Enigma En Maldon La cabeza en el bote
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Enigma En Maldon

Enigma En Maldon

Por Angel Juri

© inepub.com

La cabeza en el bote

La mañana invernal amaneció fría y cubierta por una espesa neblina en el pueblo de Maldon, al este del Reino Unido.

Kevin Taylor, un joven de piernas largas que vestía una sudadera con la capucha puesta, se propuso recorrer a paso ligero las dos millas de la ribera estrecha y casi desierta que bordea el río Blackwater.

En su trayecto solo se cruzó con una mujer abrigada que paseaba a un pequeño perro blanco y con un hombre canoso que, con una larga caña de pescar al hombro, le dedicó un gesto de saludo.

Al llegar al final de la costanera, justo cuando iba a rodear la estatua, Kevin se detuvo en seco. Algo no encajaba. A unos metros, entre el agua y la arena de la playa, un bote viejo y abandonado se bamboleaba suavemente entre el agua y la arena. Dentro había algo.

Como no había escalones y el descenso era empinado, bajó con dificultad hacia la orilla.

Frente a él vio una saca roja de gran tamaño.

Dudó un instante, pero la curiosidad pudo más; deslizó lentamente el cierre y, de golpe, sus ojos se abrieron desmesuradamente ante el horror de lo que acababa de descubrir.

Para cuando la inspectora detective de homicidios, Grace Bennett, llegó al lugar junto al joven sargento Joseph Miller, la policía ya había acordonado la zona.

Alrededor, un centenar de curiosos se amontonaba intentando mirar.

El eco de las sirenas de emergencia y el destello de las luces azules se mezclaban con la bruma, mientras más patrulleros llegaban por la avenida High Street, a pocos metros del río y a corta distancia del macabro hallazgo de Kevin.

En una camilla improvisada, dos médicos forenses examinaban los restos, mientras el equipo de la policía científica buscaba huellas en el bote y recolectaba rastros para analizarlos luego en el laboratorio.

—¿Quién descubrió el bulto? —preguntó la detective Bennett a uno de los agentes.

—Un joven que corría por la zona, Kevin Taylor —respondió el oficial—. Dice que se cruzó con un hombre antes del hallazgo. Lo tenemos en un patrullero, inspectora; está muy nervioso y completamente conmocionado.

Grace asintió con la intención de ir a interrogarlo, pero se detuvo cuando un auto de alta gama frenó bruscamente frente a ella.

Del vehículo bajó la fiscal Kristen Walker: una mujer de unos cincuenta años, delgada, alta, rubia y vestida con un traje azul impecable y zapatos de tacón.

Era una vieja conocida de la inspectora Bennett.

Justo cuando se disponían a hablar, uno de los forenses las llamó mientras se secaba el sudor de una frente marcada por los años.

—El hallazgo pertenece a una mujer joven —informó el médico con voz grave—. Presenta lesiones de autodefensa en el cuello, lo que indica que luchó por su vida.

El hombre hizo una breve pausa antes de continuar.

—La cabeza fue cercenada del cuerpo y tiene petequias por todo el rostro y en los ojos; esos pequeños puntitos rojos son una señal clara de la violencia del ataque o de una asfixia previa.

Un silencio pesado se instaló en el lugar.

—¿Y el resto del cuerpo? —preguntó la fiscal, que acababa de llegar.

—No está aquí.

—La decapitación no fue quirúrgica —añadió el forense—. Probablemente se utilizó una herramienta mecánica.

Grace observó la bolsa negra donde ya habían colocado la cabeza. Sabía que ese caso no iba a ser simple.

Ni rápido. Ni limpio.