Kevin Taylor
A las puertas de la sede del distrito, un centenar de periodistas y camarógrafos esperaban ansiosos con sus trípodes listos ante la lente de los fotógrafos.
La expectación era máxima ante la inminente rueda de prensa de la fiscal del distrito, Kristen Walker, sobre el macabro hallazgo de la cabeza de una joven mujer, cercenada de su cuerpo, en un bote.
Alrededor, los vecinos de la ciudad se iban congregando entre murmullos, pugnando por conseguir una mejor ubicación para escuchar a las autoridades.
De repente, la fiscal Kristen Walker se hizo presente, luciendo un traje de corte impecable y elegante. Walker guardó silencio unos segundos antes de responder, visiblemente molesta por el asedio de los flashes y la cercanía de los micrófonos que casi le rozaban el rostro.
—¿Qué novedades tiene la fiscalía sobre este abominable hallazgo en el río? —le espetó un conocido reportero de la televisión londinense.
—Por el momento son pocas, al menos hasta que recibamos el informe definitivo del patólogo forense y de la policía científica sobre su identidad.
—¿Por qué demoran tanto? —inquirió una joven periodista.
Walker elevó el tono de voz, cortante: —Ya lo repetí: no es un problema de la fiscalía.
Siempre que los resultados no formen parte del secreto de sumario, los daré a conocer.
Sin embargo, dadas las condiciones en las que se encontró esa parte del cuerpo, el patólogo estima que el análisis de ADN puede tardar más de veinte días.
—¿Se puede vincular el asesinato con alguna secta que realice ritos satánicos? —preguntó otra reportera.
—Es imposible determinarlo en esta fase preliminar, pero no descartamos ninguna hipótesis.
—¿Existe alguna certeza sobre el tiempo transcurrido entre el asesinato y el descubrimiento de la cabeza? —preguntó un periodista de una localidad vecina.
—Según el informe preliminar del forense, la presencia de sangre seca, los ojos hundidos y la palidez del rostro, que ya mostraba cierta transparencia, sugieren que habrían pasado varias horas desde el deceso.
—Tienen un detenido, ¿verdad? —lanzó otro desde el fondo.
La fiscal negó con la cabeza de inmediato. —No hay ningún detenido por este caso. ¿De dónde sacó esa información?
—Se habla del joven que encontró los restos de la infortunada mujer —insistió una reportera de un conocido medio local—. Dicen, además, que ni siquiera vive en Maldon.
—Solamente se le ha pedido que no abandone el país hasta que se compruebe fehacientemente la veracidad de su declaración.
—¿Hay alguna otra persona que puedan llamar a declarar, señora fiscal? —preguntó otro cronista.
—No la hay por el momento —Walker hizo una pausa breve—. La conferencia de prensa se da por concluida. Gracias por su presencia.
Un periodista intentó interrumpir su salida: —Una última pregunta, señora fiscal. ¿La víctima podría ser vecina de Maldon?
Ella asintió a regañadientes antes de responder: —Hasta que no se la identifique es imposible saberlo, a menos que alguien denuncie su desaparición o acuda a la morgue para su reconocimiento.
—La última, señora fiscal. ¿Qué opina de este aberrante crimen?
La fiscal exhaló un suspiro profundo. —Todo crimen es aberrante, pero este hecho supera los límites de la crueldad humana.
Ver algo así va más allá de lo que podemos asimilar.
Créame que no quedará impune; la justicia, tarde o temprano, descubrirá al culpable o a los culpables, y pagarán por lo que hicieron.
«La fiscal Kristen Walker es una buena oradora, pero no deja de ser petulante», pensó la inspectora detective Grace Bennett mientras bebía una copa de Pinot Grigio en el salón de la casa de té Salisbury, en Mill Road.
Observaba el final de la transmisión televisiva cuando, de repente, llegó su compañero, el también inspector detective de homicidios James Gorman.
La saludó con un beso en la mejilla y se sentó a su lado.
—Maldon pasó del anonimato a convertirse en el centro de todas las noticias policiales del Reino Unido —comentó James con una media sonrisa, sosteniendo un ejemplar del diario The Sun .
—Qué semana, por Dios, es demasiado para un pueblo como este. Justo te tocaba tomarte vacaciones. Extrañaba tu compañía, y más en un caso tan resonante como este.
James asintió. —Leí la noticia en Londres, en la primera plana. ¿Cómo sigue la causa?
—Las primeras constataciones confirman que la cabeza fue arrancada del cuerpo. Estamos esperando la identificación de la víctima. La fiscal acaba de dar esa rueda de prensa, pero no hay avances reales. Tenemos muy poco para empezar, por no decir nada. Todo esto parece irreal, James, te lo aseguro.
—¿Qué hay del joven que descubrió la cabeza? —preguntó James.
—Nada en particular, pura curiosidad. Aunque, según cómo se mire, eso lo convierte en nuestro primer sospechoso, más allá de cualquier duda razonable.
—¿Qué clase de dudas? —preguntó James tras una breve pausa.
—El chico no es de aquí, vive en Colchester.
Además, tiene algunos antecedentes menores por embriaguez y riñas callejeras, a pesar de su cara de inocente.
Sé que hay mucha distancia entre eso y decapitar a una mujer, pero los crímenes más atroces a veces los comete la gente menos pensada.
Hay que mantener la duda. Por supuesto no está detenido, pero se le ordenó fijar domicilio y firmar un compromiso para comparecer ante el juzgado en cuanto sea citado.
—¿De qué vive el joven? —preguntó James.
—Vive con su abuelo, no tiene trabajo fijo. Estudiaba medicina, pero abandonó la carrera hace tres años. Su pasión es el running .
James movió la cabeza, pensativo. —Pensar que es el asesino o un cómplice suena a fantasía. Si la víctima no es de Maldon, tomarse el trabajo de traer la cabeza hasta aquí, dejarla en un bote y luego llamar a la policía... Aunque es verdad que los criminales no siempre actúan de forma racional.
—Eso mismo le dije a mi ayudante cuando interrogué al chico —comentó Grace mientras encendía un cigarrillo—.
Pero hubo algo más que me llamó la atención.
Cuando el joven Taylor salió de la estación, lo miré por el ventanal; se sentó en un banco y se puso a llorar, como si hubiera conocido a la víctima.
James hizo una mueca. —No lo descartemos. Aunque tampoco debe ser agradable encontrarse con una cabeza decapitada. —James cambió de tema de golpe—: A propósito, ¿qué dice el gruñón del comisario Haines?
Grace sonrió con ganas. —Se pasea en todas las notas como si fuera la figura principal, sobre todo si hay cámaras de televisión. Pero lo mejor de todo es que nos asignó el caso a nosotros.
—Era de esperarse. Aunque si la víctima no es de Maldon, nuestro aporte servirá de poco y terminarán sacándonos de la investigación —James hizo una pausa para pedir una cerveza y luego añadió—: ¿Qué hicieron con el bote?
—Se lo llevó el equipo de científica.
James torció el cuello con un gesto de desagrado. —Buscar pruebas no es ir tras lo evidente, Grace. Debemos buscar lo que permanece oculto.
—¿Por ejemplo? —inquirió ella, entornando los ojos.
—La corriente no arrastró ese bote hasta la costa. En Maldon hay docenas de botes abandonados en el río. Alguien eligió ese a propósito para depositar la cabeza.
—Pienso exactamente lo mismo. Veremos qué dice el informe técnico. —Grace guardó silencio un instante antes de cambiar de tema—: James, tú siempre creíste que tu frustrado ascenso a subcomisario se debió a que Haines metió las narices en Asuntos Internos, ¿verdad?
James echó la cabeza hacia atrás y suspiró con la mirada puesta en el techo.
—Sabes que cuando me separé de Katherine sufrí un bajón muy grande.
Bebí más de la cuenta y admito que, en alguna ocasión, llegué a consumir drogas.
Quizás perdí lo que tenía porque no supe valorarlo a tiempo, pero eso ya es historia.
—A veces la vida es como las películas, James: no todas tienen un final feliz.
Él asintió. Tras una larga pausa, confesó: —Hubo días en que mi estado no era el mejor y Haines lo notó.
También tuvimos una fuerte discusión por un procedimiento en el que él estaba equivocado y jamás quiso admitirlo.
Pero en fin, el jefe es el jefe. Ahora las cosas están normales entre nosotros, pero yo sigo siendo inspector detective y tú mi jefa, a pesar de que tenemos el mismo rango.
Grace le negó con la cabeza y le tocó el brazo con afecto. —Siempre serás mi jefe, James, aunque en los papeles de la jefatura pretendan decir lo contrario.
—Lo importante es que somos un equipo junto al sargento Miller, nos llevamos bien y eso es lo que cuenta —concluyó James, dando un sorbo a su cerveza
Grace lo observó en silencio mientras daba un sorbo a su cerveza.
Siempre había confiado en James. Durante años habían compartido guardias interminables, investigaciones difíciles y más de una noche complicada. Entre ellos existía una complicidad que iba mucho más allá del rango o de los cargos escritos en una placa.
—¿En qué estás pensando? —preguntó James al notar su mirada.
Grace dejó la copa sobre la mesa.
—En Taylor.
—¿Todavía crees que oculta algo?
—No lo sé.
James asintió.
—Entonces tendremos que averiguarlo.
A través de la ventana, la niebla comenzaba a extenderse otra vez sobre Maldon. Grace permaneció observándola unos segundos.
Algo en toda aquella historia seguía sin encajar.
Y apenas estaban empezando.