Capítulo 39 #2
Y mientras su boca reclama la mía de nuevo, más exigente esta vez, acepto que la adivina tenía razón: esto no es un romance suave. Es algo más afilado, más oscuro, un amor tallado en la violencia y sellado con sangre. Y no lo querría de otra forma.
Vamos de atracción en atracción, empapándonos de todo lo que podemos antes de que se nos acabe el tiempo. No necesitamos reloj para saber cuándo se acerca la medianoche. La multitud gravita hacia el escenario central, el mismo altar donde Jack me reclamó como su Novia.
Esta noche está transformado por cientos de velas negras, sus llamas perfectamente quietas en el aire sin viento, el humo alzándose en columnas rectas hacia un cielo sin luna. El aroma de la cera derretida se mezcla con el incienso, con el sudor y la anticipación de los cuerpos que se apiñan.
El escenario se alza ante nosotros, envuelto en terciopelo pesado del color de la sangre seca, iluminado desde abajo para crear la ilusión de que flota sobre el suelo. Nicklas y Carolina ya esperan entre bastidores, sus siluetas nítidas contra el resplandor de las hogueras.
—Ahí estáis —dice Carolina cuando llegamos, con la voz baja entre el creciente murmullo de la multitud.
Está etérea esta noche, con un vestido que cambia entre negro y azul medianoche con cada movimiento, el cabello recogido para revelar la elegante línea de su garganta—.
Empezaba a pensar que os habíais perdido en las festividades.
Los dedos de Jack se tensan casi imperceptiblemente en mi cadera.
—Teníamos asuntos pendientes con una adivina.
Nicklas levanta una ceja pero no pregunta más. Parece entender que algunas cosas nos pertenecen solo a nosotros, envueltas en privacidad pese a nuestra presencia pública. En lugar de eso, señala hacia el escenario, donde los técnicos hacen los últimos ajustes a los micrófonos y la iluminación.
—Cinco minutos —dice—. Carolina abrirá y luego os llamará a medianoche en punto.
Asiento, extrañamente nerviosa a pesar de todo lo que ya hemos sobrevivido. Esto parece importante: un umbral que se cruza, una puerta que se cierra en un capítulo y se abre a otro. Jack percibe mi tensión, y su pulgar traza pequeños círculos en mi espalda.
—Respira —murmura contra mi oído—. Esto es solo una formalidad. El trabajo de verdad ya está hecho.
Tiene razón. Ya se están deshaciendo del cuerpo de Shelby, su sangre lavada de nuestras manos, su recuerdo desvaneciéndose con cada hora que pasa.
Carolina mira su reloj y cuadra los hombros.
—Es hora.
Sale de las sombras y sube al escenario. Su aparición desencadena un silencio que se extiende por la multitud como ondas en agua quieta. El foco la encuentra y la baña en una luz fría que convierte su piel en alabastro.
Como una reina que reconoce a sus súbditos, levanta las manos, y el silencio se profundiza, expectante y hambriento.
—Bienvenidos —comienza, y su voz se proyecta sin esfuerzo— a la hora final del Santuario de las Sombras.
La multitud responde con un gemido bajo y colectivo, mitad decepción, mitad anticipación. Carolina espera a que se calme antes de continuar.
»Cuando creamos este lugar, buscamos construir más que un espectáculo. Más que entretenimiento. Queríamos crear un santuario en el sentido más verdadero: un lugar donde abrazar la oscuridad en lugar de temerla. Donde el dolor y la pena pudieran transmutarse en algo poderoso.
Su mirada recorre la multitud y encuentra rostros en el mar de máscaras y maquillaje.
Observo desde los bastidores, con Jack como presencia sólida a mi lado, mientras ella habla de transformación, de supervivencia, de convertir el trauma en fuerza.
Sus palabras resuenan en mi interior: yo también he sido transformada por la oscuridad, he aprendido a manejarla en lugar de temerla.
—El Santuario de las Sombras nació de la pérdida —continúa Carolina, y su voz se suaviza—.
De las cenizas de lo que nos fue arrebatado.
Mi hermana, Willow, nunca vio lo que construimos aquí.
—Hace una pausa; la emoción le tensa brevemente los rasgos antes de dominarla—.
Pero su espíritu infunde cada sombra, cada llama.
La Fundación Willow surgió de estos terrenos y ya ha comenzado a cambiar vidas, a crear hogares y seguridad para quienes más lo necesitan.
La multitud guarda un silencio absoluto, cautivada por su sinceridad descarnada. Incluso Jack parece hipnotizado; su respiración se acompasa con la mía mientras escuchamos.
—Esta noche, al cerrar este capítulo, quiero que recordéis que Halloween no es solo una fecha en el calendario —continúa Carolina con voz más firme, más convencida—.
Es un estado mental. La voluntad de mirar hacia la oscuridad y ver no solo miedo, sino posibilidad. No solo finales, sino transformaciones.
El reloj avanza hacia la medianoche. Lo siento en los huesos, en la anticipación eléctrica que recorre a la multitud.
—Y la transformación —dice Carolina, con la mirada buscándome entre las sombras— es lo que celebramos esta noche.
No un final, sino una evolución —extiende la mano hacia los bastidores—.
Cuando el reloj marque la medianoche, invito a la Dra.
Eve Mortis a unirse a mí para compartir lo que viene después.
La multitud aclama mi nombre; lo reconocen del lanzamiento de hace apenas un mes. Jack me aprieta la mano una vez antes de soltarme y dejarme salir a la luz sola. El escenario se siente diferente bajo mis pies ahora: no es una trampa, sino una plataforma; no una prisión, sino un púlpito.
Carolina me abraza cuando llego a su lado, un gesto genuino a pesar del contexto teatral.
—Gracias —susurra antes de apartarse, con una sonrisa íntima y cálida, y luego se vuelve hacia el público.
La primera campanada de medianoche resuena, grave y profunda. Me vuelvo hacia Jack, que sigue en los bastidores pero ahora visible, y le tiendo la mano para compartir este momento juntos. Él niega con la cabeza, con una sonrisa burlona.
Carolina espera a que suenen las doce campanadas antes de volver a hablar.
—El Santuario de las Sombras cierra esta noche —anuncia—, pero la oscuridad no desaparece con el amanecer.
Doy un paso adelante; me siento extrañamente en casa bajo el foco.
—Simplemente cambia de forma —continúo; nuestras voces se entrelazan tal como habíamos ensayado—. Por eso nos complace anunciar que el Santuario resurgirá.
—No el próximo octubre —añade Carolina—, sino este diciembre.
La multitud se agita; una ola de confusión la recorre. No era el anuncio que esperaban: se habían preparado para una despedida, no para una continuación.
—El Santuario de los Secretos está en camino —explico; las palabras fluyen de mi lengua con un peso delicioso—. El primer lanzamiento será en otra ciudad. Nuevos terrenos, nuevos terrores, pero la misma alma.
La mano de Carolina busca la mía y nuestros dedos se entrelazan mientras nos volvemos juntas hacia el público.
—Las entradas estarán disponibles la semana que viene, así que más os vale daros prisa. Nuestro evento del Santuario de los Secretos solo durará una semana.
El anuncio desata una oleada de entusiasmo: la gente se aferra a sus medallones, susurra a sus acompañantes, ya imagina qué horrores les aguardan en la oscuridad de diciembre.
En algún lugar de la multitud comienza un cántico, sin palabras al principio, que luego se funde en una repetición rítmica de «Una lista. Dos opciones. ¿Has sido travieso o bueno?» y crece hasta parecer sacudir los cimientos mismos de la isla.
A nuestra espalda, el fuego estalla desde contenedores ocultos; columnas de llamas se alzan hacia el cielo nocturno en perfecta sincronía con el cántico. El calor nos envuelve, no para quemar sino para purificar, y marca el final de una era y el nacimiento de otra.
Mareada de emoción, me vuelvo para buscar a Jack, pero no lo veo. Cuando mis ojos se posan en Nicklas, él se limita a negar con la cabeza con una sonrisita burlona. Empiezo a pensar que esa sonrisita es un maldito rasgo familiar.
—¿Has visto...? —un grito escapa de mí cuando de repente me tiran hacia atrás.
Al darme la vuelta, me encuentro con dos círculos gemelos de cristal negro; su máscara está a centímetros de mi cara, su respiración raspa a través del filtro en jadeos constantes.
El mundo se reduce al siseo de la máscara, al peso de su agarre y a la posesión silenciosa en la forma en que me mantiene quieta.
—Mía —dice—. Siempre.
Enrosco los dedos en la pechera de su camisa y tiro de él hacia mí, reclamándolo como mío con la presión de mi cuerpo contra el suyo.
—Tuya —acepto—. Pero solo si puedes atraparme.
A nuestro alrededor, la multitud se agita y celebra a la espera de los horrores y delicias que traerá diciembre. Pero lo único que veo es a Jack corriendo tras de mí.
Mientras huyo de él, lo único que siento es la promesa de nuestro futuro: oscuro y retorcido, perfecta y hermosamente nuestro. Sean cuales sean las ciudades, los altares, las transformaciones que nos aguarden, las afrontaremos juntos.
No llego lejos. Su mano se cierra en torno a mi cintura y me arrastra hacia atrás a mitad de zancada; mi grito queda ahogado por el siseo de su máscara cuando mi espalda choca contra su pecho. Me retuerzo una vez, dos veces, antes de que su brazo se tense y comprenda que es inútil.
—Puedes correr —gruñe a través del filtro, con el aliento caliente en mi oído—, pero siempre te atraparé.
Atrapada en su agarre, con el corazón desbocado, solo puedo jadearle la verdad.
—Siempre.