección opuesta a la posición de los policías.
James miró a Grace, quien le devolvió un asentimiento enérgico. El inspector encendió el motor y pisó el acelerador a fondo tras el vehículo en fuga.
—No hay dudas de que es Taylor. No lo pierdas, James —exclamó Grace mientras se abrochaba apresuradamente el cinturón de seguridad.
El coche rojo cruzó el pueblo de Deal y se incorporó a una avenida principal que conectaba directamente con la carretera hacia el norte, violando todos los límites de velocidad permitidos.
James demostró su destreza al volante y, aprovechando el diseño de una curva pronunciada, le cerró el paso de forma violenta, obligando al sospechoso a clavar los frenos.
Casi antes de que los autos terminaran de detenerse, James bajó del patrullero con su arma reglamentaria en la mano, seguido de cerca por Grace.
—¡Policía! ¡No se mueva! ¡Las manos sobre el volante donde pueda verlas! —bramó James.
El conductor acató la orden de inmediato, paralizado por el miedo.
—Ahora, abra la puerta despacio, baje del vehículo y ponga las manos entrelazadas en la nuca.
A pesar de que se había teñido el cabello de un rubio estridente y lucía una barba crecida de varios días para camuflarse, Grace reconoció las facciones del fugitivo al instante.
—¡Yo no maté a Anastasia! —gritó Kevin Taylor con desesperación, mientras James lo obligaba a apoyarse sobre el capó del auto para colocarle las esposas.
—Kevin Taylor, queda arrestado bajo la sospecha del asesinato de Anastasia Ivanova —declaró James formalmente, recitándole sus derechos mientras lo conducía hacia la parte trasera del patrullero—. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga puede ser usado en su contra en un tribunal...
—¡Es que yo no la maté! ¡Se lo juro por Dios, yo no fui! ¡Yo la amaba! —rompió a llorar el joven, colapsando emocionalmente en el asiento trasero.
Grace se dio la vuelta desde el asiento del acompañante y lo interrumpió con dureza: —Si de verdad eras inocente, ¿cuál fue el motivo para mentirnos en la cara, inventar una dirección falsa y escapar cruzando el condado para eludir a la justicia?
—Soy inocente... —repitió Kevin a secas, con la mirada perdida mientras las lágrimas le surcaban las mejillas ensuciadas por el tinte.
—Eso lo va a determinar el fiscal —concluyó James, encendiendo el motor del coche—. No hable más hasta que esté su abogado presente.