Maldon en shock
A la mañana siguiente, James se hizo presente en la estación policial. Lo recibió el comisario Haines: un hombre corpulento, de cabello rojizo y rostro cubierto de pecas, quien le tendió la mano con firmeza.
—Bienvenido a casa después de sus vacaciones, James. Es una obviedad preguntarle si ya está enterado de la cabeza de la joven encontrada en el río —dijo el comisario.
James asintió. —Los diarios londinenses pusieron en sus portadas el escalofriante descubrimiento en el río Blackwater, jefe.
—Lo sé. Estamos esperando el informe de los forenses sobre la identidad de la víctima y los datos de la policía científica.
Está designado junto a la inspectora Bennett y el sargento Miller para liderar la investigación.
Aunque dudo que la víctima sea vecina de Maldon, hay algunas evidencias iniciales que deben considerar, James —concluyó el comisario, dando por terminada la charla.
Poco después, James se reunió con el sargento Joseph Miller y acordaron inspeccionar el lugar donde había aparecido el bote. Llamaron a Grace y partieron rumbo al río. La zona seguía vallada, y el agente apostado en el perímetro les abrió el paso con un sobrio saludo.
—Seguramente la policía científica ya tomó muestras de estas huellas de calzado tan profundas en la arena; no hay mucho más que ver aquí —comentó James a sus compañeros, observando el terreno—.
De todos modos, mirando la corriente del río, mantengo que es difícil que el bote haya encallado en este punto por sí solo.
De repente, Miller señaló hacia un sector semioculto en una pequeña elevación de la costa, rodeada de sauces y maleza ribereña.
—Eso parece una cafetería —dijo el sargento—. Si tiene cámaras de seguridad, quedan un poco lejos de la orilla, pero igualmente deberíamos ir a investigar.
Grace asintió con la cabeza. —Todo suma, sargento. Vamos.
Caminaron hacia el establecimiento. Al ingresar, James le mostró su placa a un encargado que los miró con evidente sorpresa; el hombre era de tez blanca, calvo y tenía el físico imponente de un luchador romano.
—Soy el inspector detective de homicidios James Gorman, de la policía de Maldon. Mis compañeros y yo quisiéramos hacerle unas preguntas, señor.
El encargado, cuyo gafete indicaba el nombre de Thomás, lanzó un hondo suspiro, pero guardó silencio.
—Todo bien, no se alarme —intervino James—. ¿Tienen cámaras de seguridad que apunten directamente hacia el río?
—Sí... —respondió Thomás, titubeando—, pero últimamente no están funcionando bien, oficial.
—¿Y hasta dónde llega su alcance cuando miramos hacia la costa? —indagó James.
—Los días sin neblina se ve perfectamente la estatua del guerrero, no más que eso.
—¿Podemos ver las grabaciones? —preguntó Grace.
—Sí, por supuesto. Pero si es por la cabeza de la mujer encontrada en el río, es poco lo que se podría ver ese día en la costanera, oficial —contestó Thomás, haciéndolos pasar a una pequeña oficina.
—¿Tiene el archivo de esa mañana? —quiso saber Grace.
—Sí, claro —respondió Thomás con cautela, mientras encendía una computadora portátil sobre el escritorio. Les dio la clave de acceso y se alejó de inmediato.
Miller tomó el control de los mandos y ajustó la paleta de colores en la pantalla para mejorar el contraste.
—Señálalo ahí —le ordenó James.
En las imágenes, difuminadas por la densa neblina de aquella mañana, se divisaba el monumento al guerrero.
—Detén la cámara ahí... Ahora cambia el ángulo. Retrocede y acerca la imagen. Congélala ahí —indicó James.
Joseph obedeció al instante.
—Hay un hombre parado al borde de la escollera, ¿verdad? —Grace observó la pantalla unos segundos—. Y la otra persona que sube desde el río... por la estatura, bien podría ser Taylor.
Tras un prolongado silencio, James guardó silencio unos segundos antes de volver a mirar la pantalla. —Acerca más la imagen, Joseph.
Pasaron unos largos segundos analizando los píxeles. Al terminar, los tres policías intercambiaron una mirada silenciosa, sabiendo exactamente lo que acababan de descubrir.
—¿Tiene un pendrive virgen, señor? —le preguntó James a Thomás.
Thomás esbozó una extraña expresión de desagrado y, abriendo a desgano un cajón del escritorio, sacó una unidad de memoria y se la entregó.
—Tenemos que secuestrar este material para que lo analicen los peritos. Si no encontramos pruebas suficientes para la investigación, se lo devolveremos, señor —le aclaró James.
Thomás asintió con un gesto serio.
—Una última pregunta: el día del suceso, ¿notó a gente extraña merodeando o entrando a la cafetería?
El encargado negó con la cabeza. —No que recuerde. Aquí trabajamos con la gente que conocemos de todo el año. La excepción son los fines de semana, cuando viene gente de otras ciudades a pasar el día junto al río.
—En otra oportunidad aceptaremos la invitación, señor. Gracias por su atención —respondió Grace con cortesía antes de salir.
En cuanto se cerró la puerta, la amabilidad de Thomás se esfumó. Sonrió entre dientes y sacó su teléfono móvil para hacer una llamada inmediata.
—Vino la policía a hacer preguntas. Y además, me pidieron ver las cámaras; copiaron el archivo de ese día y se lo llevaron, jefe.
Al otro lado de la línea, el interlocutor bufó con fastidio.
—Era de imaginarse... Pero no hay evidencias de que puedan descubrir ninguna pista a través de esas cámaras.
La policía seguramente va a seguir merodeando por el lugar.
Si vuelven a indagarte, mantén siempre la misma versión —ordenó el hombre antes de cortar abruptamente.
Thomás exhaló un suspiro de alivio al ver que el patrullero se alejaba.
Afuera, junto a la orilla del río y justo antes de subirse al vehículo, Grace encendió un cigarrillo pensativa.
Miller aprovechó ese instante para hacerles notar lo dubitativo y nervioso que se había puesto el encargado durante el interrogatorio.
Y lo que era más grave: quedaba claro que Taylor había mentido.
—Es verdad —asintió Grace, soltando una bocanada de humo antes de apagar el cigarrillo para entrar al coche—.
En ningún momento de su declaración Taylor mencionó la presencia de otra persona al borde de la escollera.
Solo habló de la mujer con el perro y del hombre con la caña de pescar a unos doscientos o trescientos metros del monumento.
—Me pregunto cuál habrá sido el motivo de Taylor para ocultar que había alguien más allí justo cuando él subía de la orilla tras descubrir la cabeza —planteó James.
—Una amenaza, quizás de muerte. Sería lo más lógico si asumimos que el chico no tiene nada que ver con el asesinato —sugirió Grace.
—De cualquier forma, va a tener que volver a declarar porque está falseando su testimonio —aclaró el sargento Miller.
James asintió. —Iremos a buscarlo. Es el único hilo del que podemos tirar ahora mismo, al menos hasta que tengamos la identidad de la víctima.
Al regresar a la jefatura, el comisario Haines los mandó llamar a su despacho de inmediato.
—¿Algún progreso en la investigación? —preguntó.
—Muy poco, jefe —respondió Grace.
—Bien, presten atención. Llegó el informe de la fiscalía remitido por el cuerpo forense respecto a la identidad de la joven decapitada.
El sistema cruzó las huellas dactilares y arrojó un nombre —Haines hizo una pausa dramática—.
Los restos pertenecen a Anastasia Ivanova, de veintiocho años y nacionalidad polaca.
Cuando llegó a Inglaterra vivió unos meses en Londres, pero su última residencia registrada estaba en la ciudad de Colchester, aquí mismo en el condado de Essex.
James, Grace y Joseph se cruzaron una mirada de absoluta sorpresa. Kevin Taylor, el joven que supuestamente tropezó por casualidad con la saca en el río Blackwater, también residía en Colchester.
—¿A qué se dedicaba la joven en Colchester? —preguntó James.
—Trabajaba en un burdel que opera bajo la fachada de un club nocturno llamado Golden Lace , a las afueras de la ciudad —contestó el comisario.
—¿Tenía antecedentes policiales? —quiso saber Grace.
Haines negó con la cabeza. —Según el informe de Colchester, solo fue retenida en una ocasión durante una redada en una fiesta clandestina donde se consumían estupefacientes, pero ella estaba limpia y no se le imputaron cargos.
—Es muy probable que la hayan asesinado en Colchester. ¿Qué motivo habría para trasladar la cabeza hasta Maldon, asumiendo el enorme riesgo de ser interceptados por la policía en el trayecto? —se cuestionó Grace.
—Es una táctica para desviar la atención y ganar tiempo —explicó James—. Le da margen al asesino para ocultar el resto del cuerpo y hacer desaparecer cualquier rastro de la escena principal. ¿Quién se hará cargo del caso, jefe?
—Me pondré en contacto con la jefatura de Colchester para evaluar las competencias.
Ellos tienen la jurisdicción sobre el presunto lugar del homicidio y la búsqueda del cuerpo, y nosotros tenemos la evidencia del hallazgo.
Lo ideal es crear un equipo conjunto. De cualquier manera, la coordinación global está en manos del jefe de fiscales del condado, Barry Woods.
Si autoriza unificar las fuerzas, Colchester está a apenas quince millas de Maldon, así que la distancia no será un problema para los traslados ni para el despliegue de la investigación.
Los oficiales asistieron, aunque sus expresiones reflejaban cierta desconfianza ante la burocracia compartida.
Antes de salir, el sargento Miller le notificó al comisario que había logrado extraer capturas muy nítidas de la cinta de seguridad gracias a un software de optimización.
—Se las enviaré a su terminal de inmediato, jefe —añadió.
Minutos después, el patrullero se detuvo frente al número 501 de Victoria Road. James observó el lugar y un gesto de profundo fastidio transformó su rostro. Se llevó las manos a la cabeza y soltó una maldición: —Mierda.
En la dirección que Taylor había fijado como el domicilio de su tía, lo único que encontraron fue un local comercial completamente cerrado, con un cartel descolorido de "Se Vende".